miércoles, 21 de septiembre de 2016

Un destino gitano. Acerca de La infancia de Jesús de Koetzee

Noè Bordignon. Gli Emigranti 1896-1898
La percepción inicial del lector de La infancia de Jesús, es la reducción de las tareas del narrador al mínimo. Se le lee mesclado, con frases cortas o apreciaciones precisas para ayudar a las intervenciones de los personajes de la novela. Este narrador es el testigo de un acontecimiento, repetido en la historia de la humanidad: el desarraigo. Acontecimiento generado por las guerras, hambrunas o enfermedades.

El desarraigo es triste porque está y es visible en la cara casi inexpresiva de los desarraigados. Tienen una cara dura que muestra una disposición a cuestionarlo todo, en primer lugar la ayuda recibida de cualquiera. El sentimiento inicial a comunicar es creer que no se tiene historia, se siente haber nacido el día del desembarco en la nueva tierra.

La historia de esta novela de Koetzee, se desarrolla con base en imágenes de los personajes, ubicadas en espacios y ambientes como escenas de cine. Los personajes desarraigados, en la nueva tierra son recibidos por un país magnánimo que les dispone lo mínimo para hacerlos sentir humanos. Ese país no es nombrado, pero se dan elementos para ser imaginado como una escena allende el mar.

Con proposiciones o unidades gramaticales mínimas, se describen secuencias de actos, cortos o largos, para construir el devenir de los personajes desarraigados, inmigrantes, refugiados, en especial, el personaje central: Jesús. Hay muchos elementos que hacen sentir al lector estar leyendo un guion. Hay muchos pasajes rápidos, insípidos, dirigidos a hacer evolucionar la historia; pero es posible adjudicárselos a la mala traducción, llena de expresiones extrañas no pertenecientes al castellano.

La novela está diseñada para mostrar la vida de unos refugiados, y en la que el lector debe imaginar la nación de procedencia, y el país receptor. En este último se habla castellano, pues obliga a los recién llegados a aprender la lengua para poder acceder a los servicios; se practica el cristianismo porque les pone nombres sacados del Nuevo testamento; tiene un régimen autoritario, obliga a los inmigrantes a dejar su ser, su cultura su historia y aprenderlo todo del nuevo país.

La nación de procedencia se deduce por las costumbres de los que han desembarcado, luego de cruzar el océano: son austeros con los gastos, aman los libros, saben de música, acatan las nuevas condiciones, son formales en el trato con los demás, muestran solidaridad, son dóciles, les gusta la abstracción hasta pensar en la sillidad de la silla, tienen como centro de relación social a la mujer y acatan su guianza. Hay puntales de apoyo para deducir un origen judío de los inmigrantes; pero Koetzee nunca lo dice.

Dentro de los refugiados asimilados como inmigrantes, funciona el azar. Es la mejor explicación que Él le puede dar al niño que resulta atado a su suerte. Él de 46 años (ni joven, ni viejo), el niño de 6 años. El niño trae una carta con información sobre su madre. La pierde y Él se promete buscarle la madre. No concibe la vida sin una madre para el hijo y sin una mujer de compañía. El azar los juntó. Ambos tienen una imaginación fogosa. Para Él el mundo está poblado de cosas comunes hechas por hombres comunes; por eso hay leyes comunes que la gente obedece a ciegas. Imagina un mundo acomodado por él de acuerdo a sus necesidades. Él debiera ser un demiurgo creador para ordenar el caos y hacer un mundo con un orden para cada quien. El niño ha topado con él por azar y su cerebro en formación y fogoso, asimila directamente lo que escucha. El niño se crea un mundo que funciona a su capricho y cuando quiere lo hace invisible y ni ve ni oye a los adultos.

Ese país de habla castellana, le facilita un techo y un trabajo. El trabajo es una asignación, como refugiado no puede elegir. En la ciudad porteña a la que ha llegado, solo puede ser estibador. Le da dificultad la carga en sus hombros porque no es joven, pero tampoco es viejo. El trabajo lo entiende y lo asume como el destino que debe cumplir. Los compañeros estibadores le animan. Ellos son jóvenes, pero le dicen que aún puede. Él dice necesitar el trabajo aunque llegue al fin de sus fuerzas porque ese es el destino.

Llega a casa con un debate en la cabeza. ¿Es el azar quien rige su vida o es el destino? Por azar llegó a la lengua castellana y el mundo que ha organizado en su imago, es una ficción azarosa. Pero tiene que actuar: “alguien tiene que actuar a nombre del destino” para subsistir. Tienes que comer para no morir temprano. Ese debate se lo transmite al niño. El niño pregunta que es el destino y que es el azar. Le dice: lo entenderás cuando aprendas a escribir y leer; luego vine la secuencia infantil de los porqués. ¿Qué es escribir? ¿Qué es leer?

