viernes, 25 de marzo de 2016

Camila y el maledicente

La chismosa. Fabio Borquez. Acrílico Lienzo. Argentina 1990

Se le ve caminar con la cabeza gacha y los ojos entornados porque quiere ver sin ser visto; pero la gestualidad de su cuerpo lo delata. El común de la gente que pasa, con actitud desprevenida, contrasta con ese cuerpo de caminar presuroso y sus sentidos centrados en mirar dentro de la casa de Camila, para ver lo que esta hace con su novio Gustavo. Chelo es bajo, sus piernas son cortas en relación con su tronco; su delgadez le permite escurrir el cuerpo no proporcionado, entre la gente, de manera que logra con facilidad su objetivo de espiar a aquellos vecinos que se ponen en el centro de su interés. Sabe que la hora propicia para espiar es la seis de la tarde. La calle se llena de gente y el tráfico aumenta. El gesto característico de su cuerpo a esa hora, supone, pasa imperceptible. Chelo es consciente de su apariencia física; pero en el momento de satisfacer su vocación deja a un lado las prevenciones y se entrega todo a su rito. Termina convencido de haber pasado inadvertido.

Esta vez tiene interés en Camila. Los vecinos que son como él le hablaron sobre la hija de Nardo porque se la ve llegar tarde en la noche. Tiene con Nardo un rencor oculto porque desde hace tiempo lo dejó de saludar cuando se enteró de sus prácticas maledicentes. Camila es la hija mayor de Nardo. Trabaja de oficinista en el centro y muchas veces por exigencias de las tareas se ve obligada a amanecer en la casa de una de sus compañeras de trabajo. Así que muchas veces no llega a su propia casa.

Nardo y Chelo tienen la misma profesión. Trabajaron juntos en los talleres del ferrocarril y aprendieron metalmecánica. Hacen parte de la tradición oficiante del barrio, adquirida por difusión de la técnica importada. Setenta años tienen los talleres y crearon en la población una tradición de trabajadores diestros en el manejo de la forja de metales, cerraduras, hojalatería y estructuras de hierro. Hubo empresas grandes de hombres ambiciosos, especializadas en la fabricación de suministros para los ferrocarriles, montadas por extrabajadores; pero el caso de Nardo y Chelo, es el común. Extrabajadores vecinos de barrio, adaptaron una habitación de sus casas con acceso a la calle y crearon un negocio pequeño al que llamaron cerrajería. Ambos abrieron sus puertas al mismo tiempo y bajo el signo de la competencia y la pugnacidad. Ya traían el rencor oculto desde los tiempos del taller cuando Chelo inventó el cuento de la enfermedad venérea de Nardo y exigía ser despedido. En las cerrajerías, los obrajes, en general, exigentes de mucho espacio, los obligaba a ocupar la vía pública, y era regular ver las calles del barrio, frente a las casas de ambos, los andenes y la calzada ocupada por rejas en confección y equipos de soldadura eléctrica funcionar hasta entrada la noche.

Nardo Recibió, más de una vez, la visita las autoridades de la municipalidad que le increpaban por la ocupación del espacio público. Recogía su negocio por un tiempo y luego volvía a lo mismo y se enteraba, por muchas bocas, como el origen de esas visitas estaba en las denuncias de Chelo. En la noche de un sábado, día de tragos en los bares del barrio, ambos se encontraron, se reclamaron mutuos despojos de clientela, se acusaron de incompetentes y ladrones y se fueron a los golpes de puño; pero la fortaleza de Nardo hizo huir, la pequeñez de Chelo y fue memorable la persecución por muchos minutos entre calles y esquinas.

