lunes, 6 de noviembre de 2017

Historia de un concepto con utilidad política



El proceso electoral que recién comienza en Colombia, tiene unos dejos comunes que lo hacen preso de una inercia grave. Uno es el juego loco de la política local nacional y otro la repetición de las fórmulas que dan réditos electorales. El juego loco es la promesa de un país con impuestos bajos, con un servicio de salud oportuno y con pleno empleo, entre muchas otras. Juego loco, porque el candidato que promete bajar impuestos o no imponerlos, miente deliberadamente y supone que cuenta con un elector receptor de la promesa, sin memoria o loco, pues la ausencia de memoria conduce a una enfermedad mental. La administración pública desde siempre y la contemporánea, vive de los impuestos, así que decir “no habrá impuestos”, como promesa electoral es un juego loco entre dos desmemoriados, el elector y el candidato. La salud oportuna, es una promesa incumplida desde su misma proclama, porque los enormes recursos del sistema, están en manos de quienes financian las campañas electorales. Se crea así una inmovilidad del sistema. El candidato elegido, con esos recursos, va a mantener el estado de cosas, por un pacto secreto o clandestino ilegal.

El otro dejo, es la repetición de la fórmula que dio réditos electorales inesperados, como la invención de un enemigo de la moralidad, de la tradición y del orden. Se repite la estrategia de meterle miedo al elector para hacerlo llegar a la urna electoral indignado y preso de pánico. En esa fórmula está el recurso a una palabra que indica un mundo conceptual muy propio, desde el alba del siglo veinte hasta hoy. Se le encuentra en la teoría muy mascullada en la literatura política de la primera parte del siglo, y llevada a la práctica de las relaciones sociales de la segunda parte del siglo veinte, para señalar la conducta de los otros. Se trata de la adopción del concepto “ideología de género” para meterle miedo a los electores que juntan la noción peyorativa de la palabra ideología con el terror sobre la educación sexual. Este terror está inscrito en la mentalidad de los cristianos romanos y protestantes colombianos. El cristianismo ocultó el cuerpo humano, y decretó una sexualidad reducida a un solo modo. Desde ahí satanizó toda otra práctica sexual, hasta el punto que hoy esas prohibiciones riñen con el Estado Social de Derecho colombiano que ha proclamado la sociedad colombiana como diversa, plural y con plena libertad religiosa y de credos. Desde el plano constitucional, llevado a la práctica educativa se adopta el “enfoque de género”, para garantizar el derecho de la diversidad; pero la utilización política y electoral de la moralidad tradicional cristiana, tergiversa el concepto y amarra el género al concepto peyorativo de ideología.

La palabra ideología, no tendría por qué causar miedo; pero por la permanencia en la mentalidad popular de la acepción más común, se recurre ella para cargarla con contenido de error y equivocación. Y este fenómeno tiene su historia, que puede llamarse la historia de un concepto, con sus propias etapas y periodos: la génesis, la expansión y el desuso. En la cultura media del hombre medio, quedaron los hilos de la expansión, por ser los más asequibles o comprensibles, y esto tiene que ver con el prestigio fundado por la izquierda del siglo veinte, que acuñó el concepto de ideología como el mundo del error. Las masas y las clases sociales que las componen, viven una cultura precientífica, compuesta de ideología y por eso son explotadas.

La génesis, la expansión y el desuso de la palabra ideología y su acepción, puede tener este desarrollo: tú perteneces a una clase social. Eres un ser social y estás determinado por la forma de pensar en la clase; es decir tienes una ideología. La novedad de la edad moderna está en la posibilidad que tienes de escapar de la clase y ser un individuo desclasado y sin ideología. El premoderno nacía y moría dentro de su clase, el moderno se puede mover hacía arriba o hacia abajo en la jerarquía social, por la libre empresa y la libertad de movimiento. Se pude andar por el mundo sin ideología, porque este nombre ha variado de acepciones desde su acuñación.