Él le responde al niño con un libro ilustrado. Va a una pequeña biblioteca de la zona de refugiados y presta una versión del Quijote de la Mancha profusamente ilustrado. Ambos, en un rito diario se meten en la aventura. El niño aprende a leer y escribir según sus propios signos; construye sus propias letras y las lee: presenta una versión personal del Quijote, lo llama Quijano. Se detiene en el pasaje de la cueva de Montesinos y a pesar de que Él y la ilustración le dicen de le cuerda atada a la cintura del Quijote para descender a la cueva, el niño se empecina en verlo caer, porque Quijano flota, asciende y desciende a voluntad.

Él le consigue una madre al niño. Pasean por el campo, entran a otra zona de refugiados. Él ve una mujer joven, refugiada, que le sonríe al niño. Luego él la contacta y le ofrece ser madre del pequeño. Dice que la eligió por azar; pero para ella fue el destino quien le entregó el niño. Ambos Él y ella quieren educar el niño en la casa. Lo hacen y le refuerzan la ficción. Le enseñan los números tomando ejemplo del número de islas que debieron pesar en el océano para llegar al país de habla castellana. El niño por azar o por destino concibe los números como islas. Entre los números hay un abismo, así como entre las islas hay profundidad. Tiene que haber abismo entre los números para que su héroe Quijano pueda flotar.

El país castellano les exige llevar al niño llamado Jesús (el traductor lo llama David) a la escuela. El niño es antifuncional en la escuela normal, no acepta la autoridad y es recluido en un reformatorio. Los padres fortuitos de Jesús, lo sacan del reclusorio y huyen con él, a cumplir un destino gitano.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Instituciones flexibles y nuevos ciudadanos. El segundo punto del acuerdo de paz

Fernando Botero. Manuel Marulanda 'Tiro Fijo' 1999
 
Las posiciones tomadas por los colombianos en los últimos acontecimientos políticos, están cruzadas por el reinado de la opinión pública. En esta época de supremacía de los medios masivos de comunicación en manos del gran capital, la opinión pública viene de ellos y obedece a un diseño de contenidos con sus respectivas respuestas, según los intereses de los dueños.

Esta manipulación es evidente en la actual coyuntura política en Colombia. Los medios de comunicación funcionan con una supuesta imparcialidad manifiesta, pero tienen un currículo oculto, que les permite, además de burlar la imparcialidad, presentar una cara púdica. Con esta condición, le dan más protagonismo a la información de sus afectos político ideológicos y poco a sus desafecciones. En el juego de la coyuntura política actual, las posiciones a favor o en contra del pacto de la Habana, pasan por este juego y se puede hacer un balance: en televisión el canal RCN, tiene su carga a favor del No. El canal Caracol a favor del Si. En la radio, las dos emisoras del mismo nombre tienen un igual esquema como la tele. Y hay otras emisoras puestas al servicio exclusivo de las dos posiciones.

La actual coyuntura política en insoslayable y exige una toma de posición de todos los colombianos. Se trata de acabar con más de cincuenta años de guerra entre el Estado colombiano y las FARC, la guerrilla comunista más importante del país. La figura es la negociación, el acuerdo, un pacto, la firma de un tratado de paz, para acabar con la guerra, con la confrontación. No es un armisticio entre un vencedor y un vencido. No es la entrega y abdicación de uno de los dos contendores. Esta característica de la coyuntura se debe proclamar y hacer presente para que coadyuve a la toma de una posición consciente y acorde con el momento.

Los dueños de grandes capitales tienen posiciones potenciadas por los intereses económicos y la posición de las gentes del común la potencia los medios masivos de comunicación. La gente del común expresa la opinión pública, que además del ingrediente del medio masivo, tiene la tradición o la llamada idiosincrasia del colombiano: autoritaria, de las vías de hecho, revictimizador de la víctima, vivo que vive del bobo, depredador de lo público, amigo del que dirán y no del análisis.

Las posiciones tienen su propio enfoque sobre la coyuntura. La que quiere aceptar el acuerdo de la Habana, le pone el ingrediente de la historia de Colombia en la que observa la sistemática negación de una tercerización política en el país; la dificultad para acceder a los bienes económicos, a los servicios públicos de salud, vivienda y la educación. Y entre negaciones y dificultades, la violación de los derechos humanos, en especial el más preciado, el derecho a la vida. La posición que le dice si al acuerdo de la Habana, tiene el fundamento de la racionalidad histórica y esta se ve que envuelve el texto del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto. Son doscientas noventa y siete páginas de argumentación histórica, auxiliada por múltiples reflexiones tomadas de las ciencias sociales y humanas, construidas a la luz de la teoría del conflicto social.

La posición que le dice no al acuerdo es ahistórica y cree en la eternidad de las instituciones. Esto se deduce cuando afirman que el acuerdo es la abdicación de las instituciones colombianas ante el terrorismo. Decirlo es concebir el orden social del país inamovible y si algo cambia debe ser por aceptación y bendición del poder de los intereses económicos de los dueños de grandes capitales, como se puede observar desde el nacimiento de la república.

