viernes, 12 de abril de 2019

Igualitarios contra caciques. Notas para una historia local


Pensar y escribir sobre la época prehispánica es de gran dificultad por la complicación de las fuentes. Sólo está la información obtenida por los estudios arqueológicos y las crónicas de indias. Con estas fuentes es posible construir una imagen del mundo de los habitantes de estos territorios antes del contacto con los españoles. Pero se puede tomar la propuesta de Clude levi Straus de leer en las sociedades que han resistido y sobrevivido, las huellas ancestrales, porque los procesos culturales en la humanidad en general son milenarios (Levi–Strauss 1977); con otras palabras: la observación de la comunidades indígenas existentes hoy y sus rasgos culturales son fuente para la reconstrucción de la historia prehispánica en estos territorios.

Los estudios arqueológicos colombianos permiten trazar el periplo de unos grupos humanos desde la entrada a América por el estrecho de Behring, hasta el poblamiento de la zona andina colombiana (Reichel-Dolmatoff 1984). Luego de diecisiete milenios de trashumancia y nomadismo; y alrededor del tercer milenio antes de nuestra era (a.n.e.), aparecen varios asentamientos de hombres y mujeres cultivadores y ceramistas y por supuesto sedentarios en la zona caribeña: Puerto Hormiga en la zona del canal del Dique, Monsú, Canapote, Barlovento y Urabá (Reichel-Dolmatoff 1984).

Estos asentamientos brindaron a los arqueólogos una imagen de la forma de la ocupación y un grupo de objetos en los cuales se puede leer y colegir el orden social. La forma circular o anular del asentamiento se deduce por la huella circular del basurero – estercolero en el que tiraban restos cerámicos, huesos de animales o de humanos desarticulados, lo que evidencia la práctica de la antropofagia.

Los útiles de labranza, la forma de la cerámica y los objetos cortantes son signo de cultivo de tubérculos como la yuca. Se colige que el régimen alimenticio consistía en el consumo de cereales, proteínas de origen animal (pesca y caza). Las vasijas evidencian almacenamiento de granos y líquidos.

Alrededor del cuarto milenio antes de nuestra era, se testimonia una serie de adelantos técnicos en las llanuras del Caribe y en el Magdalena medio: cerámica globular y azadas, más el manejo de altas temperaturas. En varios puntos de América aparecen estos adelantos como ejemplo lo descubierto en Valdivia Ecuador de similar contenido. Las construcciones se hicieron en círculos alrededor de uno primario. En los círculos que cubren el del centro se hallan restos (estercoleros). Y alrededor del círculo central no, lo que muestra un uso del espacio relacionado con el dominio del tiempo: es el manejo del “círculo gnomónico” para medir las regularidades de la siembra – cosechas, o en su prolongación un calendario (Reichel-Dolmatoff 1984).

El periodo que va de la entrada del ser humano a América y la creación de enclaves sedentarios, se puede considerar como el periodo de expansión y trashumancia. Del Cuarto (4º) Milenio a.n.e. al segundo (2º) milenio se considera un periodo de formación de establecimientos civilizados o en otras palabras periodo de sedentarización, agricultura, cerámica y dominio del tiempo.

Desde el segundo Milenio a.n.e. comienza el reemplazo de una subsistencia sustentada en raíces a una con base en granos como el maíz. Este cambio implicó la necesidad del almacenamiento y el almacén dejó como secuela la jerarquización de la sociedad o la construcción de un poder encarnado por un jefe, cacique, guerrero o sacerdote.

La subsistencia con base en raíces y recursos acuáticos (pesca), obligaba a una sociedad igualitaria, recolectora o de cultivo simple como la yuca y elaboración del cazabe (harina de yuca). Los granos y el necesario almacenamiento llevaron a un orden social centrado en el señorío o cacicazgo, que implica la esclavitud y las clases sociales. A esta conclusión sobre la sociedad jerarquizada y cultivadora de granos se llega en un ejercicio de deducción según el grado de desarrollo de la cerámica. Los restos cerámicos muestran la utilización de platos tipo “budares” (Reichel-Dolmatoff 1984) o asadores más o menos planos y raederas o raspadores en pedernal o cerámica. Estas huellas llevan a pensar en la existencia de una dieta basada en la recolección de raíces y peces, en las sociedades igualitarias de inicios del periodo de formación. Y de la entrada en un periodo de civilización por el hallazgo de cerámica con forma de cuencos, vasijas globulares, metates y piedras de moler, para una sociedad jerarquizada que regula el acceso al almacén de granos. Para este periodo, los objetos de adorno corresponden al grado de autoridad del usuario y a su tumba se le llevó con sus haberes entre los cuales estaban las esposas y los esclavos.

Las necrópolis son las huellas arqueológicas que permiten interpretar y comprender los contenidos culturales de los pueblos prehistóricos y para el caso que nos ocupa de los pueblos prehispánicos del valle de Aburrá. La ubicación de las tumbas y su contenido (individual o colectivo) señalan el territorio dominado. Pero dice Aristizabal que se debe diferenciar el concepto de territorio de la cultura occidental, del de las culturas prehispánicas, éste más emparentado con el concepto asiático. Por eso en las culturas prehispánicas del valle de Aburrá, es mejor hablar de paisaje significativo alrededor de las necrópolis y no de territorio, término que incita a pensar en un poder centralizado sobre la tierra (Aristizabal 2015).