A Camila se le acabó el trabajo. Volvió a vérsele todos los días en casa. Esbelta y atractiva se convirtió en atracción de muchos vecinos. En las tardes, con otras muchachas recibía el aire del fin del día. La noche llegaba con el trajín de gentes, autos y jóvenes que se acercaban a saludar llenos de cortejo y aspiraciones. Camila eligió a Gustavo. Recién graduado en medicina y buen partido al decir de sus compañeras vecinas. La visita del novio regulada por la madre y el padre, debía darse tres veces por semana, a la vista de todos y en la sala de la casa inmediata a la calle. Así la pareja quedaba vigilada por la familia y por los vecinos y transeúntes. La relación de Camila y Gustavo prosperó. Luego de dos años se comprometieron y fijaron fecha de matrimonio. Esta noticia llegó al oído rencoroso de Chelo. Fiel a su rito de espía maledicente, fue capaz de viajar al centro y hacer una pesquisa sobre la rutina de Camila en su tiempo de trabajadora oficinista. Supo la dirección de la oficina, las amistades acostumbradas, la ubicación de las casas de sus compañeras en las que amanecía por necesidad del trabajo. Chelo no encontró ninguna información denigrante de la conducta de Camila; pero eso no le interesaba. Su objetivo estaba en desplegar su ser maledicente. Construyó una historia con nombres propios, números telefónicos y direcciones de lugares habituados por Camila. Según esa historia la hija de Nardo trabajó en un prostíbulo y tuvo hijos tirados a la calle. La saña de Chelo le hizo dar otro paso. Se entrevistó con Gustavo, le refirió el cuento sobre su novia y le pasó unos números de teléfono para que verificara. El novio hizo gala de gran ingenuidad. Se limitó a marcar los números, preguntar si se conocía a Camila. Fue suficiente, para creer la maledicencia y la relacionó con los relatos de su novia cuando en las largas noches de conversaciones en la sala de encuentros, ella le refirió muchas anécdotas de sus quedadas en el centro, cuando fue oficinista.

La confrontación de la pareja se dio y terminó en una Camila repudiada. Gustavo hizo saber al barrio su decisión y el porqué. La urdimbre de Chelo convenció también a Nardo. Este se cegó de ira y en vez de atacar la infamia de su contradictor, cerró el taller y abandonó la familia. Sobre Camila descendió la tradición humana de la mujer fatal y se sumió una melancolía progresiva hasta enfermar y morir.

Chelo siguió en su rutina. Se le ve caminar con la cabeza gacha y los ojos entornados porque quiere ver sin ser visto. Quien lo ve pasar frente a la casa de Camila y Nardo, solo ve su caminar presuroso. No ve sus ojos diestros, en mirar con un soslayo imperceptible. Ahora su cara blanca es inexpresiva. No parece gozar de su maledicencia, ni sufrir. La satisfacción la tiene en la profundidad de entrega a su rito. Ahora está atento a una nueva incitación de los vecinos como él; pero la gestualidad de su cuerpo le ha hecho un personaje típico del barrio: el hombre de piernas cortas que sostienen un tronco grande. Sus historias algunos las escuchas otros le escurren la atención. Lo evitan. Cuando no camina se estaciona y mira con la cabeza erguida a los demás, como tratando de elegir una presa.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Claveles de septiembre

Dama con florero. Manuel de la Rosa 1860


Es un hombre de semblante opaco; rostro redondo con hullas eruptivas. La cabeza la tiene coronada por un cabello escaso y rígido; se lo hace cortar hasta el mínimo posible tras las orejas para hacer resaltar la parte superior que termina como un cepillo poco frondoso. Lo veo en las tardes de casi todos los días sentado ante la misma mesa en el Bar Azul, con una cerveza, siempre a media botella. Nunca está acompañado y rehúye las conversaciones. Escucha las canciones y parece saberlas de memoria porque las tararea bajo. Puede ser un melómano. En el Bar Azul suenan muchos géneros de música: rancheras, carrileras, guascas, tangos y boleros. Todas las sigue en voz baja; pero creo que lo hace de manera mecánica porque muestra tener el pensamiento en otros lugares o en otras cosas. El veintitrés de septiembre, llegué al bar saludé como siempre al dueño y entre las palabras que cruzamos, ambos dirigimos la mirada hacia la mesa del hombre, al verle poner sobre la mesa un clavel negro. Fue ocasión para hablarle. Me acerqué; le dije: ese clavel es una novedad. He escuchado que los producen con el color de otras flores. Le meten el azul de unas al rojo del clavel y producen ese color oscuro y así hablan de claveles negros. Él me invitó a su mesa. Dijo: -señor mucho gusto, me llamo G. Siéntese. Perdone usted mi silencio de siempre, pero hoy estoy metido es la fecha, día terrible para mí-.

