miércoles, 4 de febrero de 2015

La semilla de algarroba

Las palabras son cosas. Cuando el dedo índice de Enrique señalaba en mi casa, un rincón del corredor de entrada, trunco por una pared saliente, para mostrarme una pepa de algarroba labrada con intensa dificultad, hasta darle forma de anillo obispal, y me decía ser obra de brujas, veía esa fruta marrón con alma café pastel, como negra protuberancia diabólica, nacida justamente en el ángulo más recóndito del rincón, el punto de encuentro del piso con dos paredes.
 
Enrique me doblaba en edad y conocía mis miedos producidos por esa mentalidad infantil capaz de transformar las palabras en cosas, de materializar los sonidos de la boca. Sabía que lo admiraba tanto como a su perro, Sila,  un collie escocés dorado y blanco. El dominio sobre el animal me hacía ver a su dueño como un ser con poderes. Él escuchaba mis relatos fantasiosos y luego al día siguiente me hacía burlas sobre los sueños pesados llenos de los seres de los relatos. Mamá le contaba sobre mis pesadillas y Enrique reía. Vivía con su madre, a la que le decíamos la señorita Emilia, en una casona inmensa de paredes altas y forradas con papel decorado. Ella siempre hablaba de historia antigua. Emilia  y mi madre pasaban un par de horas todas las tardes conversando sin detenerse. En el tema muchas veces estaban griegos, persas y romanos, Circe y la desgracia de Ulises. Me gustaba escucharla escondido para que la presencia de mi corta edad no la obligase a ahorrar palabras o esconderlas, como lo había percibido algunas veces. El collie tenía tres años y había llegado a una estatura que le permitía al pararse en sus patas traseras abrazarse a las personas con fuerza inevitable. Una tarde, pasaba frente a la casa de la señorita Emilia, Lola Mejía. Muchacha de quince años y un cuerpo turgente por la madurez, pelo castaño ondulado y miel en la piel. Estaba de una falda corta de tela delgada para que sus formas se insinuasen. El collie, Enrique y yo sentados en el quicio de la puerta de la casona, vimos como el perro luego de mirar a Lola, saltó suave sobre ella, la abrazó, la sintió como una perra y comenzó a fregar el sexo contra sus nalgas. El llamado al orden de Enrique no se escuchó suficiente, fue necesario golpear a Sila.
 
En la noche la escena entró en mis sueños, como todo lo que lograba atrapar la atención en la vigilia, hechos o palabras. Una collie con la cabeza de Lola, desapareció entre los brazos de Sila. Mis gritos chocaban contra la fronda de pelo rubio del animal y se devolvían contra mi cuerpo estremeciéndolo; pero en realidad era mamá quien trataba de despertarme.
 
Aprendí a labrar las pepas de algarroba. Era dispendioso en extremo. Se lograba perforar por el centro, luego de largas horas de limar con ángulos de vidrio grueso y filoso, el corazón, lograr un orificio y agrandarlo hasta que entrase en el dedo anular. Lo logré. Enrique, el collie Sila y la señorita Emilia se fueron del barrio. El miedo al rincón del corredor, creado por Enrique y yo,  dio paso a otros miedos, construidos por otras palabras. Esta vez salieron de la radio de pasta beige y marrón, los mismos colores de la semilla de algarroba. Muchas tardes, a la hora vespertina, se lanzaba al aire varias radionovelas. Las urgencias del juego callejero me impedían seguirlas con regularidad. Pero un pasaje secuencia fue a mis sueños pesados: unos exploradores ubicados en África, buscaban diamantes. Sus excavaciones se toparon con un laberinto. Creyeron haber encontrado una mina y comenzaron a recorrerlo; pero el entusiasmo se transformó en terror.  Escucharon unos alaridos tronantes y luego de grandes dudas, decidieron hallar el ser que producía  esas voces monstruosas. Hallaron un humanoide de varios metros de alto, con un solo ojo en la cara y semidesnudo. Lo soñé y quise controlarlo con los rayos emanados de la fruta de algarroba convertida en anillo poderoso. Pero el monstruo se aproximó a mi cara y de nuevo mamá aparecía a mi lado tratando de despertarme con suaves movimientos. Al día siguiente dibujé un Polifemo sacado del sueño y de la voz de la señorita Emilia, porque las palabras se convierten en cosas.
Guillermo Aguirre González

