viernes, 11 de septiembre de 2015

Por la esquina del negro Ariza

Viene Ángel Hachas. Cruza el puente de la calle 55 sobre la quebrada la García. Viene saludando a gritos a los transeúntes. No le importa su medio cuerpo quieto, ni sus dientes muy visibles, no recuerda a nadie ni quien fue. Tras él vienen dos mujeres muy maduras de aspecto conventual. Ellas, cuando Ángel se desborda, quiere desconocer el tráfico y saludar los que pasan por el lado contrario de la calle, lo toman de la mano inmóvil y comprende que debe seguir y bajar la voz. Todo comenzó hace unos cuarenta y cinco años.

Las calles fueron pavimentadas en 1950. Por eso los muchachos comenzaron a usar zapatos, como si el pavimento los exigiera; pero así no era, el polvo amarillo de la tierra de Olleba exigía cubrir los pies, siempre hubo riesgo de enfermarse. El pavimento se relacionó con ese sentimiento nostálgico de aristocracia colonial, y se pensó que la pequeña ciudad pavimentada exigía unos muchachos bien presentados o al menos calzados. Ángel Hachas fue de los primeros en usar zapatos, su familia tenía dinero. Contaba entre sus miembros dos solteronas, una monja, un sacerdote, un médico, un político y un especialista en levantar tapias.

Ángel nació después de todos ellos. Rápidamente, cuando llegó al uso de razón, se cansó del diario ejemplarizar de Antonio su padre. Él debía seguir los modelos familiares. Cada año se le programaba para recluirlo en un seminario. Cuando Antonio hablaba de ello, Ángel miraba sin ver hacia cualquier parte. Esta actitud convenció a Antonio de que había tenido un hijo poquito, que prefería pararse en la esquina del negro Ariza y seguir las influencias de los muchachos del barrio: entre ellos Frank, hijo del dueño de la fábrica de muebles, llamada por los vecinos, la Complementaria de don Juan. Frank hablaba siempre de tipos de maderas y máquinas. Jorge quien mantenía muchos pesos, los ganaba en la dentistería que su abuelo legó a la familia; tomaba aguardiente desde muy pequeño. León, viviente entre automóviles de servicio público, ambicionaba ser chofer como su padre, hermanos y tíos. Jairo, hijo del zapatero Arteaga, hablaba de cueros y venta de frituras por las calles, a lo que era obligado. El hijo del negro Ariza, patrocinaba estar siempre en la esquina; pues su padre en ella tenía una tienda de abarrotes y cuando el negro lo dejaba a cargo del negocio, había fiesta. Carmelo que vivía en el callejón enseñó al grupo como robarle al dormido y al descuidado.

Llegó al barrio y a la esquina, José, enganchado por la Complementaria de don Juan. José hablaba extendiendo las vocales y las consonantes. Esto producía risa en el grupo de muchachos. Ángel aprovechaba y contaba chistes groseros que le salían altamente cómicos por su dicción. Este recién llegado produjo celos en Ángel Hachas. -¿Cómo es posible que este recién llegado torpe para hablar, se convierta en centro de atención de los muchachos? ¡Yo llevo dieciocho años con ellos y no los he podido hacer reír! Se decía-.

Una tarde de sábado, el grupo de muchachos caminó por el pie de monte del cerro Quitasol. Allí corría un agua limpia, llena de rumor y fresco; ellos la llamaban la Acequia. Sentados en su margen hablaban de la vista de Olleba que de allí se divisaba. José afirmó que si tuviesen unos binóculos, podrían comunicarse con cualquiera que viesen en cualquier calle. El grupo se rió por el chiste tonto y por la dicción. Ángel Hachas, comenzó a golpearlo, y ambos se metieron en una pelea, terminaron tirados en el suelo, ambos trenzados y cada uno le tenía al otro atrapado con una llave maestra de luchador. Los otros se esforzaron mucho para separarlos y se convencieron de estar ante un par de apocados, de tontos.

Luego de la pelea, en la esquina, Ángel Hachas comenzó a hablar de la fábrica de textiles. Cada vez que pasaban los obreros en bicicleta, daba un paso adelante y seguía con la cabeza el recorrido, estiraba el cuello y tensaba el cuerpo. Ser obrero textil se convirtió en su ideal. Antonio le daba regaños por su cortos ideales y le ponía como ejemplo a Ignacio, su hermano, un poco mayor con estudios de abogacía avanzados. Esto no caló en el espíritu de Ángel. Desertó del bachillerato y se dedicó a conversar con los obreros del barrio sobre los pormenores de la elaboración de las telas y del ambiente de trabajo dentro en la fábrica.

El sentido aristocrático colonial de la familia, abdicó los proyectos para Ángel, empleó sus influencias locales y lo colocó en la fábrica como obrero. Con los primeros sueldos, Ángel compró la bicicleta y la moguera, símbolos del ser obrero, tal como los veía y los había elaborado en su imaginario. Luego del turno de trabajo llegaba a la esquina, estacionaba la cicla en el andén y convidaba a observar su adquisición: una MonarK, cachona, roja, de neumáticos gruesos, con una pequeña parrilla para la moguera y un soporte de vasos para líquidos llamada caramañola. Repentinamente montaba, y recorría las calles de Olleba. Llegaba jadeante. Hablaba de lo que había visto y a quien.

Los sueldos de Ángel, chocaron con los muchos pesos de Jorge. Una tarde calurosa de noviembre, en el bar La Cumbre, el grupo tomaba aguardiente. Entre tangos y parrandas, Ángel esgrimió su orgullo de obrero bebedor y brindó y proclamó ser experto tomador. Jorge lo retó y con media botella de aguardiente en la mano le dijo que lo demostrara. Ángel bebió todo el contenido con un solo gesto. Rieron, aplaudieron, hubo hurras. En pocos minutos, el bebedor quedó dormido sobre la mesa. Fue llevado a su casa. De la casa, debió ser llevado a un hospital, donde se le diagnosticó un derrame cerebral. Se le practicó una traqueotomía y estuvo cuatro meses internado. En la fábrica le concedieron una pensión por invalidez. A los seis meses del incidente recibió un dinero importante por el tiempo no laborado y como inicio de la pensión.

