viernes, 27 de marzo de 2015

Locura o seducción

La religiosa es un ejercicio literario, en él se detecta el diseño. La obra ha sido pensada e imaginada antes de ser llevada al papel. Diderot en sus sociabilidades parisinas, se encuentra con alguien que le informa de una monja escandalosa por sus deseos de renunciar a los votos. El escritor convierte esa información, en una novela con un manejo excelente del tiempo y la tensión. Hace que la imaginación del lector excite los sentidos. El cuerpo, la carne, es impactada por unas dicotomías: indignación y lágrimas; deseo y traición; poder y vileza. El lector entra en venganza contra esas instituciones que le han negado a la joven Susana la vida. Susana narra en primera persona. Susana cuenta a un marqués su paso involuntario por varios conventos. Diderot hace que Susana le dé la palabra, por artificio de la literatura, a cualquier personaje necesario para encarnar la tiranía, la inocencia, el deseo, la locura, la bondad, la complicidad, el poder y la traición.
 

La historia está ubicada en el tiempo del siglo XVIII y en el espacio de la ciudad de París. Hay escenas que obligan al lector a invocar el contexto histórico social y político. El nacimiento de Susana fuera del matrimonio eclesiástico, la condena a la esclavitud y hace que el padre, la madre y las hermanas, muestren la vileza que se esconde en la sociedad patriarcal y católica. La vida conventual impuesta a Susana hace que ella se rebele y con su rebeldía expresa la bajeza de la monarquía convertida en tiranía absoluta, dentro y fuera de la iglesia. Los castigos impuestos a la carne joven de la mujer de diecisiete años, devela la animalidad humana sacada a flote por el fanatismo... "Entre todas estas criaturas que ves en torno mío, tan dóciles, tan inocentes, tan dulces, ¡pues bien!, hija mía, no hay apenas una, apenas una, que yo no pueda convertir en una bestia feroz; extraña metamorfosis para la que la disposición es tanto más grande cuanto más joven". Dice una abadesa que reflexiona con Susana.
 

La belleza extraordinaria de Susana, su voz de ángel, las notas que saca al clavicordio, la blancura y el terciopelo de su piel, hacen que la represión sexual se trasgreda y que el deseo liberado se choque contra la institución. En las vírgenes seducidas por la belleza y castigadas, sus mentes entran en barrena: es la locura.
 

Entre tanta maldad y crueldad, ejemplarizada en la historia de Susana, ella misma recomienda, con actitud anticlerical: "Mate a su hija antes de encerrarla en un claustro contra su voluntad; sí, mátela. ¡Cuántas veces he deseado haber sido ahogada por mi madre, al nacer! Hubiese sido menos cruel". El bien está encarnado en la abadesa que reflexiona y el abogado que ejerce el derecho. El lector está obligado a preguntarse por la existencia del derecho en una sociedad sometida a dos monarquías absolutas: una la del espíritu y la religión; la otra la de la política y la economía. Diderot defiende el derecho como el bien y la razón. Desde los años 1680 el capitalismo europeo, por su mecánica sociopolítica, destruyó la economía feudal y el derecho de sangre. En su lugar puso la monarquía absoluta secular y el derecho positivo, el mismo que le permite al abogado de Susana velar por sus derechos como ser humano.
 

La belleza de Susana crea dos actitudes en los claustros por los que pasa: las vírgenes que sucumben ante ella y la aman y la tocan. Las otras, ven la belleza como algo demoníaco, por eso la atacan, la flagelan, la torturan y tratan de obligarla a la locura o al suicidio. Diderot redondea su pintura de la sociedad de la época, profundizando la actitud dicotómica del literato. Dice: “Poned a un hombre en una selva, se volverá feroz; en un claustro en el que la idea de necesidad únese a la de servidumbre, es peor aún. Es posible salir de una selva, de un claustro no se sale nunca más; en la selva se es libre, esclavo en el claustro. Es posible que se necesite más fuerza de ánimo para resistir a la soledad que a la miseria; la miseria envilece, el retiro deprava. ¿Vale acaso más vivir en la abyección que en la locura? Es algo que no me atreveré a decidir, pero es preciso evitar lo uno y lo otro”.

