domingo, 5 de febrero de 2017

Literatura del exilio o El jardín de al lado de Donoso

Allende inaugura Principio y fin. Mural de Julio Escámez 1972.

La voz. Le interesa la voz. Siempre la busca. Le inquieta cuando escribe y muchas veces paraliza la historia traída a cuento, porque la voz no es la apropiada para el tenor del argumento. Se debe volver a empezar. Esta es la experiencia de Julio en El jardín de al lado de Donoso. A Julio le han devuelto una novela de la editorial y le recomiendan reescribirla. Julio supone que la agente de la casa editorial, reflexionó de esa manera cuando leyó su novela; pero luego, se dice: esa mujer no lee ni escribe, solo aplica lo dicho y recomendado por sus asesores, lectores de oficio pagado. Ella no sabe nada de la voz narradora, ni de los temas del mundo actual. La voz… eso lo pongo yo, hombre exiliado, obligado a escribir desde una ciudad española.

Dice Julio que esa editora y sus asesores, tienen un pensamiento esquemático sobre la literatura actual. Les gusta publicar a novelistas de impacto publicitario como a García Márquez y Vargas Llosa. No entienden las narrativas distintas, las experiencias estéticas diferentes. En El jardín de al lado se ve esa diferencia. El hombre exiliado, con su familia, salido de su país por causas políticas, narra su vida desarraigada con una prosa que discurre por asociación de ideas, pero que no se pierde y logra darle al lector un espacio, un tiempo y unos personajes característicos.

La voz de Julio se hace imperativa en su yo exiliado. Es más fuerte la primera persona que el vosotros o el nosotros. Se hace una especie de superyó que habla con nostalgia enfermiza del tiempo – espacio de la tierra en la que creció y aún tiene su entraña. La vida en España, tierra de exilio, le lleva a la suya, propia, en Chile.

Un amigo, pintor prestigioso, rico, también exiliado, le prestó por el verano, su casa-palacete, ubicada en el centro de Madrid. Tiene una arquitectura clásica con columnas y capiteles. Esa experiencia, le profundiza la voz de su yo exiliado, porque ficciona ver en el jardín de al lado, de la casa vecina, a su padre viejo en la casa paterna, de Chile abandonado, por la sentencia de muerte impuesta por la dictadura de Pinochet a todos los simpatizantes y participantes del gobierno de la Unidad Popular.

La voz del exilio se siente como un imperativo inconsciente que recorre la vida libre de su niñez: vagar por el jardín de la casa o jugar con el padre. La vida de juventud: los amigos, los estudios, las farras, las novias, las militancias. El adulto, liberal permisivo, congresista, carnal de “un civilizado aunque tal vez injusto liberalismo que por lo menos era ilustrado”.

Esa voz caracteriza la literatura por el tema y el tono y así como existe la literatura y el mal por Cumbres borrascosas, dicho por George Bataille, existe la literatura y el exilio. El dolor por extrañamiento, sale, se cuela en las piedras y paredes de una casa aristocrática madrileña en la que ha devenido Julio con su esposa. El dolor es doble: está en el rechazo de su novela enorme que le hace pensar en el escritor fracasado. Se ha metido en eso y ha dejado las actividades en las que era realmente bueno ensañar sobre la literatura de los otros, o sus excelentes traducciones. Quiere quemar esas quinientas páginas, rechazadas porque no pueden “convocar un universo poético regido por sus propias leyes refulgentes como, pese al insoportable oropel de falsedades comerciales, logran hacerlo, a veces, García Márquez, Carlos Fuentes, Marcelo Chiriboga o Cortázar”. Julio se duele por haber fracasado como escritor.

Pero hay otro dolor en esa literatura del exilio, sentido por la inevitable asociación de lo que ve y come con la experiencia de vida en su país. El jardín de al lado lo transporta a su historia local. La comida le hace remembrar el desabasto perpetrado por el imperialismo y que la gente asoció con el caos y la anarquía producida por la izquierda de Allende y del MIR. Julio se duele de la vida que le tocó. Salir de Chile, huir porque Pinochet mató la república y declaró inexistentes los derechos individuales y colectivos. Su madre le dijo: -vete de aquí porque es imposible vivir en un país sin congreso, sin parlamento. Yo no lo hago porque ya no tengo fuerzas-. La literatura del exilio le permiten desentrañar la cusa del exilio y concluir que es un exiliado político, exiliado por sus ideas políticas, por la aceptación como liberal del libre juego democrático y de un gobierno de izquierda en Chile.

En los exiliados, Julio detecta los matices políticos que se practicaron bajo la Unidad Popular: anarco-terroristas prestos para los bombazos, marxistas puros, guerreristas comunistas, liberales, cristianos, socialistas. Ahora se topa con ellos en las reuniones de la comunidad exiliada. Comunidad que desborda la procedencia chilena y se amplía a toda América hispana. Expulsados de sus patrias por dictaduras montadas y sostenidas por Washington. Julio cae en cuenta que a los exiliados corresponde una dictadura respectiva: chilena, guatemalteca, nicaragüense, argentina, uruguaya. La época de dictaduras, negación de la democracia y ataque y destrucción de los partidos proletarios.

