jueves, 24 de septiembre de 2015

La risa explosiva de una boca roja

Óleo de Gabriel de San Martín. Risa de primavera

Se reía desde siempre de los defectos de los demás sin saber porqué. A los veinte años descubrió que reírse de los defectos de los otros era considerarlos o inferiores o manchados, y esto se lo explicaba, con una frase prestada de la academia, como un sentimiento antropocéntrico de grupo.

Una noche de noviembre, sentado en la puerta su bar preferido, con ella, vio pasar un cojo y Mariza se rió desmesurada abriendo hasta el límite su boca roja, él también lo hizo, pues a ambos les entró por los ojos el ritmo extraño de ese caminar.

Él pensó en su propia risa y en la de Mariza. Es normal que Mariza se ría de los cojos o de los defectuosos, ella no ha hecho el descubrimiento, ella no se ha preguntado y respondido sobre la igualdad, la libertad y el respeto, sigue en el mundo de la exclusión. En ese mundo de los padres, pleno de inquisición y exclusión.

Oliverio se propuso explicar porqué continuaba riendo de los defectos ajenos, si había entrado la conciencia, gracias a sus lecturas, de que esa actitud es un irrespeto y es poner a los otros en un plano de inferioridad. Se examinó y se dijo que ello estaba anclado muy hondo en su ser. Pensó en la primera vez que lo hizo. Si, allí estaba su madre riendo desde el fondo de sus recuerdos. Ella se reía de los pantalones cortos. Ella los hacía y obligaba a Oliverio, con amenazas de castigo, a ponérselos. La risa salía cuando Oliverio exigía que el pantalón llegase a las rodillas, en contravía de la moda llevada por todos los chicos de pantalones cortos hasta a la mitad de los muslos.

La risa de la madre salía como mecanismo y signo para calificar a los demás. Y enseñarle a aceptar o rechazar a este o aquel. Los primeros estigmatizados eran los negros. El negro Ariza, ella decía al verle pasar, que caminaba con el cuerpo encorvado y que quien podría querer a alguien así. Analida, la vecina de enfrente, la llamaba bruja porque su ventana nunca se cerraba y eso no es bueno, decía. Jesús Ángel, el dueño del bar de la esquina, bebía con los clientes y fumaba tabaco sin parar: este es un viejo baboso sin ninguna dignidad, afirmaba. Así Oliverio aprendió a juzgar las gentes del barrió sometidas a un código extraño de burlas, traído desde una hispanidad caduca, pero persistente. Quedaba poca gente honorable para la madre de Oliverio y para él mismo. Este filtro social produjo un puñado de amistades posibles y respetables. Amistades que extrañamente coincidían con las familias pudientes del barrio.

A pesar de esa cultura social excluyente, Oliverio, como un niño cualquiera, luego de asistir a la escuela, se tomaba la calle con todos los demás. En esos momentos de felicidad, los códigos maternos se neutralizaban y solo volvían a la memoria cundo la madre se le presentaba en un cara a cara y le decía: ¿acaso no te he prohibido jugar con estos chusmeros?

Una tarde de julio después de la escuela y comenzando el furor de las vacaciones de medio año, los niños en masa jugaban a la guerra. Los pantalones cortos de Oliverio se abrieron por la bragueta. Las mangas se adhirieron a las rodillas por efecto del sudor y luego de una amplia zancada, ocurrió que su sexo quedó expuesto y vino la risa y la burla de todos. Quien más rió con estruendo fue Roña el hijo del negro Ariza. Fue motivo para sacar todos los códigos de la madre, Roña se transformó en un enemigo digno de muerte; para Oliverio fue un negro chuchumeco, cochino, hijo de un ser que caminaba con el cuerpo encorvado.

En el bar, esa noche de noviembre, Oliverio con veinte años y un mundo nuevo en su cabeza, aguantaba a Mariza. Había aprendido a querer su piel blanca su cabello negro y abundante. Le gustaba ver su cuerpo al caminar, porque tenía ritmo y gracia. Ella era un poco más alta que él. El mirarle los ojos desde abajo le hacía sentirse protegido por la belleza; pero la risa explosiva de esa boca roja, repetida cada vez que pasaba alguien estigmatizado por lo códigos etnocéntricos que ella aún habitaba, producían en Oliverio desazón y desesperanza. Habitar el bar, las lecturas, la academia, la ruptura con esa hispanidad caduca, le habían tirado en brazos de una rebeldía llena de todo, menos de las exclusiones ancestrales de su familia.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Por la esquina del negro Ariza