viernes, 30 de enero de 2015

La minifalda roja de Isolda

Coincidencias ocurren con todos los días. Hace meses adquirí la novela El mundo de afuera. La he leído en este mes de enero y me causó sonrisas solitarias, cuando detecté que el símbolo identitario del texto es una minifalda roja. Escribí un texto sobre el sentimiento decembrino y también tomé la minifalda roja de Sabina, muchacha de finales de los años sesenta, como símbolo. Coincidencia feliz, para mí. La novela de Jorge Franco es una intensa escritura con un manejo del tiempo y el espacio impactante. Se encuentra un motivo permanente para adelantar los acontecimientos o remembrarlos, según el antes y después del hecho central: el secuestro de Diego Echavarría por el Mono Riascos.
Antes o después se presentan los espacios o los escenarios y en ellos desarrolla actos de los personajes de manera simultánea. Parece complicado el método, la técnica o el estilo narrativo. En un solo apartado se conjugan hasta cuatro escenas en lugares distintos y distantes. Con un poco de atención del lector, se puede llevar el hilo de los acontecimientos. Se está en Berlín y a la distancia de un párrafo, se está en el castillo del Poblado y por otro, en Santa Elena o en el centro de Medellín.

La palabra les es dada a todos los personajes y se detecta que entre quienes más hablan está el narrador omnisciente. El lector debe elegir entre el secuestrador Mono Riascos y el fisgón enamorado de Isolda, sin nombre. Ambos enamorados de esa niña, hija de Diego Echavarría y la alemana Benedicta. Ambos tienen como referente de su deseo, la minifalda roja. Hasta la aparición de esa prenda, símbolo de la liberalidad femenina de los años sesenta del siglo xx, el narrador se confunde con el secuestrador. Isolda hurta la pequeña falda en una tienda en la que su madre le compraba los vestidos recatados, acordes con la moralidad conservadora de la burguesía antioqueña. La niña adolescente se pone la prenda y baila para un grupo de muchachos colados en los predios del castillo, en ese grupo está el Mono Riascos. Ahí en ese momento aparece el narrador omnisciente y expresa su envidia y desilusión por no estar entre los muchachos. Ahí toma distancia y se entiende que el narrador es un vecino pudiente del sector, que fisgonea la vida de la gente del castillo.

El lenguaje de ambos personajes se distancia y se cruza a la vez. El Mono Riascos a veces parece más culto que el fisgón narrador. Ama la poesía de Julio Flores y esto lo hace más delicado en el hablar, aunque sea el jefe de una banda de ladrones, atracadores de bancos y en el tiempo de la novela, secuestradores. El fisgón narrador a veces se pliega a la jerga de la calle y se vuelve impostado, porque sabe de las calles de Berlín, de música clásica y de la segunda guerra mundial. Pero deja que el lector se construya una semblanza de la delincuencia de los años sesenta del siglo pasado. Parece un residuo caricaturesco de las mafias norteamericanas de los años treinta o unos camajanes bribones, para ser bondadoso con el escritor.

La novela, sí me hizo poner al frente de la banda del Mono Riascos, las delincuencias que llegaron después, ante las cuales, la del Mono aparece más humana o mejor, más ingenua. Son timadores, oportunistas ante el descuido de una ciudad confiada. Después de los años ochenta las bandas, son cruzadas por lo político y eso las hace despiadadas, hasta infligir dolor a sus víctimas. El Mono Riascos, pensaba cobrar el rescate e irse luego para el exterior a disfrutar el botín; él y sus compinches eran seres independientes y de alguna manera solidarios con sus víctimas, pues delinquían por los azares de la vida. Las bandas híbridas de narcotráfico, política y paramilitarismo, de los ochenta en adelante, estaban en red. Los grandes jefes ordenaban un atraco, un magnicidio, una entrega de droga o una masacre. Esto se cumplía y luego, el mismo jefe mandaba otros a limpiar las huellas, para cortar los procesos de investigación y garantizar la impunidad.
Guillermo Aguirre González

jueves, 22 de enero de 2015

La procesión

El vestido entero y la corbata estuvieron listos desde anoche. Antes de las once de la mañana del Viernes Santo, me vestí rápido pero aplicado. Salí de la casa con los hermanos. Llegamos al parquecito de Andalucía. Desde allí sale todos los años la procesión del viacrucis.
 
A las doce del día el calor era mucho dentro del vestido y veía a todos los de mi lado abanicarse con la cartilla de las catorce estaciones; este calor lo aguantábamos por las palabras poderosas del padre Pérez. Decía que estábamos en medio del sacrificio, equivalente al dolor que sentía Cristo por sus llagas y señalaba con el dedo y el brazo izquierdo muy estirados al Señor Caído, que en ese momento me parecía más ensangrentado que todos los días.
 
