jueves, 14 de mayo de 2015

Esa voz oculta. Comentario sobre una novela de Héctor Abad

Hace tiempo, cuando cursaba los estudios de pregrado en historia, recibí de un par de profesores, un llamado de atención porque pasaba el tiempo metido en los archivos. Ellos dijeron que me había convertido en adorador de las fuentes primarias y luego de una sustentación llena de admiración, señalaron la literatura como una fuente alternativa y fundamental. Desde entonces, piénsese en los años alrededor de 1985, comencé a complementar las largas lecturas socioeconómicas de la historia universal con obras específicamente literarias. Esta actitud la mantuve hasta que quise meterme, con alguna intensidad, a armar un discurso sobre historia de Colombia. Así leí el Alférez Real de Eustaquio Palacio, para completar la percepción sobre el siglo XVIII; María de Isaac y Tránsito de Luis Segundo Silvestre, para captar la vida cotidiana decimonónica. Así lo hice con la primera parte del siglo XX con el Cristo de espaldas de Eduardo Caballero y otras obras más.
 
La historia de la época reciente o contemporánea de Colombia, señalada y caracterizada por el ejercicio de una violencia nueva, más cruel, más intensa, sutil, cotidiana, sofisticada, me ha hecho preguntar por la literatura que se escribe, para tratar de explicar y complementar la socioeconómica común del narcotráfico, la guerrilla, el paramilitarismo y el sicariato bandolero. Claro, quería ir más allá de los “pruritos” de narcoliteratura o sicaresca y mirar en el ejercicio llano de la escritura las intensiones graves de los autores, cuando quieren reducir la abundancia de la vida humana a unos tipos encarnados en los personajes.
 
Con estas intensiones abrí La Oculta de Héctor Abad. En esta novela se hace referencia al fenómeno guerrillero y paramilitar porque son acontecimientos insoslayables de la historia de Colombia. Pero el tratamiento no es exclusivo y solo hace parte de la vida de la familia Ángel, protagonista de la novela. El Tiempo de la novela en que viven y hablan los narradores se cifra en dos años. Van de la muerte de la madre hasta la parcelación de La Oculta. Y digo los narradores, porque es una obra literaria a tres voces. Hablan Pilar, Eva y Antonio. Cada quien toma la palabra según el orden de los acontecimientos teledirigidos por la historia de la tierra de la familia. Esos dos años de palabras de los hermanos Ángel ocurren en el tiempo real. Pero el lector es transportado a otros tiempos. Los tiempos de la historia de Colombia y más especialmente a la historia de la colonización antioqueña.

El lector es llevado magistralmente, página tras página, por la necesidad de saber y completar la historia personal de cada uno de los hermanos, al mismo tiempo que arman desde la época colonial la historia de La Oculta. Pero creo que hay una voz aun más oculta que la de Eva, Pilar y Antonio. El autor no la puede domeñar y el lector la escucha y la siente cuando solo puede identificar el género del narrador por los pronombres. Parece que si se quitan los pronombres y los nombres de Eva, Pilar y Antonio, quedaría diáfana esa voz oculta.
 
Bien, estas percepciones ocurren porque he hecho una lectura atenta y son observaciones que no invalidan el tema: la literatura como una fuente alternativa y fundamental de la historia. La guerrilla entró a La Oculta y secuestró un hijo de la familia. Se pagó rescate, se utilizaron influencias políticas para preservar la vida del muchacho. Luego llegaron los paramilitares quisieron expropiar la finca. De nuevo las influencias de la familia movieron los hilos del poder para evadir esa violencia. La familia Ángel se movió en uno de los barrios más aristocráticos de Medellín. En él, Eva tuvo como novio, un hombre que luego fue presidente de Colombia; cuando novio “era tan solo astuto, arrogante y seguro de sí mismo, avispado y casi sin escrúpulos. Tenía una cosa oscura, que ocultaba y asustaba, una escondida capacidad de ser violento, despiadado, sin duda y sin remordimiento, como un Maquiavelo”. El lector avisado une esa descripción con la presidencia de Colombia en la primera década del siglo XXI y comprende el tipo de influencias ejercidas por la familia.
 