Inicia su historia en el siglo dieciocho como ciencia de las ideas y los iluministas querían con ella ayudar a construir un orden social racional, pues esta ciencia quería dominar la génesis de las ideas en la mente. Por eso los ideólogos, practicantes de esa ciencia nueva, cuidaban de las otras ciencias para que interpretaran y razonaran correctamente sobre el mundo. Pero en el siglo diecinueve, el marxismo acusó a los ideólogos de quedarse en la interpretación del mundo. El marxismo condujo el pensamiento hacia la transformación: no se trata de interpretar el mundo sino de transformarlo. Así el concepto de ideología cambia, vira de ser una ciencia dieciochesca a ser un ámbito decimonónico del error. Cuando se transforma el mundo, se va más allá de la interpretación, pues ésta, no es plenamente racional y es necesario que salga de la mera sensación y se proyecte hacia escrutinio de la experiencia y la práctica, para producir la verdad.

La ideología entra en el siglo veinte como sinónimo de error, el lugar de la superstición, de la no ciencia, de la falsa conciencia, de las creencias, de la opinión. Al poder le interesaba mantener la sociedad presa de la ideología y reservase para sí la ciencia, el conocimiento. Todos los aparatos del Estado producen y mantienen la ideología, como garantía de la dominación.

En la época de posguerras, el concepto de ideología, se desatiende y pierde la acepción peyorativa de mundo del error y adopta el del mundo cognitivo, porque todo aquel que esté inmerso en un lenguaje, tiene un dominio sobre su entorno. El ser humano, ubíquese en la época que se ubique, tiene un acervo cultural válido, pues le permite un dominio sobre la naturaleza.

La conciencia de clase atada a la ideología, se convierte en el presente, en una positividad que deja vivir. El término puede haber vuelto a su acepción originaria como lo es “la ciencia de las ideas”, pero ya no dirige el pensamiento social. Por la fragmentación de la sociedad ocasionada en la diversificación de las profesiones, se desliga la clase y la ideología. Ni los obreros, ni los intelectuales, ni los mandos medios, viven en el error, su mundo cognitivo está en permanente construcción, alimentado por la información profusa que contiene la virtualidad de las pantallas, de manera fragmentaria y de difícil organización.

Quitarle el contenido laico al concepto “enfoque de género” y ponerle el moralista y religioso que se lee en “ideología de género, es recurrir a uno de esos terrores que tenían inscritos en sus prácticas los izquierdistas de los años sesenta y setenta del siglo veinte colombiano, terrores apropiados hoy por los candidatos que quieren meterle miedo al elector para hacerlo llegar al puesto de votación, indignado y preso del pánico. El concepto de ideología por ser contrario a la ciencia e identificarse con el error, lo preconcebido a pesar de los hechos, también es contrario a la moral y la religión.

Imagen: Luis caballero. Sin título 1966. Óleo sobre papel entelado

domingo, 29 de octubre de 2017

Rostros con mordaza



El trato dado al contradictor político en la campaña electoral colombiana del presente, por parte de un sector partidista, es grosero, visceral y rastrero. Tres epítetos que revelan la carencia de propuestas para un país descoyuntado por la corrupción y la desigualdad. Publicar la fotografía de los opuestos, intervenida con vejámenes y oprobios incita a hacer una lectura de la condición del ser que lo hace.

Les han puesto una mordaza, se les ha manchado la apariencia y se escriben palabras amenazantes. Ahí está el querer. Los actos y los hechos comienzan con las palabras o las imágenes. En la historia de la cultura, las transformaciones sociales comenzaron con el nombre de lo querido y deseado. Nombrar para clasificar y luego apropiar o consumir. En el nombrar está involucrado el deseo por la apropiación de la cosa nombrada. El animal no nombra, identifica con el tacto y olfato instintivos, las bondades de la cosa a consumir. El animal humano nombra y delibera con distancia del instinto, para luego ejercer el acto de apropiar o consumir. Dominar lo nombrado.

El ser que ha publicado las fotografías intervenidas, representa el sentir del partido político al que pertenece y expresa en ese hecho su práctica política. El adhesivo en las bocas significa que quiere unos oponentes acallados por la fuerza de la violencia. O en términos llanos no quiere opositores. La suciedad puesta sobre las fotografías es el deseo dañar la piel, de flagelar el cuerpo. Se debe entender: “…cuando yo tenga el poder, les sellaré los labios y azotaré su piel porque piensan distinto a mí y a mi partido”; es lo mismo que ejercer el poder de decidir sobre la vida o muerte de los contradictores.

