viernes, 20 de noviembre de 2015

Los mangos, las carpas y la flor de lis



Siqueiros. La marcha de la humanidad 

Baltasar medía dos metros. Era muy delgado y tenía aspecto de albino, aunque no lo era. Madre nos hablaba mucho de él porque lo conocía desde la niñez y más cuando fue enganchado por la fábrica de textiles como supervisor de producción y por ser muy allegado al cura Aguado, adjunto del párroco de la iglesia mayor. Desde muy niños vimos el contraste de la estatura de Baltasar al lado de la pequeñez de nuestra madre, cuando hablaban de la parroquia y de las enfermedades que ambos aseguraban tener.

Una tarde de sol intenso, a mediados de julio, el calor nos hizo buscar la calle. Madre y nosotros salimos a la calle, al el frente de la casa. Baltasar se acercó. Le dijo a mamá que el padre Aguado le había confiado el cuidado de una finca de recreo que tenía en la vereda Potrerito, en la que pasaba varios días de la semana. Se la había confiado a él y a la amiga de ambos, Ana clara. Baltasar invitó a mamá a visitarlos. Dijo que él subía algunos días, pero que Ana Clara estaba permanente allí. Desde ese día comenzamos a subir a la finca y cuando se nos hacía la promesa de ir, no pesábamos otra cosa, hasta la realización.

Una vez coincidimos con el cura. Le vimos solemne la sotana negra, el temple al caminar. Solemne las manos al sostener el libro negro de lomo rojo. Tras los lentes se observaban sus ojos salidos de forma irregular. Nuestra hermana Laura nos llevaba de la mano y nos halaba. Decía -no lo vallan a molestar- Luego de mirarlo en todo su porte, nuestros ojos bajaban al agua esmeralda de la piscina. Ella bajaba de una fuente empotrada en la pared del fondo del amplio patio. La fuente tenía forma de una flor de lis hecha en concreto, en relieve, enorme, blanca sobre un fondo verde claro. El agua salía tras la cúspide de la flor y se deslizaba murmurante por los brazos laterales, hasta caer al estanque. El cura caminaba alrededor, por los bordes de la piscina, leía. Sus ojos no se desprendían del libro al doblar las esquinas. Sabía de memoria el recorrido. Era de movimientos mecánicos.

Él sabía que habíamos llegado, pero no se dignaba mirarnos. Llenos de expectativas seguíamos prendidos de las manos de Laura hacía la casa de mayoría. Esta, en la parte alta de la posesión, yacía en medio de una gran arboleda de mangos. Ana Clara, nos recibía con sendas tazas de agua dulce con limón; preguntaba por la salud de mamá, luego tocaba nuestras caras y le decía a Laura –que lindos están estos muchachos- Laura asentía al responder: -si ya están muy grandes tienen once y doce años-. Esas palabras nos dieron fuerza para soltarnos de la hermana y correr hacía los mangos. Llenos de enorme felicidad trepamos los árboles y tratábamos de alcanzar las frutas maduras. Ambos, en árboles distintos nos gritábamos indicaciones de cuales mangos coger. Buscábamos los intensamente amarillos y sanos.

Nuestras risas y algarabías las truncó la voz recia de Baltasar. ¡Se bajan de ahí culicagaos! Nos dijo y gran sorpresa nos llevamos cuando vimos en su mano un revólver que apuntaba hacia nosotros. Antes de sentir miedo quedamos atónitos. Sin hablar nuestros ojos se miraban y solo comunicaban estupor. Llegamos a la casa de Ana Clara. Laura y ella nos preguntaron el porqué veníamos como asustados; pero no alcanzamos a responder. Baltasar se presentó y fue suficiente explicación. Él a nadie saludó. Solo miraba todo a su alrededor con actitud de mayordomo. Luego de mostrarse continuó su andar por la posesión. Después le vimos entrar al patio del cura Aguado.

En el año 1986, Laura se había casado y tenía dos hijos. Nosotros estudiábamos en el Liceo y participábamos en el consejo estudiantil. Apoyamos con presentaciones artísticas las carpas de la huelga de la fábrica de textiles. Los obreros completaron treinta y cinco días de paro. Había una embriaguez de triunfo y salíamos casi todas las noches a pegar afiches alusivos a la lucha de los trabajadores en las paredes de la ciudad.

Una tarde llegamos a la puerta de la fábrica. Encontramos las carpas en el suelo y un clamor generalizado que decía de la traición del movimiento por parte de un sector de la dirigencia obrera con el apoyo de los supervisores de producción. Fueron expulsados todos los trabajadores actores y solidarios con el movimiento, luego de haber sido inscritos en una lista. El nombre de Baltasar, volaba por las bocas, muchas voces prometían venganza.

Volvimos a casa tarde en la noche. No hablamos. Cruzamos la mirada. Nuestros ojos solo comunicaban estupor. El nombre de Baltasar nos trajo una especie relato a la cabeza. Fuimos a dormir y ambos sin comunicar pensamos lo mismo. Baltasar es un ser-vil. Le importa más los patrones que los compañeros y la amistad. Así como esa vez le importó más el cura Aguado que la felicidad nuestra. Le importó más la intimidación con la pistola que la hospitalidad de Ana Clara y nuestra madre.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Vivir contracorriente