El sermón del padre Pérez, estaba a punto de darle inicio a la primera estación, cuando un rumor se sintió en la gente y desde la altura de la cintura de las señoras y señores, vi las caras mirar hacía la casa de Jonasito. El rumor decía... lo mató, lo mató, lo mató el hermano.
 
Entre piernas largas y barrigas de gente grande me metí y llegué a la puerta de la casa. Estaba cerrada. Detrás se escuchaba llorar una mujer y una voz de hombre viejo, entre palabras feas, decía: ya viene la policía.

Un acólito vestido con túnica blanca habló en el oído del padre Pérez. Se rezó la primera estación muy rápido y se sacó la gente del parquecito de Andalucía, hacía la segunda estación del viacrucis, cuyo altar estaba organizado en la casona de los Naranjo, dos cuadras más abajo.

Me quedé en el parquecito con otra gente frente de la casa de Jonasito. La puerta era de tablones gruesos unidos por otros, atravesados, que daban la apariencia de fortaleza. Y así era porque allí guardaban “carros de caballos” y materiales de construcción. A veces entraban camiones.
 
La gente se dividió entre los que nos quedamos y los que se llevó el padre Pérez. Fueron más los que siguieron en la procesión. Me tocó ver llegar la policía con un señor de corbata, pelo fijado, bien peinado y brillante, que llevaba una máquina de escribir y a Alfredo el hijo menor de Jonasito sentado en la acera, dos puertas más arriba, borracho, llorando y diciendo... ¡lo tuve que matar!
 
Escuchaba decir que desde muy temprano los dos hermanos comenzaron un alegato, con golpes y perseguidas y que casi a las doce del día Alfredo le pegó al otro una puñalada en el pecho.
 
Me halaron de un brazo, era Alba que me sacaba y regañaba por haberme quedado. Alba mi hermana mayor tenía el rostro rojo por el calor y el vestido negro. Alcanzamos la procesión que ya estaba en la tercera estación del viacrucis. El padre Pérez seguía con su sermón interminable, contestado por todos con el canto leído en la cartilla. El cuerpo del hermano de Alfredo no se apartaba de mi pensamiento. Imaginaba la camisa perforada por el cuchillo y su sangre brotar de la herida del pecho. Conocía a Edilma a Alfredo y al muerto desde el primer día de kinder. Éste quedaba en una casa grande con patio en el centro y un solar con mangos y naranjos, donde pasábamos el recreo. El kinder estaba una cuadra arriba del parquecito de Andalucía. La maestra era una mujer blanca alta, casada con un señor gordo, moreno y más bajito que ella. La maestra a la que le decíamos la señorita Delia repartía la clase entre atender la asfixia de su marido y el escribir en el tablero. Casi siempre era más importante su marido que nosotros, por lo que había muchos recreos.
 
Para llegar al Kinder, tenía que pasar por el parquecito de Andalucía y allí veía todos los días a la familia de Jonasito. A Alfredo y su hermano los veía entrar o salir en el “carro de caballo”, cargando ladrillos, arena o piedras. Por ello tenían cuerpos musculosos y hablaban duro. Alfredo siempre estaba regañando a su hermano, por dejarle la mayor cantidad de trabajo, por maltratar a Edilma y desobedecer y robar a Jonasito. Edilma casi nunca salía de la casa, se la veía mirar por la ventana a sus dos hermanos, sentados en la acera del parquecito, o se le oía llorar cuando los hermanos, dentro de la casa, se golpeaban.
 
Los hermanos, casi todos los días bebían aguardiente, y así trabajaban; así los niños del Kinder, teníamos que verlos. A veces jugábamos en el parquecito porque la señorita Delia tenía que salir con su marido para el hospital y nos soltaba a media mañana o a media tarde. El parquecito era redondo, tenía jardineras en triángulo y en el centro una fuente de forma irregular forrada en azulejos. Las jardineras tenían lirios amarillos y pequeños avisos en metal donde leíamos con dificultad “nnn… no ppp… pi… se lll… la gr gr graam ma – no pise la grama”. Nos metíamos en la fuente. Los hijos de Jonasito, no gustaban de vernos jugar allí. Trataban de atraparnos, esto nos daba miedo y corríamos a nuestras casas.
 