La Oculta de Héctor Abad, es también una saga. Los Ángel, inmigrantes españoles, judíos conversos, hacen una trashumancia por las montañas de Antioquia, colonizan, se establecen, emigran, procrean y pueblan territorios feraces y dejan una parentela que se esparce en la geografía, hasta el punto que las ramas de la parentela, en el tiempo de la novela, han perdido la filiación en el momento estelar de la parcelación de La Oculta.

lunes, 27 de abril de 2015

El servido

Quien te sirve no es un esclavo, ocupa un lugar en la vida económica, tiene dignidades logradas inviolables e inalienables. Si alguien te vende una copa de licor, por ello, no es inferior a ti y si te abrogas, por eso, el derecho a violentarlo en su integridad, estás preso de la servidumbre voluntaria. El servilista es quien se cree tener siervos para ejercer poder sobre ellos. Así como el esclavista quiere tener esclavos para saciar sus pretensiones de superioridad.
La servidumbre voluntaria, concepto acuñado por La Boétie, llama a una crítica permanente del Estado, si abandonas el estado feudal y abrazas el estado liberal democrático, sigues como siervo. Si abandonas el estado democrático liberal y asumes el estado revolucionario socialista, sigues preso de una servidumbre voluntaria.
Recuerda que la servidumbre tiene dos partes, el siervo y el servilista. Si como propone La Boétie, no sometes a una crítica permanente el poder del Estado, y quienes lo agencian, los partidos, los medios de comunicación, las organizaciones nacionales y locales, etc. ocuparás uno de los dos polos de la servidumbre voluntaria.
La crítica permanente del Estado es una lucha contra uno. Es escarbar en las circunvoluciones, la servidumbre deseante para evitar violentar a quien ejerce la función social de servir copas de licor, de confeccionar vestidos, de lustrar botas o de escribir textos para un periódico.
Pero el concepto de servidumbre voluntaria, no puede quedarse en la lucha del individuo contra el Estado, ni en sistema argumentativo de la necesidad de la revolución o en claves para organizar partidos contestatarios. La Boétie, señala hacia el salvaje, la primitividad como decimos hoy. Señala una humanidad que supo crear dispositivos sociales para impedir la dominación. Se permitía el comercio y se extirpaba cuando amenazaba la libertad y la igualdad fundamentales. Se permitía el sacerdote, pero se le mataba cuando sus contactos metafísicos no operaban en la materia.
Ese ejercicio etnológico, racional, llama desde el siglo XVII a ponderar el poder que nos habita y que nos hacer ser en sobriedad o embriagués. Poder que tiene la forma de la servidumbre y nos hace ver a los demás como lechugas para ser ingeridas o desechos deleznables.

lunes, 6 de abril de 2015

La cincuentaicinco

Él llegó al callejón de Don Leonardo a los nueve años. Llegó con su padre, un hermano menor y la madrastra. El padre, como empleado del Departamento Administrativo de Seguridad del Estado, le daba prestigio entre los demás muchachos y cierta licencia para hacer transgresiones. Don Juan, el detective, permanecía fuera de casa mucho tiempo. Él aprovechaba esa ausencia, para funcionar por las calles con libertad. La madrastra nunca le reprochaba, solo le hablaba en tono de consejo, incitándole a comer, dormir o bañarse.

A finales de los años setenta, entró en la adolescencia. Con su parlamento altisonante, insistía, con una repetición enfermiza, en llegar a fumigar a los fachistas como cucarachas; por ello los muchachos comenzaron a llamarle fachicida. Materializaron en ese apodo el eco recogido de las propagandas de radio y televisión que promocionaban hasta el hastío la fumigación de los cafetos para evitar la enfermedad de la Roya.

El acto de fumigar pasó de ser un elemento de la economía cafetera a nombrar la práctica social de la masacre. Práctica de terror, característica del devenir colombiano en el último cuarto del siglo XX.

Voy a fumigarte. Era la amenaza que los muchachos de la cincuentaicinco se lanzaban cuando peleaban. Y si recibían la noticia sobre una masacre paramilitar o de la guerrilla, la gravedad del hecho se paliaba con decir: fueron fumigados porque algo hicieron; justificación oculta del victimario.

Benhur era el nombre de pila de Fachicida. Pronto el nombre se olvidó y el apodo se popularizó en la medida de sus andanzas y fechorías. La libertad dada por su madrastra y la ausencia del padre, le permitía pernotar casi a diario y consumir licor y alucinógenos. La mayoría de las veces, por la carencia de monedas bebía alcohol antiséptico mezclado con refresco.

