jueves, 22 de diciembre de 2016

La camándula de chumbimbas. Escritos de noviembre


Miró. El magdaleniense 1958
 
Naturaleza y cultura
Humano, muy humano, demasiado humano es el esfuerzo por aplacar la naturaleza, la misma que se comparte y se impone tanto en el ser humano como en los demás animales. La naturaleza tiene la fuerza del contenido animal, obliga a la defensa y ataque contra los otros que te consideran presa, en la cadena de supervivencia. Esta condición obra en el ser humano como zócalo, está en la base del edificio. Y solo hay una forma de evitar que emerja a la superficie y se imponga. Esa forma es la educación y la cultura. La persistencia de la escuela, las artes, la ciencia, la filosofía, las habilidades, impide que la naturaleza animal oscurezca la valoración de lo humano como artificio, como creación. En la lucha entre la naturaleza y la cultura, el artificio gana cuando la vida digna se esgrime como estandarte de la política y el orden social.
 
En Colombia la naturaleza le viene ganando a la cultura. El cultivo del ser virtuoso, defensor de lo humano per se, ha dejado el lugar a la ambición de riqueza, ambición que destruye y arrasa con la humanidad. Hay un sector de la sociedad, minoritario, que desprecia las leyes. El dinero que ha acumulado en la apropiación individual del tesoro público, lo emplea para poner el poder público a su favor. Desprecia la justicia, la compra, la envilece. Ejecuta órdenes con oscuros intereses que amparan el crimen. Legisla a favor de la acumulación riqueza y contra la salud de la gran mayoría. Bajo esa sombra hay un ambiente de hades, que crea criminales de lesa humanidad. Cometen abominaciones contra niños, mujeres y líderes sociales.
 
El mantenimiento en alto de la bandera de la cultura y la educación permite sobreponer la humanidad al instinto de muerte. Este se ha generalizado en Colombia y ha creado un gusto por los cuerpos descuartizados, mutilados, acribillados y la venganza para seguir la cadena de muerte.
 
Volcar la sociedad sobre la educación y la cultura para vencer esa naturaleza sócalo animal, impuesta por una minoría ladrona, es la urgencia de la época. Deponer las armas para construir y cultivar es amar lo más humano.
 
El riesgo y la confianza. Un motociclista en el andén
Nuestro orden social está en la historia, tiene un principio, es un periodo que aún no termina. Lo hemos llamado orden moderno, porque se diferencia claramente del orden anterior llamado feudalidad. Esas claridades diferenciales están en la regulación de toda la vida social por convenciones, reglas convencionales aceptadas por la mayoría.
 
Los conceptos de mayoría y convención, son atributos modernos. La mayoría es la fuerza política que conviene o acuerda instaurar la confianza en los otros, porque la misma convención dice que todos respetamos las reglas convenidas. Con esta confianza en la convención, en el acuerdo, minimizamos los riesgos y los azares de la imposición de personalismos y actos advenedizos, sin control general.
 
Los riesgos de la calle, de los emprendimientos económicos, de la delincuencia, de la estabilidad del orden, son abolidos por la confianza general depositada en las instituciones, en los otros y en la vida moderna.
 
Estas ideas genéricas sobre nuestro orden, se ponen entredicho y el riesgo vuelve a ganarle terreno a la confianza, cuando el transeúnte de a pie o motorizado no acata las reglas instauradas por la mayoría. La inseguridad generalizada de nuestro tiempo, tiene en peligro la sociedad moderna. Parece que estuviésemos en un final del periodo de la modernidad, por la imposición de individuos o de grupos de órdenes particulares, destructores de la confianza en el orden convenido por la mayoría.
 
Es fácil ver los síntomas: ciudades no planadas, el tránsito en la ciudad caótico e inseguro, el irrespeto del espacio público, la corrupción. Y esta reflexión se ocurre por la sobre abundancia de motociclistas metidos en los andenes peatonales despreciando con descaro la vida de todos.
 
