martes, 20 de octubre de 2015

La historia sobre el cuerpo. Comentario sobre el Tríptico de la infamia de Pablo Montoya

Captura de los Aztecas de De Bry 1550

Estar en el tiempo humano tiene la aspereza del control racional de la vida y lleva a la rutina de las obligaciones sociales; pero ese estar tiene también lo que viene por azar, lo impensado, aconteceres llegados de manera intempestiva. El azar y el control se mesclan, se alternan.

Un azar de noctámbulo, me topó al lado de una lectora amiga compartiendo una copa. Le hablé de la nostalgia que tenía por no terminar, como es mi costumbre, la lectura del Tríptico de la infamia, de un solo impulso. Le comenté ser una novela histórica. Ella remembró, como gran ejemplo de ese tipo, la obra de Mika Waltari. Até cabos y recordé una lectura que hice, hace tiempo, de Sinohé el egipcio. En ella, el autor narra la vida cotidiana en una época de lucha religiosa entre los fieles de Amón divinidad tradicional y los adictos al nuevo culto del dios Atón. La guerra fue implacable y cruel por la matanza de ambos lados.

Tríptico de la infamia, la adquirí en la Fiesta del libro de la ciudad de Medellín del año 2015. El interés lo inscribo en el deseo de hace años por conocer la literatura que hacen los literatos contemporáneos. La nostalgia dicha a mi amiga lectora es por haber hecho una lectura interrupta por otras tarea y porque me hizo perder momentos de expectación ante la historia de la novela. Nombro la expectación producida por el acercamiento que hace el autor Pablo Montoya a la vida social del siglo XVI en Europa. Me quedó la impresión de una época convulsa motivada por el descubrimiento europeo de otros seres humanos, de otro continente. Ese otro, se metió en la conciencia de los cristianos y los dividió en el pensamiento, en la acción, en lo que se llama la concepción del mundo.

La división del cristianismo entre católicos y protestantes se convirtió en irreconciliable, las posiciones se radicalizaron y fueron a la guerra de religión. De ahí la semejanza de la historia de Sinuhé el egipcio con el Tríptico de la infamia.

Los viajes a América de los europeos llevaron al viejo continente noticias del nuevo mundo, de los grupos humanos, del territorio, de los productos, incluso una muestra en vivo de los habitantes. Esta novedad convulsionó el imaginario y permitió la intrepidez para enfrentar la tradición y vislumbrar nuevas actitudes ante la vida, dios y el poder.

Tríptico de la infamia se dedica a recrear ese ambiente, con relatos sobre la vida de tres graficadores del siglo XVI. Tres hombres que adquieren la capacidad de representar sobre papeles o telas lo visto por el ojo o lo imaginado según los relatos leídos en libros impresos o manuscritos.

El relator del Tríptico es un observador omnímodo que se mete en la vida cotidiana de una ciudad francesa del siglo XVI para mostrar el ambiente vivido por uno de los pintores protagonista de la novela. Husmea en la vida privada del aprendiz de dibujante adscrito a un maestro que lo acepta bajo las condiciones del taller artesanal medieval.

El lector del Tríptico debe entender que el observador omnímodo es el creador de lo que ve y escribe. El taller del cosmógrafo, el maestro Tocsin y del aprendiz Le Moyne, son creados con la misma fuerza con la que los dos personajes crean los hombres acéfalos, los unípedos y los saurios de América. Esa fuerza es la imaginación. Esta funciona bajo el principio de la representación. Cuando alguien habla, ese hecho físico, parte de la imaginación del hablante y obliga al escucha también a imaginar.

El observador omnímodo, resuelve la necesidad de corroborar los frutos de la imaginación de Le Moyne y Tcssin con la observación directa, y por eso hace que Le Moyne viaje a América en una empresa colonizadora en 1575. En América el observador omnímodo, ve como los colonizadores franceses cambian el oro de los indígenas por “brazaletes de fantasía”. El narrador comete el error del anacronismo, la fantasía es nuestra. Pero es un error perdonable porque se trata de hacer realidad la imaginación de los involucrados en la historia incluida la del mismo observador.

Puede, en este orden de escritura perdonarse a su vez el que Le Moyne vea nubes de palomas en la Florida de Norteamérica, cien años antes de su adopción e esos territorios. La voz hecha escritura, que nos ha llevado a los lectores del Tríptico, de Francia normanda a la Florida, quiere decir que está construyendo un mundo y permite deducir que el nombre dado al territorio es producto de la extensión de un poema que escribe uno de los hombres importantes de la empresa, llamado La Caille. El título del poema es “La Floridiana”. La voz narrante ataca la omnisciencia y le dice al lector que para mejor comprender la batalla entre dos grupos de indígenas en la que uno de los bandos es ayudado por los franceses, es necesario y “fácil suponer, por lo demás, que las escuadras indígenas se movilizan rítmicamente”. El rítmo lo llevan escrito en el cuerpo y en sus objetos y es testimonio material de una verbalización; proceso incomprensible para el francés. Le Moyne con sus útiles de pintura, fraterniza con los indígenas. Ellos se ríen de sus dibujos y pinturas, de sus papeles. Le Moyne se extasía ante el arte genial de pintar sobre la piel. Se deja seducir y permite que su cuerpo sea pintado, tatuado. Ocurre una escritura sobre la piel del cuerpo que ocasiona una verbalización en quien lo observa.

