martes, 19 de julio de 2016

Cinco milenios son nada

El Hechicero, un hombre ciervo en la gruta de Trois Frères

La belleza está por todas partes, la observo y la nombro y le doy el ser. Ella incide los ojos; estos comunican a los demás sentidos el mensaje, y el tacto, el oído y el gusto se disponen al mismo tiempo que el ojo, para que la vida se regocije y permanezca. La belleza hace permanecer la vida. La contemplación me lleva a la acción, a la lucha. La vida tiene esa condición material. Observo cómo, ser en el mundo, es tener todo el peso de mi historia personal, construida por el deseo de ubicación en el tiempo y en el espacio. Ubicación llena de belleza por contemplar la herencia humana. Esa contemplación tiene una atracción llamada éxtasis. Ese impulso nace por el gusto personal de saber sobre el pasado y cuando lo imagino se hace bello. La obra humana es bella.
Por eso, pensar en esta época, lo hago como un ejercicio arqueológico del sujeto, es decir, pensar hoy es ir a las condiciones personales que me permitieron decir y hacer. La experiencia personal de peguntar por la historia y el origen, es hacer arqueología de la propia búsqueda y de lo hallado. Es grave pensar y escribir sobre todo, como mero registro de un ejercicio diletante. Pensar y escribir hoy obliga a hacer una arqueología del sujeto escribiente; responder la pregunta ¿Cómo he llegado ahí? Por eso, decir o escribir en nuestra época es necesario sustentar la formación de un problema en nuestra imaginación seducida.
Estos prolegómenos los hago para seguir afirmando ideas sobre El Poder como problema histórico, y como sino bajo el que pienso. La sociedad civilizada tiene una forma específica de relaciones humanas, claras, distintas, respecto a la enorme época anterior. Desde hace una decena de milenios, la sociedad sedentaria concibe un ser humano como un cuerpo para el control; el Poder se hace efectivo estableciéndose con base en la trascendencia de los sentimientos. Las obras humanas son concebidas, a pesar de ser una excrecencia del cuerpo, como un don.
En consecuencia, me pregunto ¿Qué es ese don? ¿Quién dona? estos quién y que, son un resultado de la adjudicación de la humanidad, de su obra cultural a alguien, a un dador, manifiesto en los sueños. Y en la vigilia se nombra con las palabras soplo, espíritu, alma, ánima… En rigor, me digo, ese sentimiento comenzó con el homo faber y toma la forma del otro aislable en el sueño y en la muerte, en la época de la humanidad sabia: el testimonio es hermoso y nos ha producido éxtasis desde hace veinticinco mil años. El Chaman de Lascaux, coronado con una cornamenta en medio de bisontes y equinos, propiciando una caza fructuosa, atestigua un simbolismo sobre el espíritu de los animales y de los seres exteriores al cuerpo humano; espíritus en plano de igualdad con el del ser humano, realizado en la procreación, los bosques, las aguas, la muerte y el renacer.
Este periodo cambia con la vocación económica. La cultura agrícola da un nuevo contenido al Don y a quien lo dona. La muerte y el renacer son apresados en dólmenes, cromlech y menhires dedicados a la memoria genealógica. El mundo real se duplica en mundos ctónicos y celestes, habitación de los antepasados. Esta es la experiencia religiosa. La invención del cielo es el resultado de la evolución de las imágenes mentales sobre la independencia del espíritu; experiencia adquirida por la aptitud extática, condición fenoménica de los humanos. La experiencia extática se basa en la posibilidad de desprender el alma del cuerpo para que esta viaje por el mundo. Viaje en el que se encuentra seres sobrenaturales con la figura de los seres conocidos. El alma o el espíritu también viajan al interior de los cuerpos de los demás, en un ejercicio de poder. El ser del poder se apodera del cerebro de los dominados porque ahí habita el espíritu. Esa ubicación del alma o del espíritu en el órgano del cerebro, para los humanos del alba de la civilización, (práctica que permaneció milenios) dejó como consecuencia el consumo o deglución de masas encefálicas de las víctimas para poseer las condiciones del comido y así mismo rendirle culto a los cráneos.
La experiencia inicial concebida como las relaciones místicas entre los animales y los seres humanos, se transforma en las relacionen mistéricas entre el ser humano y los dioses del cielo. El Chaman se convierte en sacerdote garante de la relación. Por el sueño y el estado de trance el sacerdote explica el Don: La geminación de las plantas y de los humanos, el dominio del fuego, los metales, la cerámica, la escritura, la arquitectura y el control del espacio, es el contenido de lo dado, por los dioses. El poder está ahí en el trance y en el cuerpo del ser que se comunica con el cielo, quien toma forma de monarca administrador de la familia divina y las leyes dadas a los seres humanos. Observar las leyes es ser temeroso y ser para el poder. El administrador además, interpreta los sueños. La mistificación del sueño es equivalente al trance extático; pero es percibido ajeno y se lo adjudicamos a alguien distinto a nosotros. Las imágenes oníricas son un mensaje de los dioses, para indicar y regir el destino. Los guerreros en sus sueños recibieron el mensaje de emprender la guerra, porque dentro de su mundo oscuro e insondable del sueño, lograban la claridad de una interpretación que les permitía comandar sus acciones. Sacerdotes y guerreros por estas trascendencias mantuvieron la soberanía sobre los cuerpos, las cosas, la tierra y el cielo.
Estas respuestas a mis preguntas, es el ejercicio arqueológico de lo que puedo pensar. Son respuestas de autoexplicación sobre el poder a quien pertenece el mundo y los cuerpos. Solo escapa al control, quien hace arqueología del pensamiento, como sujeto en el mundo, para crear la imagen de la vida y sus condiciones. Esta mi arqueología, a la vez, es un ejercicio de libertad. La religión, siempre ha sido un mito, panteísta o monoteísta, producto de la trascendencia de las condiciones tecnoeconómicas. Hacer un acto de libertad de pensamiento es ponderar en el tiempo y en el espacio esos fundamentos del poder.
Una imagen del tiempo ayuda e invita estos pensamientos. El tiempo del ser humano es ínfimo, respecto a la edad de la especie. Son veinticinco mil años de sabiduría, dentro de ellos diez mil de civilización y en los últimos cinco mil se inventó el cielo y los mitos religiosos. El sentido arqueológico que he intentado exponer aquí se dirige e ese problema ya planteado: el poder que vive de la religión funciona y a veces parece fortalecerse, cuando amenaza destruir el mundo de la ciencia. Responder por qué este arcaísmo está vigente me ha hecho ejercer la planteada actitud arqueológica y decir cinco milenios son nada.