¿Socialismo para Colombia?
Ya no es posible. La concepción de las cosas y la vida nos enfrentan, es lo mismo que decir, la concepción del mundo asumida nos enfrenta con otra concepción del mundo, la de los otros. Estas palabras salen por la ocasión de la muerte de Fidel y algunos señalamientos denigrantes como “dictador”, “tirano”, o palabras laudatorias: “hombre extraordinario y universal”. Los denigrantes se adscriben a una concepción del mundo, distinta a la comunista agenciad por Cuba desde 1959. Para el comunismo existe la nueva democracia, construida por el partido del proletariado. Es una democracia de un solo partido; posible por ser el proletariado quien produce la riqueza y por eso mismo, señalado por la historia para sacar los pueblos de la explotación capitalista. Esto ocurrió en Cuba, en Rusia, y otras partes importantes del mundo.
 
Señalo directamente a esa condición, sin la cual, no se hubiese construido el socialismo en esos países: el partido del proletariado o de los trabajadores. Eso fue posible de 1880 a 1980, el siglo del marxismo, enriquecido (¿o enredado?) por Lenin y Mao. Si no hay partido, no hay socialismo. Intentar hacerlo es caer en una desvirtud, en una tergiversación, en un anacronismo y en un desorden sin norte ni filosofía como el chavismo y los experimentos fallidos de Kirchner o Lula -lo de Correa en Ecuador no es socialismo-. En Colombia no habrá socialismo por la imposibilidad histórica de la izquierda marxista, comunista o socialista, de construir un partido del proletariado colombiano. No por estar signados, sino por el culto a la personalidad, los intereses personales de los dirigentes, actitud que se ha irrigado en las militancias. Así en esta contemporaneidad ya no es posible el partido único; los cuerpos y las cabezas están en otras cosas, en otros dominios.
 
La concepción del mundo de los que en estos momentos denigran de Fidel, se inscribe en el la dogmática de la democracia moderna liberal. Según esta la modernidad política que destruyó la feudalidad, es la fuerza del progreso, y el régimen político resultante es definitivo. La democracia moderna es insuperable y lo demás es dictadura. Todo dentro de ella se debe soportar incluso la corrupción, la apropiación de la democracia por uno solo o por un partido o por una clase social. La desigualdad rampante se trata de paliar con la misericordia cristiana. Pero si hay una actitud. Los logros de Fidel en Cuba son producto de una dualidad humana insoslayable: se cambia la libertad por la satisfacción de las necesidades del ser humano (educación, salud, vivienda). En suma la acción política en Colombia hoy debe tomar del acumulado político; atender el llamado de Rousseau como huella liberal: la democracia debe crear un mecanismo ágil y expedito que permita desplazar del poder a los funcionarios electivos tan pronto traicionen la misión para la que fueron elegidos. Hoy es necesario satisfacer todas las necesidades básicas de los seres humanos, como en Cuba. La sociedad colombiana exige destruir la democracia actual que ha traicionado su diseño original y materializar realizar la paz pública y mental; la justicia social con redistribución de la riqueza; la igualdad económica, étnica y política.
 
El miedo a la democracia
La camándula era de cuentas cafés y los misterios los indicaban unas chumbimbas negras que se hacían notar. Tuve suficiente tiempo para observarla a ella y a la señora que la portaba. Este cuadro es común en la ciudad. Se ve en las fiestas religiosas y sobre todo en los entierros, a cuyos rezos fúnebres nadie escapa en esta parte del mundo. Pero lo salido del común suceder, es la señora que rezaba el rosario con un caminar solemne y ritual por el centro de la calle, queriendo llamar la atención. Esta escena ocurrió el dos de octubre del 2016 a las 11 de la mañana en una de las zonas electorales de Bello. La señora rezaba el rosario en la calle, para mostrar que estaba en peligro la religión, el país autoritario, la familia patriarcal y el remedo de democracia, con el plebiscito refrendatario de los acuerdos de paz entre el terrorismo de estado y el terrorismo de la guerrilla.
 