El concepto de paisaje significativo se refiere a las relaciones socioculturales de grupos tribales colindantes. El que cada grupo tribal tenga su necrópolis, revela un ordenamiento del espacio según una cosmogonía compleja en la que prima el paisaje y no el territorio. El paisaje como construcción humana se basa en sitios o lugares con un basamento mitológico (Aristizabal 2015) y correspondiente con el sistema de pensamiento. Cada sitio convoca a una rememoración o a un rito, con un tiempo y espacio independiente y según el calendario que marca las fiestas y los ritmos agrícolas.

Las tumbas indígenas estudiadas en el valle de Aburrá muestran por su localización nucleadas en montículos, que los grupos humanos ocupaban el espacio por familias extensas con su necrópolis, sus labranzas, sus casas (bohios) nucleados alrededor de la casa de un personaje jefe y su familia notable. Por eso ha sido posible hablar en el valle de Aburrá en la época prehispánica y en los quinientos años inmediatamente anteriores al contacto con los españoles, de la existencia de pequeños cacicazgos tributarios de otros mayores. Niquíos en el norte, aburraes en el centro y bitagüíes en el sur, tributarios del cacicazgo de Guaca en manos del cacique Nutibara y su hermano Quinunchú, que dominaban parte del occidente de Antioquia (Neyla Castillo 1988).

El hallazgo en las tumbas de muchos volantes de huso revela una economía dominada por el cultivo de algodón y la confección de tejidos, para el intercambio por oro y sal con las sociedades colindantes. Pero a su vez el hallazgo de huesos y vasijas permite hablar de la práctica intensa de la agricultura de granos como el maíz y el frijol y de la domesticación y consumo de conejos, curíes y perros mudos (Neyla Castillo 1988).

Por la fuente llamada crónicas de indias están las Noticias Historiales de Fray Pedro Simón (1574 – 1619) escritas al final de la conquista y comienzos de la colonia. Este autor lee a los anteriores cronistas a quienes cita y se muestra sensible con la cultura de los pueblos conquistados, aunque los descalifica por salvajes. Utiliza una escritura amena y da cuenta de la lengua, las creencias, las producciones y los hombres y mujeres indígenas. Explica el origen de los nombres de los indígenas y de los lugares: los conquistadores nombran el lugar y sus habitantes por la traducción sonora al castellano de los sonidos de las lenguas indígenas (Fray Pedro Simón 1892). Así, como ejemplo, nombran el valle de Aburrá, a Nutibara y Qununchú. Narra así Fray Pedro el contacto de los españoles con los Guaca en 1535-37:
“…el innumerable ejército de salvajes en tan compuesto orden y disciplina militar, tan relumbrante y de brillantes joyas y patenas de fino oro á los rayos del sol, con tan levantados penachos de rica y vistosa plumería, con que mostraban apariencia de acrecentada corpulencia sobre la mucha que tenían. Oíanse innumerables instrumentos de guerra, con confuso estruendo de caracoles, flautas, fotutos, tambores y otros á su modo, cargados do arcos y flechas, hondas, macanas y lanzas; acompañábalos gran suma de mujeres con ollas y cargadores para cargar y cocer la carne de los nuestros, teniendo por cierta y segura la victoria” (Fray Pedro Simón 1892 pág. 100)

Relato que obliga a construir una imagen del orden social de los indígenas. La disciplina militar vista, posible por una jerarquía de mando, es expresión de un poder centralizado y en permanente construcción, llamado cacicazgo, frustrado en su desarrollo por la conquista. La rica plumería, las mujeres cocineras, los sonidos del rito de guerra son elementos de la jerarquía. Este encuentro ocurre en la serranía de Abibe, tierra de los Guaca:

“El Rey y señor de esta Provincia se llamaba Utibara, hijo de Anunaibe, que también había sido señor de ella, porque aquí heredaban los hijos. Este Utibara tenía un hermano, que se llamaba Quinunchú, que á la sazón era su Lugar-Teniente sobre todos los indios montañeses de las sierras de Abibe, los cuales, entre los tributos que le daban de oro fundido y en joyas y muchas mantas, le proveían sus despensas de muchos puercos zahínos, que son los que tienen el ombligo en la región de los ríñones, y otros que llaman de manada, frescos y disecados en barbacoa, mucho pescado, aves, curies, conejos y otras cosas de la tierra. Cuando salía á la guerra ó á dar vista á estos valles y poblaciones de sus vasallos, iba acompañado de grandes escuadrones de gente con sus armas, en hombros de valientes y principales indios, en andas tachonadas de oro”. (Fray Pedro Simón 1892. Pág. 85)

Jerónimo Luis Tejelo, enviado por Jorge Robledo, entra a las sabanas de Aburrá en 1541. Los españoles por Tejelo “supieron se habían ahorcado algunos indios con sus mantas, de espanto á los españoles, por ilusión del Demonio” (Fray Pedro Simón 1892. Pág. 204). Esta información está también en la crónica de Juan Bautista Sardella, quien acompañó la entrada al valle de Aburrá. Tejelo a su vez envía “cierta gente de á pié á Juan de Frades, á que tornase a pasar las sierras é viese ciertos pueblos, que tenia noticia que estaban sobre el rio; el cual fue é dio en el pueblo llamado Curqui, é trujo algunas piezas, de las cuales el Capitan se informó de la tierra é le dieron larga relacion della, de la que estaba sobre el rio” (Juan Bautista Sardella 1864). La relación aquí nombrada no se conoce, pero lo visto por Juan de Frades, está emparentado con las observaciones del primer contacto hechos posiblemente con los indígenas de Itagüí y la Estrella.