miércoles, 6 de julio de 2016

Soberanía de la palabra y fin de la guerra


Obregón 1983 Muerte a la bestia humana

La guerra ha sido impuesta a los colombianos por el poder anclado en la tradición de la dominación occidental. A pesar de la independencia ocurrida en los albores decimonónicos y la sucecuente construcción de la república democrática, basada en ejercicios constitucionales que hablaban de la soberanía del pueblo, la libertad de empresa o económica, libertad de movilidad, libertad política y religiosa, la sociedad siguió anclada en la soberanía tradicional de los tres órdenes, la iglesia y el ejército quienes sometieron a los demás a la servidumbre. La guerra, concebida como inherente al ser humano, tuvo inspiraciones: fue militarista, fue religiosa, en 1854 la hicieron los artesanos trabajadores, en la segunda mitad del siglo XX fue campesinista y entre los siglos XX y XXI fue paramilitar o paraestatal.

Hoy se debate en el país sobre el fin de la guerra. Unas voces se levantan para defender la continuidad de la confrontación, otras, las más, para celebrar la paz. Este debate amerita considerar la guerra desde una perspectiva optimista, para quitarle el determinismo en el que se ha sustentado desde hace milenios. Es posible decir que la humanidad, ha entrado en una edad civilizatoria en la que la vida puede transcurrir sin violencia. Y la soberanía del poder ejercerse para garantizar el disfrute de la existencia sin miedos.

La soberanía del poder, conocida y loada por el orden social tradicional, fue instaurada en la primera edad de la civilización. El soberano poder tripartito, le puso un sello al devenir; por eso el hombre civilizado sacrifica a los dioses, mantiene la guerra y señala quienes deben cultivar. Este orden soberano encarnado en sacerdotes, militares y agricultores, ha sido tutelado por el cielo panteón. Se cuentan sus milenios y los regímenes sucesivos bajo la constante de la guerra y la esclavitud.

Es lícito pensar en una soberanía del poder, propia para una sociedad que no ha dejado la civilización, pero sí, se ha desprendido de la base tripartita que la originó (sacerdotes, guerreros y siervos). En esta modernidad, otra edad de la civilización, la soberanía se ha depositado en el pueblo y se ha puesto en cuestión la existencia de los sacerdotes, de la guerra y de los siervos. Según el régimen tradicional, la soberanía primigenia era inamovible porque de ella dependía la existencia de la sociedad. Si faltase, la sociedad se disolvería.

