martes, 17 de marzo de 2015

Alcalde por insistencia

En las mañanas lo despertaba el balar de las cabras. Sabía que debía levantarse y correr hacia el corral, abrir el portillo y dejar salir los cornudos. La casa, siempre pintada de verde, estaba en medio de un solar amplio que permitía a los animales, criados por Graciela, solazarse en el día. El diario vivir de El Chamo transcurría entre el ordeño, recolección de estiércol y sus salidas en las tardes con los vecinos de su edad. Eran cuatro. Caminaban por el parque central de La Pequeña Ciudad y se les veía reír a la puerta del billar del gordo Aristides.
 
El Chamo y Graciela conversaban después de la comida de las siete de la noche. La voz de El Chamo era delgada y recia. Con doce años hablaba de dirigir a sus compañeros en las correrías por las calles y se ufanaba tanto de esa pequeña hazaña que Graciela reía largamente de la ingenuidad de su hijo.
 
A los dieciocho años la actividad política de su hermano mayor, permitió que la alcaldía lo enganchara como guarda de Seguridad y Control, una guardia civil local, ayuda de la policía nacional. En los tiempos del gobierno del alcalde “Virgomaestre”, como él se autodenominó, fue despedido del puesto por liberal, dicharachero y sus ínfulas de mandatario. El Chamo desde su auto oficial de guarda mandaba a sus compañeros como si fuese su superior y a los ciudadanos les hablaba y ordenaba como si fuese el mismo alcalde. Todos sabían de la ingenuidad megalómana de El Chamo y en vez de odiarle o despreciarle, le seguían el juego. El Chamo no tomaba conciencia de la burla y en realidad creía que era tomado en serio.
 
El Virgomaestre llegó a la alcaldía por militante de la Anapo, partido que desplazó por seis años a liberales y conservadores de los puestos públicos, y del concejo municipal. Hizo de Seguridad y Control una guardia anapista. El Chamo despedido de su puesto de mando viajó a Medellín. Después de violar todos los protocolos, se metió al despacho del gobernador, y le dijo: doctor Diego, usted se equivocó de hombre al nombrar al Virgomaestre, yo conozco la ciudad desde chiquito, se quien es quien y se cómo controlarlos. Ñervito atraca todos los días de seis a ocho de la noche por detrás de la plaza de mercado. El negro Tábano es el violador de la Piedrancha. El doctor Siroco se ha robado dos veces el presupuesto de los restaurantes de las escuelas. Ana Tumbas tiene un putiadero detrás del cementerio con pelaítas de quince años. José Arepas salta tapias todos los días y se roba de las casas lo que encuentra. La flaca Rosario vende mariguana y le pasa plata a la policía para que la dejen trabajar. A la Varilla le traen cigarrillos Malboro y tiene inundada la ciudad de contrabando. Yo doctor Diego le limpio el municipio con tres patadas y verá lo que es el orden y la justicia.
 
El gobernador, atónito, entre la risa y la sorpresa, hizo lo que todos hacían con El Chamo, seguirle la corriente; pero este fue más lejos. En una tarjeta de invitación que tenía destinada a la basura escribió: a petición del ciudadano El Chamo Ramos y por insistencia de todos los ciudadanos debe ser nombrado Alcalde de La Pequeña Ciudad. Dado en Antioquia el 31 de octubre de 1971. El Chamo deslumbrado ante su logro, tomó el papel, hizo una reverencia profunda, corrió y saltó fuera de la gobernación.
 
El Virgomaestre nunca lo recibió. El Chamo por bares y cantinas, en los mentideros políticos, exhibía su nombramiento como alcalde de La Pequeña Ciudad, y provocaba la risa por doquier. Como respuesta ante la burla, El Chamo puso demandas por incumplimiento del mandato de su tarjeta. Fue a los directorios políticos, a los tribunales. Viajó a Bogotá e hizo conocer su caso del jefe nacional del partido liberal. En todas aquellas instituciones y lugares que visitó se hizo hacer un documento de reconocimiento de la legalidad de su tarjeta. El visitado expedía gustoso el documento, para reir. Por ello El Chamo hoy sigue su diario vivir caminando las oficinas públicas con un portafolio bajo el brazo repleto de documentos donde está escrita la burla mordaz de una sociedad que se ríe de sus tontos.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Rito de toro con olor