Esos son los contenidos que la agente editorial le pide. Su larga novela debe ser reescrita para que sea un ejercicio de literatura testimonio como lo han hecho los del Boom y por lo cual son famosos y un éxito editorial.

Julio prefiere dedicarlo todo a la estética, a hacer de la literatura una experiencia artística antes que una denuncia política, tal como se lo pide la comunidad de exiliados: El arte y la literatura deben estar sintonizados con la época de dictaduras y cumplir el papel que le ha sido dado por la política partidista, denunciar la muerte de la democracia, la persecución y negación del derecho de los pueblos a elegir su propio destino, el derecho a la autodeterminación. Julio se niega y observa la exigencia de la comunidad de exiliados como un espécimen extraño sostenido dentro del régimen franquista en España, otra dictadura, y para la cual los exiliados son unos “rojos culiaos”, así lo escriben en las paredes de Madrid.

Estar en esa condición, hace que los idearios cambien, se reconsideren y que la estabilidad mental sufra. Hay mutuas acusaciones. La esposa de Julio entra en crisis luego de tomar una cantidad de tranquilizantes con alcohol. Ambos se hacen psicoanalizar y tratar por un siquiatra de la comunidad de exiliados. La esposa descarga sus culpas sobre Julio y lo acusa de ser el origen de todas sus desgracias, en especial haber salido de Chile huyendo y dejar su prometedora carrera universitaria.

Se reconsidera el universo mental intelectual y le llegan las acusaciones de haberse vuelto revisionista y deductivamente, por tanto, ha devenido en agente de la CIA. El arte y la literatura si no denuncian la dictadura son una práctica burguesa para ocultar la realidad. Los idearios que le dieron cohesión a la Unidad Popular, se deben mantener; el marxismo se debe mantener en la pureza de sus clásicos. Si se habla contra ellos se está revisando sus contenidos y se cae en los brazos del imperialismo.

Julio reescribe la novela. La idea de hacer algo distinto a lo del Boom y alejarse de la denuncia potencia una resultante, la agente editorial lo dice: Julio las editoriales la han rechazado, dicen que haz parodiado “Conversaciones en la catedral” y que haz emulado en muchas partes a “Rayuela”. La voz del narrador se quiebra, desaparece y da paso a la voz de su mujer, quien después de la crisis del exiliado, le demuestra a su esposo como se escribe una novela. La hace, se la presenta a la agente editorial y de inmediato es acogida, editada y publicada.

El jardín de al lado termina con esa sorpresa. El lector es sorprendido, por creer en el talento de Julio. Ese final le da salida a la angustia enfermiza, pero legítima, de los personajes.

lunes, 2 de enero de 2017

La roca viva de la ciudad. El Ulises de Joyce



Ulises y las sirenas. Óleo de Draper 1909

Permaneció dos años en los estantes del libreo, me lo dijo cuándo adquirí el ejemplar. Y permaneció otros dos en mi biblioteca. El volumen del libro insinuaba que debía abrirse cuando se tuviera suficiente tiempo para enfrentarlo. Y ocurrió hace unos meses. Una tarde de sábado decidí abrir el Ulises de Joyce. Una obra experimental. El autor quiso hacer algo distinto en literatura. Tuvo ante sí el romanticismo, el simbolismo y el naturalismo. El Ulises es una obra monumental por su extensión e innovadora porque se separa de esos movimientos literarios. Es de difícil lectura, pues la resultante de esa innovación es laberíntica como dice Borges. Largo y extenso recorrido por la observación y la asociación de ideas que causan en el cerebro de un  narrador narrado. Prima el monólogo desbordado por el poder ponerse fuera del yo y darse a otro que habla, pero que exige retornar a sí mismo.

Antes de iniciar la lectura, tantas veces aplazada, me topé con un comentario corto pero contundente: las relaciones entre el Ulises de Joyce y la Odisea de Homero es tan basta que todo lo que se diga vale. Puedo decir también que las relaciones se dan entre los dos Ulises y no entre los dos Odiseos, porque Joyce pensó en el héroe en clave latina y no griega; es decir, Ulises es la versión latina de Odiseo; por eso la epopeya homérica se titula la Odisea y no Uliseada, como puede argüirse. No es que piense en una versión latina de la obra homérica, distinta o revisada de la griega; es solo que los nombres griegos latinizados, despistan muchas veces.

Además de este ingrediente está la polivalencia entre las obras de Joyce y Homero como se dijo antes. ¿Será cierto que Joyce hizo una epopeya moderna? A mi parecer no, porque la epopeya tiene unos componentes identitarios muy claros: la intromisión de los dioses en los asuntos humanos, componente muy claro en la Odisea. En el Ulises de Joyce esto no se ve, porque la religiosidad católica, en la geografía o espacio de la novela, sigue siendo esa religión abstracta e intelectualizada, en la que el dios único no está en la vida diaria. En la Irlanda de las primeras décadas del siglo xx, el dios cristiano no se presenta físicamente en la vida de Bloom, como lo hacen los dioses olímpicos en la vida de Odiseo. El dios cristiano esta en las ideas sobre el bien, el mal, el deber ser y las prohibiciones.