A diario peleaba con alguien, amigo, vecino o transeunte. Pocas veces abandonaba la cincuentaicinco. Su cotidianidad trascurría en pavonearse por la calle de extremo a extremo, con un caminar lento y la cabeza siempre en alto, sintiéndose mirado y a lo mejor, para él, admirado.

Pocas veces permanecía largo rato con un grupo. Hablaba tratando de dar siempre la última opinión sobre el tema y partía hacia otro lado. En las noches con sus compadres noctámbulos, consumía, hablaba y salía a sus rondas diarias. Sabía que en la noche no encontraría otros grupos, por eso se alejaba poco de la casa. En la noche mantenía siempre la casa al alcance de sus piernas.

La cincuentaicinco, por esa época, tenía siempre en sus esquinas grupos de muchachos. En su mayoría consumidores de alguna sustancia enervante. Benhur los trajinaba todos y desplegaba su verbo con tono de suficiencia. Su universo mental lo adquiría por oído. Por ello escuchó alguna vez una disertación acusatoria contra el fachismo, quiso ser peor que ellos y se declaró con capacidad de eliminar su imaginada competencia, por medio de una fumigación intensiva.

Esa actitud de pronunciar la última palabra sobre cualquier tema, aunque fuese incoherente, le creó varios enemigos, líderes de su mismo estilo. Llegado a un grupo donde uno de sus contrincantes departía, luego de algún intercambio de opiniones altisonantes, se cazaba la trinca. Todos los días necesitaba pleito.

Al pasar de grupo en grupo o de esquina en esquina, ponía conversa a alguna muchacha. En este transe insuflaba el pecho en ademán de guapo. Les hablaba riendo y golpeaba repetidas veces con el puño, una pared.

En todos originó un sentimiento ambivalente. Odiado, cuando enervado por el consumo, desafiaba a la generalidad. Conmiserado cuando se tenía que soportar y considerar miembro del barrio. Hizo parte del folclor. Sus saludos en alta voz a sus camaradas fueron parte del paisaje urbano del lugar.

Se labró una especial enemistad con los dueños de los bares y las tiendas. Sus bolsillos casi siempre vacíos lo llevaban a comprar sin pagar. Las veces que podía pagar no se le vendía. Todos los dueños de negocios de la cincuentaicinto, terminaron peleando con él.

Un sicariato de los años noventa, asistente de Bar, puso coto a su guapeza. Una noche, algo bebido y fumado, se alejó de la cincuentaicinco. Entró al Bar Las Palmas, especialista en tangos. Este Bar se ubicaba una cuadra más allá, en la cincuenta y seis. Quedaba fuera de su territorio cotidiano. Allí pidió un trago en voz alta. Fue increpado por el dueño y un asistente. Le madaron callar, porque interfería con el traganíquel. Reviró, y el asistente desenfundó una pistola y se la puso en la frente. Benhur se arrodilló, lloró e implorando pidió se le perdonase la vida.

Este comportamiento del guapo, ante la pistola, marcó el inicio de su desprestigio entre los muchachos y algún gozo entre sus enemigos. Cambió. Solo en la cincuentaicinco se tornó agresivo con quien le mostrase miedo y desafiante ante todos. Irrespetó a las muchachas, los viejos, los negociantes. La madrastra, y don Juan lo declararon incontrolable. En la cincuentaicinco lo correteaban cuchillo en mano. La policía le encarceló varias veces y varias veces obligó a su padre para que como detective traficara influencias y liberarle.

Por ese tiempo, llegó al barrio Arcadio, tomó en alquiler la tienda más importante de la cincuentaicinco. Arcadio tenía un aspecto de extrema sencillez, venía del Magdalena medio colombiano, desplazado por el conflicto guerrillero y paramilitar. Entre él y su mujer, Blanca, equiparon la tienda con abarrotes y verduras y el vecindario encontraba allí casi todo para la vida diaria.

Como todos los dueños de negocio de la cincuentaicinco entraron en lucha con Benhur. Blanca no le vendía y lo hacía abandonar la tienda con palabras duras. Blanca vendía licor y se quedaba con los clientes hasta altas horas de la noche. Una noche cerró la tienda, cruzó la calle y se encontró en la puerta de su casa con Benhur, éste sabía que Arcadio no estaba en la ciudad y por eso aprovechó y asedió a la mujer. Blanca respondió con la misma dureza de siempre y logró entrar a su casa. Desde esa noche, Benhur comenzó a insultarla públicamente. ¡y se creen señoras estas putas…! le decía cuantas veces podía.