El miedo a la democracia amplia, profunda, incluyente, respetuosa, civilista, culta, se vio en la señora de la camándula. El terrorismo suministrado por ambos contendientes, sufrido por los colombianos desde 1948, domeñó los espíritus y los cuerpos; los acostumbró a una dosis diaria de sangre, violencia, intriga y luto. La educación se refugió en la técnica y produjo seres humanos temerosos y con un mínimo de alfabetidad apropiado para la producción. Los rezos públicos el día del plebiscito indica que no se entiende la democracia, no se ha separado los intereses de dios y de los seres humanos, no se ha superado la teocracia. Y lo que más dolor causa es la existencia de partidos políticos que viven de ese miedo, lo aúpan, lo profundizan para sacar de ahí dividendos políticos. La camándula de cuentas cafés le hizo exorcismo al plebiscito.
 
Liberalismo – neoliberlismo – liberalismo, el ritmo de los acumuladores de capital.
Un ritmo en la economía política, se visualiza con el nombrado neoliberalismo. Este nombre que indica un comportamiento sociopolítico como esputo de la economía capitalista, ha vuelto a saltar al podio. En varias ocasiones el presidente electo de los Estados Unidos de América ha mostrado su intención de acabar con los TLC, poco rentables para Norteamérica. De realizarse este acto político traería un cambio en la sociedad occidental y marcaría un cambio de ritmo en la economía.
 
Desde la imposición del liberalismo económico por el imperio británico en la primera parte del siglo diecinueve, esta doctrina económica, sale y vuelve según los intereses de la acumulación de riqueza del capitalismo y los capitalistas. Inglaterra la impuso hasta los años setentas del siglo XIX, década en la que el mercado mundial exigió proteger la economía nacional. Los estados naciones cerraron sus fronteras y se dedicaron a perfeccionaron sus métodos de producción hasta alcanzar un stock de mercancías, el mismo que exigió proclamar de nuevo el liberalismo. Este ritmo de la economía pone cambios sociopolíticos. La lucha por los mercados, luego de ser alcanzado el stock, trajo la primera guerra (1914 – 1919) y la segunda (1939 – 1945).
 
Después de estas guerras de exterminio entre los acumuladores de riqueza y que consumieron más de diez millones de personas, se proclama de nuevo el liberalismo económico, apertura de fronteras, libre comercio, pero con un nombre nuevo: Neoliberalismo. Este neo señala que el productor de la doctrina económica ya no es Inglaterra, es Norteamérica convertida en imperio después de 1945, y relevo en el poder entre las naciones del lado occidental del planeta. El neoliberalismo vigente desde 1945, se agotó con los TLC del siglo XXI y la construcción de las áreas económicas al estilo de la comunidad europea. Según la propuesta del presidente electo de los Estados Unidos de América, los Estados volverán a cerrar sus fronteras, harán un “Brexit” en sus áreas económicas, acumularan, harán un Stock y luego lucharan por los mercados.
 
Quinientos años de Utopía
El mundo vivo y real se percibe crítico, inseguro y lleno de peligros. Para enfrentarlo se construye uno de palabras que satisfaga el deseo de solución de la crisis. De esta práctica hay rastro desde las más honda memoria humana; pero se le ha puesto nombre y se ha convertido en discurso escrito, para nuestra tradición, desde el siglo XVI con la Utopía de Moro (1516). Desde ahí contamos entre otros con el Robinson Crusoe de Defoe, El discurso del origen de la desigualdad de Rousseau y la contundente utopía marxista que se posó sobre la humanidad como un fantasma.
 
Esta utopía se ancló en la ciencia moderna, se dotó de un método para proclamarse y exponerse como inevitable destino de la humanidad. Su objetivo de destruir la desigualdad social se robó la imaginación política desde mediados del siglo XIX (1848), hasta 1989 caída del régimen soviético. Quedó una sensación de fracaso del socialismo, figura que le daba sentido al marxismo. El mundo igualitario, prometido por la historia convertida en una ciencia determinista, no se logró. En su lugar se volvió a abrir la utopía, simple, rasante, como la de Moro. O en otras palabras, se volvió al socialismo utópico como el sueño con la igualdad; esta no le llega a la humanidad. Ni el cristianismo ni el capitalismo liberal, que también la prometieron, la han realizado. Hoy vivimos en una sociedad tan desigual como siempre, sometida a un capitalismo que soluciona sus crisis con expoliar a los que menos tienen. La utopía por la igualdad sigue vigente.
 
