lunes, 22 de diciembre de 2014

La minifalda roja de diciembre

La minifalda roja de diciembre
Guillermo Aguirre González

Ahora hago memoria o remembro acontecimientos y personas para solazar el ánimo. Cuando hablamos de navidad es inevitable evocar. El último mes del año lo esperábamos llenos de expectativas y gozos. Los pantalones cortos entraban en receso. A todos nos compraban bluyines de un índigo nacional de poco lustre pero cubrían todas las piernas y nos dejaban una sensación de hombres grandes. Éramos cinco con edades entre catorce y dieciséis años. Los acontecimientos esperados en diciembre tenían una magia secreta que hacía de nosotros unos muchachos de risas sin fin, por el bar, la pólvora, el agua de la quebrada o el pesebre.
El negro Ariza, nos llevaba por los bosques cercanos de la ciudad para recoger los adornos del bar. Esas caminadas eran como el preludio maravilloso de la alegría, del olor y el sabor de los treinta y un días siguientes. Ariza le colgaba al cielo del bar melenas y bromelias silvestres, el piso lo llenaba de carnaza gris, para mitigar las manchas y riegos de licor regurgitado por los que se excedían. Eso lo hacía porque la clientela aumentaba hasta el lleno total y se la pasaba bailando, en solitario, Los sabanales de Calixto Ochoa, llenos de esperanza por algunos besos de esas muchachas abundantes del barrio. Nosotros esperábamos esos momentos porque podíamos colarnos en el baile y el negro Ariza lo toleraba, a pesar de estar expresamente prohibido tener menores de edad en los bares. Al Bailar y escuchar Los sabanales, soñábamos tener los besos de Marucha de carnes turgentes y templadas. Marucha sobresalía entre las demás por sus pasiones decembrinas de pesebre. Ante él, rezaba la novena navideña y sufría unos extraños temblores que hacían moverse con ritmo sus pechos y nalgas.

Apretujados con la multitud que se concentraba en el parque Santander para ver los fuegos de pólvora, volábamos extasiados en medio de los estallidos. No había conciencia del otro, todos, por una hora, tuvimos la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos fijos en las luces de colores contra el oscuro cielo de la noche. Una de esas tardes, Marucha compraba algunas cosas en el granero de Don Miro, yo compraba otras. Me dijo:

 –No te vi en los fuegos-

-Sí, estuve desde el principio hasta el fin con los muchachos- le contesté y le miré los ojos de miel. No dijo más. Salimos con las compras del granero, le vi alejarse con las piernas descubiertas. Marucha quería acortar su falda y nosotros bajarle las botas a los pantalones. El que no nos viera en los fuegos, se comprende, allá todos miran solo el cielo de la noche y las luces de la pólvora que en ese mes se repite siete veces por las celebraciones de la Virgen del Rosario.

A mitad del mes, casi automáticos, nos reuníamos en el callejón de los Tabuaica. Se decía que el nombre de esa calle estrecha y laberíntica, fue el resultado de la venta al azar y por lotes, de la tierra de la familia Tabuaica. La calle apareció en el mundo sin ninguna razón de ser arquitectónica. Los vecinos construyeron sus casas al lado de la otra y dejaban por pura necesidad e instinto, un espacio para poder entrar y salir. Otra de nuestras ansiedades era el pesebre de los Tabuaica. Se hacía en la vieja casa paterna de la familia y quedaba en el fondo del callejón. Milo Tabuaica, el mayor, era experto pesebrista. Elaboraba el de varías iglesias parroquiales, pero dejaba para el de su casa las mejores ideas. Se ingeniaba pequeños riachuelos serpentinos y a cada lado ponía un microcosmos de pueblo para el divino. El pesebre y el pueblo en la cabeza de Marucha estaban atados en su imaginación. Ella hacía regresión. Se trasladaba a la época del año uno.

Marucha era la única hija de Alfredo Mesa ferviente creyente y de voz atronadora. Era quien entonaba las oraciones en las misas de calle, en los velorios de los vecinos más conocidos, en las procesiones de la semana santa y en las novenas de navidad, a las que más esfuerzo dedicaba. Todos los Mesa recitaban la novena de navidad, Alfredo los obligó a memorizarla. La tiraban al aire, cuando se la pedíamos. La versión más escuchada por nosotros fue la de Óscar Mesa contemporáneo nuestro. Él no participaba de la cofradía de los cinco, fue un poco retraído. Óscar conectaba la voz con el cerebro, se erguía, miraba a la nada y con la frente alta, la novena le salía a borbotones por la boca. Marucha Mesa no se relacionaba con la novena así. Ella no la vocalizaba. La vivía. Sabíamos que en la novena de navidad en casa de los Tabuaica veríamos a Marucha sudar y temblar ante el pesebre y la voz de su padre.

El sábado 22 de diciembre, los cinco muchachos corrimos hacia el campo, nos metimos en el agua clara de la quebrada del Hato. Volvimos cuando el sol cayó, en medio de empujones, persecuciones, boxeo, gritos y siempre con risas contagiosas, pactamos visitar el pesebre Tabuaica a las siete de la noche hora de la novena de ese día. La noche recién entrada era muy calurosa, en el callejón entraba muy poco viento. Nos encontramos bajo los bombillos eléctricos de luz amarilla, sentados en la acera del frente. Vimos entrar a los vecinos. Marucha llegó vestida con una minifalda roja y una blusa apretada y blanca. Entramos tras ella. Su padre había llegado antes y esperaba el momento de comenzar, sentado al lado del pesebre lleno de solemnidad. Tocaba el turno al séptimo día. Alfredo, pasó la mano por las abundantes canas de su cabeza, interrumpió con mano levantada la bullaranga de los sonajeros, cascabeles, trompetines de plástico y tambores de hojalata. Entonó: “Consideración del séptimo día. Representémonos el viaje de María y José hacía Belén llevando consigo aún no nacido…” –Marucha, centro de nuestra atención, levantó el pecho y dirigió el oído hacía la voz de su padre quien terminó la frase-. “…al creador del universo, hecho hombre” –la muchacha de ojos miel templó todas las carnes de su cuerpo y comenzó a temblar. Su mirada fija en el pesebre insinuaba que estaba transportada al Belén del año uno, que el tiempo había retrogradado. Sudaba, su rostro gesticulaba, sus labios espumearon un poco y parecía hablar en una lengua desconocida. Sus pechos húmedos por el sudor transparentaban la piel joven. Luego de unos minutos relajó el cuerpo, su cabeza se inclinó leve hacía un lado y la mirada de miel volvió a su rostro tranquilo de siempre. Dos mujeres la tomaron de los brazos y la ocultaron en una habitación. Alfredo Mesa nunca interrumpió el rezo de la novena, estaba acostumbrado a los trances de su hija y a muchos otros. Sabía del poder de la palabra. Sabía que una voz fuerte y bien entonada puede hacer desfallecer a los débiles cuando se narra la vida de los héroes fundadores o creadores del mundo.

Volvimos a ver la minifalda roja de Marucha salir de una puerta y esta vez se nos acercó y comenzó a hablar y decir cosas triviales como si nada.

martes, 9 de diciembre de 2014

Comentario sobre Viaje a la semilla

El cayado del retorno
Guillermo Aguirre González

El hombre viejo de estirpe africana se sienta en el pedestal de una Ceres vigía de la casa y apoya el mentón sobre su cayado inseparable. Observa con atención el trabajo de los obreros que demuelen la casa de estilo grecorromano, en la mitad del siglo diez y nueve. La casa está en el suelo, las columnas, los capiteles, los arquitrabes, cornisas, puertas, cerrojos, tejas: ¡Todo! Los obreros volverán luego a recoger los escombros.

El africano viejo deja de meditar. De repente se yergue, traza signos aéreos con su cayado y hace que la casa comience a recomponerse, como una película en reversa. Los elementos de la casa vuelan a su lugar originario.

Los habitantes de la casa vuelven viejos, así como la abandonaron y comienzan a rejuvenecer y a desandar la vida. Alejo Carpentier para esa involución, en el momento en el que la casa va a construirse por primera vez. Está el terreno en el que ha de levantarse. Los obreros demoledores llegan a recoger los escombros. No encuentran nada, no se conmueven, suponen que alguien lo hizo por ellos y así lo informan a la empresa que los contrató.