-¡Dos cervezas por favor!- Ordenó

-Traje esta flor exótica porque a ellas les gustaban los claveles rojos; pero ya no viven, por eso quise hoy tener un clavel negro. Usted me ve acá con regularidad. Vengo porque al final quedé solo. Tres mujeres me acompañaron desde los veinte años. Vea usted señor, me enamoré de Marina en el colegio. Una mañana, fumaba de pie, antes de cruzar la puerta de entrada. Observaba desprevenido a los demás estudiantes caminar rápido, hacia los salones de clase. Entre las mujeres, me atrajeron los ojos y el cuerpo de ella. Pensé en el porqué no la había detallado antes. Las piernas blancas y bien torneadas, movían con ritmo sus carnes trémulas. Los pliegues de su falda azul se abrían sobre sus nalgas y obligaban a pensar el temple su carne joven. Desde que la descubrí, seguí observándola todos los días. En septiembre me decidí a saludarla y su amabilidad nos llevó a una larga conversación. Detallé el bello juego de colores, entre los ojos verdes y la piel blanca de su cara. Sus labios eran de un rojo fresco. No creí que tanta belleza pudiera estar en mis manos. Ni creí ver mi cuerpo robusto en el gusto de ella. Pero ocurrió. Nos enamoramos y entre el cumplir con las obligaciones académicas soñamos con juntarnos para siempre. Terminamos los estudios de bachillerato. Nos casamos en una ceremonia sencilla acompañados por las familias de ambos como testigos y en un salón adornado hasta el hastío con claveles rojos. Tuvimos dos hijas. Por efecto de la naturaleza, ellas fueron una copia de la madre. La mayor la llamamos Marina Luna y a la otra Gala para que llevara la primera letra de mi nombre. Crecieron. Y me duelo que les haya tocado esa época maldita. La pequeña ciudad entró en el dominio de una generación amante de la riqueza fácil, sin ninguna sensibilidad por los bienes de vivir en sociedad y lo peor, veían a los demás como objetos de apoyo para las aspiraciones de conseguir dinero. El dinero público, fue un objetivo. Para llegar a él utilizaron el envilecimiento político de las gentes para cambiarles el voto por cosas sin valor importante. De esas personas me tocó relacionarme, con Cristian Cruz. Me dio trabajo en uno de los bares que había abierto en el centro de la ciudad. Ahí conseguí recursos para educar las hijas y pagar la universidad de Marina. Ella logró graduarse de tecnóloga en confección de trajes. Yo conocía desde muy temprano a Cristian Cruz. Le vi crecer en la política. Cuando fue jefe de directorio, se decía de él haberse metido con la mafia y tener un grupo grande de jóvenes que ofrecían servicio de vigilancia en los barrios centrales y cobraban por eso un dinero cada semana. A los que no pagaban les hacían daños para que sintieran la necesidad de la vigilancia. Mis hijas crecieron, hermosas, eran casi iguales. Se llevaban un año de diferencia. Los dos hermanos menores de Cristian Cruz, las conocieron en una fiesta llena de derroche, organizada por el partido de mi patrón. Así comencé a llamarlo desde ese día. El bar que yo administraba, se fue transformando poco a poco, pero definidamente en un casino. El patrón llevó muchas máquinas de juegos y comenzó a ir con grupos de hombres armados y muchas mujeres elegantes. Gala y Marina Luna iban con los hermanos del patrón y yo me sentía tranquilo porque sabía que nadie las podía tocar. Cristian pasó por todos los puestos de elección. Fue concejal, diputado, congresista. Según el cargo ocupado llevaba al casino sus conocidos y socios de negocios de gran inversión, de los cuales me daba cuenta por estar presente. En la pequeña ciudad creció un grupo de hombres como mi patrón. Hicieron lo mismo y entre todos desbarataron el orden legal. Se convirtieron en un gobierno paralelo; fueron policía, la vida y la muerte estuvieron en sus manos. En el año de mi desgracia, en el mes de julio, un viernes en la noche, llegó al casino un hombre de ese grupo mafioso llamado Cantaclaro, con varios amigos. Luego de conversar largo con Cristian, terminaron acusándose mutuamente de traidor, ladrón. Se dieron puños, volaron mesas y sillas, los asistentes participaron en la pelea. Se apagó la luz y sonó un disparo. Yo metido tras la barra, agachado, oí gente correr en tropel. Luego un silencio grave. Encendí una linterna, llegué a los controles de energía. Encendí la luz y vi en el centro del bar el cuerpo sin vida de Cantaclaro.