El segundo punto del acuerdo: crear un Sistema Integra de Seguridad para el Ejercicio de la Política, señala directamente una de las causas del conflicto, la negación de una participación política en Colombia amplia y abierta a todas las concepciones políticas progresistas. Este es el punto más atacado por los impulsores del no a la acuerdo de la Habana, porque enfrenta el sistema político oligárquico, reservado para los dueños de la riqueza.

El primer orden constitucional republicano independiente, la constitución de Cúcuta de 1821, restringió la participación política. Estableció el sufragio cualificado para los alfabetos y adinerados. Esta restricción se mantuvo hasta 1853. La constitución de ese año permitió el sufragio a todos los varones mayores de edad. El sufragio universal se adoptó en la constitución de 1886; pero fue solo de nombre porque solo votaron los varones mayores de edad y alfabetos, no votaron los analfabetos y las mujeres.

Las restricciones electorales y el bipartidismo, indican una democracia incompleta, un régimen oligárquico que le cabe también el nombre plutocracia. Las instituciones se cambiaban de acuerdo a la facción que tomaba el poder. Hubo cambios luego de cada guerra civil y estas ocurrieron cada diez años. La guerra terminaba en asamblea constituyente.

El concepto de instituciones inamovibles y perpetuas como la iglesia, la constitución, el bipartidismo se acuñó luego de la constitución de 1886, con la que se inauguró una hegemonía conservadora de cuarenta y cuatro años. Por estos años los propietarios agrarios, comerciantes, industriales y la iglesia, en una especie de acuerdo tácito, reaccionaron contra todo intento de libertad de pensamiento y de reforma del Estado. Las nuevas ideas políticas del obrerismo, el socialismo y el comunismo, fueros satanizadas y los profesantes perseguidos, encarcelados y asesinados. La lista es larga: muerte y destierro de Melo y los artesanos en 1854; el asesinato de Rafael Uribe Uribe en 1913, la masacre de las bananeras en 1928… hechos tendientes a impedir la salida del poder de las manos de los dos partidos tradicionales. La historia de la participación política del siglo XX, se concibe como una guerra civil no declarada contra los intentos de nuevos hombres con nuevas ideas, de llegar al poder.

La muerte de Gaitán, la dictadura de Rojas, el bombardeo de Marquetalia por Guillermo Valencia, el zarpazo al triunfo de la ANAPO por Lleras Restrepo, el exterminio de la Unión Patriótica y la reacción paramilitar de 1986 al 2008, son acontecimientos que mostraron la utilización del Estado por los dueños propietarios agrarios, comerciantes, industriales y la iglesia para impedir profundizar la democracia.

Hablar de instituciones inamovibles y de la necesidad de preservarlas de los asedios de pretendientes por fuera de la tradición, es cegarse ante la contundencia del peso de la historia. Decir que el Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política del acuerdo de la Habana, es la quiebra de las instituciones y la abdicación del Estado ante el terrorismo, es utilizar la opinión pública de manera visceral para seguir manteniendo ese ser colombiano tradicional e impedir la construcción de un ciudadanos con derechos y respetuoso de los derechos y deberes. Un ciudadano democrático, pacífico, solidario con las víctimas, ponderado, respetuoso de lo público, analítico y por tanto racional.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Hacha contra papel sellado. El primer punto del acuerdo de paz

Presidente a caballo. Fernando Botero 2008
Campo y campesinos objeto de injusticias ha sido la causa de todas las violencias en Colombia. Por eso creo, se ha puesto como primer punto en la agenda de la paz salida de la Habana. La cuestión agraria nunca se ha resuelto y su desorden y deriva, acompaña la historia de la república hasta nuestro tiempo.

Las reformas registradas en los siglos XIX y XX no han tenido efecto. Por eso el jefe del partido Centro Democrático se burla de la Reforma Rural Integral del acuerdo de la Habana. Dice que si una mente tan clara, estadista y construida como la de Carlos Lleras Restrepo no logró hacerla, mucho menos la harán esas personalidades menguadas de Timochenco y Juan Manuel Santos. Esta condena se parece a la que Laureano Gómez publicó en el periódico El Siglo en 1935, cuando fue inminente la reforma constitucional de Alfonso López Pumarejo: como se atreve a tocar este burdo presidente, la obra superior de las grandes plumas de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro. Tanto la expresión del Centro Democrático como la de Gómez, no son textuales las saco del recuerdo.