En este lunes de febrero, comenzó a llover a las ocho de la noche. La lluvia inicial era delgada y suave. Le comenté a Lena que esta lluvia de pequeñas gotas, la llamaban en el sur garúa y hay un tango con ese nombre. Ella fue al sistema de sonido y ubicó al instante la Garúa de Goyeneche. Lena tiene toda la música del mundo en su computador y con un tacto de su índice sobre el "ratón" buscador, pone a sonar el pedido de los asistentes al bar. Esa noche había pocos. Los lunes poca gente sale en la noche. Lena cuando hay pocos comensales se sienta en mi mesa y hablamos mucho. La mesa que regularmente ocupo, se ubica contigua a la puerta de entrada. Desde ahí puede verse una buena parte de la calle. El tema de la garúa llegó por el afuera, por la calle llena de luz amarilla de lámparas altas. Esa luz bohemia rebelaba la garúa y producía un ambiente amable. Garúa es una canción triste le dije a Lena y ella asintió y dijo -triste pero con una letra muy bella- nos callamos. Escuchamos la voz de Goyeneche. Vimos pasar al Parche, el autodeclarado defensor de la calle. Siempre lleva un cuchillo al cinto y se ufana de haber matado a alguien algunos años atrás, en una acción sicarial al servicio de una empresa criminal de la ciudad. El Parche pagó quince años de cárcel por haberse echado toda la culpa y encubrir a sus jefes, quienes ordenaron el asesinato. Si no se hubiese comportado así lo habrían dado de baja como a tantos muchachos que por ingenuidad y deseos de dinero fácil y rápido, se vendieron a ese terror.
Terminó la canción y la garúa material, la de afuera, se trocó en llovizna y pasó a ser un aguacero que se prolongó hasta media noche. Tomé un trago y con el entusiasmo ardiente del brandy en la garganta, miré los ojos negros de Lena y comencé a hablarle de la calle: Cada calle y cada época tiene su propio personaje que vive en contra corriente como el Parche -le dije- Esta es la calle cincuenta, tiene como centro esa iglesia vieja del parque, construida a finales del siglo XVIII. Uno puede pararse en su frente, darle la espalda, mirar el norte, y tener por la izquierda la vía al cementerio de los años treinta del siglo xx y por la derecha la plaza de mercado. La calle cincuenta de la iglesia al cementerio se le llamó "la calle de la amargura" como en muchas ciudades.
Te estoy hablando de esto porque, cuando pusiste a sonar el tango Garua, pensé en los bares que han existido en esta parte de la cincuenta. Hacia el cementerio, la calle, otrora, finalizaba en el sector de Los mangos y de ahí se ganaba la quebrada del Hato. Como la mayoría de las calles coloniales eran una sola y sinuosa línea. Luego en la república y en el siglo xx se abrieron vías trasversales para dar caminos de servidumbre a nuevas posesiones. En esos lugares de intersección aparecieron esquinas. Recuerdo la esquina inmediata al cementerio, allí el dueño construyó en ladrillo; dedicó un pequeño espacio para una venta de víveres y licor. Le puso el nombre de El Reposo. Imagino que el nombre llegó a su cabeza porque el muerto era llevado al reposo de la tumba y los deudos descansaban en la tienda luego de soportar la carga del ataúd. De los años sesenta, en los predios de El Reposo, se hace memoria de los hermanos Tutas. Vivían en una casa de tapias altas y techo de tejas, a orillas de la quebrada del Hato. Por un sendero sinuoso ascendían hasta el cementerio. Eran tres. De baja estatura, brazos cortos y corpulentos. Diestros en el manejo del cuchillo. Fueron los personajes de la “Tienda El reposo” –así era el aviso ubicado en la cornisa-; cuando llegaban se desocupaba el pequeño salón. Y si algún guapo se quedaba se sometía a desafíos.
Años después de la apertura de El reposo, llegaron los Arbeláez. Tomaron casa enfrente de la puerta del cementerio. El padre, dos hijos, la madre y una hija. Venían de una vereda de Urrao, desplazados por un grupo de chusmeros, contaban ellos a sus vecinos. Arturo el padre se acostumbró a sentarse en la puerta de la casa, en las tardes. Miraba las columnas dóricas apostadas a los lados de la puerta alta del cementerio, que sostenían una cornisa lisa de seis metros. A la puerta del cementerio le habían hecho una puerta falsa de altura apropiada para el cuerpo de un hombre. Por ahí entraba y salía el sepulturero cuando no había a quien llevar a las tumbas. Estas, las tumbas, eran bajas, fácilmente se ganaban con un salto; rodeaban el terreno en cuadro del sitio y daban albergue a unos pocos mausoleos sencillos con imágenes tridimensionales, hechas en concreto, de ángeles del silencio o plañideras. Se combinaban tumbas en galería con fosas individuales. Arturo Se adhirió al cura de la parroquia, recién creada en el sector, para conminar y regañar a los muchachos que acostumbraban jugar sobre las tumbas en mal estado, y les gustaba sacar calaveras, para enarbolarlas en medio de largas carcajadas.
Los dos hijos de Arturo llegaron al Reposo. Tenían la misma edad de los Tuta. La confrontación se dio en la tarde de un domingo de mayo. La tienda estaba copada con los deudos de un difunto. La gran puerta del cementerio se cerró y la gente quedó en la calle. Aparecieron nubes grises, plomizas y bajas. Arreció el viento. La gente comenzó a bajar la cuesta, pero la detuvo el duelo a cuchillo, entre los tres Tutas con sus manos izquierdas envueltas en costales de fique y los dos Arbeláez que solo blandían unos puñales. Los cuerpos delgados y ágiles de los Arbeláez, hicieron gala de amagues, desquites e incidencias de sus aceros sobre los costales. Cuando el fique se fue tiñendo de sangre, los Tutas corrieron sendero abajo.
El cura párroco se encargó de hacer la paz en El Reposo. Confesó a los cinco muchachos. Les dedicó el sermón de una misa de domingo y aprovechó para bautizar públicamente la nueva parroquia con el nombre de la Preciosa Sangre, en memoria de la paz pactada ese día y de los brazos punzados de los Tuta.
Afuera seguía la lluvia en esta noche de lunes. Los neumáticos de los autos sonaban trepidantes al cortar el agua sobre el pavimento. Lena se sonrió. La vi rascarse la cabeza y cruzar las piernas. Aproveché la evocación para hablarle del Bar Ganadero. La esquina se creó antes de la del Reposo –le dije- porque las casas de esa calle que caía en te sobre la vía del cementerio, eran de tapias altas. Sus techos se alargaban en aleros sobre la acera para refugiar y proteger al transeúnte de la lluvia o el sol. El Ganadero tenía un traganíquel con luces de neón, llamado “piano” por los vecinos. A Alberto Velásquez el dueño, lo apodaban Beto. Usaba sombrero aguadeño y un gusto exasperado por las canciones mejicanas, aunque muchos de sus clientes preferían escuchar tangos. Las tardes de muchos sábados y domingos frecuentaban el bar algunos jinetes. Amarraban los caballos en una reja de ventana. Se embriagaban, montaban luego con dificultad el animal y muchas veces caían de la silla de montar y daban un espectáculo a los transeúntes y vecinos curiosos. Como cada calle y cada época en esta ciudad, tiene su propio personaje que vive en contra corriente, a finales de la década de los sesenta ocupaba ritualmente varios días de la semana, la mesa del fondo del Bar Ganadero Isaac Peña. Llegaba a las seis de la tarde, ponía el sombrero fedora gris de cinta negra sobre la mesa. Pasaba un peine sobre su pelo negro lacio y luego del primer trago de aguardiente, con ademán lento, volvía el sombrero a su cabeza.
Isaac era tangófilo y guapeaba la vida. Le gustaba hacer quitar las rancheras mejicanas del traganiquel, cuando la embriaguez le llegaba. Decía que esas canciones no tenían poesía, que eran baratas y desagradables. Isaac sabía de memoria poemas de Neruda y la mayoría de los tangos que sonaban en El Ganadero. Cuando tumbaba alguna ranchera hacía poner Sur en la voz de Goyeneche. La vida de Isaac encontró fin una noche de jueves. Llegó al bar, encontró dos jinetes con sus animales; cantaban voz en cuello el corrido de Antonio Aguilar “Mataron a Lucio Vásquez”. Isaac ordenó con un grito a Beto quitar la música. Los jinetes y el dueño del bar se aliaron, sacaron al tangófilo a la calle y en medio de golpes y brincos de todos lograron herir de muerte el pecho de Isaac Peña.
-Lena, por eso cuando el Parche pase amenazante, no te asustes– dije y le di vuelas a la copa llena de brandy. -Cada calle y cada época tiene su propio personaje que vive en contra corriente- concluí con la mirada puesta en los negros ojos.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Unidos por la escritura. Periodismo y literatura