Ella estaba pendiente de mi nariz, cada que ponía la comida en la mesa y frente a mí. Y lo hacía porque yo antes de llevarme la cuchara a la boca olía la comida servida y levantaba un poco la nariz, para atrapar el olor y compararlo con otros que tenía en la memoria. Para mí, era una costumbre común, mis otros hermanos lo hacían, pero ella decía que yo olía la comida como un animal, es decir, no le gustaba mi gesto y además decía que la comida no se olía, porque había que imitar a Domingo Sabio que se comía lo que le pusieran en la mesa, pues eso era un regalo de dios. Ella no llegó a castigarme, pero el reclamo permanente fue suficiente para hacerme sentir discriminado. Domingo murió a los dieciséis años de inanición autoprovocada. La historia se la escuchaba a ella y al profesor Julio en la Escuela Preciosa Sangre que a pesar de ser escuela pública era atendida en contubernio entre el profesor Julio y el cura párroco Rogelio. La escuela terminaba a las cuatro de la tarde. Con el sol decadente caminaba cinco calles hasta la casa, allí me recibía el olor del hogao y sabía que en cuestión de una hora lo tendría sobre los frijoles cotidianos. En la mesa ante el plato humeante olvidaba las recriminaciones de Ella. Inevitable, mi nariz seguía el vapor flameante, despedido por la comida. Terminaba el gesto con la frente elevada, metiendo el olor en el fondo de la nariz.
 
 
Luego de comer, ella llamaba a cada hijo por su nombre completo y en tono solemne. Nos hacía sentar de nuevo para rezar el rosario. Lo hacíamos con voz económica, con palabras pronunciadas a la mitad, a media lengua. La atención estaba en la calle, después del rito vendrían los juegos, también cotidianos, pero por ser libres y gritados a todo pulmón, eran todo lo contrario de las rutinas de la casa y la escuela.

 
Los olores de la calle llegaban a la nariz. La calle en la noche olía distinto a la calle diurna. En la noche, el pavimento frío, dejaba llegar aromas lejanos, tristes, agrios, o alegres y dulces. Los comparaba con la calle caliente de sol, en el día. El pavimento atrapaba la canícula y neutralizaba los sentidos. Si algo quedaba en la memoria del olfato, estaba relacionado por el excremento de las caballerías de los Ortega. Ese cagajón sobre la calle del día, señalaba el lazo de la pequeña ciudad con el campo.
 
 
La Escuela Preciosa Sangre se construyó en una esquina robada al viejo cementerio. Ambos lugares estaban en el límite occidental de la pequeña ciudad. El olor de la escuela era rural. A la media jornada de los sábados el profesor Julio le puso el nombre de Sábados sabrosos y en ellos cantábamos acompañados por dulzainas; el profesor Julio sabía de canto y se lucía ante nosotros. Uno de esos sábados nos sacó de la escuela y trepamos la montaña. Cruzamos varias quebradas y entramos en un potrero. El profesor nos habló del ganado, su utilidad y los cuidados. Observábamos más con la nariz que con los ojos; pues la boñiga acumulada llenaba toda la imaginación e impedía pensar. Las palabras del profesor Julio eran sin pausa y explicaba que el olor intenso de esos excrementos a nosotros nos fastidiaba; pero que para las reses era su vida y que incluso el toro tenía un rito con la vaca para iniciar la reproducción de su especie. El toro olía los orificios traseros de la vaca y levantaba la cabeza hacia el cielo en acto que solo se explica pensando en lo bello de la naturaleza. Ese sábado en la mañana, así de golpe, entendí los reclamos de ella, cuando me servía la comida.

lunes, 9 de febrero de 2015

Letras contra el olvido

Cómo escribe y que dice la literatura colombiana de las últimas décadas, me ha interesado en estos años. Y ahora he tenido tiempo de meterme en la lectura de algunos escritores. Esta vez encontré en mi biblioteca personal El olvido que seremos, desde hace tiempo adquirido y también desde hace tiempo publicado. Lo fue en el 2006. Después de ocho años, he pasado mis ojos por las 274 páginas y en las últimas líneas el autor me recompensó con unas afirmaciones justas y pertinentes: estos hechos y quien los cuenta, lo hace para evitar el olvido, gracias a los ojos de “pocos o muchos que alguna vez se detengan en estas letras”.