El cuerpo fue levantado por hombres de la morgue, respondí a preguntas de la policía enfurecida porque nadie había visto nada. Afuera entre una multitud de curiosos estaba el hermano de Cruz, mezclado con la gente, pero era un hombre visible, la estirpe y la ostentación de sus ropas y joyas lo delataban. Muchas miradas cayeron sobre él y fue obligado, por una especie de recriminación silenciosa, a irse, a deslizarse, lento entre los curiosos. El bar- casino se cerró por varios días. Di muchas declaraciones ante jueces y policías. Busqué a Cristian Cruz. Le entregué las llaves del bar. Lleno de angustia y tristeza me quedé en casa definitivamente. Hablé con mis hijas sobre la familia del patrón, sobre lo que sabía de ella y de él y les arranqué la promesa de cambiar de amistades. Vivimos del sueldo de Marina, ganado en una fábrica de vestidos. Ella siempre nos había advertido el peligro; pero le respondíamos con palabras confiadas por estar con gente conocida desde la niñez. En septiembre, sicarios les dispararon a mis dos hijas y al hermano de Cristian en un restaurante de las afueras de la pequeña ciudad. Entre el dolor de mi pecho, el llanto de Marina, comprendí que la amistad de los jóvenes no la destruye, los temores de los padres. Marina murió un año después por cáncer de tristeza. A mis tres mujeres las llevé al cementerio con muchos claveles rojos.

Señor perdone, haberle quitado tiempo. Usted se extrañará de mí, de esa persona silenciosa y repetidora de canciones en voz baja. Pero hoy veintitrés de septiembre me posee una tristeza negra como esta flor sobre la mesa-.

viernes, 19 de febrero de 2016

Una pelota con diluvio local

El diluvio de Noah. Grabado de Doré 1875
El clamor fue generalizado. -Hombre vení a jugar que nos falta uno; no dañés el partido- le decíamos en coro. Isaías decía no con el dedo índice y se quedaba sentado y quieto en el andén al lado de Tomás, quien no jugaba por la negativa de Isaías. El partido tenía sentido con dos equipos iguales en número y la actitud de Isaías condenaba por esa vez al banco, a Tomás. El futbol lo jugábamos en la calle, con pavimento de ocho metros entre las aceras, sin bermas verdes. Por eso la pelota de plástico nunca salía del campo de juego y el partido era casi indefinido. Sólo lo interrumpían los goles cantados hasta el éxtasis o los autos.

Estas imágenes, vienen a mi cabeza, por ver a Isaías vestido con el uniforme de bombero vociferar a través de un megáfono -¡corran que se vino la represa!- Él está ubicado en la puerta principal del palacio de gobierno de la pequeña ciudad. Dirige el aparato en todas las direcciones, con un gesto de angustia y en actitud de héroe salvador. Me pregunto por el cómo ha podido llegar a hacer eso, si después de los partidos, agotados y sedientos hablamos de todo lo que pasaba y entre muchas cosas nos ocupábamos de la represa construida quince años atrás por la empresa textil de la ciudad, para sacar energía. Las aguas contenidas estaban ubicadas en lo alto de la cordillera y cuando las referíamos, las pensábamos sobre nuestras cabezas y sobre la ciudad. Su desborde llegaba en el lenguaje y en los sueños en forma de diluvio universal. Pero muchas veces concluíamos que nada pasaría, porque la ciencia de la construcción era avanzada y el agua poca, en comparación con el diluvio.

Isaías vocifera y pienso en Él. De los que jugamos al futbol entramos en conocimiento por estudio o por lógica de la imposibilidad del derrame de esas aguas. Han pasado cincuenta años desde aquel partido del ruego y golpea mi cerebro el concebir el de Isaías detenido en la imaginería de unos muchachos de diez años. Isaías vocifera, mesiánico, por el megáfono y su cuerpo se agita, casi convulso. Da un paso en la dirección de su cara y su voz. Quiere irse de cuerpo entero por el mecanismo del aparato, para llegar a los confines de la pequeña ciudad y encarar a todos para decirles –Vean que siempre fue cierto el peligro de inundación y nadie hizo nada-.