martes, 17 de marzo de 2015

Alcalde por insistencia

En las mañanas lo despertaba el balar de las cabras. Sabía que debía levantarse y correr hacia el corral, abrir el portillo y dejar salir los cornudos. La casa, siempre pintada de verde, estaba en medio de un solar amplio que permitía a los animales, criados por Graciela, solazarse en el día. El diario vivir de El Chamo transcurría entre el ordeño, recolección de estiércol y sus salidas en las tardes con los vecinos de su edad. Eran cuatro. Caminaban por el parque central de La Pequeña Ciudad y se les veía reír a la puerta del billar del gordo Aristides.
 
El Chamo y Graciela conversaban después de la comida de las siete de la noche. La voz de El Chamo era delgada y recia. Con doce años hablaba de dirigir a sus compañeros en las correrías por las calles y se ufanaba tanto de esa pequeña hazaña que Graciela reía largamente de la ingenuidad de su hijo.
 
A los dieciocho años la actividad política de su hermano mayor, permitió que la alcaldía lo enganchara como guarda de Seguridad y Control, una guardia civil local, ayuda de la policía nacional. En los tiempos del gobierno del alcalde “Virgomaestre”, como él se autodenominó, fue despedido del puesto por liberal, dicharachero y sus ínfulas de mandatario. El Chamo desde su auto oficial de guarda mandaba a sus compañeros como si fuese su superior y a los ciudadanos les hablaba y ordenaba como si fuese el mismo alcalde. Todos sabían de la ingenuidad megalómana de El Chamo y en vez de odiarle o despreciarle, le seguían el juego. El Chamo no tomaba conciencia de la burla y en realidad creía que era tomado en serio.
 
El Virgomaestre llegó a la alcaldía por militante de la Anapo, partido que desplazó por seis años a liberales y conservadores de los puestos públicos, y del concejo municipal. Hizo de Seguridad y Control una guardia anapista. El Chamo despedido de su puesto de mando viajó a Medellín. Después de violar todos los protocolos, se metió al despacho del gobernador, y le dijo: doctor Diego, usted se equivocó de hombre al nombrar al Virgomaestre, yo conozco la ciudad desde chiquito, se quien es quien y se cómo controlarlos. Ñervito atraca todos los días de seis a ocho de la noche por detrás de la plaza de mercado. El negro Tábano es el violador de la Piedrancha. El doctor Siroco se ha robado dos veces el presupuesto de los restaurantes de las escuelas. Ana Tumbas tiene un putiadero detrás del cementerio con pelaítas de quince años. José Arepas salta tapias todos los días y se roba de las casas lo que encuentra. La flaca Rosario vende mariguana y le pasa plata a la policía para que la dejen trabajar. A la Varilla le traen cigarrillos Malboro y tiene inundada la ciudad de contrabando. Yo doctor Diego le limpio el municipio con tres patadas y verá lo que es el orden y la justicia.
 
El gobernador, atónito, entre la risa y la sorpresa, hizo lo que todos hacían con El Chamo, seguirle la corriente; pero este fue más lejos. En una tarjeta de invitación que tenía destinada a la basura escribió: a petición del ciudadano El Chamo Ramos y por insistencia de todos los ciudadanos debe ser nombrado Alcalde de La Pequeña Ciudad. Dado en Antioquia el 31 de octubre de 1971. El Chamo deslumbrado ante su logro, tomó el papel, hizo una reverencia profunda, corrió y saltó fuera de la gobernación.
 