Corrían los días de junio, el tráfico por la vía, que ponía límite occidental a la cincuentaicinco, era importante. A las once de la mañana de un viernes, Arcadio pasó ante Benhur con un costal lleno de víveres. Benhur soltó estas palabras: Ahí le llevás comida a esa puta… Arcadio siguió, entró a la casa. En pocos minutos salió, con una navaja automática en el bolsillo.

Benhur al verlo venir se puso en actitud de pelea. Esgrimió los puños. Arcadio dio varios pasos hacia él y cuando lo tuvo al alcance, sacó la navaja, la desplegó y con gran fuerza le incrustó la hoja en el estómago de abajo hacia arriba. Fachicida no creyó que aquel hombre manso fuese a levantar la mano contra él, se puso las manos en la herida se inclinó lentamente y murió allí desangrado. Arcadio fue a juicio. Un juez, meses después lo absolvió por haber actuado en medio de ira intensa. Vendió la tienda y con su mujer volvió al Magdalena Medio.
Guillermo Aguirre González

 

viernes, 27 de marzo de 2015

Locura o seducción

La religiosa es un ejercicio literario, en él se detecta el diseño. La obra ha sido pensada e imaginada antes de ser llevada al papel. Diderot en sus sociabilidades parisinas, se encuentra con alguien que le informa de una monja escandalosa por sus deseos de renunciar a los votos. El escritor convierte esa información, en una novela con un manejo excelente del tiempo y la tensión. Hace que la imaginación del lector excite los sentidos. El cuerpo, la carne, es impactada por unas dicotomías: indignación y lágrimas; deseo y traición; poder y vileza. El lector entra en venganza contra esas instituciones que le han negado a la joven Susana la vida. Susana narra en primera persona. Susana cuenta a un marqués su paso involuntario por varios conventos. Diderot hace que Susana le dé la palabra, por artificio de la literatura, a cualquier personaje necesario para encarnar la tiranía, la inocencia, el deseo, la locura, la bondad, la complicidad, el poder y la traición.
 

La historia está ubicada en el tiempo del siglo XVIII y en el espacio de la ciudad de París. Hay escenas que obligan al lector a invocar el contexto histórico social y político. El nacimiento de Susana fuera del matrimonio eclesiástico, la condena a la esclavitud y hace que el padre, la madre y las hermanas, muestren la vileza que se esconde en la sociedad patriarcal y católica. La vida conventual impuesta a Susana hace que ella se rebele y con su rebeldía expresa la bajeza de la monarquía convertida en tiranía absoluta, dentro y fuera de la iglesia. Los castigos impuestos a la carne joven de la mujer de diecisiete años, devela la animalidad humana sacada a flote por el fanatismo... "Entre todas estas criaturas que ves en torno mío, tan dóciles, tan inocentes, tan dulces, ¡pues bien!, hija mía, no hay apenas una, apenas una, que yo no pueda convertir en una bestia feroz; extraña metamorfosis para la que la disposición es tanto más grande cuanto más joven". Dice una abadesa que reflexiona con Susana.
 

La belleza extraordinaria de Susana, su voz de ángel, las notas que saca al clavicordio, la blancura y el terciopelo de su piel, hacen que la represión sexual se trasgreda y que el deseo liberado se choque contra la institución. En las vírgenes seducidas por la belleza y castigadas, sus mentes entran en barrena: es la locura.
 

Entre tanta maldad y crueldad, ejemplarizada en la historia de Susana, ella misma recomienda, con actitud anticlerical: "Mate a su hija antes de encerrarla en un claustro contra su voluntad; sí, mátela. ¡Cuántas veces he deseado haber sido ahogada por mi madre, al nacer! Hubiese sido menos cruel". El bien está encarnado en la abadesa que reflexiona y el abogado que ejerce el derecho. El lector está obligado a preguntarse por la existencia del derecho en una sociedad sometida a dos monarquías absolutas: una la del espíritu y la religión; la otra la de la política y la economía. Diderot defiende el derecho como el bien y la razón. Desde los años 1680 el capitalismo europeo, por su mecánica sociopolítica, destruyó la economía feudal y el derecho de sangre. En su lugar puso la monarquía absoluta secular y el derecho positivo, el mismo que le permite al abogado de Susana velar por sus derechos como ser humano.
 