Este Isaías infante era de esperarse. Los partidos de futbol callejero, nunca le llegaron como a mí y a los demás muchachos. Los rehuía por malo para mover la pelota y por orgullo, porque era el mayor de todos y quería ennoviarse con una de las muchachas de la calle, nuestro lugar. La pelota aparecía todas las tardes y los domingos a toda hora; los partidos de futbol eran nuestra mejor manera de estar en la vida. Isaías se atrevió una vez a participar. La pelota le pasó y rosó todas las partes de su cuerpo. En las dos horas de juego la vio pasar, no dio pie con bola como decía Tomás. Al final del tiempo de juego, de nuevo exhaustos, sentados en el andén, repasamos los viejos temas y descubrimos que Isaías jugaba cuando Lilian no estaba en casa. Ella vivía en el centro de la calle, nuestro campo de juego y era nuestra más asidua espectadora. Lilian tenía baja estatura, piel muy blanca, ojos verdes claros y era robusta. Ella no salió a la puerta ese día a vernos jugar; por lo que no hubo necesidad de decir nada. Entendimos que Isaías jugó porque se avergoñaba de las muchachas, por jugar con unos muchachos menores. Quería dar muestras de madurez y seriedad con quedarse quieto y esconder sus deseos.

Isaías era el mayor, de más estatura que todos nosotros, tenía la piel ceniza y un rostro casi inexpresivo; el más ingenuo y de menor labia. Tomás y yo teníamos el pacto de explotar los miedos de todos y en especial el de Isaías por las aguas de la represa. Tomás hacía siempre el mismo recuento de las veces que el demonio se apareció en el barrio y a pesar de ser el mismo relato cada vez producía más temor. Yo refería la represa y muchas veces aconsejé a los que escuchaban conseguir una barca para navegar sobre las aguas desbordadas, que llegaran a inundar la calle de nuestros juegos. Esos miedos metidos en las cabezas de los muchachos venían de los mayores y de la fabulación general de los habitantes de la pequeña ciudad. La empresa textil organizaba visitas guiadas a la represa. Muchas veces permitía cruzarla en embarcaciones o hacer pesca; pero esa experiencia en vez de sacar el temor, afianzaba la convicción del diluvio posible.

Lilian desposó a Isaías. Bastó una señal para que este dijera sí. El hecho contrario nunca se habría dado. Isaías no habría propuesto nada. La pareja se fue del barrio y tras ellos nos fuimos muchos a tejer las historias particulares de cada quien. Los partidos de futbol, la calle pavimentada, Tomás, Isaías y su mujer, vienen a mi cabeza, por verlo vestido con el uniforme de bombero vociferar a través de un megáfono -¡corran que se vino la represa!

Se de las intensas lluvias del presente. Se de las laderas areniscas de la cordillera. Se de las avenidas de lodo y piedra varias veces trágicas para la pequeña ciudad; pero hoy coincidió una avenida catastrófica de la quebrada del Barro, en la geografía de la represa, con la llegada de Isaías al mando de los bomberos. La avenida arrasó las viviendas construidas en el cauce o cerca, con sus dueños y habitantes. No dio tiempo a nadie de correr. La magnitud de la masa de lodo y piedra llegó magnificada a oídos del mando y en la cabeza del mando tomo la dimensión de un diluvio local, necesario por la fuerza de la tradición. En pocos minutos la voz del megáfono se convirtió en la voz del pueblo y esta, en verdad incuestionable. La materia de esta voz se ve. Las gentes llevan sobre sus hombros los más preciados bienes. Corren en busca de alguna altura que los salve de las aguas desbordadas. El transporte está colapsado. Todos han perdido la dimensión de las cosas. La catástrofe llega con lentitud y permite ponerse a salvo, como ocurre con todo lo originado por el pánico.

lunes, 25 de enero de 2016

La mirada de Sarita



Julio Romero Torres. Naranjas y limones
Sentía nuestras miradas sobre su cuerpo y se mecía como una palma adulta. Inclinaba la cara hacia un lado en una gestualidad parecida a las vírgenes de la iglesia del Rosario. Pero ella tenía la piel morena y tersa; el pelo negro, lacio; los ojos grandes con pestañas largas. Muy coqueta, la Clarabel nos enamoró a todos los del barrio. Vivaz al hablar. Después de saludarnos soltaba un chiste, siempre con doble sentido. Para entrar a la cincuenta y cinco debía doblar la esquina de don Benito. Desde ahí miraba a los que habitábamos las cuatro esquinas del cruce de esa calle larga con la cincuenta y uno. Estábamos en el centro de la pequeña ciudad. En ese cruce ocurría toda la vida del barrio. En los muros de los cuatro negocios nos recostábamos los muchachos. En las puertas de las casas se paraban las muchachas. En las tardes las madres se sentaban en las aceras sobre sillas que todos los días sacaban de las casas para tener vista a la calle. Ese era el paisaje humano, degustado por Clarabel, cuando doblaba la calle por la acera de don Benito.