La voz omnímoda cambia hacia una primera persona para testificar el ambiente sociocultural de la Francia de la posreforma. El Pintor Francois Dubios se narra así mismo. Habla de su vida de su profesión, de su infancia. Conoce la Novia de Le Moyne y tiene un hijo con ella. Isabeau pierde el hijo en la matanza de san Bartolomé. Dubios es tomado por una honda tristeza; se debió refugiar en Suiza. En ese país encuentra que la única forma de exorcizar la obsesión de la matanza, es llevarla a la tela, representarla. Así lo hace. En una superficie de noventa por cientochenta centímetros ilustra la noche de san Bartolomé, la gran infamia católica. La monarquía francesa invitó a París a los hugonotes para convenir la paz; llegaron en masa y en una noche fueron traicionados y asesinados en traje de cama, en pijama. Los católicos mataron dieciocho mil. Dubois presencia la matanza y logra huir.

La voz omnímoda vuelve para completar el Tríptico. El observador de la Francia del siglo XVI, convulsionada, desangrada por el exterminio de los cristianos hugonotes, se mete en la vida del artista Théodore de Bry; retratista, grabador, orfebre y en especial se interesa por el grabado en cobre, porque le permite reproducir los mapas que reducen “el universo a la escala del ojo humano”. De Bry y sus hijos le dan sentido a la novela. La imaginación reverbera en todas partes. En unos para la matanza, en otros para compilar y plasmar todo lo nombrado en ese artefacto novedoso llamado libro impreso. De Bry y su familia, leen todo lo escrito sobre América y lo grafican; es el imago trasvestido en materia cromática.

La voz omnímoda hace uso de la posibilidad de hacer literatura con la historia. Imagina la vida cotidiana secular del siglo XVI, apoyado en gradientes sacados de los archivos. En este caso la voz de Tríptico de la infamia, reconstruye la vida intelectual. Francia como Europa están estupefactas ante los hallazgos: el mundo es una esfera, la tierra no es el centro del universo, existen otros seres humanos cuyas obras son muestra de ingenio, de otra razón extrema y exótica. El culto del yo posibilitado por la personalización de la concepción de dios, crea una vocación individualista. Se reconoce que el cristianismo católico no es el único. El cristianismo puede ser humanizado y desplutocratizado. Muchas relaciones con el saber tuvieron como base estas novedades y tomaron con entusiasmo y fanatismo el luteranismo hugonote. Así la persecución y muerte hecha por los católicos cercenó las vidas y las mentes más avanzadas del siglo.

Mi amiga lectora conoció del Tríptico de la infamia lo que le dije esa noche. La asoció con la novela histórica de Waltari. Operó en ella la imaginación y en mi una relación entre dos novelas. Las copas chocaron.

jueves, 24 de septiembre de 2015

La risa explosiva de una boca roja

Óleo de Gabriel de San Martín. Risa de primavera

Se reía desde siempre de los defectos de los demás sin saber porqué. A los veinte años descubrió que reírse de los defectos de los otros era considerarlos o inferiores o manchados, y esto se lo explicaba, con una frase prestada de la academia, como un sentimiento antropocéntrico de grupo.

Una noche de noviembre, sentado en la puerta su bar preferido, con ella, vio pasar un cojo y Mariza se rió desmesurada abriendo hasta el límite su boca roja, él también lo hizo, pues a ambos les entró por los ojos el ritmo extraño de ese caminar.

Él pensó en su propia risa y en la de Mariza. Es normal que Mariza se ría de los cojos o de los defectuosos, ella no ha hecho el descubrimiento, ella no se ha preguntado y respondido sobre la igualdad, la libertad y el respeto, sigue en el mundo de la exclusión. En ese mundo de los padres, pleno de inquisición y exclusión.

Oliverio se propuso explicar porqué continuaba riendo de los defectos ajenos, si había entrado la conciencia, gracias a sus lecturas, de que esa actitud es un irrespeto y es poner a los otros en un plano de inferioridad. Se examinó y se dijo que ello estaba anclado muy hondo en su ser. Pensó en la primera vez que lo hizo. Si, allí estaba su madre riendo desde el fondo de sus recuerdos. Ella se reía de los pantalones cortos. Ella los hacía y obligaba a Oliverio, con amenazas de castigo, a ponérselos. La risa salía cuando Oliverio exigía que el pantalón llegase a las rodillas, en contravía de la moda llevada por todos los chicos de pantalones cortos hasta a la mitad de los muslos.

La risa de la madre salía como mecanismo y signo para calificar a los demás. Y enseñarle a aceptar o rechazar a este o aquel. Los primeros estigmatizados eran los negros. El negro Ariza, ella decía al verle pasar, que caminaba con el cuerpo encorvado y que quien podría querer a alguien así. Analida, la vecina de enfrente, la llamaba bruja porque su ventana nunca se cerraba y eso no es bueno, decía. Jesús Ángel, el dueño del bar de la esquina, bebía con los clientes y fumaba tabaco sin parar: este es un viejo baboso sin ninguna dignidad, afirmaba. Así Oliverio aprendió a juzgar las gentes del barrió sometidas a un código extraño de burlas, traído desde una hispanidad caduca, pero persistente. Quedaba poca gente honorable para la madre de Oliverio y para él mismo. Este filtro social produjo un puñado de amistades posibles y respetables. Amistades que extrañamente coincidían con las familias pudientes del barrio.