Ese orden de base tripartita, creado para sustentar el estado civilizatorio, ha adquirido un aura de naturaleza; su sentencia es defender la verdad natural con respaldo del cielo, de ese mundo divino poblado por réplicas humanas, pero de esencia sagrada. La iglesia, la milicia y el trabajador, se han concebido como compartimentos sociales normales, en los que se nace por efecto del destino ordenado. Es natural la existencia del sacerdote; es natural la guerra, y por naturaleza, la mayoría de los seres humanos nacen para el trabajo que sostiene al sacerdote y al guerrero.

La guerra concebida como parte de la naturaleza de la sociedad y del ser humano, ha sido teorizada desde la antigüedad. En occidente los dioses del cielo panteón, la legitimaron con su participación directa. En oriente antiguo la teorizó Sun Tzu como arte y en el siglo XIX Clausewitz escribe un Tratado sobre la guerra inevitable. Así la función del guerrero en la sociedad, se establece como inherente al ser humano, a veces como un mal, otras como el éxtasis de la violencia de los héroes. Se ha terminado por pensar, no poder existir sin la guerra.

En esta época de civilización, luego de varios milenios, esa soberanía se ha pasado al pueblo, y antes que disolver la sociedad, permitió la posibilidad de una vida social sin dios, sin sacerdotes y sin guerreros. Hace unos cientos de años, pareció que el volcamiento de la existencia humana sobre el individuo, su reivindicación y defensa, fuese un diseño de la burguesía liberal, por la práctica de la soberanía trinitaria; pero fue una usurpación. El individuo, libre, autónomo, sujeto de derechos, aparece por el paso de la soberanía, de la sociedad tripartita, al pueblo. Se deja expuesta la posibilidad de una vida social, sin sacerdotes legisladores, sin guerra, sin esclavos o siervos.

La soberanía depositada en el pueblo, es decir, depositada en una unión de individuos, está sujeta a reeditarse, según el comportamiento de la unión. Así la concibió Rousseau: si la soberanía es manipulada y puesta al servicio de algún grupo o algunos particulares, el pueblo tiene que asumirla de nuevo y depurarla. Esta soberanía popular, se ejerce para evitar la guerra, recluir en lo más recóndito del individuo el sentimiento religioso, quitarle al sacerdote la judicatura, garantizar la seguridad alimentaria de todos los participantes de la unión y sostener la reproducción de la soberanía por el ejercicio de imaginar la cultura.

La soberanía tripartita se mantuvo por milenios, siempre auxiliada por la intervención del cielo panteón en la vida, intervención encarnada a veces en el sacerdote legislador y militar, soberano monárquico, dueño de la vida de los demás seres humanos. Esa cultura de la dominación se expandió por la palabra, la escritura, las imágenes del hombre dios o del dios hombre, en la escuela, la catedral, la universidad y la familia.

El pueblo soberano, inmerso en otra época de la civilización, expande la cultura de la libertad y llena de contenido la escuela, la universidad y la familia. El pueblo soberano, compuesto de individuos sujetos de derechos, tiene la palabra llena de sentido por la confianza en las instituciones, en la unión, en sí mismo. La escritura es un ejercicio arqueológico que da cuenta del devenir ser humano, su filosofía, su política, su religión, su ciencia. Las imágenes llenan el yo y se las llama historia del arte. La soberanía del pueblo se decanta en la soberanía del pensar individual, un pensar que funciona a partir de preguntar: ¿quién soy y qué puedo pensar? Y cuando se responde, hace una historia de si, sustentando porqué se piensa así.

El fin de la guerra en Colombia, deja expuesto un tiempo por venir, en el que se adopte para el país el fin de la cultura de una tradición milenaria impuesta desde la conquista. Ese porvenir debe adoptar el logro de la época de la civilización que llama a la libertad, el trabajo y la seguridad de una vida sin violencia; una nueva cultura.

jueves, 30 de junio de 2016

Música, pintura, escritura


 Pablo Picasso. Los tres músicos


Es un recurso común nombrar los mundos del arte con la palabra lenguajes. Es común escuchar de los cinéfilos hablar del lenguaje del cine; de otros, los cultores de las artes plásticas o visuales, decir el lenguaje de la pintura. Otros más dicen el lenguaje de los semáforos. Ante esta intensión de reducirlo todo a ese lugar común de la palabra lenguaje, es necesario ubicar esos mundos en su propio estatuto. A este problema, planteado desde mediados del siglo XIX, la lingüística del siglo XX aportó una respuesta que no agota las soluciones, pero si aclara la confusión.