Se “envió á Juan de Frades, con cierta gente de á pie, á descubrir el camino; el cual fue, y hora y media antes de noche dio sobre un pueblo de indios é hizo noche sobre él en un alto que junto á él estaba; é no dió en él, porque no llevaba licencia para ello. É luego los naturales empezaron á dar alaridos y tocar atambores é á llamar los que andaban por sus labranzas, é se juntron fasta mil indios; é los españoles serian doce, y el dicho Juan de Frades, haciéndose fuerte é velándose toda la noche, estuvo allí hasta otro dia, é con una lengua que llevaba, empezó a llamarlos que viniesen de paz é que no hubiesen miedo, porque no les haría nada. Y poco a poco, con harto temor de ver tal gente, porque nunca habían visto españoles, se llegó á él un principal, con una corona de paja muy soltilmente labrada, todo emplumajado y los cabellos cojidos en la cabeza, y un cuero de nutria colgado de pezcueso, echado en las espaldas, y todo pintado de vija, que parecía un móstruo; y se allegó allí y estuvo hablando con ellos; y como la lengua le hizo perder parte del tiempo que tenían, llamó a otros, é asi vinieron muchos é trujeron aquella noche alguna comida á los españoles; y puesta por ellos buena guarda, se estovieron hasta la mañana. É luego queriéndose, partir, vino á ellos aquel principal que había venido de primero, todos emplumajados y envíjados, é dijeron que se querían venir con ellos donde estaba el Capitan; é asi vinieron á él, é se holgó mucho con ellos, donde se informó de lo que había en las sierras nevadas” (Juan Bautista Sardella 1864 Págs. 291-296)

Estas notas tienen como objeto un acercamiento a la historia local del municipio de Bello Antioquia. Y para seguir la periodización tradicional, se quiere comenzar con el periodo prehispánico. En estas notas se nombran las calidades de las fuentes y las dificultades para accederlas; pero es lo que se tiene y desde ahí se ha de hablar y escribir.

Hay un acuerdo en los lectores e investigadores de las fuentes tratadas: al momento del contacto de los europeos con las sociedades indígenas americanas, estas estaban en un complejo proceso de formación, queriendo significar con este concepto, el estado de creación de cacicazgos y el abandono de los grupos igualitarios recolectores o en proceso de sedentarización. Los cacicazgos parten de grupos sedentarios con división del trabajo y por tanto con clases sociales. Estos por la dinámica social de la estratificación comenzaron el dominio y conquista de los grupos igualitarios y a establecer centros de poder económico-políticos con acumulación de recursos, entre los cuales estaba la mano de obra esclava, producida por la guerra y la jerarquía.

Al momento del contacto, las sociedades indígenas tenían una guerra permanente de expansión, entre ellas y según las crónicas de indias, se hallaban diversos cacicazgos. El interés de estas notas se centra en el cacicazgo Guaca en lucha contra el Tahamí, el Urabá, el Zenú y el Nutabe, entre otros. El Guaca tenía bajo su control los grupos aburraes, ituangos, buriticá, dabeibas, y otros. A la vista del conquistador europeo, la reacción fue la guerra para la cual estaban preparados y en pocos días al toque de tambor, lograban presentar un ejército de miles de combatientes. Esta situación permite percibir que los indígenas sostuvieron una guerra con el europeo desde al año de 1500 hasta el 1600, por espacio de cien años. Esta guerra se perdió pero es hora de historiarla.


Bibliografía:
Aristizabal Espinosa, Pablo. Los aburraes. Tras los rastros de nuestros ancestros. Una aproximación desde la arqueología. Secretaría de cultura Ciudadana. Medellín. 2005

Castillo Espitia, Neyla. Las sociedades indígenas prehispánicas. En Historia de Antioquia. Medellín. Ed. Suramericana de Seguros. 1988

Levi–Strauss, Claude. El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. Méjico 1977. Pág. 321-2

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Colombia Indígena. Periodo Prehispánico. En Manual de Historia de Colombia T.I págs. 33-108. Procultura Bogotá 1984.

Simón, Fray Pedro. Noticias Historiales de la Conquista de Tierra Firme en las Indias Occidentales. Casa Editorial de Medardo Rivas. Bogotá 1892.

Sardella, Juan Bautista. Relación del descubrimiento de las provincias de Antiochia por Jorge Robledo (1540). (Páginas 291 – 356). En: Colección de documentos inéditos, relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía, sacados en su mayor parte de real Archivo de Indias, bajo la dirección de los Sres. D. Joaquín F. Pacheco y D. Francisco de Cárdenas, miembros de varia reales academias científicas; y de D. Luis Torres Mendoza, abogado de los Tribunales del Reino. Con la colaboración de otras personas competentes. Tomo II. Madrid. Imprenta Española, Torija, 14. 1864.