A pesar de esa cultura social excluyente, Oliverio, como un niño cualquiera, luego de asistir a la escuela, se tomaba la calle con todos los demás. En esos momentos de felicidad, los códigos maternos se neutralizaban y solo volvían a la memoria cundo la madre se le presentaba en un cara a cara y le decía: ¿acaso no te he prohibido jugar con estos chusmeros?

Una tarde de julio después de la escuela y comenzando el furor de las vacaciones de medio año, los niños en masa jugaban a la guerra. Los pantalones cortos de Oliverio se abrieron por la bragueta. Las mangas se adhirieron a las rodillas por efecto del sudor y luego de una amplia zancada, ocurrió que su sexo quedó expuesto y vino la risa y la burla de todos. Quien más rió con estruendo fue Roña el hijo del negro Ariza. Fue motivo para sacar todos los códigos de la madre, Roña se transformó en un enemigo digno de muerte; para Oliverio fue un negro chuchumeco, cochino, hijo de un ser que caminaba con el cuerpo encorvado.

En el bar, esa noche de noviembre, Oliverio con veinte años y un mundo nuevo en su cabeza, aguantaba a Mariza. Había aprendido a querer su piel blanca su cabello negro y abundante. Le gustaba ver su cuerpo al caminar, porque tenía ritmo y gracia. Ella era un poco más alta que él. El mirarle los ojos desde abajo le hacía sentirse protegido por la belleza; pero la risa explosiva de esa boca roja, repetida cada vez que pasaba alguien estigmatizado por lo códigos etnocéntricos que ella aún habitaba, producían en Oliverio desazón y desesperanza. Habitar el bar, las lecturas, la academia, la ruptura con esa hispanidad caduca, le habían tirado en brazos de una rebeldía llena de todo, menos de las exclusiones ancestrales de su familia.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Por la esquina del negro Ariza

Viene Ángel Hachas. Cruza el puente de la calle 55 sobre la quebrada la García. Viene saludando a gritos a los transeúntes. No le importa su medio cuerpo quieto, ni sus dientes muy visibles, no recuerda a nadie ni quien fue. Tras él vienen dos mujeres muy maduras de aspecto conventual. Ellas, cuando Ángel se desborda, quiere desconocer el tráfico y saludar los que pasan por el lado contrario de la calle, lo toman de la mano inmóvil y comprende que debe seguir y bajar la voz. Todo comenzó hace unos cuarenta y cinco años.

Las calles fueron pavimentadas en 1950. Por eso los muchachos comenzaron a usar zapatos, como si el pavimento los exigiera; pero así no era, el polvo amarillo de la tierra de Olleba exigía cubrir los pies, siempre hubo riesgo de enfermarse. El pavimento se relacionó con ese sentimiento nostálgico de aristocracia colonial, y se pensó que la pequeña ciudad pavimentada exigía unos muchachos bien presentados o al menos calzados. Ángel Hachas fue de los primeros en usar zapatos, su familia tenía dinero. Contaba entre sus miembros dos solteronas, una monja, un sacerdote, un médico, un político y un especialista en levantar tapias.

Ángel nació después de todos ellos. Rápidamente, cuando llegó al uso de razón, se cansó del diario ejemplarizar de Antonio su padre. Él debía seguir los modelos familiares. Cada año se le programaba para recluirlo en un seminario. Cuando Antonio hablaba de ello, Ángel miraba sin ver hacia cualquier parte. Esta actitud convenció a Antonio de que había tenido un hijo poquito, que prefería pararse en la esquina del negro Ariza y seguir las influencias de los muchachos del barrio: entre ellos Frank, hijo del dueño de la fábrica de muebles, llamada por los vecinos, la Complementaria de don Juan. Frank hablaba siempre de tipos de maderas y máquinas. Jorge quien mantenía muchos pesos, los ganaba en la dentistería que su abuelo legó a la familia; tomaba aguardiente desde muy pequeño. León, viviente entre automóviles de servicio público, ambicionaba ser chofer como su padre, hermanos y tíos. Jairo, hijo del zapatero Arteaga, hablaba de cueros y venta de frituras por las calles, a lo que era obligado. El hijo del negro Ariza, patrocinaba estar siempre en la esquina; pues su padre en ella tenía una tienda de abarrotes y cuando el negro lo dejaba a cargo del negocio, había fiesta. Carmelo que vivía en el callejón enseñó al grupo como robarle al dormido y al descuidado.

Llegó al barrio y a la esquina, José, enganchado por la Complementaria de don Juan. José hablaba extendiendo las vocales y las consonantes. Esto producía risa en el grupo de muchachos. Ángel aprovechaba y contaba chistes groseros que le salían altamente cómicos por su dicción. Este recién llegado produjo celos en Ángel Hachas. -¿Cómo es posible que este recién llegado torpe para hablar, se convierta en centro de atención de los muchachos? ¡Yo llevo dieciocho años con ellos y no los he podido hacer reír! Se decía-.

Una tarde de sábado, el grupo de muchachos caminó por el pie de monte del cerro Quitasol. Allí corría un agua limpia, llena de rumor y fresco; ellos la llamaban la Acequia. Sentados en su margen hablaban de la vista de Olleba que de allí se divisaba. José afirmó que si tuviesen unos binóculos, podrían comunicarse con cualquiera que viesen en cualquier calle. El grupo se rió por el chiste tonto y por la dicción. Ángel Hachas, comenzó a golpearlo, y ambos se metieron en una pelea, terminaron tirados en el suelo, ambos trenzados y cada uno le tenía al otro atrapado con una llave maestra de luchador. Los otros se esforzaron mucho para separarlos y se convencieron de estar ante un par de apocados, de tontos.