De los cuatro negocios del cruce, dos eran tiendas graneros y dos bares con traganíqueles de luces internas que dejaban ver el mecanismo del aparato. Estos artefactos eran unas cajas rectangulares de madera torneada, puestas de pie. En la parte superior tenían un brazo mecánico que seleccionaba el acetato y lo depositaba en un círculo de aluminio; sobre él descendía una aguja y hacía sonar un repertorio de tangos. La parte inferior contenía dos parlantes poderosos que inundaban el barrio de música todas las tardes.

Muchas veces, Clarabel entró al bar que nos gustaba, el del Negro Ariza. Hablábamos mucho con la tanguería de fondo. Ese hecho de Clarabel era subversivo. Los bares estaban prohibidos para las mujeres. Las que entraban quedaban signadas como putas; pero nosotros sabíamos que no era así. Clarabel se sometió a ese escarnio de los vecinos y sus propios padres. Ese hecho hablaba de esta mujer y nos permitía concebirla como arrojada y llena valor para enfrentar la tradición. Así fue, su imaginación estaba fuera del barrio. Lo detectábamos cuando ponía una atención desmedida a los relatos que hacíamos sobre las militancias políticas que teníamos. Millo el más aguerrido y con mayor experiencia, hablaba con regularidad de su decisión de atacar la guerrilla y dedicarse a organizar las comunidades para ayudarles a exigir el suministro de agua potable, salud universal, vivienda digna, educación científica y espacios para las artes. La guerrilla dejó de pensar en el pueblo, está dedicada a conseguir dinero y se cerró sobre sí misma –decía al chocar la copa de aguardiente con las nuestras-.

Un sábado de de los últimos días de enero, Millo nos dio un cuadernillo atiborrado de texto y con algunas ilustraciones de muchachas y jóvenes con guitarras. Eran las seis y media de la tarde. Las luces de bombillas amarillas comenzaban a encenderse sobre las puertas de las casas. El tránsito de buses y vecinos aumentó. El barrio cambió el ambiente apacible de la tarde, por una congestión inusitada de ingreso en la noche. Millo nos habló largo sobre el porqué la guerrilla no era ya ninguna opción a seguir. Con la mirada puesta en las páginas decía –es la hora de la sociedad civil. Debemos apoyar la creación de movimientos sociales con todo el mundo, con jóvenes, niños, artistas, músicos. Impulsar el juego y la recreación, para exigir…- Luego de escuchar atentos, Clarabel y todos, tomamos el cuadernillo y nos fuimos a casa a leerlo.

Lo dicho por Millo se cumplió. La ciudad por varios años, nos vio desfilar periódicamente por sus calles, con las gentes, con avisos y pancartas enarboladas; con tambores y chirimías, con voces uniformadas o disonantes, que con furia, exigíamos muchas cosas necesarias, a un poder no presente, pero sobre entendida su existencia.

Los movimientos y desfiles fueron desplazados por grupos de hombres armados motorizados. Eliminaron las voces más altisonantes y Millos nos explicaba, lleno de desilusión, sobre la existencia de una alianza perversa entre partes de la guerrilla y el narcotráfico, para acabar con las protestas sociales. Muchachos hay unas fuerzas armadas paralelas al ejército de Colombia que las llaman paramilitares –decía y sus palabras no iban más allá como antes.

Clarabel y Millo se perdieron del barrio. Los creímos asesinados o desaparecidos por esa ola criminal que envolvió la pequeña ciudad. Nosotros, dejamos de frecuentar el bar de Ariza y de vernos, porque los lugares públicos de reunión fueron amenazados por esos grupos motorizados anclados en los barrios como bandas armadas, formadas por muchachos obedientes a jefes mafiosos. Vimos llegar muchos billetes de dólar a las esquinas y los jóvenes correr y entregarse a esos jefes.