El tiempo de Ceres y el del africano viejo son iguales. Es un tiempo circular, arcaico. Es el eterno retorno. Todo vuelve a empezar eternamente. Ese mundo lo vivieron los seres humanos de la edad de los mitos. Es una metafísica en la que el mundo se organiza a la manera del origen magnífico de las cosas. Hubo un orden primigenio instaurado por los dioses. Ahora todo lo que se hace, imita ese primer momento creativo e invoca las mismas fuerzas genitoras. La vida de los vivos, muere y vuelve a ser creada por el mismo arquetipo.

El hombre negro viejo, en América, tiene los mitos de su nativa África, por los que puede convocar la fuerza de sus dioses creadores del cosmos, del orden, para rehacer las destrucciones del hombre europeo, adscrito a un tiempo sin retorno, irrepetible; pero ambas tradiciones hacen simbiosis con un tercer incorporado, el mundo naturalista indígena en el que el agua, las plantas, los astros y los animales son el principio. Las tres tradiciones cran una cultura nueva. En América hispánica o lusitana, apareció una identidad cultural, cuyo modo de resolver los problemas de la vida es maravilloso, es una taumaturgia visible en la vida cotidiana.

Los criollos fueron capaces de montar la república democrática, sin ciudadanos, sin civilidad, sin democracia, con un rito electoral prestidigitado. La paz prometida por el arbitraje del orden legislativo, la convirtieron en una guerra bicentenaria en la que un grupo ha pretendido y pretende, lograr para sí, la plena propiedad económica. La justicia ha tenido una existencia triste, igual a la de una ciega que no puede llegar a ninguna parte porque no tiene piernas.

Las letras, “esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero”, les fueron negadas a la gran mayoría y cuando se permitieron las impartió una escuela controlada, pobre, que en vez de enamorar produce deserción.

Pero es realidad maravillosa, cuando ese pueblo mestizo canta con palabras no escritas o escritas con dificultad, su vorágine, y se levanta para exigir su derecho a la vida. Cuando los obreros demoledores llegaron a recoger los escombros, no sabían si comenzaban o terminaban el trabajo.

El nacimiento del sol nuevo y la Navidad

El nacimiento del sol nuevo y la Navidad
Por Guillermo Aguirre González

El cristianismo pasó a ser una religión legal en el año 313, por el Edicto de Milán del emperador Constantino. Con esta legalización y los primeros concilios canónicos, la iglesia comenzó un proceso de montar fiestas religiosas cristianas sobre las fiestas paganas de los romanos. Estas estuvieron claramente periodizadas por el calendario de Julio César, llamado calendario juliano desde el año 46 antes de nuestra era o antes de Cristo. El calendario juliano fue solar. Por eso las fiestas más especiales fueron los solsticios de verano e invierno.
 
En el solsticio de invierno, los romanos celebraban el nacimiento del sol nuevo (Natalis Solis Invicti) con las fiestas saturnales. Estas tuvieron una duración de siete días y se ubicaban en los últimos días de diciembre. Por las fiestas se aplazaban las guerras, los negocios, se intercambiaba regalos y se encendían luces en todas las casas. Las saturnales se celebraban en Roma desde el año 237 antes de la era cristiana se hacían en nombre de Saturno, dios del campo y de las siembras. En estas fiestas quienes más las disfrutaban, porque se hacían para ellos, fueron los esclavos, pues terminaba el trabajo y entraba el descanso de fin de año.
Hacer fiesta o celebraciones en el solsticio de invierno es un acontecimiento de culturas diversas con calendario solar, como los egipcios, los mayas y los incas.

El cristianismo en su cometido de cristianizar a los paganos, montó sobre la época de las saturninas, la efemérides del nacimiento de Jesús Cristo. En un principio coexistieron, pero cuando la iglesia tomó poder político, las fiestas paganas desaparecieron. Solo sobre vivió la forma y las actividades: las luces, los regalos, el banquete, el descanso, en general la fiesta.

A esta efemérides de la natividad de Jesús, se le agrega el pesebre entre el siglo XII y el Siglo XIII de nuestra era. Lo hace el italiano Francisco de Asís, quien luego será canonizado. En sus largas estadías en el bosque, donde hablaba con la naturaleza, pues concebía a los animales sus hermanos, celebraba la navidad haciendo una réplica en miniatura de la ciudad de Belén, en tiempos del nacimiento de su dios Jesús.

Esta tradición la conserva el mundo occidental cristiano. Celebra la víspera del nacimiento el veinticuatro de diciembre y la hierofanía o la epifanía el día siguiente. Es el momento en el que llega o se muestra lo sagrado. La navidad más que una conmemoración es la renovación, la actualización ritual de lo sagrado. Por eso el pesebre popular es atemporal o anacrónico. Se mezcla el presente con el pasado porque Jesús niño viene de Belén a la urbe de hoy.

La navidad en este tiempo, no se reduce a la epifanía de Jesús. Se dedica todo el mes de diciembre a muchas actividades con periodicidad anual: Los balances, el cierre de actividades de instituciones y organizaciones; el siete y ocho de diciembre dedicado a la virgen y el último día del año para las nostalgias, premoniciones y la promesa de un cambio.

Por eso dice la canción de Lucy Figueroa: Llegó Diciembre con su alegría mes de parrandas y animación. En que se baila de noche y día y es solo juergas y diversión. Se hace natilla se hacen buñuelos, se dan regalos en caridad. Engringolados chicos y abuelos hacen el árbol de navidad. El marranito que había comprado desde Noviembre para engordar, ya de las patas bien amarrado y vengan todos a chamuscar. Nube de globos el cielo llena, pólvora a chorro llena también. Y algunos novios en nochebuena por chupar piña ni oyen ni ven. Ya nació el niño ya tiene un diente ya siente ganas de caminar. Que traigan vino, ron y aguardiente porque toditos quieren bailar. Toquen guabina después el porro, luego un merengue cumbia al vaivén. Y que me toquen a mi un pasillo y un bambuquito quiero también.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Escrito para el programa Historias de vida de la Tertulia del Ángel

Invocación de Goya
Guillermo Aguirre González
Preguntar por la vida, la naturaleza y el ser humano, no es fácil. Por lo general las mujeres y los hombres se quedan con los contenidos culturales que infunden la familia, la iglesia y la escuela.
Ir más allá. Preguntar, por ejemplo por el origen de la humanidad y buscar respuesta fuera de las tres instituciones antes mencionadas, solo es posible cuando se es atento a lo que el medio posibilita y anclarse en lo alternativo. Esto fue más o menos lo que encontré a finales de los años sesenta. Escuché hablar a nadaístas, existencialistas y marxistas, sobre la necesidad de ir contra corriente.
Fue muy importante la influencia de profesores del liceo Fernando Vélez, que mostraron escritores por fuera del currículo, especialmente, Herman Hesse, Jean Paul Sartre, García Márquez y algunos otros. Se leía mucho, se escuchaba mucho rock, baladas, las canciones de San Remo. Pero todo esto inscrito más en la moda que en la vocación.

Leer mucho y quedar inmaculado es posible. Muchos compañeros de los años sesenta, mujeres y hombres, fueros grandes lectores, pero no fueron transformados: ahí funcionó la moda. Según esto, puede preguntarse ¿qué es lo que transforma un ser humano, la lectura, la moda o las ganas de cambio? Esta cuestión la planteo, porque de alguna manera persistí en la búsqueda de respuestas a preguntas por la vida, la naturaleza y el ser humano. Otros de mi generación no persistieron.

En suma, poco a poco, me convencí de que esas respuestas solo las podía encontrar, sometiéndome a un proceso de investigación permanente; pero no una investigación en solitario. Entendí que una forma apropiada de acceder al conocimiento es meterse en la academia. Así lo hice. Ingresé a la Universidad de Antioquia en 1975, pasé por los programas de Filosofía y Letras, Educación y Artes. En 1982 inicié la carrera de Sociología en la Universidad Autónoma Latinoamericana. En 1983 ingresé al programa de Historia en la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín. En febrero de 1987 me vinculé como docente en la facultad de Sociología de la U. Autónoma. Allí estuve hasta el año 2003 y me especialicé en Análisis Político y del Estado. En el 2003 inicié un doctorado con la Universidad Nacional a distancia de España en Pedagogía Social. Este lo llevo en la mitad; realicé una tesina sobre historia de la legislación educativa colombiana y obtuve el título magister. Esta tesina la debo transformar en tesis doctoral. No sé cuándo.