Las injusticias en Colombia han estado ahí, tanto tiempo que parecen inamovibles y para los conservaduristas de todos los matices son parte de la naturaleza del orden social. La concepción del Centro Democrático de una cuestión agraria intocable, se cae ante esos criterios aterrizados, sensatos, pactados en la Habana. Se percibe una voluntad política para sacar una Reforma Rural Integral, sin cambiar el modelo democrático moderno liberal, imperante en Colombia; así como se pensaron las reformas anteriores: reformar el campo acudiendo a la voluntad política del Estado y algunos sectores de propietarios campesinos. Pero esa voluntad fue quebrada por el interés particular y la concepción capitalista monopolista de los terratenientes. ¿Cómo se estableció esta?

La tierra en Colombia es una abundancia original, apropiada por especuladores sin escrúpulos. La historia de la tierra en Colombia, puede entenderse como historia del despojo. Los ibéricos despojaron a los indígenas a partir del año 1530. Los invasores no tumbaron monte, ni desbrozaron selva; se establecieron en las tierras cultivadas ancestralmente por las comunidades indígenas. Sometieron, esclavizaron a los indígenas en sus propios territorios y cultivos. Este episodio de opresión se reglamentó en 1670. La mano de obra indígena no podía estar a disposición de cualquiera; para acceder a ella debía mediar un protocolo. Por eso la corona española crea los resguardos y le impone a los indígenas un tributo en días de trabajo y en dinero, pagado por cabeza, llamado capitación. El resguardo fue una institución de inspiración medieval que luego entrará en conflicto con el orden republicano capitalista, instaurado desde principios del siglo XIX.

La monarquía española luego de la conquista y colonización del territorio llamado la Nueva Granada, instauró un régimen de tierras con tres figuras de posesión. En el momento del poblamiento, con la fundación de ciudades, y luego de reservar tierra para la plaza y edificios administrativos, se repartió solares entre los participantes del poblamiento. Los alrededores de la población se declararon Ejidos o tierra comunal para la pequeña caza y abasto de leña y agua.

La tierra de producción (indígena ancestral) se adjudicó al conquistador, bajo la institución de la encomienda. Esta se heredó por una, dos o tres vidas, al cabo de las cuales volvía a la corona. Las encomiendas retornadas al tesoro real y las vigentes al final del periodo colonial, fueron inventariadas y luego rematadas. Las causas de este remate estuvieron en la crisis financiera de la corona española por la guerra con la potencia capitalista de la época, Inglaterra.

En el virreinato de la Nueva Granada, creado en 1740 (territorio separado del virreinato del Río de la Plata), la población con capacidad de participar en el remate, fue la población criolla hijos de encomenderos y fundadores de pueblos. En las manos de estos criollos notables, la encomienda se transformó en hacienda y el encomendero se transformó en hacendado.

Se inauguró así una nueva figura de explotación de la tierra y un nuevo régimen de tenencia. Esta situación se potenció luego de la independencia. Los hacendados criollos llegaron al poder y crearon un Estado hacendario, es decir, un Estado al servicio de la hacienda como unidad básica de producción económica.

El nuevo Estado de la Nueva Granada, nació endeudado con Inglaterra y con los ricos antioqueños acumuladores de oro, con los servidores públicos, con los soldados veteranos, los maestros y los empleados administrativos. Ese nuevo Estado solo tuvo para pagar esa deuda pública, la inmensidad de la tierra baldía.

Desde 1821, la deuda pública del Estado se paga con bonos redimibles en tierra. Bonos apodados desventurados por su poco valor. La gran mayoría de quienes los recibieron, los vendieron a los comerciantes hacendados, los únicos con capacidad de esperar pacientemente, la oportunidad para redimirlos.

La bonanza de la quina (primeros treinta años de independencia) y luego la bonanza del tabaco a partir de 1840, propiciaron la ocasión para la redención de los desventurados. Se configuró así otro conflicto de tierras, luego del despojo indígena. Los baldíos adjudicados a los redentores de bonos (hacendados comerciantes), no lo eran; esa tierra estaba incorporada a la frontera agrícola por colonos, desde los primeros días de la república. Así, resultaron grandes latifundios, en manos de los hacendados comerciantes, en cuyos predios existían uno o varios pueblos fundados por campesinos.

Los colonos se entusiasmaron por la ley de tierras generada por la constitución de 1821. Según ella el Estado reconocería título de propiedad sobre toda la tierra puesta en producción; pero el colono nunca tuvo dinero con que pagar el acceso a la ley, acceso siempre mediado por abogados corrompidos. Esta lucha coloquialmente llamada “la lucha entre el hacha y el papel sellado”, produjo asesinatos, injusticias y esa terrible constante de ruralidad en Colombia: el desplazamiento.

La tierra en la época republicana fue un bien que debió someterse a la compraventa, a la ley de la oferta y la demanda, es decir al régimen de libertad económica capitalista. Eso explica la posición antipatriota tomada por los indígenas del sur. Esas comunidades resistieron los embates contra el resguardo. Los hacendados comerciantes, quienes hacen la independencia, necesitaron disolver el resguardo y acabar con ese tipo de propiedad corporativa y comunitaria. La ley grancolombiana (1821 – 1830) disolvía el resguardo y obligaba a repartir la tierra entre los indígenas, para hacerlos propietarios individuales, con plenas libertades para vender y meter así esa tierra en el mercado, en la lógica capitalista.

