miércoles, 20 de marzo de 2019

Negación del conflicto social colombiano


Seguir la información que llega por los ojos y los oídos desde múltiples lados y medios, poderosamente diversificados en nuestro mundo de hoy, forma en nuestros cuerpos una necesidad de pronunciar un punto de vista propio, regido por la experiencia de vida, y en especial por el acercamiento a la mentalidad del presente. Pronunciarse es hacer historia del presente, en la que te involucras con sentimiento, con política y con el andamio intelectual personal. Hecho presente es el debate nacional sobre el conflicto social colombiano que además de estar historiado por décadas, es puesto en duda su existencia por un grupo de personas adscritas a un partido político interesado en negarlo.

La negación, proclama en vez del conflicto, una amenaza y agresión terrorista contra el estado colombiano. Desde esta perspectiva se traza una línea de conducta para la acción de la sociedad incluidas todas las instituciones. Estas deben rehacer la historia pasada y presente desde el punto de vista del no conflicto o desde el estado colombiano amenazado, perspectiva explotada desde los análisis de Daniel Pécaut en su texto Guerra contra la sociedad del año 2001. Ahí, el colombianista francés no niega el conflicto, pero resuelve, luego de un análisis del acontecer colombiano desde 1980, que la guerra entre diversos ejércitos, se tornó economicista, territorial y terminó atacando la sociedad. Los diversos actores relegaron lo político a un segundo plano y se dedicaron a controlar la población, sometiéndola a un régimen de terror, secuestro o desplazamiento. Pero Los interesados en negar el conflicto llevaron esa percepción de Pécaut al rasero simple de un ataque al Estado y la sociedad, solapando o desconociendo los orígenes de la confrontación, y sostienen que la historia de Colombia se ha hablado y escrito desde la perspectiva del conflicto o desde el punto vista de los actores y claman por una reescritura desde el enfoque de la “guerra contra la sociedad”, por el cual el orden social republicano colombiano ha sido justo, igualitario y democrático desde su origen. Se quiere borrar la supremacía que ha ejercido la élite capitalista y burguesa sobre los demás sectores sociales desde finales de la colonia y durante todo el periodo republicano; causa y origen de la lucha por el poder o en otras palabras, del conflicto social.

Se quiere desconocer el ataque a los resguardos indígenas de las primeras constituciones decimonónicas, que además instauraron el sufragio cualificado, proscribieron la libertad educativa con la prohibición del estudio de la jurisprudencia utilitarista benthamista y atacaron la libertad religiosa. Actos generadores de conflicto social y otros directamente relacionados con la lucha por el poder o lucha de clases, como el exterminio de los artesanos y sus organizaciones en 1854, la desamortización de bienes eclesiásticos, la destrucción de la república liberal radical, la imposición de la famosa regeneración o el régimen conservador por cuarenta y cuatro años, la masacre obrera de 1928 (llamada “Masacre de las bananeras), el sometimiento del país a una guerra civil no declarada de 1930 a 1953 que realizó alrededor de 250.000 crímenes atroces motivados políticamente, la dictadura militar de Rojas Pinilla que destruyó con engaños la guerrilla de los llanos; la exclusión del juego democráticos de idearios y movimientos políticos distintos al liberalismo y conservatismo de 1958 a 1974 y la utilización del narcotráfico para evitar la llegada al poder de otras concepciones de la democracia, durante las dos últimas décadas del siglo veinte y lo que va corrido del veintiuno. La democracia restrictiva inaugurada en 1810, con una permanencia sistemática hasta hoy, es la causal de conflicto, unas veces expresado en la lucha pacífica, pero la mayoría de las veces como lucha violenta.

La lectura liberal de estos acontecimientos nacionales se remonta al siglo XIX con los hermanos Samper, Salvador Camacho Roldán y el mismo liberal converso Rafael Núñez. En el siglo XX Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán o el presidente de la Revolución en Marcha Alfonso López Pumarejo. El punto de vista liberal es coronado en los años sesenta por Indalecio Liévano Aguirre con su obra Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Del diecinueve al veinte el enfoque liberal pasó de la necesidad de democratizar los derechos a luchar, por obtener el derecho, bajo el signo de una supuesta armonía natural.