Con el contacto académico y los hábitos lectores, me dieron la posibilidad de producir textos para el uso de la cátedra y para la publicación en revistas especializadas. Desde 1990 he venido acercándome a la investigación histórica sobre el municipio de Bello.

Este interés por Bello, generó con otros compañeros la organización del Centro de Historia de Bello y la revista Huellas de Ciudad, a partir de 1995.

En los años sesenta los universitarios de Bello crearon ASUBE (Asociación de Universitarios de Bello). En su sede se asistió a conferencias sobre literatura, poesía y artes. Esto incitó en muchos adolescentes de la década, un gusto por las letras. En 1965 y 66 recibí clases de pintura con la pintora Lola Vélez en Corporación Fabricato para el Desarrollo Social. Y bajo esta influencia organizamos clubes de jóvenes lectores.

En el liceo Fernando Vélez, que para la época funcionaba contiguo a la Choza Marco Fidel Suárez, comenzamos a leer con mucha intensidad la teoría marxista. Con ella, se adquirió un bagaje importante en historia universal, aunque desde las restricciones del materialismo histórico. Muchos compañeros fueron reclutados por la guerrilla, en mi caso no ocurrió porque fui considerado un pequeño burgués, bohemio teatrero, lector de poesía, y dedicado más a soñar que a hacer a revolución.

En la década de los ochenta, al ingresar al programa de Historia de la Universidad Nacional, tuve contacto con la filosofía francesa, por la cual adquirí una concepción de la historia altamente compleja. La Nueva Historia, posibilitó, una crítica al materialismo histórico y el comprender que la historia no existe de por sí, sino que es una construcción de los grupos humanos, de acuerdo a sus intereses de poder. Y la historia vista desde esta perspectiva rompe con la mirada economicista del marxismo, y permite que en su construcción intervenga todos los componentes de la cultura humana.

Por ello, en los últimos años he estado interesado en la historia de las artes plásticas y en la literatura, mundos en los cuales el ser humano ejerce fundamentalmente la libertad.

Ahora soy un convencido de que la realidad, la historia y el mundo existen por ser nombrados. Pasé mucho tiempo buscando respuestas y hoy he descubierto que las respuestas, al final, la debía construir yo. Por estas notas de historia personal, invoco una obra de Goya en la que dos combatientes en un pozo de lodo se propinan garrotazos y en la medida de los golpes ambos se hunden poco a poco. Adherirse a una escuela y defenderla dogmáticamente, se termina dando golpes a otros, para terminar en el fango.

martes, 4 de noviembre de 2014

Novelas sobre la guerra. Vida y destino de Vasili Grossman

Pensamientos zócalo
Por Guillermo Aguirre González

No escaparás de los brazos poderosos de la Moira. Esta es una convicción griega, construida para pensar los orígenes del hombre y el cosmos. Los brazos de la Moira atan la tierra y entre ambos elementos (tierra y Moira) originan el tiempo y el orden de las cosas.

El mito concibe la Moira como la necesidad o el destino. Esta concepción está en todas las religiones, con algunas variantes. A pesar de la diferencia que se ha establecido entre religión y mito, esos dos componentes de la cultura, se sostienen e intercambian zócalos. Los latinos entendieron la Moira como el Fatum o el azar. Destino o fatalidad son, en términos llanos, el camino que debe cumplir todo ser humano, porque está trazado de antemano. Por más que se quiera evitarlo, se cumplirá.

El cristianismo se quiso diferenciar de esa determinación pagana, con la creación del concepto de “libre albedrío”; por él se hace que el destino de los humanos sea un acto volitivo y cada sujeto es libre de salvarse o condenarse. El libre albedrío permitió a la sociedad occidental construir una imagen del tiempo en devenir con el protagonismo de la razón. La resultante fue la independencia de la razón proclamada desde los años milseicientos. De ahí las dos imágenes del tiempo más preciadas para los occidentales: el tiempo circular de los griegos (el eterno retorno) y el tiempo lineal de la era cristiana (el mito del progreso).

Esta reflexión es necesario hacerla para pensar unas conclusiones rastreadas a la altura de las páginas 710 y 711 de Vida y destino de Vasili Grossman. Se plantea el Estado como el determinador del destino de los seres humanos; todos están a disposición de ese aparato. Él tiene escrito el futuro de cada quien. Un general soviético al recibir un parte de guerra, le interesa la cantidad de material bélico perdido y salvado. La muerte en masa de los combatientes se sobre entiende como lo necesario para salvar el Estado. La guerra hace que la vida y la muerte quede en manos de los jerárquicos inmediatos o en muchos casos en manos de cualquier ser humilde que por azar, recibe en su casa bajo control del enemigo, un combatiente enfermo y para salvarlo lo debe sanar y ocultar. Es el caso de un soldado soviético dado por muerto y dejado a la intemperie por las SS. “aquel día no fueron las fuerzas despiadadas de los potentes estados, sino un ser humano, la vieja Jristia Chuniak, quien decidió la vida y destino de Semiónov”. No lo entregó a las SS a pesar de ser asesinada si fuese descubierta.

Grossman, a pesar de relacionar el destino con el azar, no logra quitarle ese pensamiento zócalo de las mitologías o las religiones. La vida o la muerte de cada ser está predeterminada o predestinada. Pero es posible escapar si se experimenta la libertad que solo puede existir en la vida. La libertad se hace efectiva “cuando encontramos en los demás lo que hemos encontrado en nosotros mismos”. La muerte es una esclavitud, más para el esclavista que para el esclavo. La muerte es esclavitud.

El sitio de Stalingrado puso frente a frente al invasor y al invadido, a los enemigos, al Estado y al ser humano, al destino y a la vida. Esta confrontación la hace visible Grossman con otro ejemplo de persecución y muerte. Dice que el Estado está en permanente búsqueda de un enemigo, desde su génesis. En la antigüedad lo encontró en los bárbaros, y en la cristiandad lo encontró en los judíos. El enemigo se tipifica, se hace una frenología para ver en él todos los defectos del Estado, del perseguidor. “la repugnancia hacia el aspecto físico de los judíos, hacia su manera de hablar y comer, no es ni mucho menos la causa real del antisemitismo fisiológico. De hecho, el mismo hombre que habla con desagrado de los cabellos rizados de los judíos, de su modo de gesticular, entra en éxtasis ante los niños de pelo oscuro y crespo de los cuadros de Murillo…”.

Los dos Estados en confrontación marcan la vida y el destino de los dominados. Los nacionalsocialistas encomiendan a los hombres sencillos alemanes, exterminar las otras razas y luego, ese mismo Estado, extermina a los encomenderos. El soviet hace una encuesta a sus ciudadanos. Pregunta sobe su apellido, el sexo, la nacionalidad el origen social, la posición social y si ha tenido o no parientes con pasado judicial. La respuesta determina su vida y destino. No importa si ha dado lo mejor de su vida a la defensa del Estado. Este ya tiene escrito el futuro de cada quien. Se vive y se muere por la Moira o en nombre del progreso.

jueves, 30 de octubre de 2014

Bello y La mirada de Heródoto

Bello y La mirada de Heródoto
Del oficio del historiador y la historia local
Por Guillermo Aguirre González
Las acciones, los hechos, los acontecimientos, están irremediablemente, ubicados en lo local. Este espacio geográfico, es el ámbito de la vida, es el lugar material del ser humano y es el que permite tener certeza de la existencia. Por fuera de lo local, está la generalidad. Se puede hablar y escribir de batallas nacionales o continentales, pero estas necesariamente ocurren en una geografía específica, la misma que permite asir el fragor de la lucha.
El historiador hoy está llamado a iniciar y profundizar su profesión a partir de habitar un paisaje, un lenguaje y una memoria que lo hace pertenecer al grupo social en que ha nacido. El historiador debe cumplir la condición de conocer su presente para explicar y comprender el pasado. El camino inverso es posible, pero se corre el riesgo de quedarse en la generalidad y en la universalidad, ámbitos en el que puede habitar la metafísica de la causalidad.