Esos rostros amordazados son el manifiesto de un pliego de intenciones de estirpe totalitario. Niega la democracia o no la entiende por diversas razones, entre la más visible la ignorancia. El deseo de destruir el otro, de imaginar un orden sin oposición, con pensamiento único, es propender por un régimen dictatorial. La cultura política colombiana tiene esa génesis. El bipartidismo adoptó el orden republicano desde 1848 con sendos manifiestos fundacionales del ser liberal o conservador. Adoptaron una república autoritaria y discriminatoria. Luego de ciento sesenta y cinco años, la obligación de reconocer la diferencia y los diferentes, para dialogar con ellos, se quiere ocultar, atacar, o borrar. Obligación creada por la experiencia cruel de las guerras civiles, la violencia soterrada del siglo veinte, la guerra de guerrillas y la purga siniestra de las autodefensas paramilitares.

La posibilidad de un gobierno próximo en Colombia de quien ha publicado las fotografías intervenidas y su partido, desalienta. Esperan la continuidad de la república autoritaria y discriminadora y lo peor, la continuidad del asesinato selectivo, las masacres de campesinos y la dictadura en los barrios de las ciudades del micropoder de empresas criminales.

La fragilidad de la democracia moderna exige unos administradores del Estado sensibles con la cultura política. Ellos deben ser capaces, por el estudio y la educación, de poner en diálogo permanente el interés privado con el público, en el espacio propio para el debate como lo son las JAL, los concejos municipales, las asambleas departamentales y el congreso de la república.

Saber que los intereses privados son múltiplex porque responden a la amplia gama de intereses de seres humanos desiguales en lo económico y en el pensamiento o en la concepción de las cosas del mundo. En Colombia hay protestantes, católicos, comunistas, socialistas, etnias, diversos sexuales, pobres, pudientes y demás que deben ser escuchados y satisfechos en sus demandas.

Saber que el interés público, por ser de todos no puede estar sometido a un solo interés ni agenciar las convicciones de un grupo o un credo. El ámbito público colombiano no es cristiano, ni comunista. En los edificios públicos y en las aulas escolares no debe exhibirse de manera institucional ningún símbolo que relacione con un credo. Lo público existe porque por el mismo, los intereses privados debaten y acuerdan una ruta pacífica para coexistir y resolver las diferencias; así dan existencia a lo público.

El saber y la capacidad de los administradores, deben estar potenciados por la voluntad de someterse al sentido humano de la política. La fortuidad de la existencia dice que el mundo depende de la vida donada y protegida por la humanidad. Esta decide hasta donde se puede llegar, transformando los conflictos. La sensibilidad, si no está, seguirá condenando al ser humano a una historia cruel.

Las fotos intervenidas plantean un ejercicio analítico. ¿El futuro se planea con buenas intenciones o con coerción? Aquí se ha recurrido a un llamado a la capacidad que da el estudio y la educación; es decir a la paideia. Es la buena intensión producto de una actitud ante el mundo, como lo es convencerse de la inutilidad de dedicarle la vida a la acumulación de riqueza porque se condena a la mayoría a una existencia miserable. El recurso de la paideia es equivalente a la utopía; insistir en la educación de los administradores para que hagan de la cultura política un acto de humanidad y aterricen la igualdad y la justicia.

Si la política no es un ejercicio de educación, es un acto de coerción, relacionado con los determinismos filosóficos. Estos tienen dos vertientes: el liberalismo y el marxismo. Ambos de genealogía moderna atan la política a leyes con una cientificidad sustraída de una supuesta observación. El liberalismo con su ley de oferta y demanda declara inocuo el ejercicio político porque el futuro está ya determinado por esa ley. El marxismo dice que las leyes del materialismo dialéctico aplicadas a la historia, hacen un materialismo histórico que determina el comportamiento humano y diseña el futuro. Ahí la política solo debe leer o consultar, no deliberar.

Las fotografías intervenidas, señalan una inclinación hacia el determinismo, metido en las convicciones de un grupo partidista. Por esas convicciones el mundo se tiene que comportar según sus dictados, acordados con la tradición de la república autoritaria y discriminatoria. En vez del diálogo y el debate, proponen la eliminación de los contradictores o mejor de la oposición.