La poquedad hizo lo suyo. Con tomar media botella de aguardiente casi de un solo trago, Ángel quería iniciarse en el mundo del gasto, de la vida de bares, cantinas y prostíbulos, tal como lo había escuchado de sus compañeros de trabajo. Todos le hablaban de excesos y él quería superarlos a todos. La razón aristocrática colonial de su familia le había aislado del mundo y le había condicionado a no alejarse de dios y las costumbres tradicionales. Por ellas debería terminar el bachillerato, graduarse, casarse y tener hijos, para estar en paz con la sociedad de Olleba.

El proyecto inacabado de enfrentarse a todo lo que el mundo podía ofrecer, fue la obsesión en su lecho de enfermo. Esta fuerza le permitió resistir y volver a estar de pie como un hombre nuevo. Adquirió un semblante risueño y sus dientes en forma de hacha comenzaron a verse, a relucir y a caracterizarlo.

Cuando recibió el dinero, forcejeó con sus hermanas y su padre por salir a la calle. Logró hacerlo. El primero que se encontró de los muchachos fue León. Bebieron licor en todos los bares conocidos y al filo de la media noche, viajaron a Medellín. Buscaron un burdel en la tolerancia de Lovaina. Bebieron y comieron. Esto lo repitió Ángel con algunos de los muchachos de la esquina del negro Ariza.

El cuerpo de Ángel Hachas no estaba hecho para tomar el mundo de esa manera. Su poquedad le tenía signado. Y la entrada al hospital meses atrás le había herido y menguado. Recayó. De nuevo otro derrame cerebral. Este fue definitivo. Quedó con medio cuerpo inhabilitado. La mirada desviada, un pie a rastras, y una mano encorvada. Saluda a gritos y se considera amigo de todo el mundo. Muestra permanente la forma de hacha de sus dientes y ya no recuerda, la complementaria, la acequia, la esquina, la fábrica y a la ciudad Olleba en que vive.

martes, 8 de septiembre de 2015

El hijo de Jenaro

Abstracto de Conn Ryder
 
Esa humanidad viva que asumiste desde la juventud temprana, te hizo beber la existencia a largos y grandes tragos. La bebiste con una velocidad inusitada para no darle tiempo a la razón. Ella, dique hecho para la familia de Jenaro, tu padre censor, como decías, cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer. Pronto le sustrajiste a Jenaro los billetes de sus bolsillos, en sus noches de tragos, cuando caminando de puntillas, entrabas en su cuarto y sin quitar los ojos sobre su cara madura de barba hirsuta, metías dos dedos en su camisa con la lentitud calmada que siempre te caracterizó. Esos billetes, no los almacenabas, no los acumulabas. Se gastaban en la esquina con un derroche festivo por culpa de la agilidad de tus dedos. Los amigos, siempre reunidos participaban gozosos del gasto, porque era inesperado y azaroso. Ocurría cundo menos lo esperaban.

Recuerdo la vez que fuiste un paso más arriba. Te metiste con la tienda de Braulio. Ella en el término de la cuesta, con puertas por dos calles, estaba forrada en estanterías de madera rústica llenas de abastos. Te paraste en la puerta, mirabas cuesta abajo, fingiendo despreocupación y esperabas la atención de Braulio con algún cliente, para poner en acción la agilidad de tus dedos y extraer enlatados. Esa vez Braulio detectó, la marca en hueco cerca a la puerta y la relacionó con tigo. Cerró la tienda y fue a buscarte con un policía. Te hallaron con las latas de conservas en los bolsillos. Fuiste prendido y estuviste dos meses en la cárcel preventorio. Saliste con la cabeza rapada, la mirada perdida; hablabas poco, pero se notaba en tu cara esos pensamientos de fundamentación de la vida. Repartiste puñetazos casi a diario entre los muchachos de la esquina que se burlaban de tu cabeza sin pelo y del presidiario primerizo. Luego te refugiabas en los libros de Jenaro.

La escuela, por insistencia de Jenaro te recibió de nuevo; pero ya no la escuela Modelo, la nuestra, la del barrio, sino la suburbana. Allí si contabas las hazañas con vana gloria, porque estabas con otros, en igualdad de aventuras. Terminaste la escuela primaria con buenas calificaciones, más las ganas aumentadas de beber la existencia a largos y grandes tragos. Jenaro no se explicaba ese sinsentido. ¿Cómo este muchacho tan inmanejable, terminaba los estudios primarios con felicitaciones de los profesores? Se preguntaba.

Con edad de bachiller, te enredaste en la política. Te metiste con Javier Tropero. ¿Recuerdas? Hablábamos en muchas ocasiones de él, porque sus compañeros de monaguillería, lo pillaron más de una vez saqueando las ofrendas de los fieles al crucifijo de la Iglesia mayor. Por estos barrios todo se sabe. Javier aprovechó tu verbo ágil y te reclutó para el partido. Con él creciste en vivencias. El bolsillo de Jenaro se transformó en negocios y deudas con quienes no te conocían y a quienes nunca pagabas. La tienda de Braulio tomó la forma de oficina pública desmantelada, a las que te llevaba Javier Tropero por el tiempo necesario para el saqueo. ¡Recuerda! Lo hicieron aquí en la pequeña ciudad, luego en la administración departamental y terminaron en la capital de la república. Me decías que no te quedabas anclado en ninguna parte porque eso era la muerte y no permitías que te vieran mucho tiempo en un solo lugar. Sé que el dinero lo gastabas igual como en la esquina de los muchachos. Experimentabas todas las drogas y licores. Te encerrabas con algunas mujeres y hombres a consumir toda la compra y el dinero. Terminaban ansiosos y dispuestos a todo para reanudar la fuma.