Viene Ángel Hachas. Cruza el puente de la calle 55 sobre la quebrada la García. Viene saludando a gritos a los transeúntes. No le importa su medio cuerpo quieto, ni sus dientes muy visibles, no recuerda a nadie ni quien fue. Tras él vienen dos mujeres muy maduras de aspecto conventual. Ellas, cuando Ángel se desborda, quiere desconocer el tráfico y saludar los que pasan por el lado contrario de la calle, lo toman de la mano inmóvil y comprende que debe seguir y bajar la voz. Todo comenzó hace unos cuarenta y cinco años.

Las calles fueron pavimentadas en 1950. Por eso los muchachos comenzaron a usar zapatos, como si el pavimento los exigiera; pero así no era, el polvo amarillo de la tierra de Olleba exigía cubrir los pies, siempre hubo riesgo de enfermarse. El pavimento se relacionó con ese sentimiento nostálgico de aristocracia colonial, y se pensó que la pequeña ciudad pavimentada exigía unos muchachos bien presentados o al menos calzados. Ángel Hachas fue de los primeros en usar zapatos, su familia tenía dinero. Contaba entre sus miembros dos solteronas, una monja, un sacerdote, un médico, un político y un especialista en levantar tapias.

Ángel nació después de todos ellos. Rápidamente, cuando llegó al uso de razón, se cansó del diario ejemplarizar de Antonio su padre. Él debía seguir los modelos familiares. Cada año se le programaba para recluirlo en un seminario. Cuando Antonio hablaba de ello, Ángel miraba sin ver hacia cualquier parte. Esta actitud convenció a Antonio de que había tenido un hijo poquito, que prefería pararse en la esquina del negro Ariza y seguir las influencias de los muchachos del barrio: entre ellos Frank, hijo del dueño de la fábrica de muebles, llamada por los vecinos, la Complementaria de don Juan. Frank hablaba siempre de tipos de maderas y máquinas. Jorge quien mantenía muchos pesos, los ganaba en la dentistería que su abuelo legó a la familia; tomaba aguardiente desde muy pequeño. León, viviente entre automóviles de servicio público, ambicionaba ser chofer como su padre, hermanos y tíos. Jairo, hijo del zapatero Arteaga, hablaba de cueros y venta de frituras por las calles, a lo que era obligado. El hijo del negro Ariza, patrocinaba estar siempre en la esquina; pues su padre en ella tenía una tienda de abarrotes y cuando el negro lo dejaba a cargo del negocio, había fiesta. Carmelo que vivía en el callejón enseñó al grupo como robarle al dormido y al descuidado.

Llegó al barrio y a la esquina, José, enganchado por la Complementaria de don Juan. José hablaba extendiendo las vocales y las consonantes. Esto producía risa en el grupo de muchachos. Ángel aprovechaba y contaba chistes groseros que le salían altamente cómicos por su dicción. Este recién llegado produjo celos en Ángel Hachas. -¿Cómo es posible que este recién llegado torpe para hablar, se convierta en centro de atención de los muchachos? ¡Yo llevo dieciocho años con ellos y no los he podido hacer reír! Se decía-.

Una tarde de sábado, el grupo de muchachos caminó por el pie de monte del cerro Quitasol. Allí corría un agua limpia, llena de rumor y fresco; ellos la llamaban la Acequia. Sentados en su margen hablaban de la vista de Olleba que de allí se divisaba. José afirmó que si tuviesen unos binóculos, podrían comunicarse con cualquiera que viesen en cualquier calle. El grupo se rió por el chiste tonto y por la dicción. Ángel Hachas, comenzó a golpearlo, y ambos se metieron en una pelea, terminaron tirados en el suelo, ambos trenzados y cada uno le tenía al otro atrapado con una llave maestra de luchador. Los otros se esforzaron mucho para separarlos y se convencieron de estar ante un par de apocados, de tontos.

Luego de la pelea, en la esquina, Ángel Hachas comenzó a hablar de la fábrica de textiles. Cada vez que pasaban los obreros en bicicleta, daba un paso adelante y seguía con la cabeza el recorrido, estiraba el cuello y tensaba el cuerpo. Ser obrero textil se convirtió en su ideal. Antonio le daba regaños por su cortos ideales y le ponía como ejemplo a Ignacio, su hermano, un poco mayor con estudios de abogacía avanzados. Esto no caló en el espíritu de Ángel. Desertó del bachillerato y se dedicó a conversar con los obreros del barrio sobre los pormenores de la elaboración de las telas y del ambiente de trabajo dentro en la fábrica.