La escritura es palabra que nombra las cosas y el mundo. Esta facticidad del ser humano no está por fuera de los horizontes de sentido construidos por las relaciones sociales. Toda escritura está permitida o censurada por el poder, poder históricamente determinado.

Con estas ideas liminares afirmo la existencia de múltiples horizontes de sentido. En el discurso histórico de occidente, en cualquier época que nos situemos encontramos un ejemplo. Por eso cuando leí en varios escritores, la afirmación: -el periodismo cae en la literatura y es un ejercicio de poder. El periodismo sustenta y reproduce el poder-, he iniciado una búsqueda. ¿Pero qué busco? Una explicación. Si hoy el periodismo se ufana de encarnar y materializar la libertad y se blinda contra cualquier tipo de ataque o amenaza, ¿qué es lo que defiende? Se dice: la libertad. Pero ¿la libertad de quien?

La búsqueda de respuestas me llevó a la Historia crítica de la opinión pública de Habermas. Él construye un relato ubicado en los inicios de la modernidad. La sociedad occidental rompe, a mediados del segundo milenio, con la forma monárquica de gobierno. En la sociedad monárquica, el gusto, la justicia, la verdad, tenían el tinte de uno solo. El rey imponía la ley, sustentado en ser depositario de la ley divina. Los derechos de los sujetos estaban sub – ditos, bajo el dictado del rey.

En la segunda mitad del segundo milenio de nuestra era, la propiedad burguesa, distinta a la propiedad estamental, estuvo en manos de cualquier sujeto, hombre de mercado o de comercio. La propiedad burguesa exigió unas reglas de juego generales, reglas públicas que permitieran la existencia de la vida privada del propietario. La relación público – privado se reeditó, se trajo el modelo de la antigüedad grecolatina. La vida privada, basada en la acumulación de riqueza exigía la publicidad de valores acordados por la comunidad de hombres privados. El ámbito de lo público se formó y conformó con la elaboración de una concepción de la Ley General, ley para todos, sustraída de la naturaleza y no de un dios monarca.

El ámbito de lo público se materializó en la posibilidad que tenía el sujeto, convertido en individuo, de decir lo que quería según sus intereses. El individuo opinaba sobre el contenido de las reglas públicas que defendían y sustentaban su vida privada. La opinión pública, para sostener la opinión privada estaba en permanente formación; o en otras palabras, la opinión pública debatía sin cesar sobre ella misma y el valor que la sostenía: la libertad de los sujetos individuos.

La opinión pública se soportó en medios de transmisión y tráfico. Pasó del manuscrito al impreso tipográfico y termina en el papel periódico (diario o semanario). La opinión pública de los propietarios privados, la opinión pública de los burgueses capitalistas, tuvo y mantuvo la libertad burguesa como base del poder. Quien se expresaba en el semanario o en el diario, quien escribiese ejercía el poder, ejercía la libertad, la ley y los valores burgueses.

