viernes, 12 de abril de 2019

Igualitarios contra caciques. Notas para una historia local


Pensar y escribir sobre la época prehispánica es de gran dificultad por la complicación de las fuentes. Sólo está la información obtenida por los estudios arqueológicos y las crónicas de indias. Con estas fuentes es posible construir una imagen del mundo de los habitantes de estos territorios antes del contacto con los españoles. Pero se puede tomar la propuesta de Clude levi Straus de leer en las sociedades que han resistido y sobrevivido, las huellas ancestrales, porque los procesos culturales en la humanidad en general son milenarios (Levi–Strauss 1977); con otras palabras: la observación de la comunidades indígenas existentes hoy y sus rasgos culturales son fuente para la reconstrucción de la historia prehispánica en estos territorios.

Los estudios arqueológicos colombianos permiten trazar el periplo de unos grupos humanos desde la entrada a América por el estrecho de Behring, hasta el poblamiento de la zona andina colombiana (Reichel-Dolmatoff 1984). Luego de diecisiete milenios de trashumancia y nomadismo; y alrededor del tercer milenio antes de nuestra era (a.n.e.), aparecen varios asentamientos de hombres y mujeres cultivadores y ceramistas y por supuesto sedentarios en la zona caribeña: Puerto Hormiga en la zona del canal del Dique, Monsú, Canapote, Barlovento y Urabá (Reichel-Dolmatoff 1984).

Estos asentamientos brindaron a los arqueólogos una imagen de la forma de la ocupación y un grupo de objetos en los cuales se puede leer y colegir el orden social. La forma circular o anular del asentamiento se deduce por la huella circular del basurero – estercolero en el que tiraban restos cerámicos, huesos de animales o de humanos desarticulados, lo que evidencia la práctica de la antropofagia.

Los útiles de labranza, la forma de la cerámica y los objetos cortantes son signo de cultivo de tubérculos como la yuca. Se colige que el régimen alimenticio consistía en el consumo de cereales, proteínas de origen animal (pesca y caza). Las vasijas evidencian almacenamiento de granos y líquidos.

Alrededor del cuarto milenio antes de nuestra era, se testimonia una serie de adelantos técnicos en las llanuras del Caribe y en el Magdalena medio: cerámica globular y azadas, más el manejo de altas temperaturas. En varios puntos de América aparecen estos adelantos como ejemplo lo descubierto en Valdivia Ecuador de similar contenido. Las construcciones se hicieron en círculos alrededor de uno primario. En los círculos que cubren el del centro se hallan restos (estercoleros). Y alrededor del círculo central no, lo que muestra un uso del espacio relacionado con el dominio del tiempo: es el manejo del “círculo gnomónico” para medir las regularidades de la siembra – cosechas, o en su prolongación un calendario (Reichel-Dolmatoff 1984).

El periodo que va de la entrada del ser humano a América y la creación de enclaves sedentarios, se puede considerar como el periodo de expansión y trashumancia. Del Cuarto (4º) Milenio a.n.e. al segundo (2º) milenio se considera un periodo de formación de establecimientos civilizados o en otras palabras periodo de sedentarización, agricultura, cerámica y dominio del tiempo.

Desde el segundo Milenio a.n.e. comienza el reemplazo de una subsistencia sustentada en raíces a una con base en granos como el maíz. Este cambio implicó la necesidad del almacenamiento y el almacén dejó como secuela la jerarquización de la sociedad o la construcción de un poder encarnado por un jefe, cacique, guerrero o sacerdote.