Se trata de la construcción de una disciplina cuyo objeto de estudio es los sistemas de signos, llamada semiología; ubica las artes y el lenguaje como sistemas de signos entre otros, a saber: “la escritura, el alfabeto de los sordomudos, los ritos simbólicos, las formas de cortesía, las señales militares…”

La lengua es un sistema de signos, compuesto de signos básicos como son las palabras. Estas palabras signos, en el sistema o estructura de la lengua pueden funcionar como símbolos y otras veces como indicios, cuando acompañan el gesto de señalar (esa o este). Los signos funcionan en la estructura con significancia, término que obliga a darle identidad al sistema, en el que existen. La lengua es el sistema de signos que puede enunciar y definir todos los sistemas de signos, pero los demás sistemas no pueden ser como la lengua, porque perderían la identidad.

La música es un sistema de signos, claro, y distinto del lenguaje. El signo básico es el sonido, producido intencionalmente para el oído, en el ámbito de una significación que le da una identidad irreductible a otro sistema de signos. En la música hay un “estatuto musical” que clasifica los sonidos como notas irreductibles a los signos de la lengua. El estatuto musical organiza las notas en gamas, y en éstas, las mismas notas están en unidades que pueden ser discretas o discontinuas y que vibran en el tiempo. “las gamas comprenden las mismas notas a alturas diferentes, definidas por un número de vibraciones en progresión geométrica, mientras los intervalos siguen siendo los mismos”. En el sistema o la estructura de la música el sonido es el signo, sometido a reglas precisas; pero, el sonido debe ser considerado como nota para darle existencia al sistema musical semiótico. Los sonidos por fuera de estas consideraciones humanas no son música. La nota en la gama; la gama en un conjunto, especifica el tono y el tono indica la clave. He ahí ese mundo estético de los sonidos, distinto de la lengua y el lenguaje, que mueve a la risa, el llanto, el dolor o a la tragedia.

Las artes plásticas y visuales, pintura, dibujo, escultura, imágenes móviles como el cine, tienen su propia semiótica, distinta a la musical y a la del lenguaje. El signo aquí hay que tomarlo como unidades. En el caso de la pintura, el artista distribuye el color a gusto y crea una unidad, porque lo organiza, lo amalgama o lo disuelve: produce una significación. La materia plástica se ordena, se jerarquiza, se taxa. Así se produce el signo plástico, distinto al signo lingüístico.

La semiología de las artes plásticas es difícil de asir y por eso la opinión común decide hablar del lenguaje de la pintura, la escultura, el dibujo o del cine, antes que sumergirse en la complejidad del sistema. La unidad como signo, en las artes, se relaciona con la representación, la presencia o ausencia de la figura, rasgos atados al movimiento, el color, la presentación y al sujeto que expresa sus propias necesidades. El artista compone la obra con la fuerza de estos elementos y deja expuesta una estructura comunicable y susceptible de ser nombrada con la palabra, sin reducirla a la semiótica del habla. La obra de arte es un mundo creado por el artista con su propia significancia y taxonomía y del cual cada observador la lleva hasta el infinito de la interpretación. A la unidad, esa unidad como signo, en los años setenta del siglo XX se le puso el nombre de “percepto”. Si la semiología de la lengua tiene como unidad básica la palabra; la semiología de las plásticas tiene como base el percepto, unidad a la que puede reducirse el sentir del espectador ante la obra. El color incide el ojo y el ojo involucra el cuerpo y en esa relación se establece la comunicación.

Los ritos, son la práctica de los mitos. El rito materializa el mito y cuando este (el mito) se escribe, funda la literatura. De la literatura es posible decir que tiene su propio sistema semiótico. El signo base de su sistema y estructura, es el discurso, la semántica del discurso, convertida en símbolos. El análisis semiótico de la literatura es tan complejo como el de las artes. El individuo que la crea lleva su experiencia social convertida en signos-símbolos a un lector que goza, se transforma, o sufre y muere. El lector tiene una experiencia estética, como la tiene el espectador de las plásticas y visuales, y el escucha de las músicas. El discurso signo base del sistema se escribe con voz sin articulación, altitonante, triste, autoritaria, consensuada, optimista, derrotada; signa gestas y utopías, pasiones y críticas.