El poder de la opinión pública abolió el poder monárquico y construyó el ordenamiento republicano democrático, ordenamiento concebido como la naturaleza convertida en la fuerza de la escritura, o la escritura que signa la naturaleza. Esa opinión pública solo lee, comenta y escribe las leyes naturales, el derecho natural. El ser humano es un ser social por naturaleza. La sociedad de individuos privados, dirigidos por la opinión pública, es un orden natural, porque obedece a la ley y al derecho universal.

Quien escribía en los diarios o los semanarios, estaba al servicio del poder. No podía ser de otra manera. Pero se presentó una consecuencia de la opinión pública escrita. Se pasó de la opinión a la literatura y en esta lógica Larrosa dice: hay que diferenciar el periodista caído en la literatura, del literato formado en la literatura.

El literato habita el mundo de la experiencia, la poesía “como lenguaje originario”. El mundo de la vida se vierte a la palabra hablada o escrita. La literatura mueve a la acción y la acción se escribe. Esta actitud es distinta al mundo de la opinión, dedicado a informar y producir más opinión. El individuo moderno se dice que vive en una sociedad de la información entendida como sociedad del conocimiento que ahorra al individuo la experiencia propia. El periodismo es abrasivo. El sujeto moderno opina y ahorra experiencia. Cree que tiene una opinión propia, personal, pero quien está tras él es la libertad burguesa y liberal. Hoy impera la información y la opinión. El individuo se informa para opinar. La experiencia que obliga a los colectivos a transformar la sociedad y la historia, se ha aplazado indefinidamente.

Tomo prestada una idea de Pablo Montoya. Los periodistas convertidos en literatos, desde sus columnas de opinión periódicas, adquieren el derecho a publicar novelas y a producir una crítica literaria que establece un canon sobre lo que hay que escribir y como. Se pone como ejemplo la literatura adjetivada que olvida la construcción sicológica de los personajes y declina la poesía ante la producción para el mercado audiovisual. Esta crítica literaria es el poder en actividad sulibidinal.

Este orden de ideas que he traído hasta aquí, desespera. El estar inmersos en la sociedad moderna, condiciona todo hacer, a estar subsumidos en los dictados de la libertad burguesa. No hay escape. Es necesario elaborar otro nivel de racionalidad para justificar el trabajo literario por fuera de los intereses del poder. Ese otro nivel, lo he escuchado en palabras de varios escritores. Se encuentra en concebir la libertad del escritor, inscrita en la universalidad de la libertad. El ser humano es libre como el viento, libre como el cosmos, libre como un niño. Por encima de los intereses está la libertad de escribir.

Parece que he llegado a un punto ciego, a una calle sin salida. En un diálogo nocturno animado por café y tabaco, alguna vez concluimos parcialmente una verdad válida solo para esa noche: las construcciones de la modernidad como el individuo, la libertad de expresión, la igualdad, el derecho, la literatura, son un hallazgo de la humanidad. La sociedad burguesa se los apropió y los tergiversó; pero como bienes de la humanidad los seguimos ejerciendo y desde su práctica podemos construir incluso, una sociedad que destruya la desigualdad burguesa. Así la literatura y el literato escapan a la sentencia de ser tributarios del poder.

martes, 20 de octubre de 2015

La historia sobre el cuerpo. Comentario sobre el Tríptico de la infamia de Pablo Montoya

Captura de los Aztecas de De Bry 1550

Estar en el tiempo humano tiene la aspereza del control racional de la vida y lleva a la rutina de las obligaciones sociales; pero ese estar tiene también lo que viene por azar, lo impensado, aconteceres llegados de manera intempestiva. El azar y el control se mesclan, se alternan.

Un azar de noctámbulo, me topó al lado de una lectora amiga compartiendo una copa. Le hablé de la nostalgia que tenía por no terminar, como es mi costumbre, la lectura del Tríptico de la infamia, de un solo impulso. Le comenté ser una novela histórica. Ella remembró, como gran ejemplo de ese tipo, la obra de Mika Waltari. Até cabos y recordé una lectura que hice, hace tiempo, de Sinohé el egipcio. En ella, el autor narra la vida cotidiana en una época de lucha religiosa entre los fieles de Amón divinidad tradicional y los adictos al nuevo culto del dios Atón. La guerra fue implacable y cruel por la matanza de ambos lados.

Tríptico de la infamia, la adquirí en la Fiesta del libro de la ciudad de Medellín del año 2015. El interés lo inscribo en el deseo de hace años por conocer la literatura que hacen los literatos contemporáneos. La nostalgia dicha a mi amiga lectora es por haber hecho una lectura interrupta por otras tarea y porque me hizo perder momentos de expectación ante la historia de la novela. Nombro la expectación producida por el acercamiento que hace el autor Pablo Montoya a la vida social del siglo XVI en Europa. Me quedó la impresión de una época convulsa motivada por el descubrimiento europeo de otros seres humanos, de otro continente. Ese otro, se metió en la conciencia de los cristianos y los dividió en el pensamiento, en la acción, en lo que se llama la concepción del mundo.

La división del cristianismo entre católicos y protestantes se convirtió en irreconciliable, las posiciones se radicalizaron y fueron a la guerra de religión. De ahí la semejanza de la historia de Sinuhé el egipcio con el Tríptico de la infamia.

Los viajes a América de los europeos llevaron al viejo continente noticias del nuevo mundo, de los grupos humanos, del territorio, de los productos, incluso una muestra en vivo de los habitantes. Esta novedad convulsionó el imaginario y permitió la intrepidez para enfrentar la tradición y vislumbrar nuevas actitudes ante la vida, dios y el poder.

Tríptico de la infamia se dedica a recrear ese ambiente, con relatos sobre la vida de tres graficadores del siglo XVI. Tres hombres que adquieren la capacidad de representar sobre papeles o telas lo visto por el ojo o lo imaginado según los relatos leídos en libros impresos o manuscritos.