La subsistencia con base en raíces y recursos acuáticos (pesca), obligaba a una sociedad igualitaria, recolectora o de cultivo simple como la yuca y elaboración del cazabe (harina de yuca). Los granos y el necesario almacenamiento llevaron a un orden social centrado en el señorío o cacicazgo, que implica la esclavitud y las clases sociales. A esta conclusión sobre la sociedad jerarquizada y cultivadora de granos se llega en un ejercicio de deducción según el grado de desarrollo de la cerámica. Los restos cerámicos muestran la utilización de platos tipo “budares” (Reichel-Dolmatoff 1984) o asadores más o menos planos y raederas o raspadores en pedernal o cerámica. Estas huellas llevan a pensar en la existencia de una dieta basada en la recolección de raíces y peces, en las sociedades igualitarias de inicios del periodo de formación. Y de la entrada en un periodo de civilización por el hallazgo de cerámica con forma de cuencos, vasijas globulares, metates y piedras de moler, para una sociedad jerarquizada que regula el acceso al almacén de granos. Para este periodo, los objetos de adorno corresponden al grado de autoridad del usuario y a su tumba se le llevó con sus haberes entre los cuales estaban las esposas y los esclavos.

Las necrópolis son las huellas arqueológicas que permiten interpretar y comprender los contenidos culturales de los pueblos prehistóricos y para el caso que nos ocupa de los pueblos prehispánicos del valle de Aburrá. La ubicación de las tumbas y su contenido (individual o colectivo) señalan el territorio dominado. Pero dice Aristizabal que se debe diferenciar el concepto de territorio de la cultura occidental, del de las culturas prehispánicas, éste más emparentado con el concepto asiático. Por eso en las culturas prehispánicas del valle de Aburrá, es mejor hablar de paisaje significativo alrededor de las necrópolis y no de territorio, término que incita a pensar en un poder centralizado sobre la tierra (Aristizabal 2015).

El concepto de paisaje significativo se refiere a las relaciones socioculturales de grupos tribales colindantes. El que cada grupo tribal tenga su necrópolis, revela un ordenamiento del espacio según una cosmogonía compleja en la que prima el paisaje y no el territorio. El paisaje como construcción humana se basa en sitios o lugares con un basamento mitológico (Aristizabal 2015) y correspondiente con el sistema de pensamiento. Cada sitio convoca a una rememoración o a un rito, con un tiempo y espacio independiente y según el calendario que marca las fiestas y los ritmos agrícolas.

Las tumbas indígenas estudiadas en el valle de Aburrá muestran por su localización nucleadas en montículos, que los grupos humanos ocupaban el espacio por familias extensas con su necrópolis, sus labranzas, sus casas (bohios) nucleados alrededor de la casa de un personaje jefe y su familia notable. Por eso ha sido posible hablar en el valle de Aburrá en la época prehispánica y en los quinientos años inmediatamente anteriores al contacto con los españoles, de la existencia de pequeños cacicazgos tributarios de otros mayores. Niquíos en el norte, aburraes en el centro y bitagüíes en el sur, tributarios del cacicazgo de Guaca en manos del cacique Nutibara y su hermano Quinunchú, que dominaban parte del occidente de Antioquia (Neyla Castillo 1988).

El hallazgo en las tumbas de muchos volantes de huso revela una economía dominada por el cultivo de algodón y la confección de tejidos, para el intercambio por oro y sal con las sociedades colindantes. Pero a su vez el hallazgo de huesos y vasijas permite hablar de la práctica intensa de la agricultura de granos como el maíz y el frijol y de la domesticación y consumo de conejos, curíes y perros mudos (Neyla Castillo 1988).

Por la fuente llamada crónicas de indias están las Noticias Historiales de Fray Pedro Simón (1574 – 1619) escritas al final de la conquista y comienzos de la colonia. Este autor lee a los anteriores cronistas a quienes cita y se muestra sensible con la cultura de los pueblos conquistados, aunque los descalifica por salvajes. Utiliza una escritura amena y da cuenta de la lengua, las creencias, las producciones y los hombres y mujeres indígenas. Explica el origen de los nombres de los indígenas y de los lugares: los conquistadores nombran el lugar y sus habitantes por la traducción sonora al castellano de los sonidos de las lenguas indígenas (Fray Pedro Simón 1892). Así, como ejemplo, nombran el valle de Aburrá, a Nutibara y Qununchú. Narra así Fray Pedro el contacto de los españoles con los Guaca en 1535-37:
“…el innumerable ejército de salvajes en tan compuesto orden y disciplina militar, tan relumbrante y de brillantes joyas y patenas de fino oro á los rayos del sol, con tan levantados penachos de rica y vistosa plumería, con que mostraban apariencia de acrecentada corpulencia sobre la mucha que tenían. Oíanse innumerables instrumentos de guerra, con confuso estruendo de caracoles, flautas, fotutos, tambores y otros á su modo, cargados do arcos y flechas, hondas, macanas y lanzas; acompañábalos gran suma de mujeres con ollas y cargadores para cargar y cocer la carne de los nuestros, teniendo por cierta y segura la victoria” (Fray Pedro Simón 1892 pág. 100)