Alba cantaba en la procesión con la voz clara como cuando cantaba los tangos que le dedicaba Gilberto desde la cantina de don Leonardo. La veía entregada. Terminado el canto, seguía el sermón del padre Pérez. En ese momento, Alba y todos los demás, comenzaban a hablar pasito con quien tenían al lado. Alba con mi mano en la suya desde que me sacó del parquecito, le dijo a una señora con pañoleta de dibujos blancos y negros y de su misma estatura: Eso tenía que terminar en tragedia, ya la Inspección sabía y por eso Alfredo vivía encima de él a pesar de ser más joven. Por eso la pobre Edilma casi no salía de la casa, estaba avergonzada de lo que el muerto hacía con ella.
 
La sangre quieta de las llagas del Señor Caído, la sangre chorreante del pecho del hermano de Alfredo, el llanto encerrado de Edilma, el calor que causaba el sol de medio día dentro de mi vestido entero, hicieron girar la procesión en mi cabeza. Solté por fuerza la mano de Alba y me saqué la corbata y la chaqueta. Alba pellizcándome el hombro dijo: “en la casa arreglamos desgualetao”.
Guillermo Aguirre González

 

 

viernes, 16 de enero de 2015

Las yerbas, las aguas y el cielo rojo

El olor de los vinos y licores pasan la puerta del bar como vapores que delatan el consumo. Los transeúntes miran atraídos luego de otear el vaho. Hoy tengo nostalgia y entre sorbos, aprecio la permanente expansión sostenida desde los días primigenios del siglo xx, como el padecimiento de la ciudad de las telas y los rieles; esta actividad ha funcionado como atracción para hombres y mujeres de la región, incluso extranjeros que vinieron a vender sabiduría sobre tramas, urdimbres, aceros y electricidad. Las gentes desbordaron el núcleo madre de la ciudad, regido por dos largas calles tendidas de sur a norte, entre las cuales se puso a la venta territorios que antes existieron como fincas de pancoger. Los atraídos por la novedad de los rieles y las telas, no pudieron comprar las fincas, presionaron a los dueños raizales con ofertas de compra de partes o lotes pequeños. Resultó entre las dos calles originarias el fenómeno del callejón sin salida. La venta de lotes se hizo al azar, con una única percepción sobre el espacio: dejar un camino para entrar y salir. En las casas que construyeron, hay un siglo de intuición arquitectónica. La choza de bahareque tiene el tiempo ancestral, las casas de tapias y tejas de barro cocido son frescas en verano y cálidas en invierno. Las casas de ladrillo fueron la opción de los llegados casi en masa, expulsados del campo por la violencia política de los años cincuenta. El ladrillo de barro cocido es una unidad versátil y permite armar una construcción rápida apropiada para los afanes de los nuevos inmigrantes. La frontera de las dos calles largas del origen fueron traspasadas y la ciudad creció unas veces pensada y trazada, pero las más de las veces, al azar. Este azar es el que se encuentra en los callejones de mi barrio. En la memoria se quedó, no solo en la mía, en la de muchos otros debe estar, la vida azarosa de Mayita Gonzaga, mandadero experto, cumplidor de las misiones con agilidad y oportunidad. Caminaba repitiendo en voz baja la tarea encomendada.
 
Fue parido con dificultad. Cuando asomó la cabeza al mundo fuera del vientre de su madre se detuvo el esfuerzo del nacimiento. La partera le debió halar y por eso su familia explica el cuello largo que lo caracteriza. En el ámbito de la memoria, le veo temprano, todos los días, ir de callejón en callejón. El espacio de su cotidianeidad tiene forma de U. En el centro está el callejón de Ilduara García. La señora raizal, de porte aristocrático, pelo negro y piel clara. Su casa es una heredad de origen colonial, ahora inmersa en un vecindario con gentes venidas de las zonas rurales aledañas, quienes se aposentaron en desorden y le dieron a la callejuela ciega una forma laberíntica.
 
La U dirige sus brazos al norte. Cuando Mayita sale de ella se dirige a su derecha al callejón de la arcaizante Felipa Ramón. Esos ámbitos son bellos. Felipa vive en una casa de Tapias altas, amplias puertas y ventanas de madera pintada de rojo con cristales de colores. Las otras casas están alineadas sobre una calle amplia. El callejón de Felipa termina en una arboleda con mangos, aguacates y carambolos, separada de la calle por un lindero de liberales lechosos.
 
El callejón de la izquierda tiene el nombre de otra mujer, la de las yerbas. Ella llegó de Dabeiba a mediados de los años cuarenta del siglo pasado y trajo consigo un saber homeopático que le dio fama de curandera en el barrio. El callejón de la india Benita, a diferencia de los otros, se le dio el nombre de un inmigrante. No tomó el nombre de la familia raizal dueña de la tierra que se vendió a pedazos, por el fondo de la entrada de servidumbre de la casona de los López de Mesa. Este callejón estrecho, hacía inevitable el contacto de los vecinos e imposible la vida privada.
 