Lo mismo se hizo a partir de 1860 con la tierra en manos muertas. Esta figura indica la forma como la iglesia católica acumuló tierra, desde inicios de la colonia; tierra buena dentro de la frontera agrícola, es decir, tierra productiva. Para el año de 1860, el clero católico poseía un tercio de la tierra productiva del país, dedicada a dar lo mínimo para garantizar el bienestar de las almas de los donantes. Esa tierra amortizada, estuvo fuera de la lógica capitalista, y por acuerdo de los hacendados comerciantes de ambos partidos políticos (liberales y conservadores), se desamortizó, se remató y se metió en el mercado. Este conflicto social entre la elite capitalista colombiana y la iglesia católica, se resolvió con sendas guerras civiles y con la derrota del liberalismo radical, hasta que la iglesia logró, en 1886, el reconocimiento de una indemnización a perpetuidad del Estado colombiano por la tierra que se le quitó en 1863.

El siglo XIX terminó sin resolverse el problema de posesión de la tierra. La figura de la colonización de baldíos para luego ser reconocida la propiedad, no produjo los resultados esperados: crear una sociedad de propietarios. Las dificultades para el reconocimiento de títulos, obligó a la mano de obra campesina, desde el fondo del siglo XIX, a inscribirse en la hacienda bajo la figura de aparceros, agregados o arrendatarios. Estas tres modalidades ocupaban la tierra a cambio de trabajo para el hacendado, por tiempo indefinido y por generaciones.

Las guerras mundiales, el volcamiento de la economía hacia el cultivo de café y el inicio de la industrialización, exigieron la modernización de la sociedad colombiana. Las reformas necesarias las asumió el partido liberal en cabeza de Alfonso López Pumarejo. En 1936 se reformó la constitución, la educación, el sindicalismo y en especial la tenencia de la tierra. López hizo una reforma agraria, tendiente a hacer propietarios a aparceros, agregados y arrendatarios, estatalizar las tierras improductivas y liberar la mano de obra de los lazos feudales que aún subsistían en el campo, para que llegase a las ciudades, donde la naciente industria la necesitaba.

La ley 100 de 1936 posibilitaba a los trabajadores atados al latifundio, hacerse propietarios, luego de demostrar diez años de residencia y cultivo. Los terratenientes respondieron expulsando a aparceros, agregados y arrendatario, para evitar la aplicación de la ley. Los campesinos expulsados, unos llegaron a las ciudades, otros crearon los primeros focos guerrilleros del siglo XX en el sur del Tolima.

Estas reformas modernizantes fueron violentamente atacadas, por la iglesia católica y sectores tradicionales fuertemente empotrados en ambos partidos tradicionales. En vez de pensar el país en los términos de la dinamización social propuesta por el liberalismo de López, prefirieron incendiarlo. El campo fue sometido a la violencia sistemática, ocasionando desplazamiento del campo a la ciudad. El sectarismo político llevó la violencia a las ciudades y toda la sociedad se disolvió.

La cuestión agraria, seguía sin resolverse y se hizo más lejana la posibilidad de una reforma de la tenencia de la tierra. La guerra no declarada expuesta en Colombia desde 1945 no la paró la dictadura militar de 1953, ni el frente nacional de 1958. El campo colombiano vio aparecer el fenómeno guerrillero en los primeros años de la década de los sesenta. La violencia sufrida creó una base social campesina que recepcionó la propuesta de la lucha armada. El prestigio logrado por la guerrilla obligó una acción política del poder bipartidista para detenerlo. Quien la ejecutó fue Carlos lleras Retrepo. En su gobierno 1966 – 1970, creó las instituciones descentralizadas, y entre ellas el Instituto Colombiano para la Reforma Agraria (INCORA). En la base de esta reforma estuvo la organización de los campesinos como Asociación de Usuarios Campesinos a través de la cual llegaría la adjudicación de baldíos y tierras incultas. Las intrigas del poder y divisiones de los usuarios campesinos prolongó en el tiempo la reforma hasta que Misael Pastrana Borrero en el segundo año de su gobierno pactó con los terratenientes del país el aplazamiento indefinido de una reforma agraria en Colombia.