Relato que obliga a construir una imagen del orden social de los indígenas. La disciplina militar vista, posible por una jerarquía de mando, es expresión de un poder centralizado y en permanente construcción, llamado cacicazgo, frustrado en su desarrollo por la conquista. La rica plumería, las mujeres cocineras, los sonidos del rito de guerra son elementos de la jerarquía. Este encuentro ocurre en la serranía de Abibe, tierra de los Guaca:

“El Rey y señor de esta Provincia se llamaba Utibara, hijo de Anunaibe, que también había sido señor de ella, porque aquí heredaban los hijos. Este Utibara tenía un hermano, que se llamaba Quinunchú, que á la sazón era su Lugar-Teniente sobre todos los indios montañeses de las sierras de Abibe, los cuales, entre los tributos que le daban de oro fundido y en joyas y muchas mantas, le proveían sus despensas de muchos puercos zahínos, que son los que tienen el ombligo en la región de los ríñones, y otros que llaman de manada, frescos y disecados en barbacoa, mucho pescado, aves, curies, conejos y otras cosas de la tierra. Cuando salía á la guerra ó á dar vista á estos valles y poblaciones de sus vasallos, iba acompañado de grandes escuadrones de gente con sus armas, en hombros de valientes y principales indios, en andas tachonadas de oro”. (Fray Pedro Simón 1892. Pág. 85)

Jerónimo Luis Tejelo, enviado por Jorge Robledo, entra a las sabanas de Aburrá en 1541. Los españoles por Tejelo “supieron se habían ahorcado algunos indios con sus mantas, de espanto á los españoles, por ilusión del Demonio” (Fray Pedro Simón 1892. Pág. 204). Esta información está también en la crónica de Juan Bautista Sardella, quien acompañó la entrada al valle de Aburrá. Tejelo a su vez envía “cierta gente de á pié á Juan de Frades, á que tornase a pasar las sierras é viese ciertos pueblos, que tenia noticia que estaban sobre el rio; el cual fue é dio en el pueblo llamado Curqui, é trujo algunas piezas, de las cuales el Capitan se informó de la tierra é le dieron larga relacion della, de la que estaba sobre el rio” (Juan Bautista Sardella 1864). La relación aquí nombrada no se conoce, pero lo visto por Juan de Frades, está emparentado con las observaciones del primer contacto hechos posiblemente con los indígenas de Itagüí y la Estrella.

Se “envió á Juan de Frades, con cierta gente de á pie, á descubrir el camino; el cual fue, y hora y media antes de noche dio sobre un pueblo de indios é hizo noche sobre él en un alto que junto á él estaba; é no dió en él, porque no llevaba licencia para ello. É luego los naturales empezaron á dar alaridos y tocar atambores é á llamar los que andaban por sus labranzas, é se juntron fasta mil indios; é los españoles serian doce, y el dicho Juan de Frades, haciéndose fuerte é velándose toda la noche, estuvo allí hasta otro dia, é con una lengua que llevaba, empezó a llamarlos que viniesen de paz é que no hubiesen miedo, porque no les haría nada. Y poco a poco, con harto temor de ver tal gente, porque nunca habían visto españoles, se llegó á él un principal, con una corona de paja muy soltilmente labrada, todo emplumajado y los cabellos cojidos en la cabeza, y un cuero de nutria colgado de pezcueso, echado en las espaldas, y todo pintado de vija, que parecía un móstruo; y se allegó allí y estuvo hablando con ellos; y como la lengua le hizo perder parte del tiempo que tenían, llamó a otros, é asi vinieron muchos é trujeron aquella noche alguna comida á los españoles; y puesta por ellos buena guarda, se estovieron hasta la mañana. É luego queriéndose, partir, vino á ellos aquel principal que había venido de primero, todos emplumajados y envíjados, é dijeron que se querían venir con ellos donde estaba el Capitan; é asi vinieron á él, é se holgó mucho con ellos, donde se informó de lo que había en las sierras nevadas” (Juan Bautista Sardella 1864 Págs. 291-296)