Luego de la pelea, en la esquina, Ángel Hachas comenzó a hablar de la fábrica de textiles. Cada vez que pasaban los obreros en bicicleta, daba un paso adelante y seguía con la cabeza el recorrido, estiraba el cuello y tensaba el cuerpo. Ser obrero textil se convirtió en su ideal. Antonio le daba regaños por su cortos ideales y le ponía como ejemplo a Ignacio, su hermano, un poco mayor con estudios de abogacía avanzados. Esto no caló en el espíritu de Ángel. Desertó del bachillerato y se dedicó a conversar con los obreros del barrio sobre los pormenores de la elaboración de las telas y del ambiente de trabajo dentro en la fábrica.

El sentido aristocrático colonial de la familia, abdicó los proyectos para Ángel, empleó sus influencias locales y lo colocó en la fábrica como obrero. Con los primeros sueldos, Ángel compró la bicicleta y la moguera, símbolos del ser obrero, tal como los veía y los había elaborado en su imaginario. Luego del turno de trabajo llegaba a la esquina, estacionaba la cicla en el andén y convidaba a observar su adquisición: una MonarK, cachona, roja, de neumáticos gruesos, con una pequeña parrilla para la moguera y un soporte de vasos para líquidos llamada caramañola. Repentinamente montaba, y recorría las calles de Olleba. Llegaba jadeante. Hablaba de lo que había visto y a quien.

Los sueldos de Ángel, chocaron con los muchos pesos de Jorge. Una tarde calurosa de noviembre, en el bar La Cumbre, el grupo tomaba aguardiente. Entre tangos y parrandas, Ángel esgrimió su orgullo de obrero bebedor y brindó y proclamó ser experto tomador. Jorge lo retó y con media botella de aguardiente en la mano le dijo que lo demostrara. Ángel bebió todo el contenido con un solo gesto. Rieron, aplaudieron, hubo hurras. En pocos minutos, el bebedor quedó dormido sobre la mesa. Fue llevado a su casa. De la casa, debió ser llevado a un hospital, donde se le diagnosticó un derrame cerebral. Se le practicó una traqueotomía y estuvo cuatro meses internado. En la fábrica le concedieron una pensión por invalidez. A los seis meses del incidente recibió un dinero importante por el tiempo no laborado y como inicio de la pensión.

La poquedad hizo lo suyo. Con tomar media botella de aguardiente casi de un solo trago, Ángel quería iniciarse en el mundo del gasto, de la vida de bares, cantinas y prostíbulos, tal como lo había escuchado de sus compañeros de trabajo. Todos le hablaban de excesos y él quería superarlos a todos. La razón aristocrática colonial de su familia le había aislado del mundo y le había condicionado a no alejarse de dios y las costumbres tradicionales. Por ellas debería terminar el bachillerato, graduarse, casarse y tener hijos, para estar en paz con la sociedad de Olleba.

El proyecto inacabado de enfrentarse a todo lo que el mundo podía ofrecer, fue la obsesión en su lecho de enfermo. Esta fuerza le permitió resistir y volver a estar de pie como un hombre nuevo. Adquirió un semblante risueño y sus dientes en forma de hacha comenzaron a verse, a relucir y a caracterizarlo.

Cuando recibió el dinero, forcejeó con sus hermanas y su padre por salir a la calle. Logró hacerlo. El primero que se encontró de los muchachos fue León. Bebieron licor en todos los bares conocidos y al filo de la media noche, viajaron a Medellín. Buscaron un burdel en la tolerancia de Lovaina. Bebieron y comieron. Esto lo repitió Ángel con algunos de los muchachos de la esquina del negro Ariza.

El cuerpo de Ángel Hachas no estaba hecho para tomar el mundo de esa manera. Su poquedad le tenía signado. Y la entrada al hospital meses atrás le había herido y menguado. Recayó. De nuevo otro derrame cerebral. Este fue definitivo. Quedó con medio cuerpo inhabilitado. La mirada desviada, un pie a rastras, y una mano encorvada. Saluda a gritos y se considera amigo de todo el mundo. Muestra permanente la forma de hacha de sus dientes y ya no recuerda, la complementaria, la acequia, la esquina, la fábrica y a la ciudad Olleba en que vive.

martes, 8 de septiembre de 2015

El hijo de Jenaro

Abstracto de Conn Ryder
 
Esa humanidad viva que asumiste desde la juventud temprana, te hizo beber la existencia a largos y grandes tragos. La bebiste con una velocidad inusitada para no darle tiempo a la razón. Ella, dique hecho para la familia de Jenaro, tu padre censor, como decías, cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer. Pronto le sustrajiste a Jenaro los billetes de sus bolsillos, en sus noches de tragos, cuando caminando de puntillas, entrabas en su cuarto y sin quitar los ojos sobre su cara madura de barba hirsuta, metías dos dedos en su camisa con la lentitud calmada que siempre te caracterizó. Esos billetes, no los almacenabas, no los acumulabas. Se gastaban en la esquina con un derroche festivo por culpa de la agilidad de tus dedos. Los amigos, siempre reunidos participaban gozosos del gasto, porque era inesperado y azaroso. Ocurría cundo menos lo esperaban.