Ahora en este año de 2016, el hecho de estar en el primer punto del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, la cuestión agraria, es la inscripción de las aspiraciones de los campesinos, sistemáticamente frustradas desde los orígenes de la república. Adjudicación de baldíos y tierras incultas para los desposeídos es una reivindicación bicentenaria y parece que por fin se realizará.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Deseos en bicicleta. Comentario sobre El hombre lento de Koetzee

Bicicleta Amarilla. Oscar Dominguez. España 1950
Una herida sana, suficiente, en seis meses. Ese es el tiempo de la novela Koetzee El hombre lento. Del accidente hasta la cura de las heridas, ocurre toda la historia, dedicada a mostrar un trazo de vida de una ciudad, una familia y de un hombre sexagenario, atravesados por lo inesperado. El lector es llevado para que se meta en la parte austral del mundo en la que ocurren los acontecimientos de esta novela de Koetzee. Se localizan en la ciudad de Adelaida, conglomerado urbano de ese nuevo mundo y con más precisión, una ciudad de finales del siglo XVIII, fundada, poblada y ordenada por europeos. Está en el cuarto continente, Oceanía, específicamente en la gran Australia. Por eso la ciudad tiene todas las bondades y problemas de la sociedad occidental, en especial el problema-acontecimiento que organiza la historia: jóvenes al volante que transgreden las normas de tránsito y los daños que ocasionan. Daños mitigados, negados o esquivados por los padres condescendientes, porque ocupan un lugar alto en la jerarquía social.

Esta argumentación se asume en la novela con un narrador omnisapiente que les cede la palabra a los personajes de manera amplia hasta hacer perder la huella de quien habla. La huella se recupera cuando el lector encuentra los juicios de valor sobre el personaje o sobre lo que dice porque se sienten extraños. Pero vuelve el hilo de la narración y son momentos de goce pues llega de golpe todo el recorrido hecho letra tras letra.

El narrador atrae con el saber sobre la intimidad de los personajes y la forma como cada uno se ubica en la vida. Esa información la pudieran dar los mismos actores, pero él quiere dar a entender que conoce el país de procedencia de los inmigrantes llegados a Adelaida desde niños; que sabe de una historia del mundo con la particularidad de las creencias religiosas, para con ellas ahondar en la psiquis de los protagonistas. Muestra las ambiciones y con crueldad justifica la calificación que hace de todos porque no tienen deseos propios y deben conformarse con lo que son. Les dice: sois así, así os he creado, y eso me permite darte un lugar en el mundo de la novela.

Los personajes son fustigados y enjuiciados. El creador los hace actuar de alguna manera, para luego calificar sus actos con dureza. Esta es la mecánica de la novela que le permite al autor sobreponer una estructura visible, sencilla y corriente: un accidente sufrido por un hombre mayor, hace que le amputen una pierna, y esta nueva condición, no solo le cambia la rutina sino que le permite conocer los cuidados de las enfermeras. Unas lo hacen con distancia y otras con amor y dedicación. Una de estas últimas le despierta sentimientos dormidos de paternidad, deseos de proteger una mujer y sus cosas. El narrador fustiga y le dice a su personaje: eres “como una mujer que nunca ha dado a luz un hijo y ahora ya es demasiado vieja, y ansía repentina y urgentemente ser madre. Lo bastante ansiosa para robar la criatura a otra persona: a tal punto llega su locura”.

El hombre lento, se hace más, después de la amputación de una de sus piernas a la altura del muslo. Antes viajaba en bicicleta al mercado, a la biblioteca, por las calles de Adelaida. Se hizo lector tras leer a escondidas los libros que su madre leía, para buscar eso que a ella la atrapaba tantas horas. Se hizo fotógrafo y practicó la fotografía hasta el invento del color y ahí decidió no valer la pena seguir reproduciendo imágenes. Luego del accidente: embestida de su bicicleta por el auto de un muchacho, la lentitud se hace propia para el amputado.

El hombre lento, luego de ser fustigado por el autor, es sometido a los experimentos de una escritora que de repente entra a su apartamento y le manifiesta saberlo todo sobre su vida. El narrador creador y la escritora se turnan para calificar, dirigir, criticar y someter al amputado. Ella le consigue una mujer ciega porque sabe de su deseo de tener una mujer. Ella lo convence de experimentar con una ciega y le dice: la ciega y el amputado hacen una buena pareja, a ambos les falta un órgano. La escritora traza al amputado, programas para satisfacer sus deseos de ser guiado, protegido, amado y satisfecho. Él los cumple y reacciona luego contra ella y la acusa de quererlo controlar.

El narrador creador de El hombre lento, se convierte con el avance de la novela en un juez. Tu no debiste hacer eso, le dice, enamorarte de tu enfermera y peor aún, ofrecer dinero a su hijo de dieciséis años, para que fuese a estudiar a una academia militar. Esa intromisión en las finanzas de una familia tenía que producir el efecto necesario: la crisis del hogar. Los hiciste pelear por los celos del marido. Él se preguntó por el dinero que su mujer traía ofrecido por el señor puesto a su cuidado y servicios. Ese dinero no es gratuito, debe ser una recompensa por favores amatorios.