Estas notas tienen como objeto un acercamiento a la historia local del municipio de Bello Antioquia. Y para seguir la periodización tradicional, se quiere comenzar con el periodo prehispánico. En estas notas se nombran las calidades de las fuentes y las dificultades para accederlas; pero es lo que se tiene y desde ahí se ha de hablar y escribir.

Hay un acuerdo en los lectores e investigadores de las fuentes tratadas: al momento del contacto de los europeos con las sociedades indígenas americanas, estas estaban en un complejo proceso de formación, queriendo significar con este concepto, el estado de creación de cacicazgos y el abandono de los grupos igualitarios recolectores o en proceso de sedentarización. Los cacicazgos parten de grupos sedentarios con división del trabajo y por tanto con clases sociales. Estos por la dinámica social de la estratificación comenzaron el dominio y conquista de los grupos igualitarios y a establecer centros de poder económico-políticos con acumulación de recursos, entre los cuales estaba la mano de obra esclava, producida por la guerra y la jerarquía.

Al momento del contacto, las sociedades indígenas tenían una guerra permanente de expansión, entre ellas y según las crónicas de indias, se hallaban diversos cacicazgos. El interés de estas notas se centra en el cacicazgo Guaca en lucha contra el Tahamí, el Urabá, el Zenú y el Nutabe, entre otros. El Guaca tenía bajo su control los grupos aburraes, ituangos, buriticá, dabeibas, y otros. A la vista del conquistador europeo, la reacción fue la guerra para la cual estaban preparados y en pocos días al toque de tambor, lograban presentar un ejército de miles de combatientes. Esta situación permite percibir que los indígenas sostuvieron una guerra con el europeo desde al año de 1500 hasta el 1600, por espacio de cien años. Esta guerra se perdió pero es hora de historiarla.


Bibliografía:
Aristizabal Espinosa, Pablo. Los aburraes. Tras los rastros de nuestros ancestros. Una aproximación desde la arqueología. Secretaría de cultura Ciudadana. Medellín. 2005

Castillo Espitia, Neyla. Las sociedades indígenas prehispánicas. En Historia de Antioquia. Medellín. Ed. Suramericana de Seguros. 1988

Levi–Strauss, Claude. El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. Méjico 1977. Pág. 321-2

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Colombia Indígena. Periodo Prehispánico. En Manual de Historia de Colombia T.I págs. 33-108. Procultura Bogotá 1984.

Simón, Fray Pedro. Noticias Historiales de la Conquista de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Casa Editorial de Medardo Rivas. Bogotá 1892.

Sardella, Juan Bautista. Relación del descubrimiento de las provincias de Antiochia por Jorge Robledo (1540). (Páginas 291 – 356). En: Colección de documentos inéditos, relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía, sacados en su mayor parte de real Archivo de Indias, bajo la dirección de los Sres. D. Joaquín F. Pacheco y D. Francisco de Cárdenas, miembros de varia reales academias científicas; y de D. Luis Torres Mendoza, abogado de los Tribunales del Reino. Con la colaboración de otras personas competentes. Tomo II. Madrid. Imprenta Española, Torija, 14. 1864.

Imagen: Pedro Nel Gómez. Detalle Mural Historia del desarrollo económico e industrial del Departamento de Antioquia. Banco Popular Medellín 1956