La belleza de Susana crea dos actitudes en los claustros por los que pasa: las vírgenes que sucumben ante ella y la aman y la tocan. Las otras, ven la belleza como algo demoníaco, por eso la atacan, la flagelan, la torturan y tratan de obligarla a la locura o al suicidio. Diderot redondea su pintura de la sociedad de la época, profundizando la actitud dicotómica del literato. Dice: “Poned a un hombre en una selva, se volverá feroz; en un claustro en el que la idea de necesidad únese a la de servidumbre, es peor aún. Es posible salir de una selva, de un claustro no se sale nunca más; en la selva se es libre, esclavo en el claustro. Es posible que se necesite más fuerza de ánimo para resistir a la soledad que a la miseria; la miseria envilece, el retiro deprava. ¿Vale acaso más vivir en la abyección que en la locura? Es algo que no me atreveré a decidir, pero es preciso evitar lo uno y lo otro”.

martes, 17 de marzo de 2015

Alcalde por insistencia

En las mañanas lo despertaba el balar de las cabras. Sabía que debía levantarse y correr hacia el corral, abrir el portillo y dejar salir los cornudos. La casa, siempre pintada de verde, estaba en medio de un solar amplio que permitía a los animales, criados por Graciela, solazarse en el día. El diario vivir de El Chamo transcurría entre el ordeño, recolección de estiércol y sus salidas en las tardes con los vecinos de su edad. Eran cuatro. Caminaban por el parque central de La Pequeña Ciudad y se les veía reír a la puerta del billar del gordo Aristides.
 
El Chamo y Graciela conversaban después de la comida de las siete de la noche. La voz de El Chamo era delgada y recia. Con doce años hablaba de dirigir a sus compañeros en las correrías por las calles y se ufanaba tanto de esa pequeña hazaña que Graciela reía largamente de la ingenuidad de su hijo.
 
A los dieciocho años la actividad política de su hermano mayor, permitió que la alcaldía lo enganchara como guarda de Seguridad y Control, una guardia civil local, ayuda de la policía nacional. En los tiempos del gobierno del alcalde “Virgomaestre”, como él se autodenominó, fue despedido del puesto por liberal, dicharachero y sus ínfulas de mandatario. El Chamo desde su auto oficial de guarda mandaba a sus compañeros como si fuese su superior y a los ciudadanos les hablaba y ordenaba como si fuese el mismo alcalde. Todos sabían de la ingenuidad megalómana de El Chamo y en vez de odiarle o despreciarle, le seguían el juego. El Chamo no tomaba conciencia de la burla y en realidad creía que era tomado en serio.
 
El Virgomaestre llegó a la alcaldía por militante de la Anapo, partido que desplazó por seis años a liberales y conservadores de los puestos públicos, y del concejo municipal. Hizo de Seguridad y Control una guardia anapista. El Chamo despedido de su puesto de mando viajó a Medellín. Después de violar todos los protocolos, se metió al despacho del gobernador, y le dijo: doctor Diego, usted se equivocó de hombre al nombrar al Virgomaestre, yo conozco la ciudad desde chiquito, se quien es quien y se cómo controlarlos. Ñervito atraca todos los días de seis a ocho de la noche por detrás de la plaza de mercado. El negro Tábano es el violador de la Piedrancha. El doctor Siroco se ha robado dos veces el presupuesto de los restaurantes de las escuelas. Ana Tumbas tiene un putiadero detrás del cementerio con pelaítas de quince años. José Arepas salta tapias todos los días y se roba de las casas lo que encuentra. La flaca Rosario vende mariguana y le pasa plata a la policía para que la dejen trabajar. A la Varilla le traen cigarrillos Malboro y tiene inundada la ciudad de contrabando. Yo doctor Diego le limpio el municipio con tres patadas y verá lo que es el orden y la justicia.
 
El gobernador, atónito, entre la risa y la sorpresa, hizo lo que todos hacían con El Chamo, seguirle la corriente; pero este fue más lejos. En una tarjeta de invitación que tenía destinada a la basura escribió: a petición del ciudadano El Chamo Ramos y por insistencia de todos los ciudadanos debe ser nombrado Alcalde de La Pequeña Ciudad. Dado en Antioquia el 31 de octubre de 1971. El Chamo deslumbrado ante su logro, tomó el papel, hizo una reverencia profunda, corrió y saltó fuera de la gobernación.
 