Imagen: Amordazada de Jean Michael Basquiat 1990

domingo, 22 de octubre de 2017

Moldeado por derecha e izquierda

Es una conducta política muy fácil, ubicarse a la izquierda o a la derecha. La dinámica política colombiana de este tiempo pareciera que obliga a tomar una posición entre esas dos opciones, como si no hubiese otra. Es muy fácil meterse en esa dicotomía porque el mundo teórico práctico que ofrecen las dos, es igual, aunque en lo grueso son cóncavo y convexo, por ejemplo en lo que debe ser el Estado, la derecha lo quiere diluir y la izquierda le quiere dar todo.

Hay otras coincidencias, relacionadas con el ser de la autoridad en la sociedad moderna. A derecha e izquierda hay homofobia, son jerarquizantes, meritocráticos, aman la familia nuclear, practican el nepotismo y lo peor son servilistas, les gusta tener un séquito que les sirva obedezca y se les dé en servicio.

No hay enemigos a la izquierda puede decir cualquier derechista. A pesar de que los detentadores del poder en Colombia, quieren hacerle ver a los colombianos que la izquierda llevará a una venezonalización, lo hacen como argumento electoral coyuntural. Han satanizado a Venezuela para ponerla luego como ejemplo de lo que no se puede llegar a ser. Es un argumento banal, pero efectivo. Banal porque a la izquierda colombiana no le gusta la unión, y la que ya ha tenido experiencia en el gobierno ha fracasado. Efectivo porque el electorado colombiano es tan maleable como un muñeco de barro y está a merced de los medios de comunicación. Si los medios llaman a odiar a la Venezuela chavista, los colombianos lo hacen.

A la izquierda no hay enemigos, desde la coexistencia pacífica entre rusos y occidentales. La izquierda comunista perdió el sujeto de la historia, porque declinó la guerra como forma de asumir el poder. La clase obrera señalada por el materialismo histórico, como sujeto de la revolución y por lo mismo agente de transformación social, ha declinado, en el momento de decisión de terciar en las elecciones para administrar el Estado sin transformarlo.

Coexistencia pacífica quiere decir soportar el Estado capitalista, con sus respectivos contenidos o principios: propiedad privada, plusvalía y libertad económica o tiranía del mercado. Luego de la implosión de Rusia comunista, la coexistencia pasó a ser sostenimiento del estado de cosas, pues la libertad había que sostenerla como un absoluto transhistórico. Esta, así entendida, pone de acuerdo a ambos lados de la política.

La dicotomía izquierda derecha, ya no tiene sentido profundo. Los contenidos culturales se han confundido y han salido a la luz los contenidos formales de una oposición dirigida a nutrir el sectarismo visceral del muñeco de barro moldeado por los medios de comunicación. El sentido profundo lo fue esa concepción del mundo que le daba identidad a ambos lados de la dicotomía. Así la derecha es la heredera de tiranías, monarquías y esclavismos; se decide por el liberalismo o lo que es igual por la tiranía del mercado. La izquierda, construida en los estrados de la Asamblea Nacional francesa a finales del siglo dieciocho, hereda el sentido de medirlo todo con las dimensiones humanas y por eso los contenidos de la cultura están inevitablemente regidos por las relaciones sociales, entre ellos la libertad.

Estos sentidos profundos se atenúan y confunden, en el momento de la adopción de los comicios electorales como única forma de obtener el poder. La derecha puede declararse, liberal de izquierda y desde el poder dejar que el Estado intervenga la economía y la izquierda pude declararse de centro y aceptar movimientos económicos globalizantes como la flexibilidad laboral.

Se igualan cuando piensan en el ser humano sometido a una autoridad. El ser humano tiende por naturaleza al dominio y sometimiento del otro, es totalitarista. Solo la cultura, la civilización, opaca o neutraliza ese dictado o instinto, con el aprendizaje y transmisión del culto al respeto del otro, al menos del coterráneo y perteneciente al grupo. El poder cuando se ejerce contra la cultura se vuelve hegemónico y saca ese ser de la naturaleza. Todo poder dejado sobre su propia dinámica se vuelve absoluto y hace desaparecer el ser humano; en su lugar crea muñecos de barro moldeables según intereses.