La semiología de la lengua se presenta como modelo para todas las demás, porque es ella como palabra la que las nombra. La semiología de la lengua es asible, clara. Su estructura o sistema con las palabras como signos, distintos y diferentes, da existencia a esos otros sistemas semióticos nombrados. La semiótica establece tres tipos de signos: iconos, indicios y símbolos. Estos funcionan para las artes, la lengua y la música; son extensibles a otros sistemas semióticos, tarea abierta para quien supere el reduccionismo de ponerle el nombre de lenguaje a todo.
Ref. Benveniste. Problemas de lingüística general

miércoles, 22 de junio de 2016

Las sociedades sin escritura son un asunto metafísico



Ritual mesoamericano, pintura Iker Larrauri Méjico 1998

Hace tiempo, ha obrado en mi imaginación alguna fascinación, representarme esa época de la humanidad en la que se decanta la escritura, o también se pude decir, época en la que aparece la escritura. He concebido ese suceso, en el tiempo de una humanidad que adopta la agricultura y crea una metafísica. En ese ámbito del pensamiento (la metafísica), la escritura se toma como la grafía de la lengua, de muchas maneras despreciable, porque lo fundamental es la voz, el verbo, la fonación.

Muchas veces he paleado la pregunta por la escritura alfabética, al establecer la diferencia de ella con otras escrituras no alfabéticas y reduciéndolo todo al ejercicio de la técnica. La escritura es la floración más refinada de la aptitud técnica de la vida; y en la vida humana, inicia su concreción con lo que se ha denominado pintura rupestre. Así, es atributo del homo sapiens, ese artificio de grabar en superficies los signos materiales de un pensamiento.

Queda expuesta la búsqueda de la génesis del pensamiento, de la conciencia, divorciados de la grafía por efecto de la dualidad voz (pensamiento) por un lado y por otro la escritura (artefacto técnico). Buscar la génesis del pensamiento es el ámbito de la metafísica, con vigencia desde la especulación del ser civilizado.

La escritura, aptitud registrada a partir de las sociedades agrícolas se ha explicado desde una pose logocéntrica, es decir, desde la metafísica, porque se cree que por el logos se adopta la grafía como una secuencia racional. Pero es posible llevar la aptitud grafica a una dimensión fundante de la existencia. El pensar el grama (grafía) como la diferencia, se encuentra que la existencia ocurre, en movimiento para afianzar el contrario diferente y cifrarlo o signarlo en términos de memoria, y así repetir y diferir. Repetición y diferencia, mediados por la huella y la memoria, materializan la existencia. La huella y la memoria, se pueden asir por el grama, huella en la memoria, materializada. De esa manera la escritura debe concebirse, más allá del simple artefacto que expresa el lenguaje o la lengua. La escritura como grama está en la vida y la perpetúa, en especial cuando la concebimos como programa.

Por eso solo podemos hablar de humanidad, cuando la arqueología nos brinda, producto de sus investigaciones, un fósil con útiles, correspondiente a un ser gramatical que talla su pensamiento en una superficie, en ejercicio de un gesto sonoro, gráfico y vivo. Según este pensar puedo afirmar: no existen grupos o sociedades humanas sin escritura. La amplia literatura antropológica, sociológica o etnológica dedicada a establecer la diferencia entre pueblos ágrafos y pueblos con escritura, se debe inscribir dentro una tradición metafísica, que reduce la escritura al logos. Según esta tradición la escritura es producto del logos y la razón. Y por esta vía el pensamiento no necesita del grama para ejercerse.

Las sociedades preagrícolas inscribían el socius en la piel, en útiles o en la huella del nombre. La estructura del parentesco es el grama que se materializa en la prohibición del incesto. El dominio de la naturaleza, para garantizar la supervivencia, es grama concretado en la clasificación de las cosas. La grafía alfabética es una entre tantas y más que ser un producto racional es la expresión de la diferencia inscrita en la existencia.

Esta actitud ante la escritura tiene el rigor de la evolución y de la historia. Desde ahí se señala la propuesta de Rousseau como logocéntrica cuando sustenta las sociedades primitivas como pacíficas sin conflicto. En esa sociedad del buen salvaje la piedad hacía respetar a los viejos y a los niños y a la naturaleza. El cuerpo humano de esas humanidades primigenias era puro, libre y bueno. Entra en decadencia cuando conoce la razón y su criatura la escritura; por ellas entra en civilización, se aleja de la naturaleza y se corrompe.