Me pregunto ¿Cuáles son esos hechos que corren el peligro de ser olvidados? Y respondo: están en la memoria del autor y se relacionan, como él dice, con una deuda vieja para con su padre, un hombre conspicuo que vivió una vida de honda huella en la sociedad colombiana.

Ser hijo escritor de un hombre así, obliga dejar por escrito la historia de esa vida, más si ese padre es asesinado por sus ideas, por su práctica, por su dedicación a los demás. El relato de Héctor Abad es extenso, las palabras se atan a las imágenes y las imágenes, a veces, parecen unirse por libre asociación, pero la ilación permanece en el lector. Las tres o cuatro décadas inscritas, es un tiempo largo para la literatura. El lector percibe los ritmos de la fluidez de las palabras; a veces ágil y prolífico, otras difícil o esforzado; pero al final es reivindicativo y se siente el goce de leer un escritor avezado, genial.

Tengo una relación profesional con el discurso de la historia y un acercamiento a los hechos de la segunda mitad del siglo xx. Puedo afirmar que la tragedia de la república democrática, iniciada en 1810 entró en una nueva fase de agudización. El olvido que seremos, al ser la memoria de un hijo sobre su padre protagonista de esa tragedia, es el cumplimiento de una obligación más por el deber social que personal.

La utilización que hago del concepto de tragedia, no es para ocultar o velar los hechos; pero si obliga a explicar en qué consiste: la república democrática colombiana, fue organizada por una élite criolla, al aprovechar la coyuntura de la invasión napoleónica a España. El objetivo de esa elite fue claro desde el principio: lograr la plena propiedad económica, como la mejor forma de garantizar su preeminencia política, económica y cultural. Lo trágico está en las guerras periódicas, desde hace doscientos años, montadas sobre ese objetivo. Los poderes advenedizos, regionales o locales opuestos a esa elite, fueron acabados y sometidos con alianzas, frentes, coaliciones, de los poderosos. Los artesanos decimonónicos enfrentaron la libertad económica liberal, por ser su muerte socioeconómica; se les destruyó y exilió. Los obreros, en el alba del siglo xx se levantaros contra los bajos salarios y los horarios de trabajo extenso, se les destruyeron sus organizaciones y se asesinó a sus líderes. Dentro de la misma élite, hubo un sector que impidió el desarrollo del capitalismo, se le enfrentó con el coste de incendiar el país. Desde el Frente Nacional, la guerrilla de inspiración comunista, puso en evidencia la pobreza extrema al lado de la riqueza extrema. Ante su ascenso, la elite monta una cruzada de exterminio y diezma la población, antes que permitir la democratización de la riqueza y compartir el poder político.

Inmerso en esta tragedia está el padre del escritor. Él, dedicó su vida a darle conciencia sobre la causa de su situación, a los dominados, a los pobres, explotados, quienes por su misma condición no son capaz de adquirirla y luchar por si solos. Los que tiene la posibilidad de acceder a los bienes de la cultura, están obligados moralmente, a hacerlo y así lo hizo Héctor Abad Gómez. La agudización de la tragedia lo llevó a enfrentar y llevar a los tribunales a los tiranos con nombres propios, agazapados dentro de las instituciones. La tragedia colombiana lo llevó a ser un protagonista prestigioso de la lucha por la justicia y la igualdad. Abad Gómez fue eliminado por las elites bicentenarias, quienes organizaron un para estado armado para eliminar a sus opositores.

La literatura colombina de los últimos tiempos tiene ante sí, al menos desde la segunda parte del siglo xx, una temática insoslayable: la nueva edición del paraestatalismo, coloreada con la política, el narcotráfico y el exterminio de los opositores.
Guillermo Aguirre González

miércoles, 4 de febrero de 2015

La semilla de algarroba

Las palabras son cosas. Cuando el dedo índice de Enrique señalaba en mi casa, un rincón del corredor de entrada, trunco por una pared saliente, para mostrarme una pepa de algarroba labrada con intensa dificultad, hasta darle forma de anillo obispal, y me decía ser obra de brujas, veía esa fruta marrón con alma café pastel, como negra protuberancia diabólica, nacida justamente en el ángulo más recóndito del rincón, el punto de encuentro del piso con dos paredes.
 