En lo local está la entraña y el gusto por la existencia. La calle el barrio, la municipalidad, se han metido en el corazón y el cerebro por la experiencia primigenia del cultivo de los sentidos desde la infancia. El olor de la tierra, el sabor de los frutos, el tacto de los cuerpos y los sonidos del ambiente, constituyen la nación, pero no esa que se asocia al Estado, es la que se ancla en el territorio en el que se nace.
La decisión de comenzar por la localidad, por la historia local, es una recomendación que puede extraerse de ese cúmulo de reflexiones que se ha hecho sobre la historia, el historiador y su oficio, desde el alba del siglo XX. Desde las primeras décadas, los historiadores nucleados en la denominada “Escuela de los anales”, señalaron la historia que se escribía como un discurso falto de rigor y obediente con los intereses del poder; y además desconocedor de la trasformación de las ciencias humanas o sociales.
Esas transformaciones según el pionero Bloch, entran a exigirle al historiador, asumir una concepción acorde, sobre el tiempo, el ser humano y la misma historia. La actitud científica debe ser consecuente con la modernidad y tener como base la observación, la crítica y por supuesto, el análisis.
El concepto de ser humano
En el tránsito el siglo diecinueve al veinte, occidente asume un concepto del ser humano nuevo. Él vive en un grupo social al que se le reconoce una forma autónoma de relacionarse entre sí y con la naturaleza. La civilización no es patrimonio de la herencia grecolatina. La antropología, primero y luego la sociología, asumen a través del trabajo de campo, la legitimidad de los pueblos a tener su propia forma cultural y su propia historia, aunque ella no esté escrita. El ser humano es un animal racional, en cualquier estado en el que se encuentre y se puede reivindicar su mentalidad como sello de identidad. El estudio de los pueblos sin escritura produce como resultado múltiples formas de resolver los problemas de la existencia.
El tiempo
Así concebidos los seres humanos, obliga a cuestionar el tiempo cronológico. Existen otros tiempos, dado que los pueblos y su cultura, más si no tienen escritura, pueden tener una concepción sincrónica (cruce de tiempos) o diacrónica (evolutiva) del devenir. El conocimiento de diversos tiempos, hace descentrar el discurso histórico del tiempo pasado. El historiador que ha roto con el tiempo lineal decimonónico, está obligado a hacer la historia del presente aunque el presente es imposible de ser atrapado porque todo momento es pasado. Esa dialéctica pasado – presente hace comprender el presente armado con el pasado, pues se sabe según Le Goff, que el tiempo es una convención, una mentalización de las regularidades de la vida.
Una nueva concepción del ser humano y del tiempo trae una nueva historia. Los creadores de la “Escuela de los anales” y sus herederos, Bloch, Febvre, Duby, Le Goff, Demageon, etc. la practicaron. Si la civilización occidental, no es la única ni la verdadera, si el tiempo no es cronológico y el progreso es un mito, la historia debe comprender todo lo humano. Se puede hacer la historia del tiempo, del vestido, de las mentalidades, de los imaginarios, de los dominados, de la dominación; la historia de los pueblos sin historia, de las lenguas, de las religiones, de las maneras de mesa o procesos civilizatorios y hasta la historia de la mierda como lo hizo Dominique Laporte en 1978.
El método, la crítica y el análisis
Esta actitud ante la historia, trae consigo la decisión de ser tratada como una ciencia, dotarle de método y de una reflexión epistémica en su interior. Esto es posible al asumir una actitud crítica. La nueva historia es una historia crítica. Los insumos, entendidos como los testimonios, los documentos, las huellas o los indicios, deben ser sometidos a examen. Esos insumos pueden ser voluntarios o involuntarios y el historiador con la ponderación y el análisis toma la decisión de darles el estatuto de veracidad o de falsedad. La historia crítica resultante, así construida, aparece como una creación del historiador, porque son más los vacíos, y para una época de escasos testimonios, luego de la crítica y el análisis, el historiador proyecta, crea y supone con criterio.
La crítica del documento o del testimonio reivindica el concepto de mentalidad como lo que transversaliza la nueva historia. Se parte de que todo documento lleva implícita la mentalidad de quien deja la huella y la mentalidad debe entenderse como la carga de subjetividad inherente al ser humano, porque ha estado inmerso en una sociedad con valores propios, con modos y formas de ver, pensar y sentir.
Rastrear la mentalidad, la ubicación del documento, el tiempo y la argumentación crítica, obligan a datar el acontecer en lo local. La nueva historia con sus características de comprender lo humano, solo es posible a partir de la territorialidad de la cultura.
Un ensayo para el oficio
Con estos criterios puede se puede ejercer el oficio de historiador y ensayarse a construir una historia de la cultura en un municipio del Valle de Aburrá, de esta manera:
El territorio, la sociedad y la cultura en la época prehispánica.
Esa noción de época prehispánica indica y contiene un extenso periodo histórico limitado en un extremo por la llegada de comunidades nómadas al territorio del Valle de Aburrá y por el otro con la entrada de los españoles. Esa época va de 1.541 en nuestra era, a 12.000 años antes de Cristo o antes de nuestra era. La existencia de los seres humanos en ese extenso, periodo se puede dividir en una época de comunidades nómadas recolectoras. Otra de grupos sedentarios cultivadores ceramistas y una tercera época de sociedades complejas tejedoras, con metalurgia, cerámica y un rico mundo mágico religioso.
Las comunidades nómadas no dejaron huella de su mundo simbólico. Solo se tienen algunos fósiles que testimonian su existencia en el territorio y las puntas de lanza, confeccionadas en pedernal, halladas en Niquía, datadas en unos ocho mil años antes de nuestra era. En general se puede afirmar que los grupos nómadas tuvieron un conocimiento exhaustivo de la flora, la fauna y la geografía del territorio del grupo, para realizar su vocación económica de recolectores, consumir los productos espontáneos del medio, agotarlo y desplazarse a otro y luego a otro. Este es el sentido del nomadismo.
Esta condición de itinerancia, de eterno retorno, termina alrededor del año 600 antes de nuestra era y aparecen los cultivadores sedentarios. De ellos se tienen tumbas y recipientes cerámicos con semillas y osamentas. También de estas sociedades complejas se tiene información por los testimonios consignados en los relatos de los cronistas de indias. Los españoles llegan a América bajo la figura de empresas conquistadoras y para poder dar cuenta de la inversión y los rendimientos de la empresa, llevan con ellos a expertos amanuenses con la misión de hacer un registro escrito de todo lo que se gasta, se ve y se toma. A esos registros se les ha dado el nombre genérico de Crónicas de Indias.
Juan Bautista Sardella, fue el cronista que acompañó a Jorge Robledo en el descubrimiento del Valle de Aburrá. Sardella describe la tierra y sus pobladores en 1.541 y ese documento permite evaluar el estado de las sociedades complejas que existían en Antioquia y especialmente sobre el territorio de Bello.
Luego, hay dos fuentes para construir una imagen de las mujeres y hombres que habitaron el territorio de Bello en el periodo que se llama prehispánico: las huellas culturales y las crónicas de Sardella. De esta sociedad compleja de cultivadores se puede decir que comenzaron el proceso de sedentarización alrededor del año 600 antes de nuestra era. Al tomar un lugar como sede se convirtieron en sociedades locales y elaboraron un orden social con base en el espacio, la producción y las reglas sociales. Las cerámicas halladas en Bello, correspondientes a ese periodo, testimonian la existencia de asentamientos en ambas riberas del río Medellín y en las cuencas de las fuentes de agua más importantes como la García, el Hato, la Guzmana, los Escobares y la quebrada de Rodas en Fontidueño. Las viviendas estaban ubicadas en terrenos inclinados y fueron llamadas bohíos por Sardella.
La cerámica se ha catalogado como Marrón Inciso y las decoraciones se pueden interpretar como muestra gráfica del mundo mental. Tanto los signos gráficos en las cerámicas, en los vestidos de algodón y algunas piedras, son la materialización de un discurso o relato sobre el orden social, cósmico y geográfico, irremediablemente perdido. La crónica de Sardella habla de unos edificios y caminos monumentales en ruinas, ubicados a la entrada de Arví al oriente del Valle de Aburrá, correspondientes a una civilización perdida y destruida por los Nutabes. Es de pensar como, todos los pueblos y grupos indígenas ubicados en el Valle de Aburrá, fueron sometidos por un imperio desaparecido a la llegada de los españoles, pero que dejaron una herencia cultural, como el trabajo del oro, de la sal, la agricultura y los tejidos. Cuando entra Tejelo al Valle de Aburrá en 1541, recibe la visita de un cacique con un tocado de paja muy elaborado, con plumas coloridas bien distribuidas y una piel de animal sobre los hombros. Tenía la cara pintada de tal forma que a Tejelo le pareció ver un monstruo. Cubría su cuerpo bajo una tela de algodón ceñida a la manera de calzón. Los acompañantes llevaban una espada de palma tostada y afilada con fuego, una maza también de palma y un lanza-venablos. La vista del español hacía temblar de miedo a los nativos e hizo que muchos se ahorcaran. Dice además Sardella que luego de reponerse del susto presentaban una tenaz resistencia. Los tambores y vientos que tenían convocaban en poco tiempo mil o dos mil indígenas, lo que certificaba que estaban en guerra contra los caciques del oriente.