Imagen: Pedro Nel Gómez. Detalle Mural Historia del desarrollo económico e industrial del Departamento de Antioquia. Banco Popular Medellín 1956

miércoles, 20 de marzo de 2019

Negación del conflicto social colombiano


Seguir la información que llega por los ojos y los oídos desde múltiples lados y medios, poderosamente diversificados en nuestro mundo de hoy, forma en nuestros cuerpos una necesidad de pronunciar un punto de vista propio, regido por la experiencia de vida, y en especial por el acercamiento a la mentalidad del presente. Pronunciarse es hacer historia del presente, en la que te involucras con sentimiento, con política y con el andamio intelectual personal. Hecho presente es el debate nacional sobre el conflicto social colombiano que además de estar historiado por décadas, es puesto en duda su existencia por un grupo de personas adscritas a un partido político interesado en negarlo.

La negación, proclama en vez del conflicto, una amenaza y agresión terrorista contra el estado colombiano. Desde esta perspectiva se traza una línea de conducta para la acción de la sociedad incluidas todas las instituciones. Estas deben rehacer la historia pasada y presente desde el punto de vista del no conflicto o desde el estado colombiano amenazado, perspectiva explotada desde los análisis de Daniel Pécaut en su texto Guerra contra la sociedad del año 2001. Ahí, el colombianista francés no niega el conflicto, pero resuelve, luego de un análisis del acontecer colombiano desde 1980, que la guerra entre diversos ejércitos, se tornó economicista, territorial y terminó atacando la sociedad. Los diversos actores relegaron lo político a un segundo plano y se dedicaron a controlar la población, sometiéndola a un régimen de terror, secuestro o desplazamiento. Pero Los interesados en negar el conflicto llevaron esa percepción de Pécaut al rasero simple de un ataque al Estado y la sociedad, solapando o desconociendo los orígenes de la confrontación, y sostienen que la historia de Colombia se ha hablado y escrito desde la perspectiva del conflicto o desde el punto vista de los actores y claman por una reescritura desde el enfoque de la “guerra contra la sociedad”, por el cual el orden social republicano colombiano ha sido justo, igualitario y democrático desde su origen. Se quiere borrar la supremacía que ha ejercido la élite capitalista y burguesa sobre los demás sectores sociales desde finales de la colonia y durante todo el periodo republicano; causa y origen de la lucha por el poder o en otras palabras, del conflicto social.

Se quiere desconocer el ataque a los resguardos indígenas de las primeras constituciones decimonónicas, que además instauraron el sufragio cualificado, proscribieron la libertad educativa con la prohibición del estudio de la jurisprudencia utilitarista benthamista y atacaron la libertad religiosa. Actos generadores de conflicto social y otros directamente relacionados con la lucha por el poder o lucha de clases, como el exterminio de los artesanos y sus organizaciones en 1854, la desamortización de bienes eclesiásticos, la destrucción de la república liberal radical, la imposición de la famosa regeneración o el régimen conservador por cuarenta y cuatro años, la masacre obrera de 1928 (llamada “Masacre de las bananeras), el sometimiento del país a una guerra civil no declarada de 1930 a 1953 que realizó alrededor de 250.000 crímenes atroces motivados políticamente, la dictadura militar de Rojas Pinilla que destruyó con engaños la guerrilla de los llanos; la exclusión del juego democráticos de idearios y movimientos políticos distintos al liberalismo y conservatismo de 1958 a 1974 y la utilización del narcotráfico para evitar la llegada al poder de otras concepciones de la democracia, durante las dos últimas décadas del siglo veinte y lo que va corrido del veintiuno. La democracia restrictiva inaugurada en 1810, con una permanencia sistemática hasta hoy, es la causal de conflicto, unas veces expresado en la lucha pacífica, pero la mayoría de las veces como lucha violenta.

La lectura liberal de estos acontecimientos nacionales se remonta al siglo XIX con los hermanos Samper, Salvador Camacho Roldán y el mismo liberal converso Rafael Núñez. En el siglo XX Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán o el presidente de la Revolución en Marcha Alfonso López Pumarejo. El punto de vista liberal es coronado en los años sesenta por Indalecio Liévano Aguirre con su obra Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Del diecinueve al veinte el enfoque liberal pasó de la necesidad de democratizar los derechos a luchar, por obtener el derecho, bajo el signo de una supuesta armonía natural.

La lectura socialista y comunista inspirada por la gigantesca obra del marxismo, desde 1848, asume el conflicto como base de la historia, punto de vista nutriente de las ciencias sociales, creación de la cultura occidental heredera de la tradición grecolatina, iniciada en la dialéctica presocrática y continuada por la dialéctica moderna. La huella del conflicto social surca los análisis de la historia y la sociedad, porque el ser humano se conoce a sí mismo y a los demás por la lógica de la presencia – ausencia, positividad y negación, oposición de contrarios.