El grupo se diluyó. Quedé solo. Me metí en la biblioteca de la universidad. Cambié el ambiente cruel del las esquinas por los compañeros de curso, interesados como yo en explicarnos el devenir del país y hallar un porqué nos mataron los amigos en los barrios y acabaron con los encuentros de las esquinas y de paso destruyeron los bares, al quitarles sus habitantes habituales. Allí en la universidad ocurrió un interés inefable por la historia del país, desde los tiempos de la aparición de los movimientos sociales, tan intensamente promocionados hacía varios años por Millo. Al final construimos un grupo con ideas semejantes a las que Millo nos llevó a las cuatro esquinas aquella tarde de finales de enero, inscritas en ese cuadernillo. Los movimientos sociales se organizaron por un descreimiento generalizado en la guerrilla y un deseo imperioso de conocer la vida cotidiana de las gentes y sus historias locales: fueron las conclusiones.

Pero la parte maldita de la historia, tenía que ver con la desilusión metida en la esperanza por los grupos armados, mixtura entre guerrilleros y narcotraficantes. Una tristeza por las vidas quebradas, sacrificadas por nada; tristeza convertida en melancolía, llena de suicidios, fugas exotéricas y transmutaciones en los contrarios. Parte maldita visible en la noticia escuchada en los encuentros furtivos con algunas viejas amistades. Se dijo que Millo y Clarabel, se habían metido en una de las bandas más famosas de la pequeña ciudad.

Y me siento como vivir en el filo de la navaja, al recordar un encuentro con la madre de la muchacha de cuerpo de palmera morena. Ella me preguntó por la seguridad de su hija, al cruzarnos una mañana en la esquina donde una vez estuvo el bar de Ariza. –No veo ningún problema Sarita. Usted sabe; ella y Millo se levantaron juntos por las calles de este barrio. Se conocen, creo que se quieren y ambos se cuidan entre sí- le dije con firmeza, más por el recuerdo que tenía en mi memoria que por saber de sus andanzas. Estas palabras son un filo de navaja, porque me enteré después del asesinato de Millo por ese poder reclutador de desesperados desilusionados, de las actividades de la pareja. Los dejaron crecer en medio de dinero, armas, tráficos, y en el gusto por tener grupos de muchachos y muchachas que dirigir. Les dieron entrada en la organización y cuando la información los volvió peligrosos, ese poder los desapareció.

Clarabel quedó desolada, no fue capaz de volver atrás, siguió con los entrañables mafiosos de Millo, en la pequeña ciudad. La historia habla de una guerra por el poder en el lado por el que la pareja se metió en esa parte maldita. El acoso violento los hizo buscar las montañas. Pero fueron ubicados en un río idílico de aguas claras y sementeras, un lugar en el que fueron a buscar una paz esquiva, idealizada. Una mañana antes del alba llegó la muerte en masa y doce cuerpos quedaron tendidos dice la historia.

No quiero encontrarme a Sarita, se que su mirada será como el filo de una navaja.

viernes, 15 de enero de 2016

La muerte de la literatura



Don Quijote José Guadalupe Posada
La novela será reemplazada y superada por la música serial y dodecafónica, se lee en Mito y significado de Claude Levi-Strauss. Él propuso esta sustitución y la vio posible, porque la novela entró a reemplazar el mito como relato guía de la experiencia humana. Los mitos se han construido con un fondo mental regido por el pensamiento mágico. Sus contenidos se suscriben a dar una versión del origen del ser humano y la naturaleza, y a prescribir la práctica de los sujetos o los colectivos.

El umbral occidental de la cultura en el planeta, hasta la centuria de las luces, creó mitologías transmitidas generacionalmente por la oralidad hasta que se llevaron a la escritura. Dentro de la escritura, gestas, leyendas, epopeyas son acompañadas por composiciones geniales como el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Robinson Crusoe o El Cándido de Voltaire.

Al final de la centuria de las luces aparece la novela y se valora el ámbito de la literatura como un espacio en el que la escritura entra en el mundo de la estética. La novela es la expresión estética de los artistas que tienen como materia prima la palabra escrita. La novela se toma como una obra de arte y es una de las expresiones de la literatura, aunque en general en el siglo XIX se hizo equivalencia entre novela y literatura.