El Hatoviejo colonial: el territorio, la sociedad y la cultura.
El resto del siglo XVI (1541 – 1599) el Valle de Aburrá es conquistado por Gaspar de Rodas, quien en 1574 recibe de la corona española cuatro leguas (cerca de 8.5 kilómetros) desde los “asientos viejos de Aburrá” hasta Barbosa. Esta merced da nacimiento al nombre de Hatoviejo, porque permite dentro de la posesión de Rodas diferenciar otros hatos, como el Hatillo y el Hato Grande.
La guerra con los indígenas fue cruel e intensa y fue una de las causas de la rápida desaparición de los aborígenes. Los que sobrevivieron a la guerra de conquista fueron esclavizados y sometidos a trabajos extremos. Se calcula que de 100.000 quedaron 6.000. El reconocimiento que hizo el papado de la humanidad de los indígenas hace que en 1619, por orden de la corona española, se recojan los indígenas en territorios únicos para resguardarlos. Los del valle de Aburrá, llamados niquíos y nutabes fueron recluidos en el poblado de San Lorenzo.
El Hatoviejo entra en el siglo XVII en la etapa de la colonia. Las posesiones de Gaspar de Rodas se dividieron por compraventa entre nuevos inmigrantes españoles o entre mestizos, que son la población más numerosa. Desde finales del siglo anterior y ante la escasez de mano de obra indígena, se meten en el territorio, africanos esclavizados. Las tres etnias se mezclan y en un lento proceso se va a producir una sociedad triétnica con expresiones culturales sincréticas con dominación del pueblo o ciudad cristiana.
Los años 1600 transcurren caracterizados por un paisaje hatovejeño dividido en fincas grandes autosuficientes. Cada dueño de la finca cuenta entre sus haberes, esclavos, vacunos, caballos, ovinos, sembrados, minas, agregados y una capilla. Por lo general los dueños tenían dentro de su familia un religioso con licencia para administrar los sacramentos. Jurisdiccionalmente el territorio es administrado por la ciudad de Santa Fe de Antioquia, quien hace cumplir las decisiones del Estado español. La distancia con la ciudad capital va a permitir que en el Valle de Aburrá, se desarrolle una sociedad campesina con una relativa autonomía y una mentalidad supersticiosa.
En los últimos cien años de la vida colonial, el Hatoviejo se perfiló como un poblado construido a lado y lado del camino que comunicaba a la ciudad de Medellín con San Pedro de los Milagros o el Nare, con la meseta norte de Antioquia. Esa sola calle tuvo en el centro una capilla y una plaza de mercado. En 1770 la corona española permite el estudio del territorio de las colonias para reorganizarlo. En Hatoviejo se ordena demoler las capillas menores y construir la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario y a su alrededor dejar un cuadro de tierra suficiente que sirva como plaza. Este acontecimiento generó la división del espacio y se adoptó la indicación calle arriba y calle abajo. Los estudios sobre el territorio elaborados por José Manuel Restrepo lo señalan como una tierra árida con pocas posibilidades de producciones diversas, pero se dice que es importante el ganado y la panela. La población sube a 1.500 habitantes y la propiedad se divide porque se registra un importante mercado de tierra. Otros núcleos poblacionales continúan desarrollándose en las cuencas de las principales quebradas, quienes desde 1784 tienen servicio religioso en la plaza y termina lo que los visitadores reales llamaron la posibilidad de vivir sin dios y sin ley. El territorio se adscribe a la ciudad de Medellín con el nombre de Sitio de Hatoviejo y es regido por un juez pedáneo.
Época republicana del siglo XIX. Sociedad, política, cultura y la división territorial.
Luego de la guerra de independencia el Hatoviejo quedó con la población diezmada. Pasó de 1.500 habitantes a 800 en 1835. Aunque no se tienen registros del reclutamiento, se puede deducir la amplia participación en el proceso de independencia. La vida republicana trae nuevas condiciones jurisdiccionales. El sitio se adscribe a Copacabana, luego a San Pedro y por último a la ciudad de Medellín. Se crea la escuela de primeras letras y se construye un edificio para administrar justicia.
El territorio se caracteriza por ser un lugar de esparcimiento para los pudientes de Medellín. Es costumbre hacerse a una finca de descanso o recreo y se alaban las numerosas fuentes de agua, tal como lo describe Tomás Carrasquilla en su obra Grandeza. La finca y la casa en el poblado es la práctica económica común. Se siembra intensamente la caña de azúcar y proliferan los trapiches. En la última parte del siglo XIX, el café entra con la misma fuerza que los hizo en el resto del país. Por eso se activa el comercio en el marco de la plaza y los asentamientos en las cuencas de las quebradas producen alimentos perecederos para el consumo diario y la venta.
La cultura es rural, conservadora y aristocrática. En 1884 un grupo de residentes notables del poblado, renuncia al nombre de Hatoviejo para el territorio por considerarlo denigrante y gestiona el cambio de nombre por el de Bello y lo justifican con el prestigio logrado por Marco Fidel Suárez en Bogotá, al ganar un premio de la Academia Colombiana de Lengua con un escrito sobre el gramático Andrés Bello.
El siglo XX. Economía, sociedad y política. Cultura obrera y territorio.
Este siglo, igual que el anterior, comienza convulsionado. Esta vez con La Guerra de los Mil Días. La guerra aplazó los proyectos del ferrocarril y de otras industrias, pensados desde la última década del siglo XIX. En 1908 se reactivan y se establece la fábrica de Bello en la cuenca de la quebrada la García movida por energía hidráulica. En 1923 entra el ferrocarril y monta los talleres centrales en el sur del barrio Manchester. Esas dos factorías se convirtieron en atracción para gentes de otras regiones y Bello comenzó a crecer en población de manera sostenida, proceso de hoy continúa.
La cultura y el territorio de la pequeña ciudad se transforman radicalmente. Para efecto de garantizar autonomía en el manejo de las aguas y la tierra pública, los dueños de las fábricas y los notables, lograron convertir a Bello en municipio en 1913. Así aparece una clase política local, una clase obrera y nuevos oficios relacionados con las dentisterías, los textiles, la metalmecánica, la construcción y los oferentes de espacios para el ocio: billares, bares y cantinas. El territorio organizado con una sola calle, heredado de la colonia, se abre hacia el occidente y el oriente. Los nuevos barrios Pérez, Prado, Manchester, Andalucía, López de Mesa y Obrero, suplieron la demanda de vivienda de los inmigrantes.
Para 1938, con ocasión de los 25 años de la municipalidad, se construye en la plaza de Bello el parque Santander. En él se ubican bocinas para ampliar las transmisiones de radio y se inician obras para un mercado cubierto y un cine para ochocientas personas. Se acuerda la creación de la biblioteca pública y construcción del palacio municipal. Estas condiciones socioculturales cambian de nuevo en la segunda mitad del siglo XX. La violencia bipartidista de los años cuarenta y la dictadura militar de 1953, ocasionaron un éxodo de la campo a la ciudad y Bello recibió una gran cantidad de inmigrantes de todas las zonas de Antioquia. Los nuevos pobladores se asentaron anárquicamente en el territorio y generaron una ciudad caótica deficiente en todos los servicios públicos, terreno abonado para todas las violencias. La ciudad casi triplicó la población de 1950 a 1965. Pasó de 34.307 a 93.207. La actividad cultural en las artes fue realizada por la Fábrica de Tejidos del Hato (Fabricato), con varias instituciones como El secretariado, La estudiantina y La Corporación Fabricato para el Desarrollo Social, hasta los años ochenta del siglo XX.
En las dos últimas décadas del siglo XX, los movimientos sociales, tuvieron su réplica en el municipio. Se organizaron colectivos de activistas del arte y la cultura, quienes con un amplio movimiento de la población lograron las bibliotecas comunales, programas de recreación, eventos públicos y la construcción de La Casa de la Cultura “Cerro del Ángel”, un nuevo edificio para la Biblioteca Pública Marco Fidel Suárez y el Centro Atención Social Administrativo del barrio París. El mayor logro de este movimiento fue la planeación del sector cultural y la institucionalización de actividades de promoción y educación en las artes y la cultura. Los movimientos sociales y el protagonismo dado a la sociedad civil, posibilitaron, además, la aparición de las organizaciones no gubernamentales (ONG). En Bello se organizan varias en los años noventa y logran crear un público para el teatro, la música, la danza, la literatura y las artes visuales.
Bello en el siglo XXI. La ciudad región. Política, economía e imaginarios.
En los albores del tercer milenio, Bello comparte con la zona metropolitana del Valle de Aburrá los problemas y las soluciones sociales, lo que ha permitido hablar de la ciudad región y ha obligado a interrelacionar los planes de desarrollo de la región. Estos deben enfrentar los retos de una ciudad de 500.000 habitantes que exige descentralizar los servicios culturales, cubrir las necesidades de educación alternativa de todas las artes y ofrecer actividades de utilización del tiempo libre.
La ciudad tiene un claro déficit en lo referente al sentido de pertenencia por el espacio y la identidad cultural. Los imaginarios de las gentes se han anclado en un descreimiento sobre las instituciones republicanas, la participación política es mínima, el espacio público se invade y la economía ilegal prolifera. Los derechos humanos como el respeto por la vida y la diferencia, la libre movilidad, la autonomía individual, y el acceso a los bienes de la cultura, están mediatizados por organizaciones que le disputan al Estado la preeminencia.
Octubre de 2014