En Colombia no habrá socialismo
En el acuerdo de Paz entre el gobierno colombiano y las Farc, hay un acontecimiento fundamental para la historia política de Colombia. Es la aceptación por parte de esta guerrilla comunista de la república democrática liberal. Acontecimiento que puede leerse, a su vez, como una renuncia de las Farc a uno de los principios comunistas más preciados, como es la destrucción del Estado burgués capitalista y programar la desaparición del Estado con un orden socialista transitorio. Ahora luego de la reincorporación del grupo guerrillero a la vida política tradicional, queda cancelado para Colombia la opción socialista, un sistema político transitorio, que ha tenido pérdidas estruendosas como la implosión del régimen socialista soviético y el desgaste desprestigiante del socialismo del siglo XXI. Los venezolanos le pusieron el nombre de socialismo a un populismo militarista y ocasionaron la pérdida total del prestigio político de esa propuesta marxista. Si las Farc aceptaron la república democrática liberal, se cancela para Colombia la opción socialista.
 
La mano “invisible” del capital
Los insultos, el auscultamiento de la vida privada, el recurso al chisme, podría decir, el recurso a todo, menos a la política, a la filosofía y a al futuro del planeta. Cuando la democracia permite que sus líderes hablen ese lenguaje vil y rastrero para ganar la aprobación de los electores, dice que los hombres y mujeres que se paran en frente de las masas, con esas condiciones, no tienen las atribuciones que se le adjudican, como esa que se dice ser “asumir el cargo más poderosos del planeta”, es el caso de la actual elección del presidente de los Estados Unidos.
 
Poner al frente del debate electoral no las ideas sino el insulto y la payasada, es decir que las decisiones graves y fundamentales sobre la economía, la paz y la guerra, no se toman desde los cargos públicos. El poder real está tras bambalinas, moviendo los hilos, de todo y de todos, incluidos los de las marionetas candidatos. Esta es la condición a la que ha llegado el capitalismo posindustrial, convertido hoy en un capitalismo que ha centralizado la riqueza del planeta en unas pocas manos, invisibles para la mayoría de los terrícolas.
 
El Estado debe intervenir
El acuerdo de paz de la Habana tuvo, desde el inicio de las negociaciones, la espada de Damocles del Centro Democrático, sobre las decisiones. Las palabras más sonoras, que le dieron sentido a la damocleana espada, fueron las de Alfredo Rangel. Si el acuerdo de paz –dijo- es refrendado por el plebiscito, el próximo gobierno del Centro Democrático lo desmontará. Por eso muchas voces le recomendaron al Estado colombiano no hacer el plebiscito y emplear la autoridad constitucional para adoptar el acuerdo.
 
Este escenario me permite ver la debilidad del Estado colombiano, no para seguir insistiendo sobre ese diagnóstico ya trillado, sino para hablar del Estado moderno en Colombia. Este nace, luego de veintiún años de ensayo y error, con la constitución de Cúcuta en 1821. Nace fuerte, organiza la vida de la Gran Colombia. Nada se mueve sin su intervención. Pero esta condición le estorbó a la codicia y fue derrocado y en su lugar se creó el Estado permisivo sustentado por la filosofía política importada de Inglaterra; esta decía que el mundo debe regirse por la ley natural de la oferta y demanda; toda intromisión del Estado en este orden es violentar la naturaleza. Pero este Estado liberal absoluto fue inviable. En determinados momentos, como la amenaza de disolución de la sociedad por la ambición privada, el Estado debe intervenir para organizar la vida de la república. El país no se puede dejar en manos del interés económico y la codicia. El Estado debe intervenir y hacer sentir su autoridad para darle sentido a la república democrática.
 