El relator del Tríptico es un observador omnímodo que se mete en la vida cotidiana de una ciudad francesa del siglo XVI para mostrar el ambiente vivido por uno de los pintores protagonista de la novela. Husmea en la vida privada del aprendiz de dibujante adscrito a un maestro que lo acepta bajo las condiciones del taller artesanal medieval.

El lector del Tríptico debe entender que el observador omnímodo es el creador de lo que ve y escribe. El taller del cosmógrafo, el maestro Tocsin y del aprendiz Le Moyne, son creados con la misma fuerza con la que los dos personajes crean los hombres acéfalos, los unípedos y los saurios de América. Esa fuerza es la imaginación. Esta funciona bajo el principio de la representación. Cuando alguien habla, ese hecho físico, parte de la imaginación del hablante y obliga al escucha también a imaginar.

El observador omnímodo, resuelve la necesidad de corroborar los frutos de la imaginación de Le Moyne y Tcssin con la observación directa, y por eso hace que Le Moyne viaje a América en una empresa colonizadora en 1575. En América el observador omnímodo, ve como los colonizadores franceses cambian el oro de los indígenas por “brazaletes de fantasía”. El narrador comete el error del anacronismo, la fantasía es nuestra. Pero es un error perdonable porque se trata de hacer realidad la imaginación de los involucrados en la historia incluida la del mismo observador.

Puede, en este orden de escritura perdonarse a su vez el que Le Moyne vea nubes de palomas en la Florida de Norteamérica, cien años antes de su adopción e esos territorios. La voz hecha escritura, que nos ha llevado a los lectores del Tríptico, de Francia normanda a la Florida, quiere decir que está construyendo un mundo y permite deducir que el nombre dado al territorio es producto de la extensión de un poema que escribe uno de los hombres importantes de la empresa, llamado La Caille. El título del poema es “La Floridiana”. La voz narrante ataca la omnisciencia y le dice al lector que para mejor comprender la batalla entre dos grupos de indígenas en la que uno de los bandos es ayudado por los franceses, es necesario y “fácil suponer, por lo demás, que las escuadras indígenas se movilizan rítmicamente”. El rítmo lo llevan escrito en el cuerpo y en sus objetos y es testimonio material de una verbalización; proceso incomprensible para el francés. Le Moyne con sus útiles de pintura, fraterniza con los indígenas. Ellos se ríen de sus dibujos y pinturas, de sus papeles. Le Moyne se extasía ante el arte genial de pintar sobre la piel. Se deja seducir y permite que su cuerpo sea pintado, tatuado. Ocurre una escritura sobre la piel del cuerpo que ocasiona una verbalización en quien lo observa.

La voz omnímoda cambia hacia una primera persona para testificar el ambiente sociocultural de la Francia de la posreforma. El Pintor Francois Dubios se narra así mismo. Habla de su vida de su profesión, de su infancia. Conoce la Novia de Le Moyne y tiene un hijo con ella. Isabeau pierde el hijo en la matanza de san Bartolomé. Dubios es tomado por una honda tristeza; se debió refugiar en Suiza. En ese país encuentra que la única forma de exorcizar la obsesión de la matanza, es llevarla a la tela, representarla. Así lo hace. En una superficie de noventa por cientochenta centímetros ilustra la noche de san Bartolomé, la gran infamia católica. La monarquía francesa invitó a París a los hugonotes para convenir la paz; llegaron en masa y en una noche fueron traicionados y asesinados en traje de cama, en pijama. Los católicos mataron dieciocho mil. Dubois presencia la matanza y logra huir.

La voz omnímoda vuelve para completar el Tríptico. El observador de la Francia del siglo XVI, convulsionada, desangrada por el exterminio de los cristianos hugonotes, se mete en la vida del artista Théodore de Bry; retratista, grabador, orfebre y en especial se interesa por el grabado en cobre, porque le permite reproducir los mapas que reducen “el universo a la escala del ojo humano”. De Bry y sus hijos le dan sentido a la novela. La imaginación reverbera en todas partes. En unos para la matanza, en otros para compilar y plasmar todo lo nombrado en ese artefacto novedoso llamado libro impreso. De Bry y su familia, leen todo lo escrito sobre América y lo grafican; es el imago trasvestido en materia cromática.

La voz omnímoda hace uso de la posibilidad de hacer literatura con la historia. Imagina la vida cotidiana secular del siglo XVI, apoyado en gradientes sacados de los archivos. En este caso la voz de Tríptico de la infamia, reconstruye la vida intelectual. Francia como Europa están estupefactas ante los hallazgos: el mundo es una esfera, la tierra no es el centro del universo, existen otros seres humanos cuyas obras son muestra de ingenio, de otra razón extrema y exótica. El culto del yo posibilitado por la personalización de la concepción de dios, crea una vocación individualista. Se reconoce que el cristianismo católico no es el único. El cristianismo puede ser humanizado y desplutocratizado. Muchas relaciones con el saber tuvieron como base estas novedades y tomaron con entusiasmo y fanatismo el luteranismo hugonote. Así la persecución y muerte hecha por los católicos cercenó las vidas y las mentes más avanzadas del siglo.

Mi amiga lectora conoció del Tríptico de la infamia lo que le dije esa noche. La asoció con la novela histórica de Waltari. Operó en ella la imaginación y en mi una relación entre dos novelas. Las copas chocaron.

jueves, 24 de septiembre de 2015

La risa explosiva de una boca roja

Óleo de Gabriel de San Martín. Risa de primavera

Se reía desde siempre de los defectos de los demás sin saber porqué. A los veinte años descubrió que reírse de los defectos de los otros era considerarlos o inferiores o manchados, y esto se lo explicaba, con una frase prestada de la academia, como un sentimiento antropocéntrico de grupo.