El ejercicio de la cultura política, de generación racional, obliga a ponerle límite al instinto totalitario y oponerse a las hegemonías. La cultura política permite que sea la relación poder oposición, la que mantenga en equilibrio, precario o no, el predomino del sentido civilizatorio.

La derecha y la izquierda colombiana, no son opuestos, buscan el poder del Estado para hacer desde su propia orilla, lo que hace el otro. Nómbrese las experiencias vividas, la del Polo Democrático en la alcaldía de Bogotá 2008-2011, terminó en corrupción rampante, como cualquier gobierno de derecha. La del Movimiento Progresista de Gustavo Petro, disidente del Polo, 2011-2014, la nueva burocracia no dio la talla para gobernar una gran ciudad. La de Sergio Fajardo en Medellín 2004-2007, le probó a la derecha, que un gobierno de izquierda le garantizaba preservar la preeminencia, igual lo hizo la gobernación del departamento de Nariño de Antonio Navarro 2008-2011.

En Colombia se abre el espacio, en el espectro político, para una oposición a la derecha y la izquierda. Una oposición sin pretensiones de poder, dedicada solo a la opinión, y que obligue el empleo y cumplimiento de todos los medios y métodos para meter en la cultura a los colombianos; a ese mundo de la razón, regido por la igualdad y la justicia. Con acceso a los bienes de la cultura: educación para la vida y no para el trabajo, salud universal, vivienda para el libre desarrollo de la personalidad y un espacio público para el ejercicio del ocio. Todo dirigido a la creación del ciudadano colombiano culto y participativo, objetivo aplazado perpetuamente, desde el origen de la república.

Ambos, derecha e izquierda, pueden decirlo, no hay enemigos al otro lado, pues persiguen lo mismo, el poder como botín para la burocracia que los llevó allá, con la recolección de votos. El devenir los ha igualado. En la escena actual del momento electoral, despliegan infinidad de señuelos, todos asépticos; pero harán lo mismo.

Imagen: Pintura de Víctor Libertad. Exprisionero político colombiano 2014

domingo, 15 de octubre de 2017

Democracia angustia e inseguridad



Rodrigo Lara Restrepo, presidente de la cámara de representantes de Colombia ha actuado en este último tiempo como el portador del sentir de un sector de la sociedad. Ese sector ha heredado y tenido el poder político-económico, y ante la nueva arena política, saca a relucir sus fobias y a ubicarlas en los posibles contradictores, de los que sospecha harán una unión para disputarle el poder. Rodrigo Lara representa una imaginería política más visible ahora, de la siguiente forma, escuchada entre grabaciones y leída entre líneas.

Han ganado la administración del Estado colombiano, desde hace unas tres décadas, unos hombres y mujeres sin perspectiva histórica y por lo mismo con una imagen del ser humano para lo inmediatista y pragmático. Sus actos administrativos se dirigen a complacer la estabilidad de la tasa de ganancia del capital.

Entre esos actos administrativos están la flexibilidad laboral, por la que el sujeto trabajador colombiano entró a vivir en la angustia de la inseguridad permanente; la extensión de los años laborales, que dificultan el retiro y el disfrute de la edad de jubilación; la privatización de los servicios públicos, que ha reemplazado el servicio oportuno por el aumento de la tasa de ganancia del interés privado.

Esa imagen del ser humano de los nuevos administradores del Estado, concuerda con el neoliberalismo globalizado, para quien la vida es un insumo del mantenimiento y estabilidad del poder político-económico. Ese capitalismo globalizado, de imposible control, consume seres humanos, así como una máquina, consume materia prima. Por esa imagen, el concepto de humanidad ronda lo cosificado.

Estos hombres y mujeres que hoy tienen el Estado han sido educados en el más extremo culto del individuo, pleno de miedo a la inseguridad y a la desprotección, del orden impuesto por el capitalismo moderno. Estos, son muchas veces, advenedizos escaladores de jerarquías, con un mundo en sus cabezas regido por el lugar seguro del hombre arrimado al poder; pero con miedo a que su lugar se pierda o sufra amenaza, y por eso sus actos son la garantía de sostén del orden moderno.