El sentido aristocrático colonial de la familia, abdicó los proyectos para Ángel, empleó sus influencias locales y lo colocó en la fábrica como obrero. Con los primeros sueldos, Ángel compró la bicicleta y la moguera, símbolos del ser obrero, tal como los veía y los había elaborado en su imaginario. Luego del turno de trabajo llegaba a la esquina, estacionaba la cicla en el andén y convidaba a observar su adquisición: una MonarK, cachona, roja, de neumáticos gruesos, con una pequeña parrilla para la moguera y un soporte de vasos para líquidos llamada caramañola. Repentinamente montaba, y recorría las calles de Olleba. Llegaba jadeante. Hablaba de lo que había visto y a quien.

Los sueldos de Ángel, chocaron con los muchos pesos de Jorge. Una tarde calurosa de noviembre, en el bar La Cumbre, el grupo tomaba aguardiente. Entre tangos y parrandas, Ángel esgrimió su orgullo de obrero bebedor y brindó y proclamó ser experto tomador. Jorge lo retó y con media botella de aguardiente en la mano le dijo que lo demostrara. Ángel bebió todo el contenido con un solo gesto. Rieron, aplaudieron, hubo hurras. En pocos minutos, el bebedor quedó dormido sobre la mesa. Fue llevado a su casa. De la casa, debió ser llevado a un hospital, donde se le diagnosticó un derrame cerebral. Se le practicó una traqueotomía y estuvo cuatro meses internado. En la fábrica le concedieron una pensión por invalidez. A los seis meses del incidente recibió un dinero importante por el tiempo no laborado y como inicio de la pensión.

La poquedad hizo lo suyo. Con tomar media botella de aguardiente casi de un solo trago, Ángel quería iniciarse en el mundo del gasto, de la vida de bares, cantinas y prostíbulos, tal como lo había escuchado de sus compañeros de trabajo. Todos le hablaban de excesos y él quería superarlos a todos. La razón aristocrática colonial de su familia le había aislado del mundo y le había condicionado a no alejarse de dios y las costumbres tradicionales. Por ellas debería terminar el bachillerato, graduarse, casarse y tener hijos, para estar en paz con la sociedad de Olleba.

El proyecto inacabado de enfrentarse a todo lo que el mundo podía ofrecer, fue la obsesión en su lecho de enfermo. Esta fuerza le permitió resistir y volver a estar de pie como un hombre nuevo. Adquirió un semblante risueño y sus dientes en forma de hacha comenzaron a verse, a relucir y a caracterizarlo.

Cuando recibió el dinero, forcejeó con sus hermanas y su padre por salir a la calle. Logró hacerlo. El primero que se encontró de los muchachos fue León. Bebieron licor en todos los bares conocidos y al filo de la media noche, viajaron a Medellín. Buscaron un burdel en la tolerancia de Lovaina. Bebieron y comieron. Esto lo repitió Ángel con algunos de los muchachos de la esquina del negro Ariza.

El cuerpo de Ángel Hachas no estaba hecho para tomar el mundo de esa manera. Su poquedad le tenía signado. Y la entrada al hospital meses atrás le había herido y menguado. Recayó. De nuevo otro derrame cerebral. Este fue definitivo. Quedó con medio cuerpo inhabilitado. La mirada desviada, un pie a rastras, y una mano encorvada. Saluda a gritos y se considera amigo de todo el mundo. Muestra permanente la forma de hacha de sus dientes y ya no recuerda, la complementaria, la acequia, la esquina, la fábrica y a la ciudad Olleba en que vive.

martes, 8 de septiembre de 2015

El hijo de Jenaro

Abstracto de Conn Ryder
 
Esa humanidad viva que asumiste desde la juventud temprana, te hizo beber la existencia a largos y grandes tragos. La bebiste con una velocidad inusitada para no darle tiempo a la razón. Ella, dique hecho para la familia de Jenaro, tu padre censor, como decías, cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer. Pronto le sustrajiste a Jenaro los billetes de sus bolsillos, en sus noches de tragos, cuando caminando de puntillas, entrabas en su cuarto y sin quitar los ojos sobre su cara madura de barba hirsuta, metías dos dedos en su camisa con la lentitud calmada que siempre te caracterizó. Esos billetes, no los almacenabas, no los acumulabas. Se gastaban en la esquina con un derroche festivo por culpa de la agilidad de tus dedos. Los amigos, siempre reunidos participaban gozosos del gasto, porque era inesperado y azaroso. Ocurría cundo menos lo esperaban.