Enrique me doblaba en edad y conocía mis miedos producidos por esa mentalidad infantil capaz de transformar las palabras en cosas, de materializar los sonidos de la boca. Sabía que lo admiraba tanto como a su perro, Sila,  un collie escocés dorado y blanco. El dominio sobre el animal me hacía ver a su dueño como un ser con poderes. Él escuchaba mis relatos fantasiosos y luego al día siguiente me hacía burlas sobre los sueños pesados llenos de los seres de los relatos. Mamá le contaba sobre mis pesadillas y Enrique reía. Vivía con su madre, a la que le decíamos la señorita Emilia, en una casona inmensa de paredes altas y forradas con papel decorado. Ella siempre hablaba de historia antigua. Emilia  y mi madre pasaban un par de horas todas las tardes conversando sin detenerse. En el tema muchas veces estaban griegos, persas y romanos, Circe y la desgracia de Ulises. Me gustaba escucharla escondido para que la presencia de mi corta edad no la obligase a ahorrar palabras o esconderlas, como lo había percibido algunas veces. El collie tenía tres años y había llegado a una estatura que le permitía al pararse en sus patas traseras abrazarse a las personas con fuerza inevitable. Una tarde, pasaba frente a la casa de la señorita Emilia, Lola Mejía. Muchacha de quince años y un cuerpo turgente por la madurez, pelo castaño ondulado y miel en la piel. Estaba de una falda corta de tela delgada para que sus formas se insinuasen. El collie, Enrique y yo sentados en el quicio de la puerta de la casona, vimos como el perro luego de mirar a Lola, saltó suave sobre ella, la abrazó, la sintió como una perra y comenzó a fregar el sexo contra sus nalgas. El llamado al orden de Enrique no se escuchó suficiente, fue necesario golpear a Sila.
 
En la noche la escena entró en mis sueños, como todo lo que lograba atrapar la atención en la vigilia, hechos o palabras. Una collie con la cabeza de Lola, desapareció entre los brazos de Sila. Mis gritos chocaban contra la fronda de pelo rubio del animal y se devolvían contra mi cuerpo estremeciéndolo; pero en realidad era mamá quien trataba de despertarme.
 
Aprendí a labrar las pepas de algarroba. Era dispendioso en extremo. Se lograba perforar por el centro, luego de largas horas de limar con ángulos de vidrio grueso y filoso, el corazón, lograr un orificio y agrandarlo hasta que entrase en el dedo anular. Lo logré. Enrique, el collie Sila y la señorita Emilia se fueron del barrio. El miedo al rincón del corredor, creado por Enrique y yo,  dio paso a otros miedos, construidos por otras palabras. Esta vez salieron de la radio de pasta beige y marrón, los mismos colores de la semilla de algarroba. Muchas tardes, a la hora vespertina, se lanzaba al aire varias radionovelas. Las urgencias del juego callejero me impedían seguirlas con regularidad. Pero un pasaje secuencia fue a mis sueños pesados: unos exploradores ubicados en África, buscaban diamantes. Sus excavaciones se toparon con un laberinto. Creyeron haber encontrado una mina y comenzaron a recorrerlo; pero el entusiasmo se transformó en terror.  Escucharon unos alaridos tronantes y luego de grandes dudas, decidieron hallar el ser que producía  esas voces monstruosas. Hallaron un humanoide de varios metros de alto, con un solo ojo en la cara y semidesnudo. Lo soñé y quise controlarlo con los rayos emanados de la fruta de algarroba convertida en anillo poderoso. Pero el monstruo se aproximó a mi cara y de nuevo mamá aparecía a mi lado tratando de despertarme con suaves movimientos. Al día siguiente dibujé un Polifemo sacado del sueño y de la voz de la señorita Emilia, porque las palabras se convierten en cosas.
Guillermo Aguirre González