Mayita Gonzaga hombre de veinte años, combinaba en sus actos y lenguaje las ideas, conductas y gestos de las tres señoras. Ellas y él se tenían una confianza mutua extrema. Muchas veces cuando la noche le atrapaba, era invitado a pernotar en sus casas. Ilduara García le confiaba el correo con sus deudores y el cobro de dineros. Mayita la trataba con nombre propio y escuchaba con atención dogmática la historia siempre repetida del aporte de los García al bienestar de los pobres de la ciudad. Le hablaba de la relación indisoluble del catolicismo con la nación y de los abusos de la democracia liberal para con las familias con derechos coloniales. Cuando Mayita repartía limosnas en nombre de su protectora, estiraba el portento de su cuello alargado y hablaba en voz alta sobre el camino al cielo ya ganado por Ilduara, por esa voluntad de desprenderse de parte de su riqueza para favorecer a los pobres. Pero su discurso se truncaba cuando se le atravesaba en la cabeza el olor de la casa de Benita.
 
Una noche de lluvia, debió quedarse en el callejón lúgubre de las yerbas. La india Benita hacía quemas cotidianas y llenaba la estrecha calle sinuosa de aromas enervantes. Mayita sintió el peso de su cabeza, pero gustaba de eso, por tener pensamientos claros y agradables. Recorría sin moverse las calles del barrio y pasaban ante sus ojos los amigos, los vecinos. Detallaba sus vestidos y sentía gozo al verlos limpios, con sus caras risueñas. Lo sacó de su introspección, la voz gangosa de la india Benita. Ella le habló del poder de los espíritus de los vegetales, de los cuerpos que viajan sin moverse y de la felicidad que habita en las aguas corrientes. Las imágenes producidas por las palabras de la india Benita se grababan para siempre en la memoria de Mayita. El rito se interrumpía cuando tocaban la puerta y él debía levantarse para abrirla y entregar al visitante furtivo un paquetito a cambio unas monedas que aumentaban el dinero de la india.
 
A Mayita los mundos se le cruzaban y no sabía quién era. Con esta actitud llegó a la casa roja de Felipa, una tarde. Recibió la encomienda de traer de la tienda de Clodomiro, por los lados del ferrocarril, unas botellas de aguardiente. Ágil y presto llegó con ellas a las seis, cuando comenzaba la oscuridad. Felipa ansiosa tomó una, la puso entre sus ojos y la luz de un bombillo y sonrió, haciendo un gesto de aceptación. Felipa Ramón sirvió dos copas, ambos bebieron. Ella degustó y Mayita se estremeció. -Hombre aprende estas cosas de la vida- dijo la mujer morena con pelo en bucles negros y con un vestido que dejaba ver parte de sus pechos aun duros. Ese trago limpió el pensamiento de Mayita de las huellas de los otros callejones y las palabras de sus mujeres. Felipa le habló de la libertad instaurada por su dios permisivo, del gobierno corrompido de la dictadura y de cómo el pueblo estaba embrujado por el brillo de los uniformes de los militares. Mayita trataba de mirar el callejón por una de las amplias ventanas, pero Felipa le tomó la barbilla y lo obligó a mirarla a los ojos. Hombre –continuó- nadie en Colombia ha hecho justicia con los pobres y los trabajadores, como los liberales. Vos tenés que ser liberal y pelear contra esta dictadura. Se sirvieron otro trago. Mayita sintió el paso ardiente del licor por su largo cuello y produjo un sonido como de jirafa. Recordó las palabras de las otras mujeres y pensó en un cielo rojo, en los espíritus que habitan las aguas y en el bienestar liberal.
Por Guillermo Aguirre González