Una noche de noviembre, sentado en la puerta su bar preferido, con ella, vio pasar un cojo y Mariza se rió desmesurada abriendo hasta el límite su boca roja, él también lo hizo, pues a ambos les entró por los ojos el ritmo extraño de ese caminar.

Él pensó en su propia risa y en la de Mariza. Es normal que Mariza se ría de los cojos o de los defectuosos, ella no ha hecho el descubrimiento, ella no se ha preguntado y respondido sobre la igualdad, la libertad y el respeto, sigue en el mundo de la exclusión. En ese mundo de los padres, pleno de inquisición y exclusión.

Oliverio se propuso explicar porqué continuaba riendo de los defectos ajenos, si había entrado la conciencia, gracias a sus lecturas, de que esa actitud es un irrespeto y es poner a los otros en un plano de inferioridad. Se examinó y se dijo que ello estaba anclado muy hondo en su ser. Pensó en la primera vez que lo hizo. Si, allí estaba su madre riendo desde el fondo de sus recuerdos. Ella se reía de los pantalones cortos. Ella los hacía y obligaba a Oliverio, con amenazas de castigo, a ponérselos. La risa salía cuando Oliverio exigía que el pantalón llegase a las rodillas, en contravía de la moda llevada por todos los chicos de pantalones cortos hasta a la mitad de los muslos.

La risa de la madre salía como mecanismo y signo para calificar a los demás. Y enseñarle a aceptar o rechazar a este o aquel. Los primeros estigmatizados eran los negros. El negro Ariza, ella decía al verle pasar, que caminaba con el cuerpo encorvado y que quien podría querer a alguien así. Analida, la vecina de enfrente, la llamaba bruja porque su ventana nunca se cerraba y eso no es bueno, decía. Jesús Ángel, el dueño del bar de la esquina, bebía con los clientes y fumaba tabaco sin parar: este es un viejo baboso sin ninguna dignidad, afirmaba. Así Oliverio aprendió a juzgar las gentes del barrió sometidas a un código extraño de burlas, traído desde una hispanidad caduca, pero persistente. Quedaba poca gente honorable para la madre de Oliverio y para él mismo. Este filtro social produjo un puñado de amistades posibles y respetables. Amistades que extrañamente coincidían con las familias pudientes del barrio.

A pesar de esa cultura social excluyente, Oliverio, como un niño cualquiera, luego de asistir a la escuela, se tomaba la calle con todos los demás. En esos momentos de felicidad, los códigos maternos se neutralizaban y solo volvían a la memoria cundo la madre se le presentaba en un cara a cara y le decía: ¿acaso no te he prohibido jugar con estos chusmeros?

Una tarde de julio después de la escuela y comenzando el furor de las vacaciones de medio año, los niños en masa jugaban a la guerra. Los pantalones cortos de Oliverio se abrieron por la bragueta. Las mangas se adhirieron a las rodillas por efecto del sudor y luego de una amplia zancada, ocurrió que su sexo quedó expuesto y vino la risa y la burla de todos. Quien más rió con estruendo fue Roña el hijo del negro Ariza. Fue motivo para sacar todos los códigos de la madre, Roña se transformó en un enemigo digno de muerte; para Oliverio fue un negro chuchumeco, cochino, hijo de un ser que caminaba con el cuerpo encorvado.

En el bar, esa noche de noviembre, Oliverio con veinte años y un mundo nuevo en su cabeza, aguantaba a Mariza. Había aprendido a querer su piel blanca su cabello negro y abundante. Le gustaba ver su cuerpo al caminar, porque tenía ritmo y gracia. Ella era un poco más alta que él. El mirarle los ojos desde abajo le hacía sentirse protegido por la belleza; pero la risa explosiva de esa boca roja, repetida cada vez que pasaba alguien estigmatizado por lo códigos etnocéntricos que ella aún habitaba, producían en Oliverio desazón y desesperanza. Habitar el bar, las lecturas, la academia, la ruptura con esa hispanidad caduca, le habían tirado en brazos de una rebeldía llena de todo, menos de las exclusiones ancestrales de su familia.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Por la esquina del negro Ariza

Viene Ángel Hachas. Cruza el puente de la calle 55 sobre la quebrada la García. Viene saludando a gritos a los transeúntes. No le importa su medio cuerpo quieto, ni sus dientes muy visibles, no recuerda a nadie ni quien fue. Tras él vienen dos mujeres muy maduras de aspecto conventual. Ellas, cuando Ángel se desborda, quiere desconocer el tráfico y saludar los que pasan por el lado contrario de la calle, lo toman de la mano inmóvil y comprende que debe seguir y bajar la voz. Todo comenzó hace unos cuarenta y cinco años.

Las calles fueron pavimentadas en 1950. Por eso los muchachos comenzaron a usar zapatos, como si el pavimento los exigiera; pero así no era, el polvo amarillo de la tierra de Olleba exigía cubrir los pies, siempre hubo riesgo de enfermarse. El pavimento se relacionó con ese sentimiento nostálgico de aristocracia colonial, y se pensó que la pequeña ciudad pavimentada exigía unos muchachos bien presentados o al menos calzados. Ángel Hachas fue de los primeros en usar zapatos, su familia tenía dinero. Contaba entre sus miembros dos solteronas, una monja, un sacerdote, un médico, un político y un especialista en levantar tapias.