Recuerdo la vez que fuiste un paso más arriba. Te metiste con la tienda de Braulio. Ella en el término de la cuesta, con puertas por dos calles, estaba forrada en estanterías de madera rústica llenas de abastos. Te paraste en la puerta, mirabas cuesta abajo, fingiendo despreocupación y esperabas la atención de Braulio con algún cliente, para poner en acción la agilidad de tus dedos y extraer enlatados. Esa vez Braulio detectó, la marca en hueco cerca a la puerta y la relacionó con tigo. Cerró la tienda y fue a buscarte con un policía. Te hallaron con las latas de conservas en los bolsillos. Fuiste prendido y estuviste dos meses en la cárcel preventorio. Saliste con la cabeza rapada, la mirada perdida; hablabas poco, pero se notaba en tu cara esos pensamientos de fundamentación de la vida. Repartiste puñetazos casi a diario entre los muchachos de la esquina que se burlaban de tu cabeza sin pelo y del presidiario primerizo. Luego te refugiabas en los libros de Jenaro.

La escuela, por insistencia de Jenaro te recibió de nuevo; pero ya no la escuela Modelo, la nuestra, la del barrio, sino la suburbana. Allí si contabas las hazañas con vana gloria, porque estabas con otros, en igualdad de aventuras. Terminaste la escuela primaria con buenas calificaciones, más las ganas aumentadas de beber la existencia a largos y grandes tragos. Jenaro no se explicaba ese sinsentido. ¿Cómo este muchacho tan inmanejable, terminaba los estudios primarios con felicitaciones de los profesores? Se preguntaba.

Con edad de bachiller, te enredaste en la política. Te metiste con Javier Tropero. ¿Recuerdas? Hablábamos en muchas ocasiones de él, porque sus compañeros de monaguillería, lo pillaron más de una vez saqueando las ofrendas de los fieles al crucifijo de la Iglesia mayor. Por estos barrios todo se sabe. Javier aprovechó tu verbo ágil y te reclutó para el partido. Con él creciste en vivencias. El bolsillo de Jenaro se transformó en negocios y deudas con quienes no te conocían y a quienes nunca pagabas. La tienda de Braulio tomó la forma de oficina pública desmantelada, a las que te llevaba Javier Tropero por el tiempo necesario para el saqueo. ¡Recuerda! Lo hicieron aquí en la pequeña ciudad, luego en la administración departamental y terminaron en la capital de la república. Me decías que no te quedabas anclado en ninguna parte porque eso era la muerte y no permitías que te vieran mucho tiempo en un solo lugar. Sé que el dinero lo gastabas igual como en la esquina de los muchachos. Experimentabas todas las drogas y licores. Te encerrabas con algunas mujeres y hombres a consumir toda la compra y el dinero. Terminaban ansiosos y dispuestos a todo para reanudar la fuma.

Uno de esos tiempos cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer, volviste al barrio y te vi desposar a Claudia y ponerle un hijo. La dejaste sola seis meses y al regresar intempestivo, te contaron que tenía un amante. La repudiaste. La abordaste en la vía pública. Ella aceptó el repudio con ira y acusaciones; te dijo drogadicto, ladrón de cuello blanco, doctor estafa, marica, perro, hijo de puta. Me contaste que le asestaste un palmo de mano en un lado de la cara y la gente les hizo ruedo y exclamaba indignada.

Tu vida atada a la fuma, no la resistió Javier Tropero. Te aisló. Él un Tropero político de relaciones adineradas con una imagen para cuidar, no podía estar a tu lado. Regresaste al barrio, menguado y derrotado. Volviste a leer y pensar en la razón de de Jenaro, tu padre censor, como decías. Pero la lógica de tu vida estaba en el gasto, y comenzaste a saludar en voz alta a cercanos y desconocidos con mano prieta para conseguir un trago de licor o un cigarro. Tus acreedores frustrados de todos los tiempos encontraron un lugar y un momento para la venganza. Eso parecía no importarte porque la sombra de Javier Tropero aun te cubría. Decidiste morir así gastando la vida a largos y grandes tragos, hasta que se te estalló ese cuerpo de cincuenta infiernos, ¿o cielos?

viernes, 21 de agosto de 2015

Cuando los árboles ríen

 
Imposible dejar la costumbre aunque se amenace con la muerte. Esto lo sintieron sus ideas trabadas y su iris azul rodeado de rojo. Desde sus seis años los vecinos acordaron llamarlo Robertico por su dicción pausada y repensada. Demoraba en dar su nombre y en responder a los saludos. Su familia era de baja estatura y robusta. Robertico prometía ser el más bajo de todos. Por ello el diminutivo de su nombre.

Muy temprano comenzó a corretear por las calles del barrio y ser conocido por la gracia de sus movimientos y por meterse en los rincones donde no todos se atrevían entrar.

A los trece años hacía lo que veía en los muchachos que frecuentaban los lugares recónditos del barrio. Comenzó a fumar marihuana. La hierba le creaba un redondel rojo a sus ojos azules y dotaba su cuerpo de una hiperactividad inquietante para quien lo observase.

El barrio Andalucía era pequeño. Lo componían unas tres manzanas de casas arrancadas a grandes lotes, con los cuales permanecían indivisas. Esto hizo que las calles fueran laberínticas, de manera que trajinar el barrio se hacía a los ojos de todos. El barrio estaba al lado de la calle principal que conectaba el oriente con el occidente de la ciudad. Esta principal la cruzaba una carrera iniciada en un callejón, seguía hacia el norte, topaba una calle ciega, fluía hacia una plazoleta circular y continuaba hacia el carreteable de la fábrica textilera, donde terminaba tanto ella como el barrio.