lunes, 22 de diciembre de 2014

La minifalda roja de diciembre

La minifalda roja de diciembre
Guillermo Aguirre González

Ahora hago memoria o remembro acontecimientos y personas para solazar el ánimo. Cuando hablamos de navidad es inevitable evocar. El último mes del año lo esperábamos llenos de expectativas y gozos. Los pantalones cortos entraban en receso. A todos nos compraban bluyines de un índigo nacional de poco lustre pero cubrían todas las piernas y nos dejaban una sensación de hombres grandes. Éramos cinco con edades entre catorce y dieciséis años. Los acontecimientos esperados en diciembre tenían una magia secreta que hacía de nosotros unos muchachos de risas sin fin, por el bar, la pólvora, el agua de la quebrada o el pesebre.
El negro Ariza, nos llevaba por los bosques cercanos de la ciudad para recoger los adornos del bar. Esas caminadas eran como el preludio maravilloso de la alegría, del olor y el sabor de los treinta y un días siguientes. Ariza le colgaba al cielo del bar melenas y bromelias silvestres, el piso lo llenaba de carnaza gris, para mitigar las manchas y riegos de licor regurgitado por los que se excedían. Eso lo hacía porque la clientela aumentaba hasta el lleno total y se la pasaba bailando, en solitario, Los sabanales de Calixto Ochoa, llenos de esperanza por algunos besos de esas muchachas abundantes del barrio. Nosotros esperábamos esos momentos porque podíamos colarnos en el baile y el negro Ariza lo toleraba, a pesar de estar expresamente prohibido tener menores de edad en los bares. Al Bailar y escuchar Los sabanales, soñábamos tener los besos de Marucha de carnes turgentes y templadas. Marucha sobresalía entre las demás por sus pasiones decembrinas de pesebre. Ante él, rezaba la novena navideña y sufría unos extraños temblores que hacían moverse con ritmo sus pechos y nalgas.

Apretujados con la multitud que se concentraba en el parque Santander para ver los fuegos de pólvora, volábamos extasiados en medio de los estallidos. No había conciencia del otro, todos, por una hora, tuvimos la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos fijos en las luces de colores contra el oscuro cielo de la noche. Una de esas tardes, Marucha compraba algunas cosas en el granero de Don Miro, yo compraba otras. Me dijo:

 –No te vi en los fuegos-

-Sí, estuve desde el principio hasta el fin con los muchachos- le contesté y le miré los ojos de miel. No dijo más. Salimos con las compras del granero, le vi alejarse con las piernas descubiertas. Marucha quería acortar su falda y nosotros bajarle las botas a los pantalones. El que no nos viera en los fuegos, se comprende, allá todos miran solo el cielo de la noche y las luces de la pólvora que en ese mes se repite siete veces por las celebraciones de la Virgen del Rosario.

A mitad del mes, casi automáticos, nos reuníamos en el callejón de los Tabuaica. Se decía que el nombre de esa calle estrecha y laberíntica, fue el resultado de la venta al azar y por lotes, de la tierra de la familia Tabuaica. La calle apareció en el mundo sin ninguna razón de ser arquitectónica. Los vecinos construyeron sus casas al lado de la otra y dejaban por pura necesidad e instinto, un espacio para poder entrar y salir. Otra de nuestras ansiedades era el pesebre de los Tabuaica. Se hacía en la vieja casa paterna de la familia y quedaba en el fondo del callejón. Milo Tabuaica, el mayor, era experto pesebrista. Elaboraba el de varías iglesias parroquiales, pero dejaba para el de su casa las mejores ideas. Se ingeniaba pequeños riachuelos serpentinos y a cada lado ponía un microcosmos de pueblo para el divino. El pesebre y el pueblo en la cabeza de Marucha estaban atados en su imaginación. Ella hacía regresión. Se trasladaba a la época del año uno.

Marucha era la única hija de Alfredo Mesa ferviente creyente y de voz atronadora. Era quien entonaba las oraciones en las misas de calle, en los velorios de los vecinos más conocidos, en las procesiones de la semana santa y en las novenas de navidad, a las que más esfuerzo dedicaba. Todos los Mesa recitaban la novena de navidad, Alfredo los obligó a memorizarla. La tiraban al aire, cuando se la pedíamos. La versión más escuchada por nosotros fue la de Óscar Mesa contemporáneo nuestro. Él no participaba de la cofradía de los cinco, fue un poco retraído. Óscar conectaba la voz con el cerebro, se erguía, miraba a la nada y con la frente alta, la novena le salía a borbotones por la boca. Marucha Mesa no se relacionaba con la novena así. Ella no la vocalizaba. La vivía. Sabíamos que en la novena de navidad en casa de los Tabuaica veríamos a Marucha sudar y temblar ante el pesebre y la voz de su padre.