Ángel nació después de todos ellos. Rápidamente, cuando llegó al uso de razón, se cansó del diario ejemplarizar de Antonio su padre. Él debía seguir los modelos familiares. Cada año se le programaba para recluirlo en un seminario. Cuando Antonio hablaba de ello, Ángel miraba sin ver hacia cualquier parte. Esta actitud convenció a Antonio de que había tenido un hijo poquito, que prefería pararse en la esquina del negro Ariza y seguir las influencias de los muchachos del barrio: entre ellos Frank, hijo del dueño de la fábrica de muebles, llamada por los vecinos, la Complementaria de don Juan. Frank hablaba siempre de tipos de maderas y máquinas. Jorge quien mantenía muchos pesos, los ganaba en la dentistería que su abuelo legó a la familia; tomaba aguardiente desde muy pequeño. León, viviente entre automóviles de servicio público, ambicionaba ser chofer como su padre, hermanos y tíos. Jairo, hijo del zapatero Arteaga, hablaba de cueros y venta de frituras por las calles, a lo que era obligado. El hijo del negro Ariza, patrocinaba estar siempre en la esquina; pues su padre en ella tenía una tienda de abarrotes y cuando el negro lo dejaba a cargo del negocio, había fiesta. Carmelo que vivía en el callejón enseñó al grupo como robarle al dormido y al descuidado.

Llegó al barrio y a la esquina, José, enganchado por la Complementaria de don Juan. José hablaba extendiendo las vocales y las consonantes. Esto producía risa en el grupo de muchachos. Ángel aprovechaba y contaba chistes groseros que le salían altamente cómicos por su dicción. Este recién llegado produjo celos en Ángel Hachas. -¿Cómo es posible que este recién llegado torpe para hablar, se convierta en centro de atención de los muchachos? ¡Yo llevo dieciocho años con ellos y no los he podido hacer reír! Se decía-.

Una tarde de sábado, el grupo de muchachos caminó por el pie de monte del cerro Quitasol. Allí corría un agua limpia, llena de rumor y fresco; ellos la llamaban la Acequia. Sentados en su margen hablaban de la vista de Olleba que de allí se divisaba. José afirmó que si tuviesen unos binóculos, podrían comunicarse con cualquiera que viesen en cualquier calle. El grupo se rió por el chiste tonto y por la dicción. Ángel Hachas, comenzó a golpearlo, y ambos se metieron en una pelea, terminaron tirados en el suelo, ambos trenzados y cada uno le tenía al otro atrapado con una llave maestra de luchador. Los otros se esforzaron mucho para separarlos y se convencieron de estar ante un par de apocados, de tontos.

Luego de la pelea, en la esquina, Ángel Hachas comenzó a hablar de la fábrica de textiles. Cada vez que pasaban los obreros en bicicleta, daba un paso adelante y seguía con la cabeza el recorrido, estiraba el cuello y tensaba el cuerpo. Ser obrero textil se convirtió en su ideal. Antonio le daba regaños por su cortos ideales y le ponía como ejemplo a Ignacio, su hermano, un poco mayor con estudios de abogacía avanzados. Esto no caló en el espíritu de Ángel. Desertó del bachillerato y se dedicó a conversar con los obreros del barrio sobre los pormenores de la elaboración de las telas y del ambiente de trabajo dentro en la fábrica.

El sentido aristocrático colonial de la familia, abdicó los proyectos para Ángel, empleó sus influencias locales y lo colocó en la fábrica como obrero. Con los primeros sueldos, Ángel compró la bicicleta y la moguera, símbolos del ser obrero, tal como los veía y los había elaborado en su imaginario. Luego del turno de trabajo llegaba a la esquina, estacionaba la cicla en el andén y convidaba a observar su adquisición: una MonarK, cachona, roja, de neumáticos gruesos, con una pequeña parrilla para la moguera y un soporte de vasos para líquidos llamada caramañola. Repentinamente montaba, y recorría las calles de Olleba. Llegaba jadeante. Hablaba de lo que había visto y a quien.

Los sueldos de Ángel, chocaron con los muchos pesos de Jorge. Una tarde calurosa de noviembre, en el bar La Cumbre, el grupo tomaba aguardiente. Entre tangos y parrandas, Ángel esgrimió su orgullo de obrero bebedor y brindó y proclamó ser experto tomador. Jorge lo retó y con media botella de aguardiente en la mano le dijo que lo demostrara. Ángel bebió todo el contenido con un solo gesto. Rieron, aplaudieron, hubo hurras. En pocos minutos, el bebedor quedó dormido sobre la mesa. Fue llevado a su casa. De la casa, debió ser llevado a un hospital, donde se le diagnosticó un derrame cerebral. Se le practicó una traqueotomía y estuvo cuatro meses internado. En la fábrica le concedieron una pensión por invalidez. A los seis meses del incidente recibió un dinero importante por el tiempo no laborado y como inicio de la pensión.

La poquedad hizo lo suyo. Con tomar media botella de aguardiente casi de un solo trago, Ángel quería iniciarse en el mundo del gasto, de la vida de bares, cantinas y prostíbulos, tal como lo había escuchado de sus compañeros de trabajo. Todos le hablaban de excesos y él quería superarlos a todos. La razón aristocrática colonial de su familia le había aislado del mundo y le había condicionado a no alejarse de dios y las costumbres tradicionales. Por ellas debería terminar el bachillerato, graduarse, casarse y tener hijos, para estar en paz con la sociedad de Olleba.

El proyecto inacabado de enfrentarse a todo lo que el mundo podía ofrecer, fue la obsesión en su lecho de enfermo. Esta fuerza le permitió resistir y volver a estar de pie como un hombre nuevo. Adquirió un semblante risueño y sus dientes en forma de hacha comenzaron a verse, a relucir y a caracterizarlo.

Cuando recibió el dinero, forcejeó con sus hermanas y su padre por salir a la calle. Logró hacerlo. El primero que se encontró de los muchachos fue León. Bebieron licor en todos los bares conocidos y al filo de la media noche, viajaron a Medellín. Buscaron un burdel en la tolerancia de Lovaina. Bebieron y comieron. Esto lo repitió Ángel con algunos de los muchachos de la esquina del negro Ariza.