Robertico vivía en la calle principal, en una vieja casona de paredes altas de tierra apisonada. El piso tenía mosaicos hechos con cemento de colores y el fondo de la casa, como en la mayoría del lugar, terminaba en un solar con árboles de naranjas y mangos.

En su casa adquirió la paz necesaria para dejar que su imaginario volara sin barreras. La marihuana, le potenció esos vuelos y comenzó a caminar por el barrio incesantemente, mirando con sus ojos rojos y azules, todo, como si hubiese adquirido una mirada estereo, panóptica.

Llegó al barrio un nuevo narcótico, se le llamó bazuca, para hacerle honor al arma con la que los sandinistas de Nicaragua mataron al dictador Somoza en una calle de Paraguay. Este narcótico, se decía, es un subproducto del proceso de elaboración de la cocaína, es un desecho. Alguien descubrió que fumarlo producía una ansiedad imparable, el éxtasis de la ansiedad. Se popularizó el consumo y quienes lo asumieron hasta el vicio, cayeron en un profundo olvido de si mismos y de las normas sociales. Para ellos también se inventó un nombre se les llamó desechables, como quien dice, si ellos han desechado su mismo ser, la sociedad lo asume desechándolos.

Robertico se contactó con el nuevo consumo. Lo hizo a fondo y sufrió la dejadez. Su familia lo sometió a un tratamiento de desintoxicación y recuperación en una institución cuya terapia consistía en encerrar el sujeto y hacerlo sentir la basura del mundo y enseñarle un oficio.

Se recuperó, eligió como oficio la carpintería, volvió a trajinar el barrio, pero esta vez no motivado por el consumo, sino por la confección de pequeñas alcancías de madera. Las armaba en casa y las pulía incesantemente en su caminata sin fin por las calles. Con los lugares de expendio y consumo, tomó una posición de observador desde fuera. Saludaba y seguía. Allí estaba otro mundo. Estaba advertido de sus peligros, sin embargo lo miraba con desenfado, como si el peligro solo fuese eso, una advertencia de la autoridad, porque él allí, en ese mundo, solo había encontrado el vuelo de su imaginación. Así que un día volvió a vivir el barrio, sus calles sus gentes, sus callejones, de la manera como la había hecho siempre.

Consumió, pero ahora lo hacía con madurez. La madurez que le daba el tener un oficio. Los vuelos de su imaginación los ancló en esas pequeñas cajas de madera, en sus alcancías. Ahora su familia estaba tranquila, se decía: ese muchacho consume narcóticos pero trabaja permanentemente, sin descanso.

Desde horas tempranas salía de casa rumbo al la plazuela de Andalucía. Fumaba, trababa sus pensamientos y pulía la alcancía de turno. A las diez de la mañana jugaba el primer partido de fútbol en la calle principal, corría tras el balón con las manos ocupadas, en la izquierda la caja de madera, en la derecha papel de lija. Pula y juegue, fume y corra. Robertico se convirtió en personaje folclórico.

Movía a risa su cuerpo bajo y robusto, su tez blanca enrojecida por la actividad, sus ojos en extremo abiertos con sus dos colores: azul rodeado de rojo. Se le concebía como loco, poseído por una locura cómica e inofensiva.

Corrieron los años noventa. En la ciudad se agudizó el conflicto social. Los dineros del narcotráfico permearon todas las expresiones políticas, las legales y las ilegales. La masa de jóvenes sin oportunidades escolares o de trabajo fue reclutada por la izquierda y la derecha política, para ponerla al servicio de sus intereses. Fueron armados y se les señaló el enemigo. Los milicianos de izquierda debieron cercar barrios e imponer un orden y una moral pública, ácida, total. Los tomados por la derecha se les obligó al sicariato y al exterminio de comunistas desechables, milicianos y homosexuales.

La ciudad de Robertico y particularmente su barrio, sufrió la incidencia de ese ejército de muchachos convertidos en sicarios. La jerarquía dentro de ese ejército se conseguía demostrando habilidad en el asesinato de personas en las calles. Su consigna podía leerse en los muros, en grandes graffitings: “Se Busca y se Mata”. En Andalucía creció un muchacho amante de las pistolas y a los quince años fue reclutado y dotado de sendas pistolas con las cuales se hacia fotografiar, ellas en el cinto. Le apodaron el Tillo.

Los asesinatos ejecutados por esas bandas de sicarios fueron llamados limpieza social, porque hacían ejercicio de puntería con  muchachos como Robertico. Espantaron la gente de las calles. Impusieron un toque de queda sin declaración.

Veinticuatro años logró vivir jugando fútbol callejero, puliendo alcancías y consumiendo marihuana y bazuca y haciendo reír las gentes del barrio por su personalidad estrambótica e inédita. Una noche de octubre de 1992, salió de casa omitiendo las advertencias. Llegó a la plazuela, recorrió su redondel aspirando los humos de sus varetas, más profundamente que de costumbre. Se paró bajo una puerta amplia de garaje a mirar la plazuela. No lijaba, solo miraba, esperaba. De la oscuridad salió Tillo y le disparó en la cabeza. Robertico cayó, los árboles del parquecito tomaron forma en su imaginación de gente que reía, sonrió y murió aferrado a su oficio, a su caja de madera y su papel lija. Tillo guardó el arma y caminando sin afán volvió a la oscuridad.


miércoles, 22 de julio de 2015

Entre rojos y negros

Mark Rothko. Negro, rojo y negro, 1968. Óleo y papel encolado sobre lienzo.