La mirada que le he dado al Ulises de Joyce, ha sido para tratar de identificar la voz que habla tras las letras: es una voz confusa. El narrador tan pronto está en la escena describiendo, como está monologizando dentro del mismo espacio escenario. Hay una simultaneidad que desanima al lector porque confunde. Luego de sobrevivir el interés ante el océano monológico y una vez identificada la mecánica, pude esforzarme con la ayuda de Hermes, para hallar las similitudes o deudas de Joyce con Homero.

Tiene nombre el narrador. Es el señor Bloom, Benjamín Bloom. Los acontecimientos y los personajes salen de su boca, los espacios, los edificios, la ciudad de Dublín. Al mismo tiempo transforma la descripción en una autodescripción, en una confesión de sus sentimientos y consideraciones sobre la vida. Los demás son ensalzados, criticados o acribillados. Pongo un ejemplo, es el momento en el que Bloom pasa de la escena al abismo de sí mismo: “El señor Bloom revisó las uñas de su mano izquierda, luego las de su mano derecha. Las uñas, sí. ¿Hay algo más en el que ellos ella ve? Fascinación. El peor hombre de Dublín. Eso lo conserva en pie. Ellas sienten a veces lo que es una persona. Instinto. Pero un tipo como ese. Mis uñas. Precisamente las estoy mirando: bien recortadas. Y después pensando solo…”

He visto en el Ulises, la densidad de una literatura hecha con la extremación del sentido estético de las imágenes, hasta lograr un divorcio entre el autor y el lector. Es este último quien debe acercarse y comprender. Ya señalé la complejidad del narrador: juego entre la ominisapienza y la subjetividad del monólogo. Otra complejidad es la relación de la obra con la Odisea. Se me ocurre preguntar ¿Qué relación existe entre Ítaca e Irlanda? La respuesta es una perogrullada: el mar océano; pero el mar no explica ninguna similitud entre Telémaco y los cuatro seres humanos que habitan la torre tomada en arriendo por Buck Mulligan, amigo acompañante de Bloom. Es difícil.

En el capítulo titulado El Hades, sí se entiende la relación con Homero. Leopoldo Bloom y sus amigos salen de la torre, van al cementerio a acompañar el sepelio de un conocido. El cementerio ocasiona en Bloom un monólogo largo sobre la muerte, sobre los cuerpos en descomposición. Crea imágenes de cuerpos inanes, como zombies, igual como ocurre en el Hades visitado por Ulises. Bloom insiste en el beneficio de la sangre y materia viva para la tierra. Los productos de una tierra así abonada son de mejor calidad. El lector puede extrapolar la escena en la que se entra al Hades. Ulises cava un hoyo de medio brazo, vierte en el harina y miel y luego la sangre de un buey sacrificado in situ. Este rito mágico permite al héroe entrar al Hades y hablar con los cuerpos de los hombres muertos.

El monólogo largo de Bloom en el Hades, me entusiasmó por continuar la lectura, porque luego de liberados de la difícil lectura, nos lleva con la prensa periódica y los procesos conexos: las noticias, los periodistas, los voceadores, las jerarquías de mando, etc. Pero es una relación que hago, como lector, y la hace Joyce cuando titula las notas de apoyo con nombre de los cantos de la Odisea. Lo mismo se puede decir del capítulo llamado Lestrigones: los hombres sobrehumanos no aparecen en Dublín; pero Joyce los ve, porque debió hacer el ejercicio de escribir sus vivencias de un día de vida al mismo tiempo que leía la Odisea.

En el Ulises Irlandés, Joyce emplea una forma de escribir y hacer literatura, imbuido por las vanguardias del tránsito entre el siglo XIX y el XX. Deja el clasicismo, lo que equivale en literatura a romper con el romanticismo y el naturalismo. Joyce experimenta y produce una literatura extrema que exige al lector acercarse y construir sentido. El ejercicio literario está en la destrucción de todo cuanto se acerca al remolino Caribdis, una opción crítica sobre la existencia humana; condenar el mundo a fenecer por la envidia, la codicia, la incultura y la ciega dominación. O hacer literatura, sacrificarle a Escila unos elementos para satisfacer los monstruosos tentáculos; sacrificar la belleza de la escritura, la lógica impuesta, el diálogo mesurado y dosificado, o lo evidente y predecible que cuida la atención del lector corriente. La obra de arte literaria es un tejer o destejer el alma del autor y el lector.