El pensamiento salvaje de Levi-Strauss se centra en el mismo logos, para sustentar su concepto de “ciencia de lo concreto”. La magia pre y paleolítica era eficaz porque esas sociedades tuvieron un una taxonomía hecha con el nombre como signo indicativo, basada en la simbología transmisible entre generaciones. Esa cultura fue una estética de la imitación, por la que se construía una réplica del fenómeno para dominarlo. Levi-Strauss toma a Rousseau y a Ferdinand de Sausure, para elaborar su propuesta de cómo entender las sociedades ágrafas y por tanto se adhiere a las conclusiones del lingüista en las que prima la fonología. La escritura es para Sausure violencia contra la lengua.

La ingenuidad primigenia y la ciencia concreta, fueron violentadas por la civilización. A esta conclusión llegan el ginebrino y el antropólogo; porque divorciaron la escritura de la lengua y terminaron por efecto de logocentrismio metafísico, no pensar la escritura con la misma fuerza y profundidad con la que pensaron el habla, el logos, la fonación. La vida es un programa autogenerado en la diferencia de lo propio de las cosas. Y en la humanidad el ser es la diferencia por el nombre propio. Grama y programa son la huella en evolución.

La escritura alfabética o jeroglífica es una ente muchas y desde hace seis mil años se le ha tomado fuera de la voz. En la modernidad se le ha restituido la integralidad en materia viva, fonación y materia gráfica. Escribir es experiencia propia y extraña, dada al lector para transformarlo a pesar de él. Es el mismo gesto fundacional ocurrido al momento de enseñar la confección de un útil. El aprendiz queda atrapado en el grama con voz y la materia del útil.

La lectura de Derrida de Christopher Johnson propiciaron estas palabras



sábado, 18 de junio de 2016

El ser bellanita



Feria del libro en la Avenida Suárez 2008

En 1575 el conquistador Gaspar de Rodas pidió a la corona española una merced de tierras en los Asientos Viejos de Aburrá para sustentar sus esclavos y dependientes establecidos en Santa Fe de Antioquia. La corona le otorgó desde los Asientos Viejos de Aburrá hasta lo que hoy se conoce como Barbosa. Rodas establece en estas tierras hatos de ganado: Hatillo, Hato Grande, Hato Viejo. Por ello se puede tomar el año de 1575 como año de origen del Hato Viejo hoy llamado Bello.

En términos rigurosos el poblado Hato Viejo no tuvo fundación, como muchos otros pueblos. No tiene un acta de fundación. El poblado se fue formando alrededor del Hato y a lado y lado del camino que conectaba el Poblado de San Lorenzo (hoy la Medellín) con Santa Fe de Antioquia, pasando por San Pedro de los Milagros y el Hato Viejo. Por ello para comienzos del siglo XX Marco Fidel Suárez describió el poblado como compuesto por dos calles. La calle Arriba (calle de los Ñoes) y calle abajo (calle de los Dones).

En el periodo colonial el poblador hatovejeño fue un ser producto de la mezcla de etnias. Predominó el pardo, mezcla de español e indígena. En este, en el pardo hatovejeño, se funde la cultura hispana y la indígena para formar un sincretismo cultural de alto contenido religioso. En 1630 entra la etnia africana a enriquecer el sincretismo cultural.

Los tres productos étnicos, zambos, mulatos, pardos, acompañados por minorías puras de negros, indígenas y españoles, encarnaron una cultura de corte comunitarista, centrada en la religión católica con remanentes africanos, indígenas y europeos. Lo comunitarista se expresó en una práctica social basada en lo consuetudinario, esto es, en el predominio de la tradición y por la cual, los actos individuales fueron regulados o castigados por el consenso social dirigido por los notables: sacerdotes, jueces y pudientes.

El ser hatovejeño colonial, tuvo una vida lenta, rural, con una dependencia absoluta a la monarquía. Daba testimonio de su estado y su comportamiento en los actos religiosos periódicos, donde los notables le inspeccionaban y decidían sobre su conducta.