La lectura socialista y comunista inspirada por la gigantesca obra del marxismo, desde 1848, asume el conflicto como base de la historia, punto de vista nutriente de las ciencias sociales, creación de la cultura occidental heredera de la tradición grecolatina, iniciada en la dialéctica presocrática y continuada por la dialéctica moderna. La huella del conflicto social surca los análisis de la historia y la sociedad, porque el ser humano se conoce a sí mismo y a los demás por la lógica de la presencia – ausencia, positividad y negación, oposición de contrarios.

En el mundo de la ciencia social, tradición iniciada en la segunda parte del siglo XIX, sobresale la obra de Ralf Darhendorf dedicada a teorizar el paradigma del conflicto y a anclarlo en la complejidad epistemológica de la sociedad industrial, en la que, dice él, las clases sociales descritas por Marx han virado hacia la proliferación de sectores guiados por los intereses y el manejo de algún grado de autoridad, en un entramado de jerarquías. El conflicto social en la sociedad industrial se ha pluralizado y se resuelve por el consenso, nunca definitivo, puesto que siempre dará origen a otros conflictos. Con esta invocación de Dahrendorf, se quiere mostrar, no una supuesta verdad en su posición teórica, sino un ejemplo del desarrollo de la perspectiva del conflicto iniciada en el siglo XIX y continuada por el análisis social y político hasta hoy.

El grupo de personas adscritas a un partido político interesadas en negar el conflicto social colombiano, agencia un pensamiento simplista y facilista. Es el pensamiento que bebe en un populismo o neopopulismo, dedicado a obtener el poder por todos los medios, incluídos la mentira sistemática y la explotación de sentimientos arcaicos premodernos que no han sido erradicados por la vigencia de la democracia restrictiva inaugurada en 1810. El politólogo español Fernando Vallespín (El populismo. Qué, por qué y para qué. En Cuadernos 19 Círculo de Opinión. Abril 2017) dice que los populismos presentes son el resultado de la globalización insostenible por las elites que reaccionan con ira o rabia ante las migraciones de poblaciones que deben ser atendidas en sus necesidades y ante la promoción de contenidos culturales transnacionales, como el pluralismo y la inclusión social.

Imagen: Pawel Kuczynski. Ironía social 2013

martes, 5 de marzo de 2019

Los deseos de guerra


Amar la guerra, pedirla, desearla, convocarla e invocarla, se hace desde y por las convicciones idiosincráticas del deseante. Querer la destrucción del otro, de un pueblo, de una nación, es querer al mismo tiempo la autodestrucción. Es querer la muerte con entusiasmo; ese entusiasmo que hunde sus raíces en dios o en la historia. Se quiere la guerra porque se cree en dios promisión de vida después de la muerte. Esta convicción religiosa tiene como principio el desprecio de la vida sobre la tierra y de la ciencia que advierte la finitud de los recursos naturales.

Aunque las iglesias agencien una formalidad de paz y convivencia, la esperanza de la otra vida mejor, el comportamiento y conducta en la vida presente permite todas las prácticas criminales, explotación del otro y la naturaleza, destrucción del medio que sustenta la vida, ataque a la libertad y autodeterminación de los pueblos y los individuos. Los llamados presentes a la guerra se relacionan con la vigencia y persistencia de las convicciones religiosas, llamados sustentados por la historia de las religiones, plena de violencias contra los no creyentes, en especial el exterminio o la esclavización.

El mundo del deseante de la guerra está sujeto a fuerzas sobrenaturales que le hacen ver en la muerte de sus opositores una satisfacción o una ofrenda al mundo normativo de su dios. El deseante de la guerra cristiano común o filohebreo concibe el mundo como un diseño divino, en el cual, él ocupa un lugar privilegiado por ser un observante riguroso de las reglas del diseñador divino, entre ellas el ocultamiento del cuerpo, una sexualidad supervisada, una actitud policiva con el vecino y un voto por la guerra cuando su jerarca (religioso, civil o militar) se lo demandan; pues al fin y al cabo de los tiempos, espera el paraíso eterno de la vida eterna después de la muerte.