Ahora las letras se sacan de un recorrer-observar la ciudad maloliente en verano. Tiendas edificios, puentes, tranvías atestados con gentes de varios países de Europa y en especial, clérigos jesuitas propios y extraños que imparten bendiciones y escudriñan los cuerpos para deducir la conducta por la apariencia, medida con los ideales del hombre blanco dublinense cristiano. La ciudad y sus gentes aparecen a los ojos de Bloom abiertas, atentas, a las tres de la tarde, como una roca viva de movimientos lentos, pesados pero firmes. La ciudad tiene espacios agradables, otros sucios; Bloom se siente agradado en los lugares en los que se come, canta y baila. La roca viva de la ciudad, tiene una magia seductora y posesiva, como lo es las voces femeninas, cuando cantan canciones populares que mueven los sentimientos de comensales, atados por apreciaciones de la vida política, la religión y expresiones culturales para ser contempladas. Voces de oro, de bronce, acompañadas por las cuerdas percutidas de un piano recién equilibrado. Sonidos que llegan a los oídos de seres atados a sus sillas por la belleza de las cosas humanas.

Otros espacios de Dublín tienen nexos con el pasado próximo o lejano. El próximo es la Edad Media, el lejano es la persistencia celta. Esa parte de la ciudad que visita Bloom a las 5 pm acompañado de un mercader prestamista, tiene las calles estrechas con su debida forma de libro abierto para hacer correr todas las aguas por su centro. El personaje visitado tiene estructura ciclópea y carga una vestimenta llena de aderezos, objetos símbolos que lo atan al pasado celta y lo hacen expresión de la resistencia nacional irlandesa contra la dominación inglesa. Llama a defender, dice Bloom, lo de “Nosotros Mismos”, Sinn Féin, la nación irlandesa.

En el mar, las horas de luz se prolongan, por el verano. Bloom pasa por la playa de la bahía sur de Dublín, de regreso a su casa. Ve tres mujeres jóvenes tomando el aire fresco de la tarde. Son hermosas. Las corteja un extranjero y ellas lo aceptan por eso. En sus cabezas nacen pensamientos de comparación entre la vida difícil de Irlanda y la vida posible al lado de un extranjero rico; porque ese hombre que las corteja tiene la apariencia de tener riqueza. En las tres hay una Nausicaa, de alguna isla del Ponto dispuesta a yacer con el extranjero príncipe. El mar, la arena, la tarde, evoca en ellas y en el narrador, Bloom, el flirteo tímido de la adolescencia, la mirada escudriña bajo las faldas y el descuido de ellas deja ver la tela suave de sus bragas.

El sol ha caído. El tránsito del día a la noche, llama a ver la tierra-espacio del día de Bloom, como una isla bañada por el Ponto Euxino. Una isla en la que yacen dispuestas, maduras y voluptuosas, las mujeres del poder, mujeres de dios, con los deseos aplazados o frustrados. Esas mujeres de dios, administradas por el jesuitismo, son parecidas a las vacas del sol, homéricas y prohibidas. Quien quiera unirse a ellas, mujeres irlandesas, debe cumplir con el rito y ser bendecido por los códigos sociales. Si no se hace así, viene la condena a la destrucción de la reputación y será expulsado del centro de la sociedad hacia las márgenes. Las mujeres irlandesas vistas como pobladoras destinadas a la progenie, paren hijos robustos para dios, la guerra y el capital.

La noche dice del fin del día. La palabra dice de los hombres y las mujeres acompañantes de ese día de verano del periodista Bloom. El final del día se acerca y los cuerpos presentan un estado parecido a la posesión del hechizo. El jesuita profesor, el filósofo, el tabernero, las mujeres, perciben la voz de Dublín que habla de sus seres, de lo que tienen, de lo que les falta. Es la palabra del vecino, del padre, de la madre, de la hermana, del enemigo-amigo, que dice estar presos de la magia de la ciudad populosa, de carne, hierro y piedra. El hechizo ubica los personajes acompañantes de Benjamín en un barrio con prostíbulos y una complicada red de raíles. Es un lugar de la ciudad, sucio y laberíntico, propio para la transgresión. Ahí se representa una escena teatral. Los acontecimientos representados se desprenden de la seducción sufrida por Bloom, puesta ante sus ojos por una proxeneta. Le ofrece una virgen de trece años y luego del acceso carnal, es delatado y conducido a un tribunal. A ese espacio institucional llegan las mujeres que han sufrido el asedio del periodista disoluto. Los personajes entran y sales de la escena con cortas intervenciones. La representación es una ficción dirigida a resumir los acontecimientos de ese día de verano de la vida del señor Bloom: hombre casado, bebedor, puto, que entierra a un amigo y recorre incansable la ciudad, en estado de hechizo.

La ciudad ha sido explorada, no con las intensiones del descubridor, sino con la costumbre rutinaria del habitante anclado al territorio. La aventura ha terminado, la aventura acostumbrada; pero esta vez se ha intensificado por ser un día de verano, un día con más luz y más largo. Se ha arribado a casa después de trece horas de trajín por las calles Dublinesas. Benjamín regresa a casa con su mejor amigo, filósofo y literatofilio, ambos sienten un amor de padre a hijo. Benjamín Bloom se cree el padre. No encuentra llaves y decidido, escala los muros y le franquea la entrada al amigo desde dentro. Han trasegado la ciudad océano y ahora irrumpen en la isla casa-hogar. El padre enciende el fuego y entra en un soliloquio propiciado por preguntas y respuestas sobre su vida y su mujer.