Uno de esos tiempos cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer, volviste al barrio y te vi desposar a Claudia y ponerle un hijo. La dejaste sola seis meses y al regresar intempestivo, te contaron que tenía un amante. La repudiaste. La abordaste en la vía pública. Ella aceptó el repudio con ira y acusaciones; te dijo drogadicto, ladrón de cuello blanco, doctor estafa, marica, perro, hijo de puta. Me contaste que le asestaste un palmo de mano en un lado de la cara y la gente les hizo ruedo y exclamaba indignada.

Tu vida atada a la fuma, no la resistió Javier Tropero. Te aisló. Él un Tropero político de relaciones adineradas con una imagen para cuidar, no podía estar a tu lado. Regresaste al barrio, menguado y derrotado. Volviste a leer y pensar en la razón de de Jenaro, tu padre censor, como decías. Pero la lógica de tu vida estaba en el gasto, y comenzaste a saludar en voz alta a cercanos y desconocidos con mano prieta para conseguir un trago de licor o un cigarro. Tus acreedores frustrados de todos los tiempos encontraron un lugar y un momento para la venganza. Eso parecía no importarte porque la sombra de Javier Tropero aun te cubría. Decidiste morir así gastando la vida a largos y grandes tragos, hasta que se te estalló ese cuerpo de cincuenta infiernos, ¿o cielos?

viernes, 21 de agosto de 2015

Cuando los árboles ríen

 
Imposible dejar la costumbre aunque se amenace con la muerte. Esto lo sintieron sus ideas trabadas y su iris azul rodeado de rojo. Desde sus seis años los vecinos acordaron llamarlo Robertico por su dicción pausada y repensada. Demoraba en dar su nombre y en responder a los saludos. Su familia era de baja estatura y robusta. Robertico prometía ser el más bajo de todos. Por ello el diminutivo de su nombre.

Muy temprano comenzó a corretear por las calles del barrio y ser conocido por la gracia de sus movimientos y por meterse en los rincones donde no todos se atrevían entrar.

A los trece años hacía lo que veía en los muchachos que frecuentaban los lugares recónditos del barrio. Comenzó a fumar marihuana. La hierba le creaba un redondel rojo a sus ojos azules y dotaba su cuerpo de una hiperactividad inquietante para quien lo observase.

El barrio Andalucía era pequeño. Lo componían unas tres manzanas de casas arrancadas a grandes lotes, con los cuales permanecían indivisas. Esto hizo que las calles fueran laberínticas, de manera que trajinar el barrio se hacía a los ojos de todos. El barrio estaba al lado de la calle principal que conectaba el oriente con el occidente de la ciudad. Esta principal la cruzaba una carrera iniciada en un callejón, seguía hacia el norte, topaba una calle ciega, fluía hacia una plazoleta circular y continuaba hacia el carreteable de la fábrica textilera, donde terminaba tanto ella como el barrio.

Robertico vivía en la calle principal, en una vieja casona de paredes altas de tierra apisonada. El piso tenía mosaicos hechos con cemento de colores y el fondo de la casa, como en la mayoría del lugar, terminaba en un solar con árboles de naranjas y mangos.

En su casa adquirió la paz necesaria para dejar que su imaginario volara sin barreras. La marihuana, le potenció esos vuelos y comenzó a caminar por el barrio incesantemente, mirando con sus ojos rojos y azules, todo, como si hubiese adquirido una mirada estereo, panóptica.

Llegó al barrio un nuevo narcótico, se le llamó bazuca, para hacerle honor al arma con la que los sandinistas de Nicaragua mataron al dictador Somoza en una calle de Paraguay. Este narcótico, se decía, es un subproducto del proceso de elaboración de la cocaína, es un desecho. Alguien descubrió que fumarlo producía una ansiedad imparable, el éxtasis de la ansiedad. Se popularizó el consumo y quienes lo asumieron hasta el vicio, cayeron en un profundo olvido de si mismos y de las normas sociales. Para ellos también se inventó un nombre se les llamó desechables, como quien dice, si ellos han desechado su mismo ser, la sociedad lo asume desechándolos.

Robertico se contactó con el nuevo consumo. Lo hizo a fondo y sufrió la dejadez. Su familia lo sometió a un tratamiento de desintoxicación y recuperación en una institución cuya terapia consistía en encerrar el sujeto y hacerlo sentir la basura del mundo y enseñarle un oficio.

Se recuperó, eligió como oficio la carpintería, volvió a trajinar el barrio, pero esta vez no motivado por el consumo, sino por la confección de pequeñas alcancías de madera. Las armaba en casa y las pulía incesantemente en su caminata sin fin por las calles. Con los lugares de expendio y consumo, tomó una posición de observador desde fuera. Saludaba y seguía. Allí estaba otro mundo. Estaba advertido de sus peligros, sin embargo lo miraba con desenfado, como si el peligro solo fuese eso, una advertencia de la autoridad, porque él allí, en ese mundo, solo había encontrado el vuelo de su imaginación. Así que un día volvió a vivir el barrio, sus calles sus gentes, sus callejones, de la manera como la había hecho siempre.

Consumió, pero ahora lo hacía con madurez. La madurez que le daba el tener un oficio. Los vuelos de su imaginación los ancló en esas pequeñas cajas de madera, en sus alcancías. Ahora su familia estaba tranquila, se decía: ese muchacho consume narcóticos pero trabaja permanentemente, sin descanso.

Desde horas tempranas salía de casa rumbo al la plazuela de Andalucía. Fumaba, trababa sus pensamientos y pulía la alcancía de turno. A las diez de la mañana jugaba el primer partido de fútbol en la calle principal, corría tras el balón con las manos ocupadas, en la izquierda la caja de madera, en la derecha papel de lija. Pula y juegue, fume y corra. Robertico se convirtió en personaje folclórico.

Movía a risa su cuerpo bajo y robusto, su tez blanca enrojecida por la actividad, sus ojos en extremo abiertos con sus dos colores: azul rodeado de rojo. Se le concebía como loco, poseído por una locura cómica e inofensiva.