En el mundo de la ciencia social, tradición iniciada en la segunda parte del siglo XIX, sobresale la obra de Ralf Darhendorf dedicada a teorizar el paradigma del conflicto y a anclarlo en la complejidad epistemológica de la sociedad industrial, en la que, dice él, las clases sociales descritas por Marx han virado hacia la proliferación de sectores guiados por los intereses y el manejo de algún grado de autoridad, en un entramado de jerarquías. El conflicto social en la sociedad industrial se ha pluralizado y se resuelve por el consenso, nunca definitivo, puesto que siempre dará origen a otros conflictos. Con esta invocación de Dahrendorf, se quiere mostrar, no una supuesta verdad en su posición teórica, sino un ejemplo del desarrollo de la perspectiva del conflicto iniciada en el siglo XIX y continuada por el análisis social y político hasta hoy.

El grupo de personas adscritas a un partido político interesadas en negar el conflicto social colombiano, agencia un pensamiento simplista y facilista. Es el pensamiento que bebe en un populismo o neopopulismo, dedicado a obtener el poder por todos los medios, incluídos la mentira sistemática y la explotación de sentimientos arcaicos premodernos que no han sido erradicados por la vigencia de la democracia restrictiva inaugurada en 1810. El politólogo español Fernando Vallespín (El populismo. Qué, por qué y para qué. En Cuadernos 19 Círculo de Opinión. Abril 2017) dice que los populismos presentes son el resultado de la globalización insostenible por las elites que reaccionan con ira o rabia ante las migraciones de poblaciones que deben ser atendidas en sus necesidades y ante la promoción de contenidos culturales transnacionales, como el pluralismo y la inclusión social.

Imagen: Pawel Kuczynski. Ironía social 2013

martes, 5 de marzo de 2019

Los deseos de guerra


Amar la guerra, pedirla, desearla, convocarla e invocarla, se hace desde y por las convicciones idiosincráticas del deseante. Querer la destrucción del otro, de un pueblo, de una nación, es querer al mismo tiempo la autodestrucción. Es querer la muerte con entusiasmo; ese entusiasmo que hunde sus raíces en dios o en la historia. Se quiere la guerra porque se cree en dios promisión de vida después de la muerte. Esta convicción religiosa tiene como principio el desprecio de la vida sobre la tierra y de la ciencia que advierte la finitud de los recursos naturales.

Aunque las iglesias agencien una formalidad de paz y convivencia, la esperanza de la otra vida mejor, el comportamiento y conducta en la vida presente permite todas las prácticas criminales, explotación del otro y la naturaleza, destrucción del medio que sustenta la vida, ataque a la libertad y autodeterminación de los pueblos y los individuos. Los llamados presentes a la guerra se relacionan con la vigencia y persistencia de las convicciones religiosas, llamados sustentados por la historia de las religiones, plena de violencias contra los no creyentes, en especial el exterminio o la esclavización.

El mundo del deseante de la guerra está sujeto a fuerzas sobrenaturales que le hacen ver en la muerte de sus opositores una satisfacción o una ofrenda al mundo normativo de su dios. El deseante de la guerra cristiano común o filohebreo concibe el mundo como un diseño divino, en el cual, él ocupa un lugar privilegiado por ser un observante riguroso de las reglas del diseñador divino, entre ellas el ocultamiento del cuerpo, una sexualidad supervisada, una actitud policiva con el vecino y un voto por la guerra cuando su jerarca (religioso, civil o militar) se lo demandan; pues al fin y al cabo de los tiempos, espera el paraíso eterno de la vida eterna después de la muerte.

La autodestrucción es permanente en el deseante de la guerra. Por estar en la vida ya es culpable y por eso transgrede, por eso destruye y se autodestruye. La culpa original, el nacer ya destruido, le presenta una vida a recorrer y vivir haciendo depredación de su medio natural y de los otros. El sacrificio personal, la destrucción personal, es la expiación de la culpa original y de las otras generadas por el cumplimiento de las reglas del creador-diseñador del mundo. El fin, la vida después de la muerte, justifica todo. La evidencia de la injusticia y la desigualdad socioeconómica, están presupuestadas en el diseño primordial y deben preservarse, son inevitables. Su denuncia o propuesta para erradicarlas, es ir contra el orden y sus reglas y es estar y ponerse del lado de los subversivos entre ellos los ateos y comunistas vistos como los subversivos mayores, concebidos destructores satánicos de lo inamovible. Así lo dice la jerarquía político religiosa; así lo dice el sentido común del hebreogénico cultivador de la guerra como principio y guía desde el origen de los tiempos. Así lo han hecho. La historia de la religión monoteísta es un permanente guerrear.

El entusiasmo del deseante de la guerra, enraizado en la historia, se mueve por el dictado moderno de actuar por mandato de la historia. Esta edad de la humanidad trasladó los atributos de una divinidad tutelar a la historia. Esta entró a concebirse como un afuera del tiempo, un ente que traslapa y surca los espacios y determina las acciones humanas. Los seres humanos que han logrado romper con el determinismo religioso, adoptan el determinismo histórico: la historia absuelve, condena, obliga, indica los caminos, destina y llama.