Pero la novela cumple el papel del mito en la escena de la vida cultural del ser humano. La novela da una versión del origen del ser humano y la naturaleza, prescribe la práctica de los sujetos o los colectivos, es decir, remplaza el mito bajo unas condiciones distintas. El fondo mental ya no es la magia o la religión. Es el ser del individuo humano que llora, ríe, estudia o lucha en la vida, en su historia. Y esta historia aparece como una obra musical, diseñada, controlada. La obra musical relata una historia con una materia prima más seductora que la palabra escrita y es el sonido y la imagen. Por eso la novela será reemplazada por la música serial en la que la composición, con repetición y diferencia de sonidos, llena las expectativas estéticas del ser humano moderno inmerso en una cultura planetaria.

Estas consideraciones de Levi-Strauss se emparentan con las de Foucault. Este dijo que desde finales del siglo XVIII se abre un espacio en la cultura occidental para la literatura, no como obra de arte, como novela, sino como un lugar de posibilidad de la escritura que borra y rehace la misma literatura. Cuando un sujeto hace novela, la hace contra otros, contra sí mismo, contra el poder y en especial contra la literatura, para permitir que la misma literatura vuelva a empezar y así poder asesinarla de nuevo.

El concepto que los contemporáneos manejan como literatura no es ejercer el arte de hacer obras con el insumo de la palabra escrita. El espacio de la literatura abre la cultura al pensamiento de la escritura, del lenguaje, de la historia, de todos los fundamentos del ser humano. De inmediato la literatura encuentra que la palabra literatura es de factura latina y nació para definir al sujeto que trabaja con la letra (littera). En su seno se entiende que las letras tienes el carácter de la sociedad en la que se escribe. Por eso se nombran las gestas, las leyendas, las epopeyas, las composiciones, la lírica y la novela. La literatura le señala a cada una su relación con el lenguaje y con el fondo mental que las hizo posible: mito, magia, religión, humanismo o ciencia.

Con lo anterior, puede decirse que la literatura es una disposición mental, del ser humano moderno, que le permite sopesar todo el bagaje cultural desde la libertad del individuo. El homo litteratus, habla y escribe desde la libertad. Nada es estable, todo es destruido por la palabra escrita para luego reahacerlo, reconstruirlo en un ejercicio bricolero en el que se despliega la ciencia, el mito, la magia y sobre todo la estética de la creación. La literartura se crea para destruirse y se destruye para crearse.

Como este decir es posible por un ejercicio literario, por el uso de la palabra escrita, se puede construir un relato sobre, la palabra en devenir. La palabra no es un don, es un constructo por efecto del azar físico mecánico del cuerpo humano. Un cuerpo que comenzó a erigirse desde el dedo gordo del pie. Lo más humano del ser es el dedo gordo; pero por estar en permanente contacto con la tierra es el más despreciado. La arquitectura del cuerpo levantada sobre la base bípeda, los dedos gordos, se corona con el último órgano en desarrollarse: el cerebro. Este sobre ese cuerpo erecto comenzó un aumento de tamaño, así: 350 centímetros cúbicos en el australoantropo; 500 en el arcantropo; 600 en el paleantropo; 800 en el neantropo; y se estabiliza en 750 en el homo sapiens. Desde el australoantropo tallador de choppers, se combinó el gesto técnico con el gesto facial y el gesto corporal acompañados de la articulación de sonidos. Cada adquisición técnica se acompañaba de su respectiva gestualidad y articulación de sonidos. En el cerebro ocurrió, desde el chopper, la aptitud simbólica (signo más significante) hasta la construcción del lenguaje del llamado civilizado. La palabra se acompañó de un grafema desde Lascaux y Altamira; y hace cinco mil años hay huella de haberse construido la escritura.

Este relato puede considerarse un ejercicio paleontológico, posible por esa disposición cultural del ser humano contemporáneo a la que se le ha puesto el nombre de literatura, nombre a la mano, recurso inmediato y se opta por él, fiel a la costumbre de ponerle nombres viejos a cosas nuevas. La literatura es el nombre que señala, con el índice el lugar donde se da el discurso moderno contemporáneo con sus versiones de ciencia, mito y magia, plegados sobre el tapiz de la estética.