Peligra el estado laico
En un curso de la facultad de educación de la Universidad Autónoma latinoamericana de Medellín en 1982, se habló del tema Historia de las ideas pedagógicas en Colombia; una mañana, luego de la exposición central del profesor Alberto Echeverri, dije –después de levantar la mano y pedir la palabra, por supuesto- que en el siglo XIX se enfrentó el Estado laico, recién creado, contra los clericales, defensores de un estado teocrático. El profesor luego intervino y afirmó con vehemencia: En Colombia nunca ha existido un Estado laico e hizo un balance de las relaciones Estado Iglesia, en las que resaltó la intromisión de la religión en toda la vida de la nación
 
Hoy ante hechos contemporáneos, como las pretensiones del padre Chucho de ocupar sistemáticamente los espacios públicos para ritos religiosos e incitar a los fieles a la defensa de esa violación de la ley; la organización y utilización política de grupos de oración e iglesias protestantes; la amenaza a la libertad y pluralidad de las ideas, de las aspiraciones políticas de pastores y clérigos que quieren poner por encima de las instituciones los intereses de sus iglesias; estos u otros hechos, han atado las manos del Estado para perfeccionar la democracia. El estado encuentra el obstáculo de la religión para modernizar la vida de los ciudadanos. La religión es un hecho que se debe garantizar porque es un derecho ser religioso. Pero la religión es una actividad privada y cuando se hace pública ocasiona un choque con todo y todos.
 
El estado laico está en la base del orden político moderno republicano democrático. Se ha realizado en el mundo occidental y en Colombia más o menos. Pero no se ha abolido esa esencia moderna. El Estado, tiene el deber y el derecho constitucional de ordenar la vida pública (mínimo la salud, la educación, trabajo). Cuando le gana al Estado el asunto privado de la religión, se marcha atrás. Ahora el Estado es temeroso ante el Enfoque de género, El derecho a la muerte digna, la regulación de los Planes Educativos Institucionales, el Derecho a la paz, la Defensa del espacio público, la Autodeterminación de las mujeres sobre su cuerpo y un largo etcétera.
 
El Estado laico en Colombia un logro del Siglo XIX, está en peligro. El Estado laico moderno se materializó o se hizo realidad, por haber resuelto las relaciones Estado-iglesia; en otras palabras las relaciones entre la política y la religión. En Colombia se pasó del Patronato Eclesiástico (el Estado gobernaba la iglesia), herencia colonial, al Concordato Eclesiástico (separación iglesia Estado). Por el concordato la religión no puede intervenir en política. Esto se logró con la religión católica, luego de muchos avances y retrocesos, incluida la guerra de religión de 1875.
 
Luego de la perfección del concordato en 1936 y en 1975, quedó instituido en Colombia la no intromisión de la religión en política, ni de la utilización de la Iglesia para fines electorales. Esos pactos y acuerdos son los que le dan a la república democrática de Colombia el carácter de Estado laico. Pero hoy asistimos a un hecho no previsto: la llegada y expansión en todo el territorio de las sectas evangélicas cristianas, o para no ser peyorativo, de las iglesias protestantes. Estas no tienen ni patronato, ni concordato con el Estado, por lo mismo, son una rueda suelta y están utilizando ese descontrol para apoderarse de las funciones del Estado laico y trocarlo en un Estado teocrático que busca el control de los cuerpos y cercenarles las libertades inscritas en la Constitución Colombiana de 1991.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Alabaos, chontaduros y tamboras



Rubén Crespo Modelando en azul. Óleo 2016

Alabaos, chontaduros y tamboras
(Texto publicado en la Revista Quitasol. Bello 2016 con el título Cosmogonía negra)
Tiene reconocimiento local, ha trasegado por las galerías de Antioquia, es invitado por el mundo artístico colombiano. Se metió en muchas galerías neoyorquinas y norteamericanas. En los últimos años viene exponiendo su obra en Francia, España y Bélgica. Su mirada sobre el mundo particular de los afros colombianos, plasmada en lienzos con colores brillantes y apetitosos, abre las puertas de este mundo moderno contemporáneo que ha recibido de la cultura la orden de la inclusión, la pluralidad y la abolición del racismo. Rubén Crespo tiene una obra pictórica con identidad. Tiene sello. Y esta capacidad es atribuible a su ser estudioso y persistente, que está con su obra, como estar ante una vida en construcción permanente.