Durante el primer siglo de independencia, es decir en los primeros cien años de vida republicana, los hatovejeños mezclaron la tradición comunitarista con los nuevos elementos culturales republicanos. Se separó el Estado y la Iglesia. Los sujetos entraron a ser juzgados por el Estado a través del aparato judicial. Se creó la escuela y se dotó el territorio de una sede administrativa. El territorio comenzó a nombrarse con términos civiles: cantón, partido o jurisdicción. Se creó el cementerio público y la obra pública.

El rito electoral, creó un enfrentamiento con el pasado. El ciudadano, sujeto de derecho, se enfrentó al sujeto dependiente de los notables. Esta contradicción se mantuvo y no se resolvió. La tradición campeó y el ser hatovejeño del siglo XIX se puede definir como un conservador republicano.

El territorio se mantuvo en el siglo XIX entre 1.000 y 3.000 habitantes. Entre ellos unas 50 familias con posesiones en el Hato y en la Villa de Medellín, componían el sector de los notables, con esclavos, dependientes, aparceros, agregados y peones. La ruralidad fue el sentimiento y esta potenció un campesinismo que vivió largamente en la mente y el ser de los pobladores.

Los notables hatovejeños, a finales del siglo XIX, en el año 1883, cambiaron el nombre de Hatoviejo por el de Bello. La argumentación es sumamente simbólica. Dijeron no querer vivir más bajo un nombre que identificaba más un grupo de reses que una sociedad. El nombre de Bello es tomado del gramático venezolano Andrés Bello. En el año 1882 Marco Fidel Suárez ganó un premio de la Academia Colombiana de la Lengua por un estudio sobre la obra de Bello. Por ello el grupo de notables adoptó ese nombre. Este acontecimiento entra a convertirse en un símbolo del ser bellanita.

El nombre de un gramático dado al territorio, un hombre que sale de lo local y adquiere importancia nacional al ocupar la presidencia de la república, son dos elementos que concitaron la imaginación de los pobladores y generaron relatos orales o escritos, sobre Marco Fidel Suárez y el culto de las letras. El origen de este héroe local, por fuera de los códigos sociales, permitió construir alrededor de su persona un mito que puede decantarse en una norma de conducta, adoptada por la escuela local, y que reza: todo pobre puede llegar a los más altos puestos de la república. O la pobreza no impide el progreso. O el esfuerzo tenaz produce frutos y éxitos sociales.

El republicanismo conservador, de base campesinista, y el respeto por la gramática y el hablar grave y altisonante, son la expresión de una parte del ser bellanita. A este sustrato mental, que también involucra una gestualidad corporal, se adiciona otros acontecimientos. Son estos la instalación a comienzos del siglo XX de la industria textil y los talleres centrales del ferrocarril de Antioquia.

La temprana industria textil, trajo consigo, el fenómeno social de construcción de una nueva clase social para el país: la clase trabajadora, llamada por la teoría marxista, la clase proletaria. Este fenómeno madura en la localidad de Bello. En 1920 alrededor de 400 obreras de la fábrica de tejidos de Bello realizaron una huelga de 25 días y por ese acto de fuerza lograron sus objetivos. Esto es síntoma de la madurez de una mentalidad; lo que se llama también conciencia de clase.

El obrerismo bellanita ejercitó unos gustos nuevos y ocasionó transformaciones en el uso de los espacios. Para 1930 la décima parte de la población (aprox. 1.000 personas), sus vidas, dependían del salario de la fábrica. Esta condición obligaba a un uso del tiempo libre, y a una gestualidad nueva, regida por el ser asalariado. Esto se materializó en la aparición del bar y la cantina y en el gusto por el tango ya reputado como canción ciudadana.

Para los años cuarenta del siglo XX, se construyen los barrios obreros de Niquía, San José Obrero y Manchester. Es decir, a mediados del siglo se tiene ya en el mundo mental de los bellanitas una pertenencia a la cultura del obrerismo, ubicada espacial e ideológicamente, dado el amplio proselitismo del sindicalismo, ya fuese católico, liberal o comunista.

Paralelo al establecimiento industrial, los talleres del ferrocarril, posibilitaron que sus trabajadores adquiriesen una habilidad técnica, en el manejo de la metalmecánica, habilidad transmitida a los hijos y manifiesta en la proliferación de pequeños negocios. Para los años sesenta y setenta. Lo antes dicho permitió el establecimiento en Bello de una mediana empresa de tecnologías medias. Así el municipio se convirtió en lo que muchos analistas de la época llamaron “un campamento obrero”.