viernes, 30 de enero de 2015

La minifalda roja de Isolda

Coincidencias ocurren con todos los días. Hace meses adquirí la novela El mundo de afuera. La he leído en este mes de enero y me causó sonrisas solitarias, cuando detecté que el símbolo identitario del texto es una minifalda roja. Escribí un texto sobre el sentimiento decembrino y también tomé la minifalda roja de Sabina, muchacha de finales de los años sesenta, como símbolo. Coincidencia feliz, para mí. La novela de Jorge Franco es una intensa escritura con un manejo del tiempo y el espacio impactante. Se encuentra un motivo permanente para adelantar los acontecimientos o remembrarlos, según el antes y después del hecho central: el secuestro de Diego Echavarría por el Mono Riascos.
Antes o después se presentan los espacios o los escenarios y en ellos desarrolla actos de los personajes de manera simultánea. Parece complicado el método, la técnica o el estilo narrativo. En un solo apartado se conjugan hasta cuatro escenas en lugares distintos y distantes. Con un poco de atención del lector, se puede llevar el hilo de los acontecimientos. Se está en Berlín y a la distancia de un párrafo, se está en el castillo del Poblado y por otro, en Santa Elena o en el centro de Medellín.

La palabra les es dada a todos los personajes y se detecta que entre quienes más hablan está el narrador omnisciente. El lector debe elegir entre el secuestrador Mono Riascos y el fisgón enamorado de Isolda, sin nombre. Ambos enamorados de esa niña, hija de Diego Echavarría y la alemana Benedicta. Ambos tienen como referente de su deseo, la minifalda roja. Hasta la aparición de esa prenda, símbolo de la liberalidad femenina de los años sesenta del siglo xx, el narrador se confunde con el secuestrador. Isolda hurta la pequeña falda en una tienda en la que su madre le compraba los vestidos recatados, acordes con la moralidad conservadora de la burguesía antioqueña. La niña adolescente se pone la prenda y baila para un grupo de muchachos colados en los predios del castillo, en ese grupo está el Mono Riascos. Ahí en ese momento aparece el narrador omnisciente y expresa su envidia y desilusión por no estar entre los muchachos. Ahí toma distancia y se entiende que el narrador es un vecino pudiente del sector, que fisgonea la vida de la gente del castillo.

El lenguaje de ambos personajes se distancia y se cruza a la vez. El Mono Riascos a veces parece más culto que el fisgón narrador. Ama la poesía de Julio Flores y esto lo hace más delicado en el hablar, aunque sea el jefe de una banda de ladrones, atracadores de bancos y en el tiempo de la novela, secuestradores. El fisgón narrador a veces se pliega a la jerga de la calle y se vuelve impostado, porque sabe de las calles de Berlín, de música clásica y de la segunda guerra mundial. Pero deja que el lector se construya una semblanza de la delincuencia de los años sesenta del siglo pasado. Parece un residuo caricaturesco de las mafias norteamericanas de los años treinta o unos camajanes bribones, para ser bondadoso con el escritor.

La novela, sí me hizo poner al frente de la banda del Mono Riascos, las delincuencias que llegaron después, ante las cuales, la del Mono aparece más humana o mejor, más ingenua. Son timadores, oportunistas ante el descuido de una ciudad confiada. Después de los años ochenta las bandas, son cruzadas por lo político y eso las hace despiadadas, hasta infligir dolor a sus víctimas. El Mono Riascos, pensaba cobrar el rescate e irse luego para el exterior a disfrutar el botín; él y sus compinches eran seres independientes y de alguna manera solidarios con sus víctimas, pues delinquían por los azares de la vida. Las bandas híbridas de narcotráfico, política y paramilitarismo, de los ochenta en adelante, estaban en red. Los grandes jefes ordenaban un atraco, un magnicidio, una entrega de droga o una masacre. Esto se cumplía y luego, el mismo jefe mandaba otros a limpiar las huellas, para cortar los procesos de investigación y garantizar la impunidad.
Guillermo Aguirre González

jueves, 22 de enero de 2015

La procesión

El vestido entero y la corbata estuvieron listos desde anoche. Antes de las once de la mañana del Viernes Santo, me vestí rápido pero aplicado. Salí de la casa con los hermanos. Llegamos al parquecito de Andalucía. Desde allí sale todos los años la procesión del viacrucis.
 
A las doce del día el calor era mucho dentro del vestido y veía a todos los de mi lado abanicarse con la cartilla de las catorce estaciones; este calor lo aguantábamos por las palabras poderosas del padre Pérez. Decía que estábamos en medio del sacrificio, equivalente al dolor que sentía Cristo por sus llagas y señalaba con el dedo y el brazo izquierdo muy estirados al Señor Caído, que en ese momento me parecía más ensangrentado que todos los días.
 