Los deseantes de la guerra así justificados, exhiben sus teorías y convicciones como la verdad potenciada desde el fondo de los tiempos, debidamente cotejada y enriquecida por el devenir. Esta forma de pensar esa verdad producida históricamente, tiene el don del progreso involucrado, para distribuirlo según los criterios del poder político social. El poder moderno legitimado en la historia condena pueblos y naciones a sufrir la guerra sanadora o correctora ante los desvíos del camino trazado; o por estar en vías que no conducen al progreso, del cual es imagen inevitable los centros de poder. Por estas convicciones idiosincráticas se han exterminado naciones con culturas inéditas e independientes; se han exterminado naciones que han querido salirse del dominio económico del poder moderno y dirigirse hacia otros órdenes posibles.

El orden moderno determinado por la historia es trifronte: el frente hasta ahora triunfante es el liberalismo indiferente; sostiene que la historia es un libre juego de fuerzas e imita la naturaleza, es decir, el liberalismo indiferente es natural y la naturaleza no se puede regular o someter a leyes humanas caprichosas. El poder político económico solo interviene cuando aparecen contrapoderes que intentan violar ese libre progreso natural e histórico; por eso el deseante de la guerra inscrito en este frente, la asume, la prestigia, la financia.

Se abre aquí un lugar para el frente que aparece como respuesta a quienes violentan el progreso natural, es el frente autoproclamado depositario del semen del progreso, de la historia y la verdad. Esa simiente se encarna en una etnia imagen de la perfección física y moral y desde esas convicciones cumple el destino histórico de corregir el rumbo de la humanidad. Declara el derecho natural que tiene de exterminar y esclavizar las etnias mescladas o impuras. Este absolutismo fascista ha llegado luego de la confrontación entre el liberalismo indiferente y el contrapoder que generó.

Este es el tercer frente de la modernidad basado en el determinismo histórico. Tiene el nombre de campo socialista o comunista y tiene una estructura teórica gigantesca construida a lo largo de cien años. El deseante de la guerra inspirado o inscrito en este determinismo histórico sabe que la base de su actuar es la confrontación y la guerra llamada guerra revolucionaria. La lucha de clases y la propuesta política se retroalimentan por el materialismo histórico que brinda la verdad desde la división de la sociedad en clases y el dominio de una sobre las otras clases.

La guerra y la historia se alimentan y se abalan. Pero si se entiende que ningún ser humano, pueblo o nación debe morir por mano de ninguna autoridad sustentada en la historia, es necesario construir una teoría o sistema de pensamiento que le quite a la historia la necesidad de la guerra. Es, desde luego, un deber, pensar la historia no como un ente suprahumano y transgeneracional, sino como la memoria del ser humano continente de la ciencia, la filosofía, el arte y la técnica, dedicadas a garantizar la permanencia de la vida, el planeta y la humanidad. El ser humano y el planeta han de desaparecer por efecto de fuerzas siderales; pero que no sea por autodestrucción.

Imagen: Banksy. Girl and Soldier. Arte callejero

miércoles, 6 de febrero de 2019

Una músico de Bello y expresivo sonido



La artista Berenice Hoyos es uno de los patrimonios culturales inmateriales del Municipio de Bello. Ella encarna ese ámbito de la cultura de los pueblos señalado como intangible, un concepto que referencia las producciones culturales sin una materialidad directa. La existencia de este patrimonio cultural está en las relaciones interpersonales o entre pueblos. El músico con sus presentaciones de obras o piezas musicales, crea en los espectadores un nexo espiritual de goce y disfrute que mueve en el oyente una sensibilidad estética o artística, propia de los seres humanos. Conmover esas sensibilidades que a veces se tornan pasiones, es una relación inmaterial entre el artista y el espectador o entre pueblos, relación inmaterial, intangible, pero existente en un soporte material. La música es un patrimonio cultural inmaterial, ubicado en la materia del instrumento, la partitura o en el cuerpo del artista. La cultura inmaterial de los pueblos tiene un vehículo de transmisión material: la obra de arte. En música es la partitura, en las plásticas es la pintura sobre superficies o la escultura en la piedra; en la danza son los gestos rítmicos de los cuerpos, en la gastrosofía que excita el ojo y el gusto son los platos, en las obras artesanales son los diseños, los colores y los materiales de múltiples objetos para útiles o adornos.

Entre las expresiones del patrimonio cultural inmaterial, es la música la más prestigiosa, la más cultivada y la más íntima con la mentalidad y comportamiento de la sociedad. Es ella la primera en presentar ante propios y extraños la identidad cultural, aspecto que ofrece la pertenencia a una nación y a un país. Pero las personas también se convierten en patrimonio cultural vivo de la sociedad. Las personalidades raizales de los pueblos que han dedicado la vida al cultivo de una profesión artística, intelectual, científica o cualquier plano de la cultura, son Patrimonio Vivo.

Berenice Hoyos es Patrimonio Vivo del Municipio de Bello por haber crecido en su territorio y haber dedicado su vida al cultivo de la música. Nació en Cocorná, otro municipio antioqueño, y desde pequeña se radicó en Bello con su familia. Durante la secundaria ingresó al Centro Auxiliar de Servicios Docentes (CASD) en el programa de música lo que le permitió entrar en contacto con muchos jóvenes de la cuidad de Bello y participar en la estudiantina de la institución en 1989. Terminada esa formación inicial, ingresó al Instituto de Bellas Artes de Medellín a estudiar cello. En 1992 ingresa a la Universidad de Antioquia y cinco años después egresa con el título de Maestra en Violoncello.