La mujer está en la cama, no espera a su pareja, a Ben Bloom, sabe que ese día él no buscará el lecho marital. Ella también entra en un soliloquio. Las palabras mentales le discurren sin pausa y con un sentimiento de mujer poseída y poseedora. En su pensamiento le dice a Ben de su derecho a tomar los hombres que le gusten así como él toma las mujeres que quiere. Repasa los momentos iniciales del matrimonio llenos se sexo potente, tanto por su raja-orificio, como por el pene grande y rígido de Ben que quería meterlo todo el día. Bloom llegó de la ciudad océano, cual Odiseo y encontró en su isla casa-hogar a una Molly-Penélope satisfecha por otros pretendientes. La vida de concertista se lo facilitaba.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La camándula de chumbimbas. Escritos de noviembre


Miró. El magdaleniense 1958
 
Naturaleza y cultura
Humano, muy humano, demasiado humano es el esfuerzo por aplacar la naturaleza, la misma que se comparte y se impone tanto en el ser humano como en los demás animales. La naturaleza tiene la fuerza del contenido animal, obliga a la defensa y ataque contra los otros que te consideran presa, en la cadena de supervivencia. Esta condición obra en el ser humano como zócalo, está en la base del edificio. Y solo hay una forma de evitar que emerja a la superficie y se imponga. Esa forma es la educación y la cultura. La persistencia de la escuela, las artes, la ciencia, la filosofía, las habilidades, impide que la naturaleza animal oscurezca la valoración de lo humano como artificio, como creación. En la lucha entre la naturaleza y la cultura, el artificio gana cuando la vida digna se esgrime como estandarte de la política y el orden social.
 
En Colombia la naturaleza le viene ganando a la cultura. El cultivo del ser virtuoso, defensor de lo humano per se, ha dejado el lugar a la ambición de riqueza, ambición que destruye y arrasa con la humanidad. Hay un sector de la sociedad, minoritario, que desprecia las leyes. El dinero que ha acumulado en la apropiación individual del tesoro público, lo emplea para poner el poder público a su favor. Desprecia la justicia, la compra, la envilece. Ejecuta órdenes con oscuros intereses que amparan el crimen. Legisla a favor de la acumulación riqueza y contra la salud de la gran mayoría. Bajo esa sombra hay un ambiente de hades, que crea criminales de lesa humanidad. Cometen abominaciones contra niños, mujeres y líderes sociales.
 
El mantenimiento en alto de la bandera de la cultura y la educación permite sobreponer la humanidad al instinto de muerte. Este se ha generalizado en Colombia y ha creado un gusto por los cuerpos descuartizados, mutilados, acribillados y la venganza para seguir la cadena de muerte.
 
Volcar la sociedad sobre la educación y la cultura para vencer esa naturaleza sócalo animal, impuesta por una minoría ladrona, es la urgencia de la época. Deponer las armas para construir y cultivar es amar lo más humano.
 
El riesgo y la confianza. Un motociclista en el andén
Nuestro orden social está en la historia, tiene un principio, es un periodo que aún no termina. Lo hemos llamado orden moderno, porque se diferencia claramente del orden anterior llamado feudalidad. Esas claridades diferenciales están en la regulación de toda la vida social por convenciones, reglas convencionales aceptadas por la mayoría.
 
Los conceptos de mayoría y convención, son atributos modernos. La mayoría es la fuerza política que conviene o acuerda instaurar la confianza en los otros, porque la misma convención dice que todos respetamos las reglas convenidas. Con esta confianza en la convención, en el acuerdo, minimizamos los riesgos y los azares de la imposición de personalismos y actos advenedizos, sin control general.
 
Los riesgos de la calle, de los emprendimientos económicos, de la delincuencia, de la estabilidad del orden, son abolidos por la confianza general depositada en las instituciones, en los otros y en la vida moderna.
 
Estas ideas genéricas sobre nuestro orden, se ponen entredicho y el riesgo vuelve a ganarle terreno a la confianza, cuando el transeúnte de a pie o motorizado no acata las reglas instauradas por la mayoría. La inseguridad generalizada de nuestro tiempo, tiene en peligro la sociedad moderna. Parece que estuviésemos en un final del periodo de la modernidad, por la imposición de individuos o de grupos de órdenes particulares, destructores de la confianza en el orden convenido por la mayoría.
 
Es fácil ver los síntomas: ciudades no planadas, el tránsito en la ciudad caótico e inseguro, el irrespeto del espacio público, la corrupción. Y esta reflexión se ocurre por la sobre abundancia de motociclistas metidos en los andenes peatonales despreciando con descaro la vida de todos.
 