La autodestrucción es permanente en el deseante de la guerra. Por estar en la vida ya es culpable y por eso transgrede, por eso destruye y se autodestruye. La culpa original, el nacer ya destruido, le presenta una vida a recorrer y vivir haciendo depredación de su medio natural y de los otros. El sacrificio personal, la destrucción personal, es la expiación de la culpa original y de las otras generadas por el cumplimiento de las reglas del creador-diseñador del mundo. El fin, la vida después de la muerte, justifica todo. La evidencia de la injusticia y la desigualdad socioeconómica, están presupuestadas en el diseño primordial y deben preservarse, son inevitables. Su denuncia o propuesta para erradicarlas, es ir contra el orden y sus reglas y es estar y ponerse del lado de los subversivos entre ellos los ateos y comunistas vistos como los subversivos mayores, concebidos destructores satánicos de lo inamovible. Así lo dice la jerarquía político religiosa; así lo dice el sentido común del hebreogénico cultivador de la guerra como principio y guía desde el origen de los tiempos. Así lo han hecho. La historia de la religión monoteísta es un permanente guerrear.

El entusiasmo del deseante de la guerra, enraizado en la historia, se mueve por el dictado moderno de actuar por mandato de la historia. Esta edad de la humanidad trasladó los atributos de una divinidad tutelar a la historia. Esta entró a concebirse como un afuera del tiempo, un ente que traslapa y surca los espacios y determina las acciones humanas. Los seres humanos que han logrado romper con el determinismo religioso, adoptan el determinismo histórico: la historia absuelve, condena, obliga, indica los caminos, destina y llama.

Los deseantes de la guerra así justificados, exhiben sus teorías y convicciones como la verdad potenciada desde el fondo de los tiempos, debidamente cotejada y enriquecida por el devenir. Esta forma de pensar esa verdad producida históricamente, tiene el don del progreso involucrado, para distribuirlo según los criterios del poder político social. El poder moderno legitimado en la historia condena pueblos y naciones a sufrir la guerra sanadora o correctora ante los desvíos del camino trazado; o por estar en vías que no conducen al progreso, del cual es imagen inevitable los centros de poder. Por estas convicciones idiosincráticas se han exterminado naciones con culturas inéditas e independientes; se han exterminado naciones que han querido salirse del dominio económico del poder moderno y dirigirse hacia otros órdenes posibles.

El orden moderno determinado por la historia es trifronte: el frente hasta ahora triunfante es el liberalismo indiferente; sostiene que la historia es un libre juego de fuerzas e imita la naturaleza, es decir, el liberalismo indiferente es natural y la naturaleza no se puede regular o someter a leyes humanas caprichosas. El poder político económico solo interviene cuando aparecen contrapoderes que intentan violar ese libre progreso natural e histórico; por eso el deseante de la guerra inscrito en este frente, la asume, la prestigia, la financia.

Se abre aquí un lugar para el frente que aparece como respuesta a quienes violentan el progreso natural, es el frente autoproclamado depositario del semen del progreso, de la historia y la verdad. Esa simiente se encarna en una etnia imagen de la perfección física y moral y desde esas convicciones cumple el destino histórico de corregir el rumbo de la humanidad. Declara el derecho natural que tiene de exterminar y esclavizar las etnias mescladas o impuras. Este absolutismo fascista ha llegado luego de la confrontación entre el liberalismo indiferente y el contrapoder que generó.

Este es el tercer frente de la modernidad basado en el determinismo histórico. Tiene el nombre de campo socialista o comunista y tiene una estructura teórica gigantesca construida a lo largo de cien años. El deseante de la guerra inspirado o inscrito en este determinismo histórico sabe que la base de su actuar es la confrontación y la guerra llamada guerra revolucionaria. La lucha de clases y la propuesta política se retroalimentan por el materialismo histórico que brinda la verdad desde la división de la sociedad en clases y el dominio de una sobre las otras clases.

La guerra y la historia se alimentan y se abalan. Pero si se entiende que ningún ser humano, pueblo o nación debe morir por mano de ninguna autoridad sustentada en la historia, es necesario construir una teoría o sistema de pensamiento que le quite a la historia la necesidad de la guerra. Es, desde luego, un deber, pensar la historia no como un ente suprahumano y transgeneracional, sino como la memoria del ser humano continente de la ciencia, la filosofía, el arte y la técnica, dedicadas a garantizar la permanencia de la vida, el planeta y la humanidad. El ser humano y el planeta han de desaparecer por efecto de fuerzas siderales; pero que no sea por autodestrucción.

Imagen: Banksy. Girl and Soldier. Arte callejero