Corrieron los años noventa. En la ciudad se agudizó el conflicto social. Los dineros del narcotráfico permearon todas las expresiones políticas, las legales y las ilegales. La masa de jóvenes sin oportunidades escolares o de trabajo fue reclutada por la izquierda y la derecha política, para ponerla al servicio de sus intereses. Fueron armados y se les señaló el enemigo. Los milicianos de izquierda debieron cercar barrios e imponer un orden y una moral pública, ácida, total. Los tomados por la derecha se les obligó al sicariato y al exterminio de comunistas desechables, milicianos y homosexuales.

La ciudad de Robertico y particularmente su barrio, sufrió la incidencia de ese ejército de muchachos convertidos en sicarios. La jerarquía dentro de ese ejército se conseguía demostrando habilidad en el asesinato de personas en las calles. Su consigna podía leerse en los muros, en grandes graffitings: “Se Busca y se Mata”. En Andalucía creció un muchacho amante de las pistolas y a los quince años fue reclutado y dotado de sendas pistolas con las cuales se hacia fotografiar, ellas en el cinto. Le apodaron el Tillo.

Los asesinatos ejecutados por esas bandas de sicarios fueron llamados limpieza social, porque hacían ejercicio de puntería con  muchachos como Robertico. Espantaron la gente de las calles. Impusieron un toque de queda sin declaración.

Veinticuatro años logró vivir jugando fútbol callejero, puliendo alcancías y consumiendo marihuana y bazuca y haciendo reír las gentes del barrio por su personalidad estrambótica e inédita. Una noche de octubre de 1992, salió de casa omitiendo las advertencias. Llegó a la plazuela, recorrió su redondel aspirando los humos de sus varetas, más profundamente que de costumbre. Se paró bajo una puerta amplia de garaje a mirar la plazuela. No lijaba, solo miraba, esperaba. De la oscuridad salió Tillo y le disparó en la cabeza. Robertico cayó, los árboles del parquecito tomaron forma en su imaginación de gente que reía, sonrió y murió aferrado a su oficio, a su caja de madera y su papel lija. Tillo guardó el arma y caminando sin afán volvió a la oscuridad.


miércoles, 22 de julio de 2015

Entre rojos y negros

Mark Rothko. Negro, rojo y negro, 1968. Óleo y papel encolado sobre lienzo.

Decía que se casó y vivió más por azar que por amor. No tengo memoria de antes de su matrimonio porque ella solo hablaba de su frustración. Cuando se refería a esos tiempos, decía que se casó por un poema que Arcesio le recitó al oído en un baile de cumpleaños. Hablaba de su vida a veces con alegría, pero en general lo hacía con tristeza honda. Yo visitaba su casa con regularidad. Estudiaba con sus tres hijos en el liceo. Ellos también hablaban de Arcesio con sentimientos cruzados. Ese recurso de invocar al padre, varias veces en nuestras charlas, me creó una gran expectación por Arcesio. Comencé a imaginarlo con la estatura de Miguel el mayor, porque mi madre decía que el primer hijo siempre saca la altura del papá. Imaginaba a Arcesio de piel blanca y ojos negros como lo era Luz Estela, la segunda. Lo imaginé con el pecho tirado hacia adelante como Juan el menor.
 
Me acostumbre a esas imágenes y recurría a ellas cuando escuchaba sobre él. Antes de terminar el liceo, Miguel y yo, nos metimos en una pequeña empresa. Nuestros conocimientos sobre dibujo, adquiridos por intuición y observación de un vecino que pintaba sobre lienzos al lado de una ventana ancha y alta, nos sirvieron para esa aventura empresarial. Altagracia vio con buenos ojos nuestra aventura y permitió instalar en el solar de la casa una ramada. Hicimos gala de un extraño sentido de bricolaje y armamos un techo y unos bancos de trabajo con maderos y tejas metálicas que Arcesio había dejado años atrás arrumados en un rincón. Miguel, tomaba los maderos, los inspeccionaba e invocaba la forma como Arcesio pudiera hacer el trabajo en que estábamos metidos. -Vamos, el no está, hagámoslo nosotros- le tenía que repetir varias veces.

En ese taller improvisado hacíamos estampados sobre tela y papel. El mayor cliente, nos ocupaba, cada vez que había una huelga de obreros. Ricardo creció con nosotros en el barrio. Nos aventajaba en años y experiencia de vida. Cada vez que podía nos hablaba de la clase obrera, su misión en el mundo y por eso Miguel y yo resultamos expertos en dibujar puños en alto y la figura del Che Guevara. Lo hacíamos de memoria para combinarla con los mensajes que Ricardo traía anotados en un cuaderno. -Letra y figura con eso hagan una buena composición, siempre con los colores negro y rojo- decía tomando un aspecto solemne.

En la noche de un lunes de julio, Ricardo nos llevó por algunos barrios del occidente, para mostrarnos lo que hacía con los estampados. Terminamos participando en la actividad. Con engrudo pegamos los papeles impresos en muchas paredes. Y al final una patrulla nos detuvo y encarceló en la única estación de policía de la ciudad. Nos interrogó Pedro Pablo, un policía vecino. –Muchachos ustedes son menores de edad, no se dejen echar carreta de esos revolucionarios güevones- dijo hablando en voz alta, pero sin enfado. Una hora luego, llegó Altagracia, firmó un papel y con ella, volvimos al barrio. Ricardo salió después. Ella me dejó en casa y siguió con Miguel dándole reprimendas. Escuché que decía: -claro, apuesto a que si Arcesio estuviera no me ponías en estas. Lo que es criar hijos sin padre; pero es mejor así que vivir con un borracho infiel- Altagracia siguió hablando al caminar; escuché su voz evanescente e incomprensible. Los mismos reproches me tocaron antes de dormir.