El sábado 22 de diciembre, los cinco muchachos corrimos hacia el campo, nos metimos en el agua clara de la quebrada del Hato. Volvimos cuando el sol cayó, en medio de empujones, persecuciones, boxeo, gritos y siempre con risas contagiosas, pactamos visitar el pesebre Tabuaica a las siete de la noche hora de la novena de ese día. La noche recién entrada era muy calurosa, en el callejón entraba muy poco viento. Nos encontramos bajo los bombillos eléctricos de luz amarilla, sentados en la acera del frente. Vimos entrar a los vecinos. Marucha llegó vestida con una minifalda roja y una blusa apretada y blanca. Entramos tras ella. Su padre había llegado antes y esperaba el momento de comenzar, sentado al lado del pesebre lleno de solemnidad. Tocaba el turno al séptimo día. Alfredo, pasó la mano por las abundantes canas de su cabeza, interrumpió con mano levantada la bullaranga de los sonajeros, cascabeles, trompetines de plástico y tambores de hojalata. Entonó: “Consideración del séptimo día. Representémonos el viaje de María y José hacía Belén llevando consigo aún no nacido…” –Marucha, centro de nuestra atención, levantó el pecho y dirigió el oído hacía la voz de su padre quien terminó la frase-. “…al creador del universo, hecho hombre” –la muchacha de ojos miel templó todas las carnes de su cuerpo y comenzó a temblar. Su mirada fija en el pesebre insinuaba que estaba transportada al Belén del año uno, que el tiempo había retrogradado. Sudaba, su rostro gesticulaba, sus labios espumearon un poco y parecía hablar en una lengua desconocida. Sus pechos húmedos por el sudor transparentaban la piel joven. Luego de unos minutos relajó el cuerpo, su cabeza se inclinó leve hacía un lado y la mirada de miel volvió a su rostro tranquilo de siempre. Dos mujeres la tomaron de los brazos y la ocultaron en una habitación. Alfredo Mesa nunca interrumpió el rezo de la novena, estaba acostumbrado a los trances de su hija y a muchos otros. Sabía del poder de la palabra. Sabía que una voz fuerte y bien entonada puede hacer desfallecer a los débiles cuando se narra la vida de los héroes fundadores o creadores del mundo.

Volvimos a ver la minifalda roja de Marucha salir de una puerta y esta vez se nos acercó y comenzó a hablar y decir cosas triviales como si nada.

martes, 9 de diciembre de 2014

Comentario sobre Viaje a la semilla

El cayado del retorno
Guillermo Aguirre González

El hombre viejo de estirpe africana se sienta en el pedestal de una Ceres vigía de la casa y apoya el mentón sobre su cayado inseparable. Observa con atención el trabajo de los obreros que demuelen la casa de estilo grecorromano, en la mitad del siglo diez y nueve. La casa está en el suelo, las columnas, los capiteles, los arquitrabes, cornisas, puertas, cerrojos, tejas: ¡Todo! Los obreros volverán luego a recoger los escombros.

El africano viejo deja de meditar. De repente se yergue, traza signos aéreos con su cayado y hace que la casa comience a recomponerse, como una película en reversa. Los elementos de la casa vuelan a su lugar originario.

Los habitantes de la casa vuelven viejos, así como la abandonaron y comienzan a rejuvenecer y a desandar la vida. Alejo Carpentier para esa involución, en el momento en el que la casa va a construirse por primera vez. Está el terreno en el que ha de levantarse. Los obreros demoledores llegan a recoger los escombros. No encuentran nada, no se conmueven, suponen que alguien lo hizo por ellos y así lo informan a la empresa que los contrató.

El tiempo de Ceres y el del africano viejo son iguales. Es un tiempo circular, arcaico. Es el eterno retorno. Todo vuelve a empezar eternamente. Ese mundo lo vivieron los seres humanos de la edad de los mitos. Es una metafísica en la que el mundo se organiza a la manera del origen magnífico de las cosas. Hubo un orden primigenio instaurado por los dioses. Ahora todo lo que se hace, imita ese primer momento creativo e invoca las mismas fuerzas genitoras. La vida de los vivos, muere y vuelve a ser creada por el mismo arquetipo.

El hombre negro viejo, en América, tiene los mitos de su nativa África, por los que puede convocar la fuerza de sus dioses creadores del cosmos, del orden, para rehacer las destrucciones del hombre europeo, adscrito a un tiempo sin retorno, irrepetible; pero ambas tradiciones hacen simbiosis con un tercer incorporado, el mundo naturalista indígena en el que el agua, las plantas, los astros y los animales son el principio. Las tres tradiciones cran una cultura nueva. En América hispánica o lusitana, apareció una identidad cultural, cuyo modo de resolver los problemas de la vida es maravilloso, es una taumaturgia visible en la vida cotidiana.

Los criollos fueron capaces de montar la república democrática, sin ciudadanos, sin civilidad, sin democracia, con un rito electoral prestidigitado. La paz prometida por el arbitraje del orden legislativo, la convirtieron en una guerra bicentenaria en la que un grupo ha pretendido y pretende, lograr para sí, la plena propiedad económica. La justicia ha tenido una existencia triste, igual a la de una ciega que no puede llegar a ninguna parte porque no tiene piernas.