¿Socialismo para Colombia?
Ya no es posible. La concepción de las cosas y la vida nos enfrentan, es lo mismo que decir, la concepción del mundo asumida nos enfrenta con otra concepción del mundo, la de los otros. Estas palabras salen por la ocasión de la muerte de Fidel y algunos señalamientos denigrantes como “dictador”, “tirano”, o palabras laudatorias: “hombre extraordinario y universal”. Los denigrantes se adscriben a una concepción del mundo, distinta a la comunista agenciad por Cuba desde 1959. Para el comunismo existe la nueva democracia, construida por el partido del proletariado. Es una democracia de un solo partido; posible por ser el proletariado quien produce la riqueza y por eso mismo, señalado por la historia para sacar los pueblos de la explotación capitalista. Esto ocurrió en Cuba, en Rusia, y otras partes importantes del mundo.
 
Señalo directamente a esa condición, sin la cual, no se hubiese construido el socialismo en esos países: el partido del proletariado o de los trabajadores. Eso fue posible de 1880 a 1980, el siglo del marxismo, enriquecido (¿o enredado?) por Lenin y Mao. Si no hay partido, no hay socialismo. Intentar hacerlo es caer en una desvirtud, en una tergiversación, en un anacronismo y en un desorden sin norte ni filosofía como el chavismo y los experimentos fallidos de Kirchner o Lula -lo de Correa en Ecuador no es socialismo-. En Colombia no habrá socialismo por la imposibilidad histórica de la izquierda marxista, comunista o socialista, de construir un partido del proletariado colombiano. No por estar signados, sino por el culto a la personalidad, los intereses personales de los dirigentes, actitud que se ha irrigado en las militancias. Así en esta contemporaneidad ya no es posible el partido único; los cuerpos y las cabezas están en otras cosas, en otros dominios.
 
La concepción del mundo de los que en estos momentos denigran de Fidel, se inscribe en el la dogmática de la democracia moderna liberal. Según esta la modernidad política que destruyó la feudalidad, es la fuerza del progreso, y el régimen político resultante es definitivo. La democracia moderna es insuperable y lo demás es dictadura. Todo dentro de ella se debe soportar incluso la corrupción, la apropiación de la democracia por uno solo o por un partido o por una clase social. La desigualdad rampante se trata de paliar con la misericordia cristiana. Pero si hay una actitud. Los logros de Fidel en Cuba son producto de una dualidad humana insoslayable: se cambia la libertad por la satisfacción de las necesidades del ser humano (educación, salud, vivienda). En suma la acción política en Colombia hoy debe tomar del acumulado político; atender el llamado de Rousseau como huella liberal: la democracia debe crear un mecanismo ágil y expedito que permita desplazar del poder a los funcionarios electivos tan pronto traicionen la misión para la que fueron elegidos. Hoy es necesario satisfacer todas las necesidades básicas de los seres humanos, como en Cuba. La sociedad colombiana exige destruir la democracia actual que ha traicionado su diseño original y materializar realizar la paz pública y mental; la justicia social con redistribución de la riqueza; la igualdad económica, étnica y política.
 
El miedo a la democracia
La camándula era de cuentas cafés y los misterios los indicaban unas chumbimbas negras que se hacían notar. Tuve suficiente tiempo para observarla a ella y a la señora que la portaba. Este cuadro es común en la ciudad. Se ve en las fiestas religiosas y sobre todo en los entierros, a cuyos rezos fúnebres nadie escapa en esta parte del mundo. Pero lo salido del común suceder, es la señora que rezaba el rosario con un caminar solemne y ritual por el centro de la calle, queriendo llamar la atención. Esta escena ocurrió el dos de octubre del 2016 a las 11 de la mañana en una de las zonas electorales de Bello. La señora rezaba el rosario en la calle, para mostrar que estaba en peligro la religión, el país autoritario, la familia patriarcal y el remedo de democracia, con el plebiscito refrendatario de los acuerdos de paz entre el terrorismo de estado y el terrorismo de la guerrilla.
 
El miedo a la democracia amplia, profunda, incluyente, respetuosa, civilista, culta, se vio en la señora de la camándula. El terrorismo suministrado por ambos contendientes, sufrido por los colombianos desde 1948, domeñó los espíritus y los cuerpos; los acostumbró a una dosis diaria de sangre, violencia, intriga y luto. La educación se refugió en la técnica y produjo seres humanos temerosos y con un mínimo de alfabetidad apropiado para la producción. Los rezos públicos el día del plebiscito indica que no se entiende la democracia, no se ha separado los intereses de dios y de los seres humanos, no se ha superado la teocracia. Y lo que más dolor causa es la existencia de partidos políticos que viven de ese miedo, lo aúpan, lo profundizan para sacar de ahí dividendos políticos. La camándula de cuentas cafés le hizo exorcismo al plebiscito.
 
Liberalismo – neoliberlismo – liberalismo, el ritmo de los acumuladores de capital.
Un ritmo en la economía política, se visualiza con el nombrado neoliberalismo. Este nombre que indica un comportamiento sociopolítico como esputo de la economía capitalista, ha vuelto a saltar al podio. En varias ocasiones el presidente electo de los Estados Unidos de América ha mostrado su intención de acabar con los TLC, poco rentables para Norteamérica. De realizarse este acto político traería un cambio en la sociedad occidental y marcaría un cambio de ritmo en la economía.
 