Volvimos luego a lo mismo. Altagracia nos habló del trabajo: -ustedes solo hagan sus dibujos, no tienen porqué salir de aquí a exponerse a los peligros de la calle y menos de noche- dijo con angustia; ella quería nuestra pequeña empresa. Muchas veces recibimos algún dinero de sus ahorros para las necesidades del taller.

Corrieron varios meses. Habíamos perfeccionado el trabajo y Ricardo Traía más. Una tarde, las alambradas de secado de los impresos estaban repletas de papel colgado con cuidado. Tenían la inscripción: “Viva el 1º. De mayo combativo y clasista”. Cuando la luz del día se iba escuché unas palabras de saludo con extrañeza, que llegaban de la puerta de entrada de la casa. No entendí bien lo que se decía, seguí deslizando la tinta sobre el bastidor y observaba absorto la impresión, porque había que mirar con detenimiento cada reproducción. Sentí una presencia no habitual. Miré ese cuerpo y descubrí la estatura de Miguel, La piel blanca y los ojos negros de Luz Estela, el pecho tirado hacia adelante de Juan. Innegable! Era Arcesio. La imagen en la memoria coincidía con el padre de la familia. Nos saludó amable. Miguel tomo la expresión que delataba sus sentimientos cruzados. Al fin se habló entre todos de lo que se hacía en el taller. Altagracia le reprochó su presencia y lo invitó a marcharse con ademanes amenazantes. Arcesio se enfureció, se acercó al oído de Miguel y le dijo: -esa madre tuya es una puta-. El hijo levantó la mano contra el padre; el puño de Miguel cayó sobre el pecho; le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas contra el suelo. Arcesio se levantó con rapidez y soltó una andanada de palabras contra nuestro trabajo. Terminó amenazando con denunciar ante la policía a los hijos por subversivos y a la esposa por alcahueta. Nunca lo hizo. El taller siguió hasta morir de muerte técnica y Altagracia nos admiró siempre y habló bien de la pequeña empresa ante los vecinos.

viernes, 3 de julio de 2015

Liana y la Casa Blanca

Sorprende todo lo que allí ha ocurrido. Los acontecimientos mientras sigan depositados en la memoria cotidiana y sean dichos en las charlas diarias u ocasionales pasan intrascendentes sin afectar a nadie; pero cuando de ese acervo se saca uno para ser narrado en su particularidad sorprende y asombra.

Ese acontecimiento puede ser lo que se escuchó en el barrio Andaluz, por los días cuando los alcaldes fueron reemplazados por militares del ejército nacional. Se contó que la hija menor de Obdulio amanecía en la calle y que tenía un amante mayor que ella.

Se hablaba de un encuentro muy particular de una mujer y un hombre, ella adolescente y el de veinticinco años. Él acostumbraba tomar licor en las tabernas, bares y cafés de la avenida principal de pequeña ciudad. Era un hombre bajo, robusto de piel blanca y vivía en una casa vieja de tapias y puertas altas pintadas siempre de blanco. Por eso en la pequeña ciudad lo apodaron Casablanca, además por ser un dicharachero de amistad fácil. Una noche de diciembre, en la taberna Rondalla, cuando el licor corría libre, entró en amistad con el Zurdo Naranjo. Ambos se sinceraron sobre sus actividades y el querer ser. Casablanca le dijo que hacía tiempo admiraba su rápido progreso, sus mujeres y sus autos y que en él tenía un amigo de plena confianza y colaboración.

El Zurdo Naranjo se había enriquecido traficando cocaína hacía los Estados Unidos y metiendo en el país armas para la guerrilla y las bandas armadas de la mafia. El Zurdo encontró en Casablanca un cómplice. Ambos desde aquel diciembre hicieron una alianza estrecha y de mutua fidelidad.

Ambos convirtieron la pequeña ciudad en un fuerte de bandas, milicias armadas, muerte y terror. Reinaron amplia, pero no largamente. Casablanca tenía muchas amistades, le quedó fácil distribuir entre los muchachos de las esquinas, dólares y mantenerlos dispuestos y pertrechados. Una noche reunió cincuenta de ellos, los metió en doce automóviles. Los distribuyó por las calles de la capital y atacó las droguerías y negocios de un mafioso enemigo del Zurdo. A pesar de ello, Casablanca se mantuvo en un bajo perfil. La fama y culpa de los que pasaba en la pequeña ciudad caía sobre el Zurdo.

Ese poder fortuito generó una reacción de las instituciones y ocurrió que el alcalde, depositario, del poder civil fue sustituido por un jefe militar. El gobierno se declaró incapaz de controlar la fuerza del Zurdo con la legalidad. Así cayó el dominio del Zurdo Naranjo. Se le encarceló, se intentó enjuiciarlo, intentó huir y le aplicaron la ley de fuga. Lo mataron huyendo de la policía.

Casablanca, en la pequeña ciudad, quedó con la fama del Zurdo pero sin suficientes contactos. Por su bajo perfil no fue perseguido, después de todo, siguió en la Rondalla de la avenida principal. Se le veía siempre rodeado de mujeres adolescentes, muy niñas. Su fama era un atractivo para los jóvenes. Su hazaña se convirtió en valor ético y moral.

Una tarde cuando se iniciaba la competencia de músicas a alto volumen en la avenida, se encontraba Casablanca en la Rondalla con un grupo de mujeres y hombres en la misma mesa. A las seis entró Liana, joven, adolescente, casi niña, con paso firme se acercó a Casablanca y le dijo al oído -Quiero estar con vos-. Casablanca la invitó a sentarse a su lado y conversaron largamente. Liana estaba decidida a ser adulta aunque no tuviese la edad. Su figura había ganado estatura a fuerza de estirar el cuello y el dorso. Reía poco, terminaba con un ademán de aprobación los cuentos de Casablanca. Liana se quedó esa noche con él. Luego, se veían en el día, porque Obdulio amenazó a Liana con expulsarla del hogar si volvía a amanecer en la calle, fuera de casa.