El sermón del padre Pérez, estaba a punto de darle inicio a la primera estación, cuando un rumor se sintió en la gente y desde la altura de la cintura de las señoras y señores, vi las caras mirar hacía la casa de Jonasito. El rumor decía... lo mató, lo mató, lo mató el hermano.
 
Entre piernas largas y barrigas de gente grande me metí y llegué a la puerta de la casa. Estaba cerrada. Detrás se escuchaba llorar una mujer y una voz de hombre viejo, entre palabras feas, decía: ya viene la policía.

Un acólito vestido con túnica blanca habló en el oído del padre Pérez. Se rezó la primera estación muy rápido y se sacó la gente del parquecito de Andalucía, hacía la segunda estación del viacrucis, cuyo altar estaba organizado en la casona de los Naranjo, dos cuadras más abajo.

Me quedé en el parquecito con otra gente frente de la casa de Jonasito. La puerta era de tablones gruesos unidos por otros, atravesados, que daban la apariencia de fortaleza. Y así era porque allí guardaban “carros de caballos” y materiales de construcción. A veces entraban camiones.
 
La gente se dividió entre los que nos quedamos y los que se llevó el padre Pérez. Fueron más los que siguieron en la procesión. Me tocó ver llegar la policía con un señor de corbata, pelo fijado, bien peinado y brillante, que llevaba una máquina de escribir y a Alfredo el hijo menor de Jonasito sentado en la acera, dos puertas más arriba, borracho, llorando y diciendo... ¡lo tuve que matar!
 
Escuchaba decir que desde muy temprano los dos hermanos comenzaron un alegato, con golpes y perseguidas y que casi a las doce del día Alfredo le pegó al otro una puñalada en el pecho.
 
Me halaron de un brazo, era Alba que me sacaba y regañaba por haberme quedado. Alba mi hermana mayor tenía el rostro rojo por el calor y el vestido negro. Alcanzamos la procesión que ya estaba en la tercera estación del viacrucis. El padre Pérez seguía con su sermón interminable, contestado por todos con el canto leído en la cartilla. El cuerpo del hermano de Alfredo no se apartaba de mi pensamiento. Imaginaba la camisa perforada por el cuchillo y su sangre brotar de la herida del pecho. Conocía a Edilma a Alfredo y al muerto desde el primer día de kinder. Éste quedaba en una casa grande con patio en el centro y un solar con mangos y naranjos, donde pasábamos el recreo. El kinder estaba una cuadra arriba del parquecito de Andalucía. La maestra era una mujer blanca alta, casada con un señor gordo, moreno y más bajito que ella. La maestra a la que le decíamos la señorita Delia repartía la clase entre atender la asfixia de su marido y el escribir en el tablero. Casi siempre era más importante su marido que nosotros, por lo que había muchos recreos.
 
Para llegar al Kinder, tenía que pasar por el parquecito de Andalucía y allí veía todos los días a la familia de Jonasito. A Alfredo y su hermano los veía entrar o salir en el “carro de caballo”, cargando ladrillos, arena o piedras. Por ello tenían cuerpos musculosos y hablaban duro. Alfredo siempre estaba regañando a su hermano, por dejarle la mayor cantidad de trabajo, por maltratar a Edilma y desobedecer y robar a Jonasito. Edilma casi nunca salía de la casa, se la veía mirar por la ventana a sus dos hermanos, sentados en la acera del parquecito, o se le oía llorar cuando los hermanos, dentro de la casa, se golpeaban.
 
Los hermanos, casi todos los días bebían aguardiente, y así trabajaban; así los niños del Kinder, teníamos que verlos. A veces jugábamos en el parquecito porque la señorita Delia tenía que salir con su marido para el hospital y nos soltaba a media mañana o a media tarde. El parquecito era redondo, tenía jardineras en triángulo y en el centro una fuente de forma irregular forrada en azulejos. Las jardineras tenían lirios amarillos y pequeños avisos en metal donde leíamos con dificultad “nnn… no ppp… pi… se lll… la gr gr graam ma – no pise la grama”. Nos metíamos en la fuente. Los hijos de Jonasito, no gustaban de vernos jugar allí. Trataban de atraparnos, esto nos daba miedo y corríamos a nuestras casas.
 