El Virgomaestre nunca lo recibió. El Chamo por bares y cantinas, en los mentideros políticos, exhibía su nombramiento como alcalde de La Pequeña Ciudad, y provocaba la risa por doquier. Como respuesta ante la burla, El Chamo puso demandas por incumplimiento del mandato de su tarjeta. Fue a los directorios políticos, a los tribunales. Viajó a Bogotá e hizo conocer su caso del jefe nacional del partido liberal. En todas aquellas instituciones y lugares que visitó se hizo hacer un documento de reconocimiento de la legalidad de su tarjeta. El visitado expedía gustoso el documento, para reir. Por ello El Chamo hoy sigue su diario vivir caminando las oficinas públicas con un portafolio bajo el brazo repleto de documentos donde está escrita la burla mordaz de una sociedad que se ríe de sus tontos.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Rito de toro con olor

Ella estaba pendiente de mi nariz, cada que ponía la comida en la mesa y frente a mí. Y lo hacía porque yo antes de llevarme la cuchara a la boca olía la comida servida y levantaba un poco la nariz, para atrapar el olor y compararlo con otros que tenía en la memoria. Para mí, era una costumbre común, mis otros hermanos lo hacían, pero ella decía que yo olía la comida como un animal, es decir, no le gustaba mi gesto y además decía que la comida no se olía, porque había que imitar a Domingo Sabio que se comía lo que le pusieran en la mesa, pues eso era un regalo de dios. Ella no llegó a castigarme, pero el reclamo permanente fue suficiente para hacerme sentir discriminado. Domingo murió a los dieciséis años de inanición autoprovocada. La historia se la escuchaba a ella y al profesor Julio en la Escuela Preciosa Sangre que a pesar de ser escuela pública era atendida en contubernio entre el profesor Julio y el cura párroco Rogelio. La escuela terminaba a las cuatro de la tarde. Con el sol decadente caminaba cinco calles hasta la casa, allí me recibía el olor del hogao y sabía que en cuestión de una hora lo tendría sobre los frijoles cotidianos. En la mesa ante el plato humeante olvidaba las recriminaciones de Ella. Inevitable, mi nariz seguía el vapor flameante, despedido por la comida. Terminaba el gesto con la frente elevada, metiendo el olor en el fondo de la nariz.
 
 
Luego de comer, ella llamaba a cada hijo por su nombre completo y en tono solemne. Nos hacía sentar de nuevo para rezar el rosario. Lo hacíamos con voz económica, con palabras pronunciadas a la mitad, a media lengua. La atención estaba en la calle, después del rito vendrían los juegos, también cotidianos, pero por ser libres y gritados a todo pulmón, eran todo lo contrario de las rutinas de la casa y la escuela.

 
Los olores de la calle llegaban a la nariz. La calle en la noche olía distinto a la calle diurna. En la noche, el pavimento frío, dejaba llegar aromas lejanos, tristes, agrios, o alegres y dulces. Los comparaba con la calle caliente de sol, en el día. El pavimento atrapaba la canícula y neutralizaba los sentidos. Si algo quedaba en la memoria del olfato, estaba relacionado por el excremento de las caballerías de los Ortega. Ese cagajón sobre la calle del día, señalaba el lazo de la pequeña ciudad con el campo.
 
 
La Escuela Preciosa Sangre se construyó en una esquina robada al viejo cementerio. Ambos lugares estaban en el límite occidental de la pequeña ciudad. El olor de la escuela era rural. A la media jornada de los sábados el profesor Julio le puso el nombre de Sábados sabrosos y en ellos cantábamos acompañados por dulzainas; el profesor Julio sabía de canto y se lucía ante nosotros. Uno de esos sábados nos sacó de la escuela y trepamos la montaña. Cruzamos varias quebradas y entramos en un potrero. El profesor nos habló del ganado, su utilidad y los cuidados. Observábamos más con la nariz que con los ojos; pues la boñiga acumulada llenaba toda la imaginación e impedía pensar. Las palabras del profesor Julio eran sin pausa y explicaba que el olor intenso de esos excrementos a nosotros nos fastidiaba; pero que para las reses era su vida y que incluso el toro tenía un rito con la vaca para iniciar la reproducción de su especie. El toro olía los orificios traseros de la vaca y levantaba la cabeza hacia el cielo en acto que solo se explica pensando en lo bello de la naturaleza. Ese sábado en la mañana, así de golpe, entendí los reclamos de ella, cuando me servía la comida.