domingo, 19 de octubre de 2014

Los cortejos del diablo de Germán Espinosa


Súplica, magia y homeopatía
Por Guillermo Aguirre González
Demonios, hechiceros, brujos y bebedizos, son imaginarios que entraron en simbiosis en la América descubierta por España para Europa y al mismo tiempo Europa es descubierta por la cultura aborigen de América. Este encuentro enfrenta, inicialmente dos mentalidades, desde 1492. Pero en las primeras décadas del siglo XVII, 1630 aproximadamente, entra la mentalidad africana. Las tres visiones del mundo se atacan, se imponen, se reeditan, se mezclan y al final producen una nueva mentalidad, con elementos de los tres, pero diferente a cualquiera de sus componentes. La nueva cultura de origen triétnico, que tienen los hispanoamericanos como parte de ese todo americano, se ha construido en un proceso de larga duración. Por eso es posible verlo en ebullición en las diversas etapas a lo largo de sus quinientos años.

Los cortejos del diablo de Germán Espinosa, es una literatura anclada en los primeros cien años de existencia de Cartagena de Indias. Se relata un estado inédito de la fusión de lo negro, lo indio y lo europeo. Allí los cristianos son los prepotentes que creen en lo único y lo verdadero de su propia visión del mundo. Los otros simplemente ejercen su mentalidad.

El indígena tiene y aporta una religión natural atada a los elementos de la naturaleza y especialmente con un conocimiento milenario de la botánica, traducida en una medicina homeopática eficaz. El africano trae una mentalidad magicoreligiosa, atravesada por el baile, la percusión y una acción sobre los cuerpos por simpatía, contagio o emulación, que son las tres formas centrales de la magia, según La rama dorada de James Frazer. El cristiano español, aporta la superstición, por la que dota las cosas de presencias manejadas a voluntad por el suplicante y aporta ese otro elemento central del cristianismo, concebido como el enemigo: el demonio y lo demoníaco.

En los primeros cien años de Cartagena, Germán Espinosa, muestra el estado de la fusión. Es evidente la dominación del cristianismo. Con sus instituciones milenarias enfrenta a los africanos esclavizados y a los indígenas diezmados. Se lucha contra la abstracción, contra la mentalidad, contra la imaginación, expresados en iconos, palabras y bailes. El cristianismo resucita su enemigo periódicamente, según la fuerza y el avance logrado por sus contradictores. La persistencia de sectas o grupos paganos, el prestigio de lecturas no autorizadas de la biblia o de la literatura patrística, los cismas generales o locales, la persistencia de las religiones de los pueblos conquistados, son explicados como la resurrección de lo demoniaco, o expresiones del mal desatado. Por eso desde el año 965, la iglesia cristiana católica instituyó la Inquisición, dedicada a destruir por el tormento y la muerte, todas las doctrinas, sectas, grupos o sociedades, contrarias al dogma romano cristiano.

Los cortejos del diablo es una novela centrada en el año de 1642, momento en el que la Inquisición cartagenera ya tiene en su haber decenas de torturados y quemados en la hoguera por el delito de brujería o de judaísmo. El inquisidor Mañozca, personaje histórico, es recreado por Germán Espinosa con genialidad. En la mente y los actos de Mañozca, el novelista indica lo inocuo o imposible que es tratar de borrar una cultura por la fuerza. Las ideas, las convicciones, la tradición, las concepciones, que se expresan en una física corporal, es decir en unos actos o gestos, ni el tormento lo quitan. La obsesión de Mañozca por buscar y encontrar el enemigo de su cristianismo católico, lo lleva a pensar en él a todo momento. Sus pensamientos se especializan en la identificación del actuar de ese dios falso adorado por los africanos traídos a Cartagena, llamado Buziraco. Los pensamientos del inquisidor, se truecan con la realidad y vive una ficción poblada de brujas de risa estridente, que le acosan en el lecho, revolotean sobre su cabeza y pueblan la atmósfera de la ciudad centenaria.

Mañozca envejece, el cuerpo pierde las fuerzas. Una madrugada se siente volar. Cuando reacciona se ve llevado por un séquito de brujas hacia las nubes, para no regresar. Ha muerto el inquisidor y envés de transitar el camino pedregoso y lleno de espinas que le deben conducir al cielo, vuela con su enemigo hacia la atmósfera. Este final es simbólico, en extremo. El tormento de Luis Andrea, promotor del dios Buziraco, realizado por Mañozca, generó el efecto contrario. Expandió el culto y lo profundizó más en las mentes del pueblo. España perdió la guerra contra la mentalidad americana. La hibridación, magia – homeopatía – súplica, como cultura aplicada sobre la naturaleza y los seres humanos ha vencido y se mantiene.

jueves, 9 de octubre de 2014

Novelas sobre la guerra. Vida y destino de Vasili Grossman

Palabras viejas para cosas nuevas
Por Guillermo Aguirre González

En la humanidad ocurre algo extraño. Cuando se observa un fenómeno nuevo, por el cambio del sentido, por las nuevas formas de ver, se nombra con palabras viejas. Un caso es lo que ha ocurrido con la palabra democracia. Fue acuñada allá en la Grecia clásica, entre el año 500 y el 400 antes de nuestra era. La sociedad griega llamó a los habitantes que no eran ricos terratenientes, ni ricos comerciantes, los del demos. La construcción de una sociedad regulada por una constitución, la de Solón, le dio el poder a los seres comunes: pequeños comerciantes, hombres y mujeres libres de cualquier yugo, libertos, artesanos, combatientes, oficiantes en general. Todos fueron a la asamblea o al ágora, con derecho a debatir, proponer y asumir cargos públicos. Este régimen se llamó el gobierno del demos o como se entiende hoy democracia. Pero ella vivió en medio de la esclavitud. La base de la economía griega estaba en la guerra permanente contra los pueblos vecinos para adquirir mano de obra. Por eso la democracia tuvo sentido dentro de una sociedad esclavista.