El narrador acusa. Habéis destruido un hogar. La escritora, refuerza la acusación. Le dice que ha tirado a la familia de la enfermera al mundo del chisme, a ese mundo falso pero comandante de lo que la gente piensa y hace: ese mundo es el verdadero dinamizador social; todos actúan respecto a los demás, según el “qué dirán”. Saben de las exageraciones, pero el mismo morbo de la exageración les potencia la imaginación y buscan a los más maldicientes y deformadores del chisme original. Así pues, señor amputado, haz puesto en boca de media Adelaida la historia de una enfermera que se enamoró de su enfermo y por él dejó sus hijos y su hogar.

El narrador juez y la escritora aparecida y entrometida en la casa del amputado sin justificación, con un dominio absoluto de la vida de este personaje, obligan en el lector la deducción de estar ante una novela diseñada por un profesional de la narrativa. La trama argumentativa es sencilla: Un hombre sufre un accidente, se le amputa una pierna, consigue una enfermera cuidadora, se enamora de ella. Ese amor destruye una familia. Se introduce de repente y traída de la nada una escritora que conoce toda la historia de la novela y se mete en la casa del hombre. Pero ese diseño sencillo lo salva y le da sentido toda la reflexión sobre la vida, el azar, la historia del mundo, los sentimientos humanos, las reacciones normales ante estímulos cotidianos. Reflexiones hechas al calor del juicio de los personajes por su creador.

La alternancia de juicios contra el amputado, al final se le da toda la palabra a la escritora. Ella le llama ingenuo por haberse dejado robar una fotografía por el hijo de la enfermera, la más valiosa de su colección. Le dice querer estar escondido en un caparazón por tenerle miedo al mundo, no ir más allá de desear una bicicleta y de olvidarse de vivir la juventud por estar metido en los libros. Le llama tortuga “porque pasa (…) una eternidad husmeando el aire antes de asomar la cabeza. Porque cada bendito paso le cuesta un gran esfuerzo (…) busque en su interior para ver si puede encontrar una forma (de vivir), dentro de su carácter de tortuga”.

El amputado ataca y cuestiona la escritora por haberlo elegido para hacerlo un personaje de sus novelas cursis. Él que es un ser simple y lento con una vida más sedentaria que móvil, nunca entendió la llegada de ella y como se enteró de sus existencia. Ella dice que no ha terminado su trabajo y lo convence de vivir juntos para cuidarlo, porque un hombre lisiado, sexagenario puede estar solo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

La edad de hierro de Coetzee y la paz colombiana

Maternidad. Óleo de Bertina Lopes  Mozambique 1971

Hombre lento, fue un título que me atrajo, luego de una discusión con el librero, sobre el abominable atareamiento de los seres humanos del presente. Volver a la lentitud de la vida, para poder observar el mundo en que vivimos es hoy un propósito loable y necesario -concluímos-. Le compré el libro. Luego en otros espacios, también dedicados al libro vi y compré La edad de hierro y luego La infancia de Jesús. En este agosto lleno de ventiscas huracanadas, decidí meterme con este premio Nobel de literatura del 2003, John Maxwell Coetzee, Sudafricano, físico matemático fugado hacia la literatura. La decisión la tomé, no solo por la presencia de las tres obras en mi están o por la discusión con el librero, sino por Sudáfrica.

Hace unos días una periodista local, me interrogó sobre el proceso de paz que vive Colombia y le respondí que los procesos de paz y amnistía entre opositores en guerra, hoy ya no pueden hacerse bajo la sentencia de “perdón y olvido”. Hoy –le dije- esos procesos, deben hacerse bajo el ejemplo de Sudáfrica, inspirado en la convicción de “Perdón y eterna memoria”, para que los acontecimientos no se repitan por estar siempre presentes. El régimen del apartheid impuesto a la mayoría negra por la ínfima minoría blanca, metió a ese país en una guerra fratricida, en una violencia sistémica, que destruyó todos los valores de la convivencia.

La guerra trifronte en Colombia hizo lo mismo. La historia reciente, es la historia de otra infamia más de crimen atroz y persecución; y la mejor manera de salir de ese fango es seguir el ejemplo sudafricano. En ese país los enemigos se reconciliaron y pidieron perdón a las víctimas públicamente. Se trajo a la conciencia las causas de la guerra, los bandos se prometieron no repetir la catástrofe social y se blindaron al darle vigencia a la democracia y al estado de derecho.

En La edad de hierro de Coetzee, se encuentra una descripción del estado de la sociedad sudafricana en plena vida de la segregación y el apartheid. El autor de esta bella y dolorosa novela, emplea una sutileza narrativa, por el uso de la persona. Ella escribe para otra y obliga al lector a un estado de alerta para descubrir la otra. Casi al final de la obra, nos damos cuenta que la otra es su hija y que hace un ejercicio de escritura llamado epístola, larga, inmensa.