Berenice inicia su vida de profesional académica como profesora de su Alma Mater, la misma Universidad de Antioquia, y del Instituto de Bellas Artes: este hecho es un reconocimiento a sus capacidades didácticas para transmitir los conocimientos de música. Desde la cátedra inicia una participación decidida y apasionada en la vida de la cultura musical de la ciudad de Medellín y la zona de influencia el Valle de Aburrá; participa como docente en la Red de Escuelas y Bandas de Música, como músico en La Sinfónica de Antioquia, La Filarmónica de Medellín, la Sinfónica de la Universidad EAFIT, La Orquesta de Cámara de Antioquia. Su actividad se extendió a los toques repetidos y sistemáticos con grupos de música popular en los que se la tenía además como vocalista, por su bella y entonada voz.

La práctica musical en la ciudad región metropolitana de Medellín, llevó a que las capacidades profesionales de Berenice Hoyos, entraran a ser reconocidas más allá de las fronteras de su territorio nativo. A partir del año 2.000 comenzaron las invitaciones para viajar a los Estados Unidos de Norteamérica y participar en recitales y festivales de verano en las ciudades de Chicago, Forth Worth (Texas), Las Vegas, Nevada, San Francisco (California).

El reconocimiento del saber musical continúa y en el año 2003 la Universidad de California por intermedio del profesor Andrew Luckansky, le adjudica una beca para hacer un máster en violonchelo en la ciudad de Sacramento. Cuando terminó el máster, la vocación didáctica se renueva y comenzó a desenvolverse como docente de música en la zona californiana. Desde el 2005 trabaja en varia instituciones en esta área: Napa Valley Laguage Academy (School), Napa Valley Symphony Orchestra, Sacramento County Day (School), Camellia Symphony Orchestra. Berenice Hoyos tiene un grupo familiar de músicos, su esposo y su hija también lo son, por eso ha llevado su espíritu docente a desarrollar clases de música para estudiantes privados de cello y piano junto con su familia.

De ella como ser humano y como músico han expresado palabras de admiración y reconocimiento varias personalidades de la cultura colombiana, la prensa latina y norteamericana. Rafael Vega Bustamante crítico de arte y literato colombiano escribió en el periódico El Colombiano de Medellín en 1997 sobre la Orquesta Filarmónica de Medellín dirigida por Miguel Ángel Caballero: “La Sinfonía No. 1 de Dimitri Shostakovich es una composición generosa y eficaz para probar una orquesta y deleitar al público con amplia gama de colorido y, por supuesto para calibrar un director. La manera de vistosa expresión física que usa el maestro Caballero, está de acuerdo para todo lo que tiene esta sinfonía en música de vital colorido, lirismo y drama. Con excepción de la primera trompeta, a la cual le falló un punto para brillar, pues su papel es importantísimo desde que arranca la obra, todos los solos fueron de alta calidad (como) la chelista Berenice Hoyos con su bello y expresivo sonido”.

En el 2001 el Ministerio de Cultura de Colombia comentó en un boletín sobre la Orquesta Filarmónica de Medellín que bajo la dirección de Alberto Correa Cadavid está la alta calidad de Berenice Hoyos, una profesional dedicada, excelente profesor, primer chelista del departamento de Antioquia. La señora Hoyos ha sido invitada a participar en numerosos conciertos y presentaciones en Colombia y en los Estados Unidos.

En el año 2018, el canal Univisión realizó una entrevista a la músico Berenice Hoyos. La presentó como la historia de la maestra de música María dedicada a enseñar el chello a cientos de niños de esta región californiana. La entrevista resalta el método de la docente: la afinación, la atención y la disciplina son las claves para aprender un instrumento; todo niño puede llegar a tocar por la disciplina. En la entrevista María Berenice Hoyos dice “estoy ayudando a niños que hablan español a aprender el idioma de la música, un instrumento convierte los niños en sensibles con sus padres hermanos y amigos. Los padres deben apoyar a sus hijos para que sean perseverantes”. Univisión concluye que los alumnos de esta maestra de música ya han llegado a estar en grandes orquestas profesionales y uno de ellos, músico e intérprete, pretende un premio Grammy.

Imagen: Noelle Maki. "Cello". 2009

viernes, 25 de enero de 2019

Hacer historia del presente


La Historia social, entre los múltiples espacios analíticos que ha abierto, se tiene el más polémico llamado historia del presente o historia coetánea. El contenido apunta la señal hacia la política porque se trata de dar una versión del presente en la que es insoslayable los sesgos o aspiraciones del historiador investigador. La historia del presente no puede hacerse con la pretensión de imparcialidad o sin ningún asidero teórico. El historiador está obligado a recurrir al pasado para poder interpretar el presente. Y con esta actitud, el historiador, se diferencia del periodista que registra los hechos presentes en forma de crónica, tal vez bella, pero inocua. Invocar el pasado para investigar y escribir sobre el presente (hacer historia del presente) es estar en contacto con las corrientes, modelos, o los grandes relatos, para desde uno de ellos, interpretar los hechos del presente.