La cultura occidental, heredera de lo griego y lo latino, construyó un régimen político nuevo en los siglos diecisiete y dieciocho. Era una nueva época, con otras sensibilidades, con otra concepción del mundo, con nuevas situaciones, con los derechos naturales de los seres humanos, sin embargo, no se encontró un nuevo nombre para ese nuevo régimen político, se le llamó democracia. Esta, ya no tenía el demos griego, ya no tenía esclavos, tenía pueblo libre despojado de todo, más el pueblo burgués y el pueblo comerciante. Ocurrió el extraño fenómeno, se nombró un fenómeno nuevo con un término viejo.

La revolución rusa de 1917, construye un régimen social con todo el legado marxista y a falta de términos nuevos habló, escribió y se autodenominó, nueva democracia, nueva libertad, para la construcción de un hombre nuevo. El régimen tuvo como centro el poder hegemónico del partido comunista. Por fuera del partido no había vida tranquila, dentro de este órgano de poder las decisiones se tomaban dentro de la ruta del centralismo democrático; otro viejo término que se acomoda a un acontecimiento nuevo.

La creación de la sociedad comunista en Rusia, es el proceso que critica Vasili Grossman, en los actos, los discursos, las relaciones, las risas y dolores de los personajes de Vida y destino, en especial la familia Sháposhnikov. Ella Tiene en su haber, militantes exitosos del partido, desviacionistas, trotskistas, condenados a campos de prisión, héroes del ejército rojo, médicos y físicos nucleares. En los encuentros familiares, con amigos y allegados a bordo, muchas veces se permite hablar con libertad; pero cuando los análisis llegan a criticar o a burlarse de Stalin, se autorregulan o se prometen no haber escuchado. Ante esta situación se cuentan anécdotas de hombres y mujeres caídos en desgracia por las palabras pronunciadas en caliente. Allí se enteraron “de que el visitante, corrector de profesión, acababa de ser liberado de un campo penitenciario, donde había pasado siete años por haber dejado escapar una errata en el editorial del periódico: en el apellido del camarada Stalin los tipógrafos se habían equivocado en una letra”. Esto pasa en el régimen de nueva democracia.

Otro caso extraño de nombrar cosas nuevas con palabras viejas ocurrió en el trabajo de Shtrum cuyo patronímico es Viktor Pávlovich. Él es un físico nuclear. El trabajo que realiza, es buscar la forma de controlar las partículas atómicas. Esa búsqueda se hace también en Norte América (los Álamos) y en Alemania. Shtrum lleva algunos años aplicando los mismos análisis fisicomatemáticos y los mismos aparatos tecnológicos. Estaba decepcionado por la falta de resultados. Sus compañeros de laboratorio también dedicaban todo su tiempo al mismo objetivo y se hacen chanzas cuando uno de ellos se extrema. A Anna Naumovna la apodaron “la gallina semental” por haberse “pasado dieciocho horas seguidas ante el microscopio estudiando emulsiones fotográficas”. Esa entrega al trabajo produjo en Shtrum, una noche que caminaba por una calle de la ciudad sitiada de Stalingrado, una intuición que se convirtió en un hecho nuevo. Le sobrevino a la cabeza un nuevo sistema armado con lo viejo y lo nuevo, y producto de ello dividió el núcleo del átomo. Había hallado la energía atómica, la energía nuclear.

Lo extraño está en la denominación, energía atómica. La palabra átomo la acuñaron Demócrito y Leucipo en el año 300 antes de nuestra era. En el Diacosmos, de Demócrito se halla una teoría explicativa del cosmos y dentro de ella postuló que la división del todo no es infinita, se llega a una parte indivisible, es decir al átomo. Este discurrir griego es distinto a lo hallado por Shtrum. Pero ocurrió lo mismo que con la palabra democracia: A esa cosa nueva se le pone un nombre viejo, eso es lo extraño. Esa cosa nueva hace llorar en silencio a Shtrum “Él lo ve todo, lo comprende todo, y sin embargo, no puede evitar alegrarse por su descubrimiento… ¡Es horrible!”.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Novelas sobre la guerra. Vida y destino de Grossman

Filosofía con tableteo
Por Guillermo Aguirre González

Una tonelada de explosivos cae. Viene del fondo oscuro de la noche y hace temblar la tierra como en un terremoto. Los combatientes y los habitantes de Stalingrado no ven los aviones; pero saben que las bombas fueron arrojadas por un Junkers o un Messerschmitt con cruces negras alemanas. Los distinguen por el sonido de sus motores. Esas aeronaves tienen la identidad de la máquina porque son producto de una fórmula técnica. La defensa soviética de la ciudad sabe de eso y también distinguen el sonido de sus propios aviones.

Escuchar el sonido de la guerra es parte de las ocupaciones del mando del ejército rojo y de los habitantes sitiados. Se narra especialmente la vivencia de los habitantes de la casa G/I. Están allí algunos de los personajes más importantes de la novela y algunos mandos superiores. La situación es aterradora, pues tiene un ingrediente que estremece al lector y le hace preguntar: ¿Cómo es posible que seres humanos sean capaces de vivir una cotidianidad en medio de la atrocidad? Grossman lo narra porque también se estremece y profundiza en esa observación. Se puede deducir una sentencia sobre la condición humana: este es un ser de costumbres y puede acostumbrarse al dolor, a la sangre derramada, a vivir bajo el peligro inminente de muerte. Y en ese trance le puede pasar por el pensamiento la historia, la cultura, los amores presentes o dejados, la filosofía y puede reír y embriagarse.

Los habitantes de la casa G/I, salen a la calle y saben que es posible no retornar. La desaparición puede ocurrir en cualquier momento. Sháposhnikov busca vodka para poder dormir y dejar de escuchar el sonido terrible de la guerra. Shtrum y Chépizhin dialogan sobre la situación y ella los lleva a meterse en un plano filosófico. Ambos son investigadores en física. El estudio de las partículas les hace preguntar por la vida y el universo. Están armados con los vuelos que permite el materialismo. Invocan el materialismo y el empiriocriticismo de Lenin de manera indirecta, pero van al fondo del trabajo de la ciencia. Así como se puede identificar el tipo de avión por el sonido formulado de su motor, el trabajo del científico está en la producción de fórmulas y artefactos útiles para la revolución. Las fórmulas que no lleven una utilidad práctica para el poder del partido son empiriocriticistas y burguesas.

Chépizhin ve en eso, una censura y concibe el trabajo del científico, como una actividad libre que obedece más al juego de lo posible que a un interés político. El pensamiento científico, en las ciencias humanas o físicomatemáticas juega entre la inducción y la deducción y no puede confundir inducción con interés político o deducción con empirismo. El juego de las posibilidades no permite volcarse sobre un aspecto del pensamiento científico. Sólo el sujeto en libertad produce ciencia. Chépizhin parece asumir esta posición y cayó en desgracia con el partido y Shtrum temeroso del poder siempre obedeció. Muy cerca, escuchan los interlocutores, el tableteo de ametralladoras y una nueva bomba les mueve el piso. La vida es más misteriosa que diáfana y el pensar y descubrir sus partículas no hace daño a nadie, parecen concluir.

En la casa vecina, Vera no se resigna a la ausencia de su amado Víktorov. Fue enganchado en la aviación soviética a los 19 años. En los aviones de vuelo rasante le parecía verlo a través de la escotilla. Todos los días preparaba los platos favoritos de Víktorov y esperaba verlo entrar en casa en las tardes. Las explosiones y silbidos de los proyectiles le ponían un fondo trágico a sus amorosos pensamientos. Se había acostumbrado a ser ella y sus aspiraciones, con la guerra en la calle vecina. Soñaba con el sonido de la fórmula de un caza Yakovlev.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Novelas sobre la guerra. Vida y destino de Vasili Grossman

Ser distinto y pensar a su manera
Por Guillermo Aguirre González

La opinión es un ejercicio de libertad y es producto de ese propósito de los grupos humanos de "conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera". Este derecho se radica a su vez en el instinto animal porque se relaciona la libertad con el ser a su manera. Grossman concibe la libertad como un instinto y por él interpretó lo que pasó en el mundo en la primera mitad del siglo XX, como la adopción del totalitarismo. De paso, en un diálogo de presos políticos en un gulag, se dice que Marx no valoró la libertad y esta afirmación relaciona la concepción de la libertad como instinto y como derecho inalienable.