Recuerdo la vez que fuiste un paso más arriba. Te metiste con la tienda de Braulio. Ella en el término de la cuesta, con puertas por dos calles, estaba forrada en estanterías de madera rústica llenas de abastos. Te paraste en la puerta, mirabas cuesta abajo, fingiendo despreocupación y esperabas la atención de Braulio con algún cliente, para poner en acción la agilidad de tus dedos y extraer enlatados. Esa vez Braulio detectó, la marca en hueco cerca a la puerta y la relacionó con tigo. Cerró la tienda y fue a buscarte con un policía. Te hallaron con las latas de conservas en los bolsillos. Fuiste prendido y estuviste dos meses en la cárcel preventorio. Saliste con la cabeza rapada, la mirada perdida; hablabas poco, pero se notaba en tu cara esos pensamientos de fundamentación de la vida. Repartiste puñetazos casi a diario entre los muchachos de la esquina que se burlaban de tu cabeza sin pelo y del presidiario primerizo. Luego te refugiabas en los libros de Jenaro.

La escuela, por insistencia de Jenaro te recibió de nuevo; pero ya no la escuela Modelo, la nuestra, la del barrio, sino la suburbana. Allí si contabas las hazañas con vana gloria, porque estabas con otros, en igualdad de aventuras. Terminaste la escuela primaria con buenas calificaciones, más las ganas aumentadas de beber la existencia a largos y grandes tragos. Jenaro no se explicaba ese sinsentido. ¿Cómo este muchacho tan inmanejable, terminaba los estudios primarios con felicitaciones de los profesores? Se preguntaba.

Con edad de bachiller, te enredaste en la política. Te metiste con Javier Tropero. ¿Recuerdas? Hablábamos en muchas ocasiones de él, porque sus compañeros de monaguillería, lo pillaron más de una vez saqueando las ofrendas de los fieles al crucifijo de la Iglesia mayor. Por estos barrios todo se sabe. Javier aprovechó tu verbo ágil y te reclutó para el partido. Con él creciste en vivencias. El bolsillo de Jenaro se transformó en negocios y deudas con quienes no te conocían y a quienes nunca pagabas. La tienda de Braulio tomó la forma de oficina pública desmantelada, a las que te llevaba Javier Tropero por el tiempo necesario para el saqueo. ¡Recuerda! Lo hicieron aquí en la pequeña ciudad, luego en la administración departamental y terminaron en la capital de la república. Me decías que no te quedabas anclado en ninguna parte porque eso era la muerte y no permitías que te vieran mucho tiempo en un solo lugar. Sé que el dinero lo gastabas igual como en la esquina de los muchachos. Experimentabas todas las drogas y licores. Te encerrabas con algunas mujeres y hombres a consumir toda la compra y el dinero. Terminaban ansiosos y dispuestos a todo para reanudar la fuma.

Uno de esos tiempos cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer, volviste al barrio y te vi desposar a Claudia y ponerle un hijo. La dejaste sola seis meses y al regresar intempestivo, te contaron que tenía un amante. La repudiaste. La abordaste en la vía pública. Ella aceptó el repudio con ira y acusaciones; te dijo drogadicto, ladrón de cuello blanco, doctor estafa, marica, perro, hijo de puta. Me contaste que le asestaste un palmo de mano en un lado de la cara y la gente les hizo ruedo y exclamaba indignada.

Tu vida atada a la fuma, no la resistió Javier Tropero. Te aisló. Él un Tropero político de relaciones adineradas con una imagen para cuidar, no podía estar a tu lado. Regresaste al barrio, menguado y derrotado. Volviste a leer y pensar en la razón de de Jenaro, tu padre censor, como decías. Pero la lógica de tu vida estaba en el gasto, y comenzaste a saludar en voz alta a cercanos y desconocidos con mano prieta para conseguir un trago de licor o un cigarro. Tus acreedores frustrados de todos los tiempos encontraron un lugar y un momento para la venganza. Eso parecía no importarte porque la sombra de Javier Tropero aun te cubría. Decidiste morir así gastando la vida a largos y grandes tragos, hasta que se te estalló ese cuerpo de cincuenta infiernos, ¿o cielos?