Además de los advenedizos arrimados, están los descendientes administradores de los capitales acumulados desde la época colonial. Estos descendientes, pertenecen a un puñado de familias oligárquicas y aristócratas, preparados en las universidades en las que se imparte doctrina para la preservación del orden liberal global. Tanto los advenedizos como los descendientes, no conciben el ser humano como un sujeto lleno de dignidad por el solo hecho de existir, requisito necesario para vivir feliz.

La inseguridad y desprotección ocasionadas por el miedo a perder la estabilidad y compartir los bienes con la generalidad, ha llevado a los administradores del Estado colombiano a sembrar en el imaginario de los colombianos un culto por la política tradicional, a sabiendas que expanden el sufrimiento y condenan a la pobreza, cada vez, a mayor número de personas y familias.

Se puede leer y ver, en la actuación de uno de los administradores del Estado, el sentimiento de inseguridad y a la desprotección. Es el congresista Rodrigo Lara, hijo del asesinado ministro de justicia y hoy presidente de la cámara de representantes. El lunes 28 de agosto de 2017 sostuvo en una entrevista radial que aboga por la alianza entre los partidos Centro Democrático y Cambio Radical, para impedir que la izquierda llegue al poder en Colombia. Dijo: esto “es un imperativo para cualquier demócrata” (…) “los marxistas son muy buenos para hacer diagnósticos, pero cundo llegan al poder quieren estatalizarlo todo y llevan a un verdadero desastre a una involución en el desarrollo económico y social y en el desarrollo de las libertades”1

Se evidencia entre las convicciones del congresista, la de un desarrollo económico sin seres humanos y sin control estatal. La de una democracia y unos demócratas que quieren ser, evitando que una parte de la población, activa políticamente, llegue al poder; en este caso la Izquierda. Se evidencia, en Lara Restrepo una concepción de la evolución, reducida al predominio de la propiedad privada sobre los bienes públicos y la más terrible convicción de creer que la libertad humana es etérea, absoluta y sin anclaje en las relaciones humanas.

Esas convicciones son de un sector de la sociedad colombiana, reducidas a un enfoque sesgado sobre la cultura sin la complejidad necesaria de una concepción de la humanidad en la que todos debemos estar. Es una política excluyente, dedicada a pensar el mundo desde la estabilidad de la propiedad de los dueños de la riqueza monopolizada.

La humanidad ha construido la cultura, para nombrar todo lo que la amenaza y así poder controlarla misma amenaza. La cultura concebida desde una parte de la sociedad, termina declarando la otra como el enemigo pleno de todos engendros involutivos. La cultura constructo de la humanidad, debe derrotar el hambre, la inclemencia de la naturaleza, el miedo a lo inexplicable, el dolor y la angustia de la existencia; pero a partir de la modernidad, y la construcción del individuo, la cultura se redujo a un sector de la sociedad, el mismo que se ha apropiado de los bienes, entre ellos el más preciado: la libertad. Se es libre si se deja actuar las fuerzas del interés individual, materializado en el tener, acumular, comprar y vender, desconectados del interés general.

El miedo a la estatalización, es el miedo al control social sobre la riqueza de la sociedad. El devenir de la democracia colombiana, luego de doscientos años de exclusión, violencia y el consecuente derramamiento de sangre, sintetizados en el concepto “historia de la crueldad”, ha optado por desarmar los grupos alzados contra el Estado. La resultante está en la creación de una arena política en la que se va a jugar y luchar por el debate social, por el diálogo, el parlamento, la confrontación de idearios; la participación de todos en las decisiones sobre el futuro del país. En otras palabras recuperar el sentido cultural de la política como el espacio-tiempo en el que se piensa la humanidad y no una parte de ella.

Los miedos de Lara Restrepo, son los miedos del sector social que representa, expuestos con falacias; pero que en el fondo de su concepción excluyente de la cultura, funcionan como inseguridad y desprotección, ante el debate abierto y franco sobre esa “historia de la crueldad” colombiana. El terreno ganado por la política saca el ser social de todos los participantes. La confrontación obliga a ver y entender al otro, porque ya no se puede eliminarlo físicamente.

1. Lunes 28 de agosto de 2017. Noticias caracol radio. Entrevista a Rodrigo Lara Restrepo, Darío Arismendi.

Imagen: José Gabriel Acuña. Los Hijos de La Violencia. Colombia 2012