Las letras, “esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero”, les fueron negadas a la gran mayoría y cuando se permitieron las impartió una escuela controlada, pobre, que en vez de enamorar produce deserción.

Pero es realidad maravillosa, cuando ese pueblo mestizo canta con palabras no escritas o escritas con dificultad, su vorágine, y se levanta para exigir su derecho a la vida. Cuando los obreros demoledores llegaron a recoger los escombros, no sabían si comenzaban o terminaban el trabajo.

El nacimiento del sol nuevo y la Navidad

El nacimiento del sol nuevo y la Navidad
Por Guillermo Aguirre González

El cristianismo pasó a ser una religión legal en el año 313, por el Edicto de Milán del emperador Constantino. Con esta legalización y los primeros concilios canónicos, la iglesia comenzó un proceso de montar fiestas religiosas cristianas sobre las fiestas paganas de los romanos. Estas estuvieron claramente periodizadas por el calendario de Julio César, llamado calendario juliano desde el año 46 antes de nuestra era o antes de Cristo. El calendario juliano fue solar. Por eso las fiestas más especiales fueron los solsticios de verano e invierno.
 
En el solsticio de invierno, los romanos celebraban el nacimiento del sol nuevo (Natalis Solis Invicti) con las fiestas saturnales. Estas tuvieron una duración de siete días y se ubicaban en los últimos días de diciembre. Por las fiestas se aplazaban las guerras, los negocios, se intercambiaba regalos y se encendían luces en todas las casas. Las saturnales se celebraban en Roma desde el año 237 antes de la era cristiana se hacían en nombre de Saturno, dios del campo y de las siembras. En estas fiestas quienes más las disfrutaban, porque se hacían para ellos, fueron los esclavos, pues terminaba el trabajo y entraba el descanso de fin de año.
Hacer fiesta o celebraciones en el solsticio de invierno es un acontecimiento de culturas diversas con calendario solar, como los egipcios, los mayas y los incas.

El cristianismo en su cometido de cristianizar a los paganos, montó sobre la época de las saturninas, la efemérides del nacimiento de Jesús Cristo. En un principio coexistieron, pero cuando la iglesia tomó poder político, las fiestas paganas desaparecieron. Solo sobre vivió la forma y las actividades: las luces, los regalos, el banquete, el descanso, en general la fiesta.

A esta efemérides de la natividad de Jesús, se le agrega el pesebre entre el siglo XII y el Siglo XIII de nuestra era. Lo hace el italiano Francisco de Asís, quien luego será canonizado. En sus largas estadías en el bosque, donde hablaba con la naturaleza, pues concebía a los animales sus hermanos, celebraba la navidad haciendo una réplica en miniatura de la ciudad de Belén, en tiempos del nacimiento de su dios Jesús.

Esta tradición la conserva el mundo occidental cristiano. Celebra la víspera del nacimiento el veinticuatro de diciembre y la hierofanía o la epifanía el día siguiente. Es el momento en el que llega o se muestra lo sagrado. La navidad más que una conmemoración es la renovación, la actualización ritual de lo sagrado. Por eso el pesebre popular es atemporal o anacrónico. Se mezcla el presente con el pasado porque Jesús niño viene de Belén a la urbe de hoy.

La navidad en este tiempo, no se reduce a la epifanía de Jesús. Se dedica todo el mes de diciembre a muchas actividades con periodicidad anual: Los balances, el cierre de actividades de instituciones y organizaciones; el siete y ocho de diciembre dedicado a la virgen y el último día del año para las nostalgias, premoniciones y la promesa de un cambio.

Por eso dice la canción de Lucy Figueroa: Llegó Diciembre con su alegría mes de parrandas y animación. En que se baila de noche y día y es solo juergas y diversión. Se hace natilla se hacen buñuelos, se dan regalos en caridad. Engringolados chicos y abuelos hacen el árbol de navidad. El marranito que había comprado desde Noviembre para engordar, ya de las patas bien amarrado y vengan todos a chamuscar. Nube de globos el cielo llena, pólvora a chorro llena también. Y algunos novios en nochebuena por chupar piña ni oyen ni ven. Ya nació el niño ya tiene un diente ya siente ganas de caminar. Que traigan vino, ron y aguardiente porque toditos quieren bailar. Toquen guabina después el porro, luego un merengue cumbia al vaivén. Y que me toquen a mi un pasillo y un bambuquito quiero también.