lunes, 9 de febrero de 2015

Letras contra el olvido

Cómo escribe y que dice la literatura colombiana de las últimas décadas, me ha interesado en estos años. Y ahora he tenido tiempo de meterme en la lectura de algunos escritores. Esta vez encontré en mi biblioteca personal El olvido que seremos, desde hace tiempo adquirido y también desde hace tiempo publicado. Lo fue en el 2006. Después de ocho años, he pasado mis ojos por las 274 páginas y en las últimas líneas el autor me recompensó con unas afirmaciones justas y pertinentes: estos hechos y quien los cuenta, lo hace para evitar el olvido, gracias a los ojos de “pocos o muchos que alguna vez se detengan en estas letras”.

Me pregunto ¿Cuáles son esos hechos que corren el peligro de ser olvidados? Y respondo: están en la memoria del autor y se relacionan, como él dice, con una deuda vieja para con su padre, un hombre conspicuo que vivió una vida de honda huella en la sociedad colombiana.

Ser hijo escritor de un hombre así, obliga dejar por escrito la historia de esa vida, más si ese padre es asesinado por sus ideas, por su práctica, por su dedicación a los demás. El relato de Héctor Abad es extenso, las palabras se atan a las imágenes y las imágenes, a veces, parecen unirse por libre asociación, pero la ilación permanece en el lector. Las tres o cuatro décadas inscritas, es un tiempo largo para la literatura. El lector percibe los ritmos de la fluidez de las palabras; a veces ágil y prolífico, otras difícil o esforzado; pero al final es reivindicativo y se siente el goce de leer un escritor avezado, genial.

Tengo una relación profesional con el discurso de la historia y un acercamiento a los hechos de la segunda mitad del siglo xx. Puedo afirmar que la tragedia de la república democrática, iniciada en 1810 entró en una nueva fase de agudización. El olvido que seremos, al ser la memoria de un hijo sobre su padre protagonista de esa tragedia, es el cumplimiento de una obligación más por el deber social que personal.

La utilización que hago del concepto de tragedia, no es para ocultar o velar los hechos; pero si obliga a explicar en qué consiste: la república democrática colombiana, fue organizada por una élite criolla, al aprovechar la coyuntura de la invasión napoleónica a España. El objetivo de esa elite fue claro desde el principio: lograr la plena propiedad económica, como la mejor forma de garantizar su preeminencia política, económica y cultural. Lo trágico está en las guerras periódicas, desde hace doscientos años, montadas sobre ese objetivo. Los poderes advenedizos, regionales o locales opuestos a esa elite, fueron acabados y sometidos con alianzas, frentes, coaliciones, de los poderosos. Los artesanos decimonónicos enfrentaron la libertad económica liberal, por ser su muerte socioeconómica; se les destruyó y exilió. Los obreros, en el alba del siglo xx se levantaros contra los bajos salarios y los horarios de trabajo extenso, se les destruyeron sus organizaciones y se asesinó a sus líderes. Dentro de la misma élite, hubo un sector que impidió el desarrollo del capitalismo, se le enfrentó con el coste de incendiar el país. Desde el Frente Nacional, la guerrilla de inspiración comunista, puso en evidencia la pobreza extrema al lado de la riqueza extrema. Ante su ascenso, la elite monta una cruzada de exterminio y diezma la población, antes que permitir la democratización de la riqueza y compartir el poder político.

Inmerso en esta tragedia está el padre del escritor. Él, dedicó su vida a darle conciencia sobre la causa de su situación, a los dominados, a los pobres, explotados, quienes por su misma condición no son capaz de adquirirla y luchar por si solos. Los que tiene la posibilidad de acceder a los bienes de la cultura, están obligados moralmente, a hacerlo y así lo hizo Héctor Abad Gómez. La agudización de la tragedia lo llevó a enfrentar y llevar a los tribunales a los tiranos con nombres propios, agazapados dentro de las instituciones. La tragedia colombiana lo llevó a ser un protagonista prestigioso de la lucha por la justicia y la igualdad. Abad Gómez fue eliminado por las elites bicentenarias, quienes organizaron un para estado armado para eliminar a sus opositores.

La literatura colombina de los últimos tiempos tiene ante sí, al menos desde la segunda parte del siglo xx, una temática insoslayable: la nueva edición del paraestatalismo, coloreada con la política, el narcotráfico y el exterminio de los opositores.
Guillermo Aguirre González