La industria textil y el ferrocarril, fueron un atractivo para muchas personas, y posibilitó una inmigración sostenida desde comienzos del siglo XX, agravada por el desplazamiento ocasionado por la violencia de los cincuenta y sesenta. Esta población fue recibida por la cultura obrera, cultura del oficio y la herencia ancestral del comunitarismo capesinista o republicanismo conservador o liberal.

Con estos argumentos se puede afirmar: el ser bellanita es un sincretismo entre tradición, revolución y adaptación sorprendente al cambio, sin abandonar la lucha por su propio interés. Por ello en Bello se han dado los dominios del conservadurismo, del liberalismo, del anapismo, del sindicalismo de izquierda, y del anarquismo. Este último se dio al menos en la actitud ante la vida y como militancia en algunos casos. Todo esto decanta para los años ochenta del siglo XX, dos imaginarios claros: una actitud ante la vida en términos espirituales y materiales tradicional comunitarista, es decir, una adscripción a la justicia del grupo del barrio o del sector, agenciada por el poder de la costumbre. La otra es la lucha por el beneficio personal, por el bienestar individual.

El narcotráfico, adicionado a un alto desprestigio del Estado y la clase política, expuso el fenómeno llamado “disolución del tejido social”: este se manifestó en Bello, con la aparición de bandas armadas que ejercieron poder territorial en sectores, con varios barrios en su haber. Los miembros de estas bandas fueron hombres y mujeres jóvenes con un imaginario social y económico basado en la búsqueda de dinero fácil y ejerciendo una justicia comunitaria con base en la extorsión y el asesinato.

Las bandas se adscribieron a diversos idearios. Unas fueron exclusivamente narcotraficantes, otras fueron milicias de izquierda, otras dedicadas al sicariato. Luego a finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo XX, las organizaciones para estatales, cooptaron la mayoría de estos jóvenes y se pusieron al servicio de un imaginario autoritario y comunitarista. Por él se montaron campañas de exterminio de mendigos, prostitutas, homosexuales y drogadictos. A estas campañas se les puso el nombre de “limpieza social” o “amor por Medellín”.

Ante esta situación social, El Estado, optó por negociar con las bandas o “combos armados”, y cambiarles las armas por trabajo cooperativo o por un subsidio al desempleo. Esta política del Estado dejó en la mentalidad de muchos jóvenes una convicción: -se tiene atención del Estado si me organizo en combos armados-. Es claro que esta actitud no es generalizada. Es una actitud de una amplia franja de población, con dificultades socioeconómicas para tener una vida normal.

Sí puede afirmarse que cuando se pone de moda una actitud ante la vida, o mejor, cuando una actitud se convierte en valor, arrastra a muchas capas sociales, así se sea pudiente o no. Muchos de los jefes de bandas fueron o son hijos de familias raizales de Bello con poder económico. Otros han sido hijos o nietos de trabajadores jubilados ejemplares de las fábricas.

El ser bellanita que se puede identificar hoy, tiene la huella mental de ese acumulado, inscrito por la tradición oral y reforzada por el predominio de una cultura de resolución violenta de los conflictos familiares, entre vecinos, entre amigos y sociales. Este ser bellanita se despliega en un territorio, que ha crecido dramáticamente con una mediana o poca planeación. La resultante es el fácil control de extensas zonas del municipio por los poderes paraestatales o de bandas o combos. Estos poderes continúan el comunitarismo y la lucha por el beneficio personal, por el bienestar individual.

Por lo anterior se hace necesaria la intervención del territorio. Se debe dotarlo de servicios públicos, equiparlo para el disfrute del tiempo libre, comunicarlo con vías modernas y amplias que recuperen la cantidad de espacio digno y necesario para el desarrollo de cada persona. Instaurar acciones de satisfacción de las necesidades en educación, vivienda, salud y culturales que permitan la identificación de los bellanitas con lo público para que se le respete y se le conserve.

Es necesario recuperar la memoria histórica de lo acontecido en el territorio, en especial todo lo que engloba el nombre de Bello: lo jurisconsulto, el amor a las letras, el sentimiento de ser ciudadano moderno, por las fábricas y el ferrocarril. Ampliar la oferta de acceso a las artes, las técnicas, el folclor y la ciencia. Propender por un sujeto respetuoso del otro y de lo público; libre pensador, autónomo, crítico, propositivo, dispuesto para la creatividad artística y científica. Todo ello se consigue con una acción clara y planeada desde la voluntad política, la educación formal y extraescolar, todos en un diálogo permanente y oportuno.