El Virgomaestre nunca lo recibió. El Chamo por bares y cantinas, en los mentideros políticos, exhibía su nombramiento como alcalde de La Pequeña Ciudad, y provocaba la risa por doquier. Como respuesta ante la burla, El Chamo puso demandas por incumplimiento del mandato de su tarjeta. Fue a los directorios políticos, a los tribunales. Viajó a Bogotá e hizo conocer su caso del jefe nacional del partido liberal. En todas aquellas instituciones y lugares que visitó se hizo hacer un documento de reconocimiento de la legalidad de su tarjeta. El visitado expedía gustoso el documento, para reir. Por ello El Chamo hoy sigue su diario vivir caminando las oficinas públicas con un portafolio bajo el brazo repleto de documentos donde está escrita la burla mordaz de una sociedad que se ríe de sus tontos.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Rito de toro con olor

Ella estaba pendiente de mi nariz, cada que ponía la comida en la mesa y frente a mí. Y lo hacía porque yo antes de llevarme la cuchara a la boca olía la comida servida y levantaba un poco la nariz, para atrapar el olor y compararlo con otros que tenía en la memoria. Para mí, era una costumbre común, mis otros hermanos lo hacían, pero ella decía que yo olía la comida como un animal, es decir, no le gustaba mi gesto y además decía que la comida no se olía, porque había que imitar a Domingo Sabio que se comía lo que le pusieran en la mesa, pues eso era un regalo de dios. Ella no llegó a castigarme, pero el reclamo permanente fue suficiente para hacerme sentir discriminado. Domingo murió a los dieciséis años de inanición autoprovocada. La historia se la escuchaba a ella y al profesor Julio en la Escuela Preciosa Sangre que a pesar de ser escuela pública era atendida en contubernio entre el profesor Julio y el cura párroco Rogelio. La escuela terminaba a las cuatro de la tarde. Con el sol decadente caminaba cinco calles hasta la casa, allí me recibía el olor del hogao y sabía que en cuestión de una hora lo tendría sobre los frijoles cotidianos. En la mesa ante el plato humeante olvidaba las recriminaciones de Ella. Inevitable, mi nariz seguía el vapor flameante, despedido por la comida. Terminaba el gesto con la frente elevada, metiendo el olor en el fondo de la nariz.
 
 
Luego de comer, ella llamaba a cada hijo por su nombre completo y en tono solemne. Nos hacía sentar de nuevo para rezar el rosario. Lo hacíamos con voz económica, con palabras pronunciadas a la mitad, a media lengua. La atención estaba en la calle, después del rito vendrían los juegos, también cotidianos, pero por ser libres y gritados a todo pulmón, eran todo lo contrario de las rutinas de la casa y la escuela.

 
Los olores de la calle llegaban a la nariz. La calle en la noche olía distinto a la calle diurna. En la noche, el pavimento frío, dejaba llegar aromas lejanos, tristes, agrios, o alegres y dulces. Los comparaba con la calle caliente de sol, en el día. El pavimento atrapaba la canícula y neutralizaba los sentidos. Si algo quedaba en la memoria del olfato, estaba relacionado por el excremento de las caballerías de los Ortega. Ese cagajón sobre la calle del día, señalaba el lazo de la pequeña ciudad con el campo.
 
 
La Escuela Preciosa Sangre se construyó en una esquina robada al viejo cementerio. Ambos lugares estaban en el límite occidental de la pequeña ciudad. El olor de la escuela era rural. A la media jornada de los sábados el profesor Julio le puso el nombre de Sábados sabrosos y en ellos cantábamos acompañados por dulzainas; el profesor Julio sabía de canto y se lucía ante nosotros. Uno de esos sábados nos sacó de la escuela y trepamos la montaña. Cruzamos varias quebradas y entramos en un potrero. El profesor nos habló del ganado, su utilidad y los cuidados. Observábamos más con la nariz que con los ojos; pues la boñiga acumulada llenaba toda la imaginación e impedía pensar. Las palabras del profesor Julio eran sin pausa y explicaba que el olor intenso de esos excrementos a nosotros nos fastidiaba; pero que para las reses era su vida y que incluso el toro tenía un rito con la vaca para iniciar la reproducción de su especie. El toro olía los orificios traseros de la vaca y levantaba la cabeza hacia el cielo en acto que solo se explica pensando en lo bello de la naturaleza. Ese sábado en la mañana, así de golpe, entendí los reclamos de ella, cuando me servía la comida.