Ella escribe para ella, la otra; a veces lo hace para ti o dirige palabras para tu información. A veces en segunda, a veces en tercera persona. Pero el lector avisado debe cavilar, cuando la narración lleva a espacios y tiempos de sospechosa verificación, porque se pregunta sobre el como hace la escribiente para haber estado allá, sin moverse de su casa. Dice que lo hace porque debió ser así. Luego hay que cavilar y volver a ella, a las palabras que escribe para ella - la otra. ¿Quién es ella? Descubrirla, identificarla es la tensión que sufre el lector y obliga a leer con avidez. Se sabe que ella es una madre con una hija. Madre culta, lectora, escribiente, sensible y comprensiva con los seres humanos victimizados.

Ese es un transfondo perentorio de la novela. El ser humano ante todo. No importa que sea vagabundo o alcohólico; madre de familia o un muchacho de catorce años. Todos se comportan de manera propia porque viven una psiquis y un cuerpo. Esa experiencia la comprende ella, porque lee, escribe y observa la vida humana. Sabe del dolor de la existencia y de las pequeñas alegrías entre el mar de angustia de ser estar en el tiempo.

Ella le escribe a ella – la otra y contextualiza los hechos narrados en un país lleno de violencia: la hija violenta la madre con la malacrianza de los hijos y la desaprobación de los gestos magnánimos para con los indigentes. Los hijos de la ayudante de casa, sus amigos gozan con el sufrimiento de los ancianos y las mujeres.

Ella, la escribiente, dice que las palabras las atrapa en la escritura, porque la rodean y le flotan sobre el cuerpo enfermo en desahucio. Son palabras duras para una sociedad en crisis humanitaria. Una sociedad segregada, hecho que basta para generalizar la violencia profunda. Ella escribe y describe a hombres, mujeres y niños que queman las escuelas, incineran públicamente cuerpos de seres humanos y ante el clamor y dolor de la víctima proveen más gasolina a la hoguera: “país pródigo en sangre […] una tierra que bebe ríos de sangre y nunca queda saciada”.

Es Sudáfrica, un país que ha llegado a construir el apartheid y segregado la sociedad. Esta violenta discriminación, ha dividido la vida en dos épocas, para ella: la época de los valores, el respeto, la paz; y la época de la violencia segregacionista. Los jóvenes abandonan o queman la escuela, porque ese aparato ideológico reproduce el pensamiento discriminatorio, el apartheid. Hay un clamor contra esa forma de vivir. Clamor que se ha trocado en el hecho de violencia. Los muros construidos por los blancos para separarse de los negros es violencia y Los antiapartheid la han generalizado y viven una vida de confrontación e imaginan una Sudáfrica en paz, con libertad de movimiento, con convivencia pacífica entre negros y blancos y sin espacios vedados para nadie.

La tierra en que vivo – escribe ella- es hermosa, pero tiene un nombre impropio. Si se cumple la esperanza de los jóvenes y los antiapartheid, de crear un nuevo país, el nombre insípido de Sudáfrica debe desaparecer. En su lugar llegará otro que relacione al ser humano con la tierra, las aguas, los hechos y el espíritu nacido aquí en el paralelo 23 del globo terráqueo, que nos permite habitar en la misma situación de Argentina y Australia.

La escribiente le recuerda a su hija, la destinataria de la carta novela, que es una profesora blanca pensionada por incapacidad, que vive en una zona segregada con población negra, a la que ama y le comprende ese gusto por la violencia, porque se justifica revelarse contra la dictadura blanca de Ciudad del Cabo. La rebeldía es visible en los jóvenes casi niños. Ella palea su soledad, su desahucio, su amor por la humanidad, al ponerse al servicio de su ayudante de casa una mujer negra madre de dos niñas y un joven casi niño. Ese servicio consiste en tener que ver con el joven de catorce años que le dispara a la policía y al apartheid. Ella y la madre del chico, van a cualquier parte para auxiliarlo, hasta el día que se meten a la zona de guerra y lo encuentran acribillado.

Sobre ese fondo espacio – temporal, lleno de acontecimientos sociales, ella escribe y muestra su estado mental. Escribe compulsivamente. Dice que hace una carta y le pide perdón a la destinataria por ser tan extensa, detallista y en especial por mostrar su pensamiento postrero, último. Es un largo lamento por abandonar la vida, a pesar de que el país y los seres humanos que deja están en crisis humanitaria; son una sociedad sin valores sobre la vida y todo lo hacen para la muerte.

Le dice a la destinataria: de la vida, es lo único de que se puede hablar desde la experiencia. Experiencia del amor, del odio, de la historia, de la memoria, del viaje, del deseo, de la sangre común, del sexo y hasta de dios y los hijos padres de familia. Ella escribe sobre su historia, su existencia y resulta su extensa carta, ser una pieza existencialista, por estar en el mundo para sufrir el poder. Ha pedido consideración para con la vida de los jóvenes niños alzados en armas y el poder le ha respondido con una sonrisa amable al decir: váyase y déjenos hacer nuestro trabajo.