Alba cantaba en la procesión con la voz clara como cuando cantaba los tangos que le dedicaba Gilberto desde la cantina de don Leonardo. La veía entregada. Terminado el canto, seguía el sermón del padre Pérez. En ese momento, Alba y todos los demás, comenzaban a hablar pasito con quien tenían al lado. Alba con mi mano en la suya desde que me sacó del parquecito, le dijo a una señora con pañoleta de dibujos blancos y negros y de su misma estatura: Eso tenía que terminar en tragedia, ya la Inspección sabía y por eso Alfredo vivía encima de él a pesar de ser más joven. Por eso la pobre Edilma casi no salía de la casa, estaba avergonzada de lo que el muerto hacía con ella.
 
La sangre quieta de las llagas del Señor Caído, la sangre chorreante del pecho del hermano de Alfredo, el llanto encerrado de Edilma, el calor que causaba el sol de medio día dentro de mi vestido entero, hicieron girar la procesión en mi cabeza. Solté por fuerza la mano de Alba y me saqué la corbata y la chaqueta. Alba pellizcándome el hombro dijo: “en la casa arreglamos desgualetao”.
Guillermo Aguirre González

 

 

viernes, 16 de enero de 2015

Las yerbas, las aguas y el cielo rojo

El olor de los vinos y licores pasan la puerta del bar como vapores que delatan el consumo. Los transeúntes miran atraídos luego de otear el vaho. Hoy tengo nostalgia y entre sorbos, aprecio la permanente expansión sostenida desde los días primigenios del siglo xx, como el padecimiento de la ciudad de las telas y los rieles; esta actividad ha funcionado como atracción para hombres y mujeres de la región, incluso extranjeros que vinieron a vender sabiduría sobre tramas, urdimbres, aceros y electricidad. Las gentes desbordaron el núcleo madre de la ciudad, regido por dos largas calles tendidas de sur a norte, entre las cuales se puso a la venta territorios que antes existieron como fincas de pancoger. Los atraídos por la novedad de los rieles y las telas, no pudieron comprar las fincas, presionaron a los dueños raizales con ofertas de compra de partes o lotes pequeños. Resultó entre las dos calles originarias el fenómeno del callejón sin salida. La venta de lotes se hizo al azar, con una única percepción sobre el espacio: dejar un camino para entrar y salir. En las casas que construyeron, hay un siglo de intuición arquitectónica. La choza de bahareque tiene el tiempo ancestral, las casas de tapias y tejas de barro cocido son frescas en verano y cálidas en invierno. Las casas de ladrillo fueron la opción de los llegados casi en masa, expulsados del campo por la violencia política de los años cincuenta. El ladrillo de barro cocido es una unidad versátil y permite armar una construcción rápida apropiada para los afanes de los nuevos inmigrantes. La frontera de las dos calles largas del origen fueron traspasadas y la ciudad creció unas veces pensada y trazada, pero las más de las veces, al azar. Este azar es el que se encuentra en los callejones de mi barrio. En la memoria se quedó, no solo en la mía, en la de muchos otros debe estar, la vida azarosa de Mayita Gonzaga, mandadero experto, cumplidor de las misiones con agilidad y oportunidad. Caminaba repitiendo en voz baja la tarea encomendada.
 
Fue parido con dificultad. Cuando asomó la cabeza al mundo fuera del vientre de su madre se detuvo el esfuerzo del nacimiento. La partera le debió halar y por eso su familia explica el cuello largo que lo caracteriza. En el ámbito de la memoria, le veo temprano, todos los días, ir de callejón en callejón. El espacio de su cotidianeidad tiene forma de U. En el centro está el callejón de Ilduara García. La señora raizal, de porte aristocrático, pelo negro y piel clara. Su casa es una heredad de origen colonial, ahora inmersa en un vecindario con gentes venidas de las zonas rurales aledañas, quienes se aposentaron en desorden y le dieron a la callejuela ciega una forma laberíntica.
 
La U dirige sus brazos al norte. Cuando Mayita sale de ella se dirige a su derecha al callejón de la arcaizante Felipa Ramón. Esos ámbitos son bellos. Felipa vive en una casa de Tapias altas, amplias puertas y ventanas de madera pintada de rojo con cristales de colores. Las otras casas están alineadas sobre una calle amplia. El callejón de Felipa termina en una arboleda con mangos, aguacates y carambolos, separada de la calle por un lindero de liberales lechosos.
 