Quedan planteadas dos concepciones de la libertad. Una como derecho inalienable y la otra como un constructo social. Ambas tienen las mismas consecuencias en el mundo; pero se diferencian en el origen. Lo inalienable en el ser humano se funda en la naturaleza. La libertad es inalienable porque es un derecho natural, un don natural. Estos pensamientos, del ámbito de la filosofía, pasaron a la política y de ahí al mundo práctico. Desde el siglo XVII, el mundo occidental, comenzó una lucha interna entre las clases sociales y entre el viejo y el nuevo régimen, para adoptar por acuerdo los bienes inalienables del ser humano y elevarlos a la condición de valores sociales. En otras palabras, la creencia en la existencia de derechos naturales se transformó en un acuerdo, o como lo nombró Rousseau, en un contrato social. De esta manera se conquistó el derecho a la diferencia, a pensar y sentir cada uno a su manera.

La otra concepción, plantea la libertad como una construcción social, y cada época de la humanidad ha tenido la suya. La sociedad moderna adopta los derechos del hombre y el ciudadano, porque la acumulación de riqueza con el método capitalista, exige declarar al ser humano practicante de todas las libertades. Libertad de pensamiento, de movilidad, de empresa, libertad religiosa y libertad de vender o no su fuerza de trabajo.

Esta concepción fue calificada de liberal por Marx. La teoría marxista del ser humano y de la sociedad no tiene como base la libertad. Tiene como base el trabajo. La producción de los medios de subsistencia hace que el ser humano adopte formas de relacionarse y por tanto un tipo de libertad. De esta manera la humanidad ha construido formas diversas de relacionarse, dependiendo de las formas de producir los medios de subsistencia. Así la historia de la humanidad tiene en su haber una libertad primitivista o tribal, una libertad antigua (egipcia, griega, romana) en la que coexistían los libres con los esclavos. Una libertad medieval con señores dominantes y siervos sometidos. Un libertad moderna burguesa y capitalista, la misma que garantiza la acumulación de la riqueza del mundo, en pocas manos.

Decir que Marx no valoró la liberad, que el mundo se debe organizar en torno al derecho de conquistar la diferencia, el derecho a ser distinto, a pensar a su manera, son proposiciones que lesionaron las políticas del partido comunista soviético. La teoría social, la libertad, el ser humano, deben pensarse según las directrices del partido y hacerlo de modo distinto es declararse en disidencia y someterse al castigo, a la purga. Por eso Vida y destino de Grossman fue una novela confiscada, censurada y no circuló en el mundo ruso.

Medir el mundo a partir del concepto de libertad y luchar por organizarlo en torno a este concepto, obliga a ubicar en un lugar común a todos quienes quieren medir el mundo y organizarlo por la raza o por la economía. Por eso Grossman construye la idea de totalitarismo para ubicar en él, los regímenes que impiden la individualidad y el derecho a ser diferente. Son totalitarios los nazis, los comunistas soviéticos, los cristianos y musulmanes fundamentalistas. Es muy liberal abogar por la libertad per se, por un régimen que garantice pensar y sentir distinto. Y es muy comunista, pensar en un régimen que tenga como principio la prohibición de enriquecerse, de acumular y acaparar los medios de subsistencia y condenar a la mayoría a la carencia de todo incluida la vida.

Parece que los seres humanos están inmersos en un misterio. Si adoptan la plena libertad, tendrán que sufrir la guerra por el monopolio de los bienes y vender su fuerza de trabajo al mejor postor o quien pague lo que sea por ella: se tienen todas las libertades incluida la de morirse de hambre. La otra, si adoptan un régimen que garantice la subsistencia (salud, educación y vivienda) deben sacrificar la libertad o parte de ella. No hay término medio.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Cuando dios perdona y premia el pecado. Sobre Bola de Sebo de Maupassant

Cuando dios perdona y premia el pecado

Por Guillermo Aguirre González

La gente sencilla es solidaria. La gente sin títulos nobiliarios está dispuesta a recibir al noble caído en desgracia. La gente del pueblo resuelve los conflictos por el acuerdo deliberado o por métodos consuetudinarios. Estas observaciones, son convicciones de Maupassant. Las tiene presentes y las ubica en Elizabeth Rousset, una mujer que se gana la vida con la venta de placer. Maupassant toma partido por ella, a pesar de que la llama Bola de Sebo, un apodo despectivo, tanto como la descripción que hace de ella, pues resalta la acumulación de grasa en su cuerpo especialmente en sus manos y sus dedos; pero le pone la piel tersa y la carne joven y la hace tomar la actitud de una mujer desprendida y libre. Es precavida, honesta, amante de lo humano, dadivosa, servicial. A través de ella se mide la sociedad de la ciudad normanda de Ruan en 1871, invadida por la Prusia de Bismark. Ella es el pueblo solidario y no, ese otro personaje, que canta la Marsellesa, Cornudet. Este es un republicano que pregona la igualdad, la solidaridad y la libertad; pero deja que la dignidad de Elizabeth sea destruida. Por eso la virtud ciudadana es ubicada en el pueblo llano.

 El sentido nobiliario de la vida, el sentido burgués industrial, burgués comercial, el de los cristianos católicos, el de los liberales republicanos, es puesto en un solo lugar; en el lugar de los poderosos quienes humillan al desposeído, cuando hablan en público de su riqueza. Si los desposeídos tienen algo que les sirva o necesiten ellos, se lo quitan. Y si lo ofrece a voluntad, lo desprecian. El poder es arrogante y tiene un acervo cultural que le permite sustentar sus privilegios con conductas ejemplares de héroes y santos.
 
En el escenario del cuento, la vida de la burguesía, de la nobleza, la iglesia y el republicanismo, quedan a merced de las artes amatorias de Elizabeth Rousset. El ejército prusiano pide tener la piel de Bola de Sebo para dejar libre a los representantes de los estamentos. Ella les quitó el hambre y la sed de vino, al compartir su canasta de víveres y cuando creyó atraer su atención y tener sus consideraciones, le exigen prostituirse a su favor. Para lograrlo, invocan muchos ejemplos del pasado estratificado en dosis ejemplarizantes. La voluntad de Elizabeth puesta a punto como la dignidad de la patriota ante el invasor alemán, se intenta quebrar. Le dicen que dios perdona y premia el pecado cuando se comete para salvar la vida de aquellos que le representan en la tierra. La mujer sencilla del pueblo, recibe discursos sobre nobles caballeros, santos, augustos comerciantes y liberales napoleónicos que debieron pecar para salvar la humanidad. Elizabeth no es capaz de refutar los argumentos de esos aparatos ideológicos. Calla y accede.

 Cornudet, el republicano, el contradictor de nobles, burgueses y eclesiásticos, está llamado en el escenario a defender la dignidad de Elizabeth, pero su vida depende también del sacrificio de la moza. Se espera la acción de Cornudet porque él encarna la tercera república francesa; pero esa ha llegado castrada. La igualdad, la solidaridad y la libertad se han aplazado. Ahora es una forma escrita sin efectos materiales y vive de la sangre derramada por los sans-culottes de la última década del siglo XVIII. Ese pueblo, llamado despectivamente sin calzones, precavido, honesto, amante de lo humano, dadivoso, servicial, lo dio todo por la nueva Francia y por una humanidad sin discriminación, sin desigualdad; pero recibió a cambio, hambre, opresión, burla y desprecio.

 En la base de Bola de sebo de Maupassant, hay una crítica de la guerra, porque muestra su crueldad. Ella se lo lleva todo y saca a relucir la mezquindad oculta en las formas de cortesía y en la normalidad. La guerra “saquea en nombre de las armas vencedoras y ofrenda sus preces a un dios”, dice Guy.