Liana tomó un aire de mujer adulta, extraño para los vecinos del barrio Andaluz. La gente se lo explicaba contando la historia de la adolescente amante temprana de un mafioso. Eso no era oculto, se les veía en los autos último modelo por las calles. Ella por fuerza del contacto conoció los amigos y enemigos de Casablanca, también supo de los lugares escondrijos de dinero y armas, herencia del Zurdo. Herencia reclamada por muchos, por otros capos de la pequeña ciudad y otros, más poderosos de la capital.

Cuando secuestraron a Liana, la relación con Casablanca tenía dos años. Todos buscaron a Liana, la policía, la familia, los vecinos, y claro, el mismo Casablanca. Liana apareció dos meses después, le explicó a su amante que estuvo de visita en casa de unos familiares, que no hubo ningún secuestro. Casablanca entró en cólera por el robo que le hicieron en uno de sus escondites. Sin pensar otra cosa puso todas sus sospechas en la ella. Luego de una semana sin verla, la llamó e hizo que saliera de casa y la mató en pleno día, mostrando no importarle esconder el crimen, porque sabía que tras el robo de ese escondite vendrían los otros. Casablanca reaccionó contra Liana y contra quienes la secuestraron pero en esa guerra cayó acribillado en la misma calle donde la mató.

martes, 23 de junio de 2015

La pistola imaginaria

Quiso morir para ser protagonista. Envidió, desde pequeño a sus amigos cuando fueron el centro de alguna celebración. Su aspecto siempre impecable le impedía participar de la vida corriente. Siempre llevaba el vestido limpio. No se sentaba en el andén o en los quicios de entrada de las casas por temor a desgastar o manchar su pantalón.
 
Ofelia, la madre, estuvo siempre orgullosa de él y lo alentaba a continuar así. Delio construyó un mundo interior regido por la moderación. Muy pronto desertó de la educación; se quedó con la escuela primaria, pero asumió con pasión el modelo de conducta vigente en las esquinas del barrio. El cuerpo lo inclinó un poco, el cabello estuvo siempre peinado hacia atrás y habló como un camaján, con muchas lunfardadas.

Delio vivió siempre en apariencia. La moderación profunda que guiaba su espíritu le impedía realizar su camajanería. Por ella debió batirse puñal en mano; debió hacer algún robo, algún asalto, alguna fechoría de importancia; pero no podía, la moderación y su madre le hablaban quedo en su cabeza. Y a pesar de ello, con mucha frecuencia, don Humberto, debía ir a la cárcel de Bello, a San Quintín, a liberar su hijo. Su aspecto, su porte lo hacían sospechoso, lo condenaban. Ser encarcelado le gustaba, nunca evadía las “batidas”, hechas por la policía los fines de semana. Delio sabía que no había hecho nada, que sería liberado pronto; pero eso alimentaba su apariencia y su mundo de guapo camaján.

Pasó la época del puñal. Este se tornó engorroso, sucio y lento, era un arma para blandir, enseñar y convocar público que presenciara las hazañas. Delio introdujo en su lenguaje la pistola, no la tenía, pero la realizaba con nombrarla. Fueron famosos entre los muchachos del barrio sus cuentos de correrías por las calles, con la pistola en el cinto. Participó en balaceras, asaltos, venganzas y hasta hizo viajes de negocios sucios a otras ciudades. Se sabía de su rico mundo imaginario y fue bautizado con los nombres de Delio Mentiras o Delio Pistolas.

La hazaña memorable, que más le gustaba contar y la que ponía en evidencia su fantasía, fue un viaje a Apartadó en 1986. Allí participó con los maceteros en un entrenamiento. Le enseñaron a manejar fusiles de alto poder, disparar contra matas de banano. Delio Pistolas nunca salió del Valle de Aburrá, pero el escuchar noticias sobre las acciones criminales de los maceteros, masacradores, perseguidores de la guerrilla, con armas sofisticadas, encontró un lugar para hacer progresar su mundo. Disparó contra matas de banano porque dentro de sus códigos y deseos no estaba matar humanos.

La moderación no impidió el gusto por la marihuana. Debió hacerlo porque ella encajaba muy bien con su camajanería transformada en malevaje de pacotilla. Conseguir la yerba lo hizo imprescindible para el barrio y muchos fumadores de fuera. Caminaba a diario la ciudad, consiguiendo el mejor precio, para ganar algunos pesos demás. Los jíbaros, ubicados en los límites urbanos, le conocieron y le escuchaban el relato de sus hazañas; su fama se extendió y llegó a oídos de Ofelia y Humberto. ¡Delio Pistolas, que sobre nombre tan terrible! -decía ella. ¡Delio Mentiras, que mis hijos sean lo que sean, menos mentirosos!, decía él.

Por los padres, por algunas vidas ejemplares de amigos y vecinos, Delio decidió cambiar. Aprendió a manejar la soldadura autógena y cayó a una fábrica de cocinas de acero inoxidable. Le tocó soldar con níquel largas hojas metálicas. Este trabajo le trajo una honda depresión, además que se descalcificó y se le cayeron varios dientes. En las tardes pensaba en su condición y traía a su memoria la historia de su vida. Realmente no había hecho nada con ella, entró en conciencia de la invención de su mundo. No había sido el centro de ningún acontecimiento importante. Carlos el del frente ya era un ingeniero. José, su primo, viajó a Estados Unidos y trajo dinero; Francisco de al lado ya tiene un taxi y es admirado y querido. Pero el hecho más conmovedor, como ejemplo de protagonismo, comenzó a verlo en los funerales frecuentes de la época, presenció el de sus amigos más queridos, y el de uno de sus hermanos y el de su padre. El llanto de las mujeres, el rezo solemne del cura en la iglesia y ante el muerto, la caravana de autos hacia el cementerio, las flores, el licor, el relato de las hazañas. Todo ello le parecía un hecho importante en la vida de alguien. Se vio a si mismo en el ataúd, observando a su madre, a sus amigas, amigos y enemigos, con los ojos fijos en él. Una caravana de autos le llevarían por la ciudad, en un estridente concierto de pitos y todos al verle pasar dirían ¡Ahí va Delio Pistolas!