Desde la imposición del liberalismo económico por el imperio británico en la primera parte del siglo diecinueve, esta doctrina económica, sale y vuelve según los intereses de la acumulación de riqueza del capitalismo y los capitalistas. Inglaterra la impuso hasta los años setentas del siglo XIX, década en la que el mercado mundial exigió proteger la economía nacional. Los estados naciones cerraron sus fronteras y se dedicaron a perfeccionaron sus métodos de producción hasta alcanzar un stock de mercancías, el mismo que exigió proclamar de nuevo el liberalismo. Este ritmo de la economía pone cambios sociopolíticos. La lucha por los mercados, luego de ser alcanzado el stock, trajo la primera guerra (1914 – 1919) y la segunda (1939 – 1945).
 
Después de estas guerras de exterminio entre los acumuladores de riqueza y que consumieron más de diez millones de personas, se proclama de nuevo el liberalismo económico, apertura de fronteras, libre comercio, pero con un nombre nuevo: Neoliberalismo. Este neo señala que el productor de la doctrina económica ya no es Inglaterra, es Norteamérica convertida en imperio después de 1945, y relevo en el poder entre las naciones del lado occidental del planeta. El neoliberalismo vigente desde 1945, se agotó con los TLC del siglo XXI y la construcción de las áreas económicas al estilo de la comunidad europea. Según la propuesta del presidente electo de los Estados Unidos de América, los Estados volverán a cerrar sus fronteras, harán un “Brexit” en sus áreas económicas, acumularan, harán un Stock y luego lucharan por los mercados.
 
Quinientos años de Utopía
El mundo vivo y real se percibe crítico, inseguro y lleno de peligros. Para enfrentarlo se construye uno de palabras que satisfaga el deseo de solución de la crisis. De esta práctica hay rastro desde las más honda memoria humana; pero se le ha puesto nombre y se ha convertido en discurso escrito, para nuestra tradición, desde el siglo XVI con la Utopía de Moro (1516). Desde ahí contamos entre otros con el Robinson Crusoe de Defoe, El discurso del origen de la desigualdad de Rousseau y la contundente utopía marxista que se posó sobre la humanidad como un fantasma.
 
Esta utopía se ancló en la ciencia moderna, se dotó de un método para proclamarse y exponerse como inevitable destino de la humanidad. Su objetivo de destruir la desigualdad social se robó la imaginación política desde mediados del siglo XIX (1848), hasta 1989 caída del régimen soviético. Quedó una sensación de fracaso del socialismo, figura que le daba sentido al marxismo. El mundo igualitario, prometido por la historia convertida en una ciencia determinista, no se logró. En su lugar se volvió a abrir la utopía, simple, rasante, como la de Moro. O en otras palabras, se volvió al socialismo utópico como el sueño con la igualdad; esta no le llega a la humanidad. Ni el cristianismo ni el capitalismo liberal, que también la prometieron, la han realizado. Hoy vivimos en una sociedad tan desigual como siempre, sometida a un capitalismo que soluciona sus crisis con expoliar a los que menos tienen. La utopía por la igualdad sigue vigente.
 
En Colombia no habrá socialismo
En el acuerdo de Paz entre el gobierno colombiano y las Farc, hay un acontecimiento fundamental para la historia política de Colombia. Es la aceptación por parte de esta guerrilla comunista de la república democrática liberal. Acontecimiento que puede leerse, a su vez, como una renuncia de las Farc a uno de los principios comunistas más preciados, como es la destrucción del Estado burgués capitalista y programar la desaparición del Estado con un orden socialista transitorio. Ahora luego de la reincorporación del grupo guerrillero a la vida política tradicional, queda cancelado para Colombia la opción socialista, un sistema político transitorio, que ha tenido pérdidas estruendosas como la implosión del régimen socialista soviético y el desgaste desprestigiante del socialismo del siglo XXI. Los venezolanos le pusieron el nombre de socialismo a un populismo militarista y ocasionaron la pérdida total del prestigio político de esa propuesta marxista. Si las Farc aceptaron la república democrática liberal, se cancela para Colombia la opción socialista.
 
La mano “invisible” del capital
Los insultos, el auscultamiento de la vida privada, el recurso al chisme, podría decir, el recurso a todo, menos a la política, a la filosofía y a al futuro del planeta. Cuando la democracia permite que sus líderes hablen ese lenguaje vil y rastrero para ganar la aprobación de los electores, dice que los hombres y mujeres que se paran en frente de las masas, con esas condiciones, no tienen las atribuciones que se le adjudican, como esa que se dice ser “asumir el cargo más poderosos del planeta”, es el caso de la actual elección del presidente de los Estados Unidos.
 
Poner al frente del debate electoral no las ideas sino el insulto y la payasada, es decir que las decisiones graves y fundamentales sobre la economía, la paz y la guerra, no se toman desde los cargos públicos. El poder real está tras bambalinas, moviendo los hilos, de todo y de todos, incluidos los de las marionetas candidatos. Esta es la condición a la que ha llegado el capitalismo posindustrial, convertido hoy en un capitalismo que ha centralizado la riqueza del planeta en unas pocas manos, invisibles para la mayoría de los terrícolas.
 