El callejón de la izquierda tiene el nombre de otra mujer, la de las yerbas. Ella llegó de Dabeiba a mediados de los años cuarenta del siglo pasado y trajo consigo un saber homeopático que le dio fama de curandera en el barrio. El callejón de la india Benita, a diferencia de los otros, se le dio el nombre de un inmigrante. No tomó el nombre de la familia raizal dueña de la tierra que se vendió a pedazos, por el fondo de la entrada de servidumbre de la casona de los López de Mesa. Este callejón estrecho, hacía inevitable el contacto de los vecinos e imposible la vida privada.
 
Mayita Gonzaga hombre de veinte años, combinaba en sus actos y lenguaje las ideas, conductas y gestos de las tres señoras. Ellas y él se tenían una confianza mutua extrema. Muchas veces cuando la noche le atrapaba, era invitado a pernotar en sus casas. Ilduara García le confiaba el correo con sus deudores y el cobro de dineros. Mayita la trataba con nombre propio y escuchaba con atención dogmática la historia siempre repetida del aporte de los García al bienestar de los pobres de la ciudad. Le hablaba de la relación indisoluble del catolicismo con la nación y de los abusos de la democracia liberal para con las familias con derechos coloniales. Cuando Mayita repartía limosnas en nombre de su protectora, estiraba el portento de su cuello alargado y hablaba en voz alta sobre el camino al cielo ya ganado por Ilduara, por esa voluntad de desprenderse de parte de su riqueza para favorecer a los pobres. Pero su discurso se truncaba cuando se le atravesaba en la cabeza el olor de la casa de Benita.
 
Una noche de lluvia, debió quedarse en el callejón lúgubre de las yerbas. La india Benita hacía quemas cotidianas y llenaba la estrecha calle sinuosa de aromas enervantes. Mayita sintió el peso de su cabeza, pero gustaba de eso, por tener pensamientos claros y agradables. Recorría sin moverse las calles del barrio y pasaban ante sus ojos los amigos, los vecinos. Detallaba sus vestidos y sentía gozo al verlos limpios, con sus caras risueñas. Lo sacó de su introspección, la voz gangosa de la india Benita. Ella le habló del poder de los espíritus de los vegetales, de los cuerpos que viajan sin moverse y de la felicidad que habita en las aguas corrientes. Las imágenes producidas por las palabras de la india Benita se grababan para siempre en la memoria de Mayita. El rito se interrumpía cuando tocaban la puerta y él debía levantarse para abrirla y entregar al visitante furtivo un paquetito a cambio unas monedas que aumentaban el dinero de la india.
 
A Mayita los mundos se le cruzaban y no sabía quién era. Con esta actitud llegó a la casa roja de Felipa, una tarde. Recibió la encomienda de traer de la tienda de Clodomiro, por los lados del ferrocarril, unas botellas de aguardiente. Ágil y presto llegó con ellas a las seis, cuando comenzaba la oscuridad. Felipa ansiosa tomó una, la puso entre sus ojos y la luz de un bombillo y sonrió, haciendo un gesto de aceptación. Felipa Ramón sirvió dos copas, ambos bebieron. Ella degustó y Mayita se estremeció. -Hombre aprende estas cosas de la vida- dijo la mujer morena con pelo en bucles negros y con un vestido que dejaba ver parte de sus pechos aun duros. Ese trago limpió el pensamiento de Mayita de las huellas de los otros callejones y las palabras de sus mujeres. Felipa le habló de la libertad instaurada por su dios permisivo, del gobierno corrompido de la dictadura y de cómo el pueblo estaba embrujado por el brillo de los uniformes de los militares. Mayita trataba de mirar el callejón por una de las amplias ventanas, pero Felipa le tomó la barbilla y lo obligó a mirarla a los ojos. Hombre –continuó- nadie en Colombia ha hecho justicia con los pobres y los trabajadores, como los liberales. Vos tenés que ser liberal y pelear contra esta dictadura. Se sirvieron otro trago. Mayita sintió el paso ardiente del licor por su largo cuello y produjo un sonido como de jirafa. Recordó las palabras de las otras mujeres y pensó en un cielo rojo, en los espíritus que habitan las aguas y en el bienestar liberal.
Por Guillermo Aguirre González