Se decía: si, esa sería una buena ocasión para hacerle ver a todos que existo. Moriré, el cuerpo se pudrirá, no volveré a contar mis invenciones; pero veré todo, veré mis pantalones limpios ordenados en el escaparate, a Ofelia rezar todos los días por su hijo que la escucha y la puede proteger por fin. Seré un alma con un lugar en el cementerio y en el corazón de los ciudadanos, seré por siempre recordado.

La soldadura de níquel y las consecuencias sobre su cuerpo, le hicieron dejar el trabajo. Volvió a estar en las esquinas del barrio en el día y en la noche, regresó a los jibariaderos, comenzó a salir con pillos y traficantes; ponía especial atención a las noticias sobre los hechos de los sicarios de moda, para luego contarlas, convirtiéndose él en el protagonista. Delio Pistolas se convirtió en un hombre peligroso para él, en motivo de risa para quienes le conocían y en alguien de respeto para el que lo escuchase por primera vez.

Un día lluvioso de un marzo, comenzó a quejarse de si mismo por la falta de dinero, por ser un marihuanero a medias, por no ser él quien enviase a comprar vicio, por estar siempre del lado de la madre, por tener que cuidar siempre el buen estado y la limpieza de sus pantalones. Se quejó por ser hombre moderado, por haber evitado siempre la acción grave y con consecuencias graves. Ese día caminó por los barrios, no para hablar de sus imaginarios sino hacer algo real. Fue al barrio La Selva compró marihuana y fumó como nunca lo había hecho, tomó licor. Así trabado, por fin, anduvo sin rumbo pero con ademán de maloso y fiero. A las once de la noche, seguía lloviendo. Se topó en una calle del barrio Prado con el Pibe. El Pibe tenía la misma vida de Delio, pero real, efectiva. Delio y el Pibe se miraron. Ambos se conocían. El Pibe encontró en la mirada algo distinto, un desafío mortal. Sacó la pistola y puso el cañón sobre el pecho de Delio y disparó porque no escuchó ningún ruego, no vio ningún miedo y dedujo: hoy Delio está armado y quiere matar.

viernes, 5 de junio de 2015

La izquierda quieta

Conversan, miran desprevenidamente para las cuatro calles, de ese cruce. Son las cuatro de la tarde de un jueves de abril y el sol calienta bastante. Escuchan el freno seco de un camión en el otro cruce, en el de tres calles, una cuadra arriba, cien metros arriba. El hombre del camión, salta, machete en mano al pavimento y grita ¡a mi hijo no lo toca nadie! El increpado fue Carlos Mata.

-Yo no le he hecho nada– dijo Carlos y se paró firme.

Bolín sacó chispas del pavimento con el machete, vociferó y volvió a su camión. Bolín es robusto y bajo de estatura, tiene una piel casi roja. Es irascible y por ello tiene pocos amigos. Su familia corta, cuatro mujeres y un varón llamado James. Es el menor. Ha sido criado, con todas las atenciones. Las cuatro hermanas y su madre le mantienen siempre limpio y bien vestido.

Los muchachos al ver saltar a Bolín del camión quedaron expectantes. Tal vez, hoy si irá más allá del amago, pensaron. Pero ocurrió lo mismo de siempre. Estas alharacas de Bolín les hacen reír, y es motivo de conversación cuando otros temas se han agotado. El mismo James se atreve a reír con el grupo cundo se rememora las rabietas públicas de su padre.

El cruce tiene cuatro esquinas. En tres de ellas hay un bar. Antes, los padres de los muchachos los llamaban cantinas. Los tres bares tienen traganíqueles y desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche pasan tangos. En la esquina sede del grupo de muchachos, funciona un negocio de alquiler de bicicletas. Tiene un aviso pintado a buen pulso, en colores negro, amarillo y rojo, que dice Taller Raleigh. El dueño es un vecino, que vive con su familia en el mismo espacio, la misma casa. En el frente –en diagonal- está el bar del Negro Ariza. A la derecha el bar Palermo y a la izquierda el bar Danubio.
 
El grupo a veces se divide en los tres bares, otras se ancla en uno y lo copa todo. Cuando esto ocurre por lo general hay broncas con los extraños porque reprograman el traganíqueles y sacan carcajadas provocadoras. Estas broncas muestran la forma como se lleva la vida o la muerte. La mayoría porta puñales y unos gestos de guapos.

James, siempre pisa las teclas que seleccionan Sangre Maleva, porque cree que le habla de su vida. Ese cuidado que recibe en su casa, lo ha hecho disfrutar de tiempo y dinero para embriagarse casi a diario y otros vicios. Amigo de todos los que él considera correctos y respetuosos. Lo correcto está en la transparencia de la amistad y el respeto en el trato amable, alegre y una profunda consideración por la mujer en general. Entró en una bronca temprana con Carlos Mata. Carlos es un personaje desarraigado. Todos los vecinos son para el cómo lechugas sin jerarquía, es obsceno con todas las mujeres del barrio y por esto choca casi todos los días con James en especial cuando Carlos hace insinuaciones sexuales públicas a sus hermanas.

La protección de Bolín y el cuidado de cinco mujeres le han hecho delicado en el trato y guapo ante el mundo para defender su familia y las muchachas del barrio. El aguardiente, la yerba y el tango le metieron el macho pendenciero en la cabeza. La embriaguez la exhibe ante la pequeña ciudad y en especial en el barrio.