La historia del presente puede hacerse desde el liberalismo historicista, desde el marxismo determinista o desde las religiones hebraicas, budistas o de la América precolombina. Los hechos presentes se rastrean en los protagonistas o en quienes dan una versión de ellos (oralidad y escritura). El recurso obligado debe ser la memoria del hecho en relación con la motivación de la fuente-sujeto para remembrar este hecho y no otro. La motivación está ligada a la identidad cultural, al sentimiento nacional, a la memoria colectiva y a las aspiraciones futuras. Así se tiene que la historia del presente está en el centro del debate sobre el tiempo. Es la historia de un presente imposible de asirse; pero que puede ser explicado con el pasado y según las proyecciones futuras de la cultura de un pueblo. La inasibilidad del presente se palea con el concepto de contemporaneidad o la coetaneidad que hacen referencia al pasado inmediato y al futuro aspirado porque los actos del ser humano civilizado se inscriben en una proyección.

El historiador del presente está armado con un bagaje de inevitable contenido arqueológico: ¿qué es el ser humano, cuál es su paleontología, su devenir, desde cuando es ser humano, porque existe la historia y la prehistoria? Las respuestas a estas cuestiones potencian el análisis de los hechos presentes. De la misma manera el historiador del presente, tiene una serie de aspiraciones futuras: si tiene argumentos para sostener que el ser humano es un diseño inteligente, una criatura, dirige el análisis de los hechos presentes a querer ver en ellos el mantenimiento del estado originario, a considerarlos naturales y a señalar el peligro de desviación. O si sus argumentos están inscritos en considerar la indeterminación del ser humano, leerá en los hechos presentes, una manifestación de desarrollo dirigido o azaroso.

Las aspiraciones futuras tienen contexto. El historiador del presente montado sobre el imaginario liberal de los siglos XVIII y XIX, leerá en los testimonios de los hechos presentes un acercamiento o distanciamiento del Estado-nación: qué hace falta para adoptar la libertad del individuo y desterrar las trabas para la acumulación de riqueza; trabas instauradas por la intromisión de moralidades o éticas en el desarrollo de la economía. La naturaleza humana tiene una desigualdad originaria y el mundo y la historia deben garantizarla por ese sentido de la libertad. La historia demuestra fehacientemente que el progreso es hecho por los actos de los grandes hombres.

El historiador del presente que avizora en los hechos una manifestación de las leyes de la historia decide el acercamiento de la destrucción de las desigualdades y la opresión de las clases sociales poderosas sobre las clases trabajadoras. Tarde o temprano por efecto de la determinación y sujeción científica del devenir, se realizará una sociedad igualitaria, luego de la destrucción del Estado y sus aparatos ideológicos, instituciones que tienden a perpetuar la opresión de unos seres humanos sobre otros.

Las lecturas del presente adscritas a los mitos religiosos hebraicos, budistas o amerindios, conciben los hechos como purgatorio, o como el deber ser, merecimiento, destinación y acción de espíritus superiores directores de las fuerzas cósmicas que rigen la historia: por la tierra se pasa para llegar a otra dimensión, a otra vida u otro lugar habitado por el creador de todo lo existente.

El historiador del presente hoy, está obligado a tener estas condiciones para leer el acontecer y complejizarlo con las construcciones de las ciencias sociales. Pensar y teorizar el presente obliga a bajar de las alturas de la historia estructural cronológica tal como lo ha concluido el pensamiento social transdisciplinario, a la vivencia de los sujetos y los colectivos localizados, inmersos en las tradiciones con una identidad cultural, un sentimiento nacional, habitantes de una memoria colectiva. Por eso se reivindica la memoria como objeto de estudio; en ella se encuentra el complejo cultural, visible en la investigación de los hechos presentes. La fuente oral o escrita es memoria de alguien afectado por los sentimientos propios o colectivos. Un hecho inscrito en un acontecimiento será recordado u olvidado, es decir inscrito o no en la memoria, porque significa dentro de la identidad cultural. Los contenidos culturales tienen la tradición o la costumbre de nombrar o desconocer, lo significante y lo insignificante, porque el sentimiento nacional filtra o acepta. Ahí está la política con su ingrediente básico, el poder, para explicar los contenidos de la memoria.

La historia del presente se construye en la complejidad del tiempo pasado futuro, los idearios, las aspiraciones, las identidades culturales o las memorias individuales y colectivas. Esta complejidad involucra la acción del poder que crea, por fuerza o convicción las experiencias significativas. El acto de creación del poder, hace que la historia del presente contemple y explique cómo se construye el sujeto desde la educación, la familia, la escuela y los medios de comunicación. Sujeto que reproduce o destruye con actos de carácter simbólicos la identidad cultural, actos que se sabe conmueven porque significan.

Ejemplo. Un crimen de estado en el presente, es un hecho que debe inscribirse en el comportamiento de la sociedad. Quienes detentan el poder del Estado lo hacen porque juegan a la cultura de la nación que lo permite. Una cultura, con una génesis y devenir, que contempla el crimen como estrategia para mantener el orden social. El historiador del presente califica ese hecho como un crimen por su capacidad intelectual de sumergirse en la complejidad, y observa además las prácticas de ocultamiento desplegadas por el poder a través de los entes que construyen el sujeto, la escuela, la familia, y los medios de comunicación, quienes explican el hecho desde la razón de estado o la verdad oficial.

Imagen: Salvador Dalí. Enigma sin fin Óleo de 1938