Decía que se casó y vivió más por azar que por amor. No tengo memoria de antes de su matrimonio porque ella solo hablaba de su frustración. Cuando se refería a esos tiempos, decía que se casó por un poema que Arcesio le recitó al oído en un baile de cumpleaños. Hablaba de su vida a veces con alegría, pero en general lo hacía con tristeza honda. Yo visitaba su casa con regularidad. Estudiaba con sus tres hijos en el liceo. Ellos también hablaban de Arcesio con sentimientos cruzados. Ese recurso de invocar al padre, varias veces en nuestras charlas, me creó una gran expectación por Arcesio. Comencé a imaginarlo con la estatura de Miguel el mayor, porque mi madre decía que el primer hijo siempre saca la altura del papá. Imaginaba a Arcesio de piel blanca y ojos negros como lo era Luz Estela, la segunda. Lo imaginé con el pecho tirado hacia adelante como Juan el menor.
 
Me acostumbre a esas imágenes y recurría a ellas cuando escuchaba sobre él. Antes de terminar el liceo, Miguel y yo, nos metimos en una pequeña empresa. Nuestros conocimientos sobre dibujo, adquiridos por intuición y observación de un vecino que pintaba sobre lienzos al lado de una ventana ancha y alta, nos sirvieron para esa aventura empresarial. Altagracia vio con buenos ojos nuestra aventura y permitió instalar en el solar de la casa una ramada. Hicimos gala de un extraño sentido de bricolaje y armamos un techo y unos bancos de trabajo con maderos y tejas metálicas que Arcesio había dejado años atrás arrumados en un rincón. Miguel, tomaba los maderos, los inspeccionaba e invocaba la forma como Arcesio pudiera hacer el trabajo en que estábamos metidos. -Vamos, el no está, hagámoslo nosotros- le tenía que repetir varias veces.

En ese taller improvisado hacíamos estampados sobre tela y papel. El mayor cliente, nos ocupaba, cada vez que había una huelga de obreros. Ricardo creció con nosotros en el barrio. Nos aventajaba en años y experiencia de vida. Cada vez que podía nos hablaba de la clase obrera, su misión en el mundo y por eso Miguel y yo resultamos expertos en dibujar puños en alto y la figura del Che Guevara. Lo hacíamos de memoria para combinarla con los mensajes que Ricardo traía anotados en un cuaderno. -Letra y figura con eso hagan una buena composición, siempre con los colores negro y rojo- decía tomando un aspecto solemne.

En la noche de un lunes de julio, Ricardo nos llevó por algunos barrios del occidente, para mostrarnos lo que hacía con los estampados. Terminamos participando en la actividad. Con engrudo pegamos los papeles impresos en muchas paredes. Y al final una patrulla nos detuvo y encarceló en la única estación de policía de la ciudad. Nos interrogó Pedro Pablo, un policía vecino. –Muchachos ustedes son menores de edad, no se dejen echar carreta de esos revolucionarios güevones- dijo hablando en voz alta, pero sin enfado. Una hora luego, llegó Altagracia, firmó un papel y con ella, volvimos al barrio. Ricardo salió después. Ella me dejó en casa y siguió con Miguel dándole reprimendas. Escuché que decía: -claro, apuesto a que si Arcesio estuviera no me ponías en estas. Lo que es criar hijos sin padre; pero es mejor así que vivir con un borracho infiel- Altagracia siguió hablando al caminar; escuché su voz evanescente e incomprensible. Los mismos reproches me tocaron antes de dormir.

Volvimos luego a lo mismo. Altagracia nos habló del trabajo: -ustedes solo hagan sus dibujos, no tienen porqué salir de aquí a exponerse a los peligros de la calle y menos de noche- dijo con angustia; ella quería nuestra pequeña empresa. Muchas veces recibimos algún dinero de sus ahorros para las necesidades del taller.

Corrieron varios meses. Habíamos perfeccionado el trabajo y Ricardo Traía más. Una tarde, las alambradas de secado de los impresos estaban repletas de papel colgado con cuidado. Tenían la inscripción: “Viva el 1º. De mayo combativo y clasista”. Cuando la luz del día se iba escuché unas palabras de saludo con extrañeza, que llegaban de la puerta de entrada de la casa. No entendí bien lo que se decía, seguí deslizando la tinta sobre el bastidor y observaba absorto la impresión, porque había que mirar con detenimiento cada reproducción. Sentí una presencia no habitual. Miré ese cuerpo y descubrí la estatura de Miguel, La piel blanca y los ojos negros de Luz Estela, el pecho tirado hacia adelante de Juan. Innegable! Era Arcesio. La imagen en la memoria coincidía con el padre de la familia. Nos saludó amable. Miguel tomo la expresión que delataba sus sentimientos cruzados. Al fin se habló entre todos de lo que se hacía en el taller. Altagracia le reprochó su presencia y lo invitó a marcharse con ademanes amenazantes. Arcesio se enfureció, se acercó al oído de Miguel y le dijo: -esa madre tuya es una puta-. El hijo levantó la mano contra el padre; el puño de Miguel cayó sobre el pecho; le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas contra el suelo. Arcesio se levantó con rapidez y soltó una andanada de palabras contra nuestro trabajo. Terminó amenazando con denunciar ante la policía a los hijos por subversivos y a la esposa por alcahueta. Nunca lo hizo. El taller siguió hasta morir de muerte técnica y Altagracia nos admiró siempre y habló bien de la pequeña empresa ante los vecinos.

viernes, 3 de julio de 2015

Liana y la Casa Blanca

Sorprende todo lo que allí ha ocurrido. Los acontecimientos mientras sigan depositados en la memoria cotidiana y sean dichos en las charlas diarias u ocasionales pasan intrascendentes sin afectar a nadie; pero cuando de ese acervo se saca uno para ser narrado en su particularidad sorprende y asombra.