Ese jueves a las seis de la tarde inició su trajín por las calles del barrio. Entró a los bares Palermo y el de Rigo Ariza. Con un saludo sonante, le pide a Rigo un aguardiente. Alza la copa con solemnidad y lo bebe. Paga y sale. Va a la plazuela de Andalucía, la cruza por el centro y ojea los transeúntes y los apostados en las puertas de las casas y en las ocho esquinas que delimitan el parquecito plazuela. Busca la bocacalle que le lleva donde la gorda Dayli. Ella le provee de marihuana y pastas. La casa de Dayli es estratégica. El frente está sembrado de cactus cereus altos, la puerta de entrada es como de potrero, desvencijada hecha con maderos rústicos. Para llegar a la gorda, se debe cruzar un espacio amplio sembrado de flores. Al final está ella sentada en una silla mecedora. James, entró con familiaridad. Dayli al verle preparó la mercancía de ese cliente. Cuando alguien entra allí es controlado de inmediato y permite saber quién es y que desea. James extendió un billete y recibió un pequeño alijo de papel blanco. No hubo palabras. Afuera, saludó y convidó en alta voz a su amigo Montes.

-¡Montes y tales! ¿Vamos a darle?
-Vamos. ¿Qué traés?- Dijo Montes.
-Yerba y pasta. Usted sabe papacito lo que me gusta- Contestó James.

Montes vivía cerca de Dayli y nunca salía del sector. Siempre estaba ahí, vigilante y convidado por los compradores. Ambos consumieron despacio el alijo.

James dejó a Montes y siguió calle arriba, bebió aguardiente en los bares cerca a la fábrica vieja y tomó el camino de regreso a la esquina de las bicicletas. Recorrió las calles mostrando su andar tumbao y desafínate. Su cabeza repetía: “La Boca, Avellaneda, Barracas, Puente Alsina, el bajo de Belgrano y en el mismo arrabal fue siempre respetado el zurdo Cruz Medina, por ser un buen amigo, muy noble y servicial”.

Se imaginaba ser el zurdo Cruz Medina, su vida la llevaba como una canción. No es matón, pero mínimo no es delator. La canción funcionaba en su cabeza como un mito. James lo vivía. No tenía historia, no tenía futuro. La vida era para él un momento difícil. Reía con dificultad y se daba entero al barrio, a sus gentes, sabía que se hablaba de su actuar, y había que cuidar la reputación de guapo y varón.

A las nueve de la noche entra al bar de Ariza. Golpea con el cuerpo una de las puertas de entrada y se sienta pesadamente cerca al traganiquel. El bar tiene cinco puertas. Una central coincidente con la esquina y dos a ambos lados. Las puertas son altas y amplias y dejan ver desde la calle la totalidad del interior. Sobre las paredes cuelgan fotografías de artistas del tango: Gardel, Canaro, Contursi, Laroca, Iriarte, Magaldi… Tiene un cielo elaborado en recuadros y molduras hecho por el mismo Rigo. Éste cuando se embriaga siempre habla de su talento para decorar el bar. Todos han escuchado esa historia y por eso lo prefieren.

James golpea la mesa y pide un servicio. Ariza le sirve un aguardiente. James, levanta la copa y al beber, ve en la esquina opuesta la figura de Mata entre otras. Sale y desde el centro de la calle vocifera.

-te la llevo en la mala Mata. Sos un bobo, solo te gusta asustar a las mujeres y los niños.-

Mata, con la espalda en la pared, inclinó un pie hacia atrás y lo posó también sobre la pared, metió las manos en los bolsillos del jean y dijo: -Dejame quieto James- Luego señaló a otros presentes -testigos de que me está buscando pleitos- afirmó con rostro pálido.

El señalar testigos, expresa los permanentes desafíos entre ambos. Se busca estar libre de culpa si las cosas llegasen a consecuencias graves. Los testigos no le preocupan a James, pues sus códigos de vida los aprendió de Cruz Medina: no ser delator.

La hermana mayor de James puso fin al encuentro, llegó a él y lo haló con fuerza de un brazo y lo llevó hasta la puerta de la casa. James, ya calmo regresó al bar de Ariza. Sin palabras tomó un aguardiente. Bebió y clavó la mirada en el piso, metiéndose en pensamientos rencorosos.

Un asistente, puso a sonar el tango que dice en una de sus estrofas rencor mi viejo rencor, tengo miedo de que seas amor. James, levantó los ojos y con voz pesada dijo a nadie.

-¿Cuál amor?, ¿Cuál rencor?-

Airado, levantó la mano izquierda y la dejó caer con decisión sobre la copa. Comenzó a sangrar. No miró la mano herida. Volvió a clavar la mirada en el piso con los ojos muy abiertos. La hermana, atenta a sus movimientos, entró al bar, le vendó la mano y le obligó ir a un hospital. Fueron muchas las copas rotas así, hasta que su mano izquierda se inmovilizó.

James dejó de idolatrar a Cruz Medina. Él y los amigos relacionaron el zurdo con la mano quieta. No lo manifestaron. Fue como una percepción tácita y todos olvidaron la canción y las copas rotas; pero vivía y palpitaba el culto de ser buen amigo, muy noble y servicial, con el barrio y sus mujeres. El camión de Bolín frenó estridente, muchas veces y su conductor repetía la escena del machete. Invocaba unas veces la defensa de su hijo otras se quejaba por las groserías de Mata.

El último jueves de octubre, comenzó a llover a las cinco de la tarde. Era una lluvia poco intensa pero pertinaz. James y sus amigos cercanos se tomaron el bar de Ariza. Cuando entró la noche y los faros de los autos revelaban el agua al caer, James sintió deseos de salir. Caminó hacia las tres esquinas y encontró allí a Mata coqueteando a las transeúntes con sus palabras obscenas. Le dijo:

-Bobo hujueputa, respetá la gente-

Mata lo ignoró y siguió aprovechando la cercanía de las caras y los oídos de las muchachas que por la hora de regreso a casa y la lluvia hacía a los transeúntes buscar las aceras y apiñarse. James se llenó de furia por el desprecio a su guapura, sacó el puñal y lo clavó en el corazón de su enemigo. La gente olvidó la lluvia, rodeó la esquina y presenció el procedimiento legal del levantamiento.