El Estado debe intervenir
El acuerdo de paz de la Habana tuvo, desde el inicio de las negociaciones, la espada de Damocles del Centro Democrático, sobre las decisiones. Las palabras más sonoras, que le dieron sentido a la damocleana espada, fueron las de Alfredo Rangel. Si el acuerdo de paz –dijo- es refrendado por el plebiscito, el próximo gobierno del Centro Democrático lo desmontará. Por eso muchas voces le recomendaron al Estado colombiano no hacer el plebiscito y emplear la autoridad constitucional para adoptar el acuerdo.
 
Este escenario me permite ver la debilidad del Estado colombiano, no para seguir insistiendo sobre ese diagnóstico ya trillado, sino para hablar del Estado moderno en Colombia. Este nace, luego de veintiún años de ensayo y error, con la constitución de Cúcuta en 1821. Nace fuerte, organiza la vida de la Gran Colombia. Nada se mueve sin su intervención. Pero esta condición le estorbó a la codicia y fue derrocado y en su lugar se creó el Estado permisivo sustentado por la filosofía política importada de Inglaterra; esta decía que el mundo debe regirse por la ley natural de la oferta y demanda; toda intromisión del Estado en este orden es violentar la naturaleza. Pero este Estado liberal absoluto fue inviable. En determinados momentos, como la amenaza de disolución de la sociedad por la ambición privada, el Estado debe intervenir para organizar la vida de la república. El país no se puede dejar en manos del interés económico y la codicia. El Estado debe intervenir y hacer sentir su autoridad para darle sentido a la república democrática.
 
Peligra el estado laico
En un curso de la facultad de educación de la Universidad Autónoma latinoamericana de Medellín en 1982, se habló del tema Historia de las ideas pedagógicas en Colombia; una mañana, luego de la exposición central del profesor Alberto Echeverri, dije –después de levantar la mano y pedir la palabra, por supuesto- que en el siglo XIX se enfrentó el Estado laico, recién creado, contra los clericales, defensores de un estado teocrático. El profesor luego intervino y afirmó con vehemencia: En Colombia nunca ha existido un Estado laico e hizo un balance de las relaciones Estado Iglesia, en las que resaltó la intromisión de la religión en toda la vida de la nación
 
Hoy ante hechos contemporáneos, como las pretensiones del padre Chucho de ocupar sistemáticamente los espacios públicos para ritos religiosos e incitar a los fieles a la defensa de esa violación de la ley; la organización y utilización política de grupos de oración e iglesias protestantes; la amenaza a la libertad y pluralidad de las ideas, de las aspiraciones políticas de pastores y clérigos que quieren poner por encima de las instituciones los intereses de sus iglesias; estos u otros hechos, han atado las manos del Estado para perfeccionar la democracia. El estado encuentra el obstáculo de la religión para modernizar la vida de los ciudadanos. La religión es un hecho que se debe garantizar porque es un derecho ser religioso. Pero la religión es una actividad privada y cuando se hace pública ocasiona un choque con todo y todos.
 
El estado laico está en la base del orden político moderno republicano democrático. Se ha realizado en el mundo occidental y en Colombia más o menos. Pero no se ha abolido esa esencia moderna. El Estado, tiene el deber y el derecho constitucional de ordenar la vida pública (mínimo la salud, la educación, trabajo). Cuando le gana al Estado el asunto privado de la religión, se marcha atrás. Ahora el Estado es temeroso ante el Enfoque de género, El derecho a la muerte digna, la regulación de los Planes Educativos Institucionales, el Derecho a la paz, la Defensa del espacio público, la Autodeterminación de las mujeres sobre su cuerpo y un largo etcétera.
 
El Estado laico en Colombia un logro del Siglo XIX, está en peligro. El Estado laico moderno se materializó o se hizo realidad, por haber resuelto las relaciones Estado-iglesia; en otras palabras las relaciones entre la política y la religión. En Colombia se pasó del Patronato Eclesiástico (el Estado gobernaba la iglesia), herencia colonial, al Concordato Eclesiástico (separación iglesia Estado). Por el concordato la religión no puede intervenir en política. Esto se logró con la religión católica, luego de muchos avances y retrocesos, incluida la guerra de religión de 1875.
 
Luego de la perfección del concordato en 1936 y en 1975, quedó instituido en Colombia la no intromisión de la religión en política, ni de la utilización de la Iglesia para fines electorales. Esos pactos y acuerdos son los que le dan a la república democrática de Colombia el carácter de Estado laico. Pero hoy asistimos a un hecho no previsto: la llegada y expansión en todo el territorio de las sectas evangélicas cristianas, o para no ser peyorativo, de las iglesias protestantes. Estas no tienen ni patronato, ni concordato con el Estado, por lo mismo, son una rueda suelta y están utilizando ese descontrol para apoderarse de las funciones del Estado laico y trocarlo en un Estado teocrático que busca el control de los cuerpos y cercenarles las libertades inscritas en la Constitución Colombiana de 1991.