Ese acontecimiento puede ser lo que se escuchó en el barrio Andaluz, por los días cuando los alcaldes fueron reemplazados por militares del ejército nacional. Se contó que la hija menor de Obdulio amanecía en la calle y que tenía un amante mayor que ella.

Se hablaba de un encuentro muy particular de una mujer y un hombre, ella adolescente y el de veinticinco años. Él acostumbraba tomar licor en las tabernas, bares y cafés de la avenida principal de pequeña ciudad. Era un hombre bajo, robusto de piel blanca y vivía en una casa vieja de tapias y puertas altas pintadas siempre de blanco. Por eso en la pequeña ciudad lo apodaron Casablanca, además por ser un dicharachero de amistad fácil. Una noche de diciembre, en la taberna Rondalla, cuando el licor corría libre, entró en amistad con el Zurdo Naranjo. Ambos se sinceraron sobre sus actividades y el querer ser. Casablanca le dijo que hacía tiempo admiraba su rápido progreso, sus mujeres y sus autos y que en él tenía un amigo de plena confianza y colaboración.

El Zurdo Naranjo se había enriquecido traficando cocaína hacía los Estados Unidos y metiendo en el país armas para la guerrilla y las bandas armadas de la mafia. El Zurdo encontró en Casablanca un cómplice. Ambos desde aquel diciembre hicieron una alianza estrecha y de mutua fidelidad.

Ambos convirtieron la pequeña ciudad en un fuerte de bandas, milicias armadas, muerte y terror. Reinaron amplia, pero no largamente. Casablanca tenía muchas amistades, le quedó fácil distribuir entre los muchachos de las esquinas, dólares y mantenerlos dispuestos y pertrechados. Una noche reunió cincuenta de ellos, los metió en doce automóviles. Los distribuyó por las calles de la capital y atacó las droguerías y negocios de un mafioso enemigo del Zurdo. A pesar de ello, Casablanca se mantuvo en un bajo perfil. La fama y culpa de los que pasaba en la pequeña ciudad caía sobre el Zurdo.

Ese poder fortuito generó una reacción de las instituciones y ocurrió que el alcalde, depositario, del poder civil fue sustituido por un jefe militar. El gobierno se declaró incapaz de controlar la fuerza del Zurdo con la legalidad. Así cayó el dominio del Zurdo Naranjo. Se le encarceló, se intentó enjuiciarlo, intentó huir y le aplicaron la ley de fuga. Lo mataron huyendo de la policía.

Casablanca, en la pequeña ciudad, quedó con la fama del Zurdo pero sin suficientes contactos. Por su bajo perfil no fue perseguido, después de todo, siguió en la Rondalla de la avenida principal. Se le veía siempre rodeado de mujeres adolescentes, muy niñas. Su fama era un atractivo para los jóvenes. Su hazaña se convirtió en valor ético y moral.

Una tarde cuando se iniciaba la competencia de músicas a alto volumen en la avenida, se encontraba Casablanca en la Rondalla con un grupo de mujeres y hombres en la misma mesa. A las seis entró Liana, joven, adolescente, casi niña, con paso firme se acercó a Casablanca y le dijo al oído -Quiero estar con vos-. Casablanca la invitó a sentarse a su lado y conversaron largamente. Liana estaba decidida a ser adulta aunque no tuviese la edad. Su figura había ganado estatura a fuerza de estirar el cuello y el dorso. Reía poco, terminaba con un ademán de aprobación los cuentos de Casablanca. Liana se quedó esa noche con él. Luego, se veían en el día, porque Obdulio amenazó a Liana con expulsarla del hogar si volvía a amanecer en la calle, fuera de casa.

Liana tomó un aire de mujer adulta, extraño para los vecinos del barrio Andaluz. La gente se lo explicaba contando la historia de la adolescente amante temprana de un mafioso. Eso no era oculto, se les veía en los autos último modelo por las calles. Ella por fuerza del contacto conoció los amigos y enemigos de Casablanca, también supo de los lugares escondrijos de dinero y armas, herencia del Zurdo. Herencia reclamada por muchos, por otros capos de la pequeña ciudad y otros, más poderosos de la capital.

Cuando secuestraron a Liana, la relación con Casablanca tenía dos años. Todos buscaron a Liana, la policía, la familia, los vecinos, y claro, el mismo Casablanca. Liana apareció dos meses después, le explicó a su amante que estuvo de visita en casa de unos familiares, que no hubo ningún secuestro. Casablanca entró en cólera por el robo que le hicieron en uno de sus escondites. Sin pensar otra cosa puso todas sus sospechas en la ella. Luego de una semana sin verla, la llamó e hizo que saliera de casa y la mató en pleno día, mostrando no importarle esconder el crimen, porque sabía que tras el robo de ese escondite vendrían los otros. Casablanca reaccionó contra Liana y contra quienes la secuestraron pero en esa guerra cayó acribillado en la misma calle donde la mató.