El cuerpo de Ángel Hachas no estaba hecho para tomar el mundo de esa manera. Su poquedad le tenía signado. Y la entrada al hospital meses atrás le había herido y menguado. Recayó. De nuevo otro derrame cerebral. Este fue definitivo. Quedó con medio cuerpo inhabilitado. La mirada desviada, un pie a rastras, y una mano encorvada. Saluda a gritos y se considera amigo de todo el mundo. Muestra permanente la forma de hacha de sus dientes y ya no recuerda, la complementaria, la acequia, la esquina, la fábrica y a la ciudad Olleba en que vive.

martes, 8 de septiembre de 2015

El hijo de Jenaro

Abstracto de Conn Ryder
 
Esa humanidad viva que asumiste desde la juventud temprana, te hizo beber la existencia a largos y grandes tragos. La bebiste con una velocidad inusitada para no darle tiempo a la razón. Ella, dique hecho para la familia de Jenaro, tu padre censor, como decías, cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer. Pronto le sustrajiste a Jenaro los billetes de sus bolsillos, en sus noches de tragos, cuando caminando de puntillas, entrabas en su cuarto y sin quitar los ojos sobre su cara madura de barba hirsuta, metías dos dedos en su camisa con la lentitud calmada que siempre te caracterizó. Esos billetes, no los almacenabas, no los acumulabas. Se gastaban en la esquina con un derroche festivo por culpa de la agilidad de tus dedos. Los amigos, siempre reunidos participaban gozosos del gasto, porque era inesperado y azaroso. Ocurría cundo menos lo esperaban.

Recuerdo la vez que fuiste un paso más arriba. Te metiste con la tienda de Braulio. Ella en el término de la cuesta, con puertas por dos calles, estaba forrada en estanterías de madera rústica llenas de abastos. Te paraste en la puerta, mirabas cuesta abajo, fingiendo despreocupación y esperabas la atención de Braulio con algún cliente, para poner en acción la agilidad de tus dedos y extraer enlatados. Esa vez Braulio detectó, la marca en hueco cerca a la puerta y la relacionó con tigo. Cerró la tienda y fue a buscarte con un policía. Te hallaron con las latas de conservas en los bolsillos. Fuiste prendido y estuviste dos meses en la cárcel preventorio. Saliste con la cabeza rapada, la mirada perdida; hablabas poco, pero se notaba en tu cara esos pensamientos de fundamentación de la vida. Repartiste puñetazos casi a diario entre los muchachos de la esquina que se burlaban de tu cabeza sin pelo y del presidiario primerizo. Luego te refugiabas en los libros de Jenaro.

La escuela, por insistencia de Jenaro te recibió de nuevo; pero ya no la escuela Modelo, la nuestra, la del barrio, sino la suburbana. Allí si contabas las hazañas con vana gloria, porque estabas con otros, en igualdad de aventuras. Terminaste la escuela primaria con buenas calificaciones, más las ganas aumentadas de beber la existencia a largos y grandes tragos. Jenaro no se explicaba ese sinsentido. ¿Cómo este muchacho tan inmanejable, terminaba los estudios primarios con felicitaciones de los profesores? Se preguntaba.

Con edad de bachiller, te enredaste en la política. Te metiste con Javier Tropero. ¿Recuerdas? Hablábamos en muchas ocasiones de él, porque sus compañeros de monaguillería, lo pillaron más de una vez saqueando las ofrendas de los fieles al crucifijo de la Iglesia mayor. Por estos barrios todo se sabe. Javier aprovechó tu verbo ágil y te reclutó para el partido. Con él creciste en vivencias. El bolsillo de Jenaro se transformó en negocios y deudas con quienes no te conocían y a quienes nunca pagabas. La tienda de Braulio tomó la forma de oficina pública desmantelada, a las que te llevaba Javier Tropero por el tiempo necesario para el saqueo. ¡Recuerda! Lo hicieron aquí en la pequeña ciudad, luego en la administración departamental y terminaron en la capital de la república. Me decías que no te quedabas anclado en ninguna parte porque eso era la muerte y no permitías que te vieran mucho tiempo en un solo lugar. Sé que el dinero lo gastabas igual como en la esquina de los muchachos. Experimentabas todas las drogas y licores. Te encerrabas con algunas mujeres y hombres a consumir toda la compra y el dinero. Terminaban ansiosos y dispuestos a todo para reanudar la fuma.

Uno de esos tiempos cuando intentabas hacer un alto, cuando querías fundamentar tu vida y te ponías a leer, volviste al barrio y te vi desposar a Claudia y ponerle un hijo. La dejaste sola seis meses y al regresar intempestivo, te contaron que tenía un amante. La repudiaste. La abordaste en la vía pública. Ella aceptó el repudio con ira y acusaciones; te dijo drogadicto, ladrón de cuello blanco, doctor estafa, marica, perro, hijo de puta. Me contaste que le asestaste un palmo de mano en un lado de la cara y la gente les hizo ruedo y exclamaba indignada.

Tu vida atada a la fuma, no la resistió Javier Tropero. Te aisló. Él un Tropero político de relaciones adineradas con una imagen para cuidar, no podía estar a tu lado. Regresaste al barrio, menguado y derrotado. Volviste a leer y pensar en la razón de de Jenaro, tu padre censor, como decías. Pero la lógica de tu vida estaba en el gasto, y comenzaste a saludar en voz alta a cercanos y desconocidos con mano prieta para conseguir un trago de licor o un cigarro. Tus acreedores frustrados de todos los tiempos encontraron un lugar y un momento para la venganza. Eso parecía no importarte porque la sombra de Javier Tropero aun te cubría. Decidiste morir así gastando la vida a largos y grandes tragos, hasta que se te estalló ese cuerpo de cincuenta infiernos, ¿o cielos?