Ante la obra el artista se extasía por la imagen que ha creado. Le llega a su cuerpo la sensación de ser un observador y no un creador. La imagen la siente como extraña a sus manos; pero es él el creador. Este sentimiento es muy humano y está en la misma condición de todo lo hecho en la cultura. La humanidad le ha adjudicado sus obras a la potencias exteriores a su cuerpo, porque reconoce en ellas el ejercicio de la creación y lo relaciona con el poder de divinidades ctónicas o celestes. Por esta forma de entender la cultura se ha creado la cosmogonía que explica el origen del universo y de la humanidad. Así fue hasta la modernidad.

En esta época nuestra de individuos, el sentimiento pervive como una nostalgia personal, pero por su capacidad generativa, el artista entra en su obra para ratificar la autoría y la repetición del acto creador. El artista plástico moderno crea un mundo, sobre superficies que pueden ser de tela o de piedra. Ese mundo se equipara a una cosmogonía, habitada ya no por divinidades, sino por seres humanos materiales, afectados por los males y bondades de la civilización. La cosmogonía que se observa en la obra de arte, incita a ver las figuras y los cuerpos como un cosmos cromático en el que nacen los relatos. Estos relatos, inciden con el poder de la imagen, el cerebro, para que se represente el origen y el devenir.

En la obra de Rubén Crespo está ese poder. La imaginación del observador, ante ese objeto estético, construye la historia de los africanos arrancados de su suelo y sembrados por la fuerza de la violencia en las tierras de América. El mundo de los negros en Colombia, llevado a las telas de Crespo, obliga explicar cómo llegó allí. Y la respuesta está en la formación del artista. Nacido en Bello en la década de los cincuenta del siglo veinte, le tocó crecer con una generación irreverente que encontró en el arte una forma de enfrentar la tradición. Entre nadaístas y descreídos, combinó los estudios de bachillerato clásico con cinco años de pintura en el Instituto de Bellas Artes de Medellín. Luego se hizo arista plástico en la Universidad de Antioquia y por la búsqueda de un tema propio se inscribió en el programa de Antropología. El contacto, lleno de admiración, con la obra del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el francés Paul Gauguin y el colombiano Francisco Valderrama, lo llevaron a buscar en fuentes originarias una inspiración.

Se trasladó en 1980 al departamento colombiano del Chocó, realizó por cuatro años una investigación etnográfica sobre negritudes y vertió en su obra los hallazgos: la tierra, los oficios y los cuerpos de las gentes de ese territorio. Se ven los comedores y cargadores de frutas, los barqueros y las chalupas, los músicos y la música con alabaos, plátanos, chontaduros y tamboras. Lo más conmovedor son los gestos de esos rostros, a pesar de la música donada por la imagen, la alegría es cauta o aplazada, porque el relato que insinúan lleva a un pasado cruel de opresión o a un presente discriminatorio. Rubén encontró el tema y el estilo de construcción y diseño de las imágenes. El tema en los cuerpos afros y el estilo en la estética de sus maestros admirados, inscritos en el impresionismo – expresionismo europeo y en las versiones nacionales de esa vanguardia. Puede decirse que emuló el éxtasis de Gauguin en Martinica y se metió en su propio éxtasis chocoano.

La irreverencia de la obra de Crespo, está en la elección del tema. El gusto clasicista reinante e impuesto por el poder político ideológico, en Colombia de la primera parte del siglo veinte, es roto. Su generación hace madurar las intenciones y propuestas de Débora Arango y Pedro Nel Gómez. Ya no más lienzos relamidos, ya no más competición con la fotografía de artistas reproductores de imágenes de héroes y políticos. Ahora se trata de meter a los marginados, desposeídos y los seres humanos anónimos, en las imágenes creadas y diseñadas por los trabajadores del arte.

La obra de Rubén Crespo, se inscribe en una contemporaneidad, que ha recibido del pasado el pigmento disuelto en aceite, la luz insidiosa del color para que impresione la retina, la superación del academicismo, la vocación individual de la creación. Ese todo lo ha fundido en el cosmos de la obra, para mostrar el mundo de los seres humanos y en especial de la afrodescendencia arraigada en los litorales colombianos.