jueves, 27 de septiembre de 2018

Cine y plataforma. Celebración de la imagen


El interés por una película de Alonso Cuarón, titulada Roma, salido de la noticia de ser una pieza cinematográfica ganadora del tercer puesto entre trescientas proyecciones en el Festival Internacional de Cine de Toronto de este año de 2018, me llevó a preguntar por el fenómeno de las plataformas convertidas en productoras de cine; Roma fue financiada por la plataforma Neflix. Y digo fenómeno porque asistimos al comienzo de otra muerte más dentro del espectáculo cinematográfico. La primera muerte la sufrieron los teatros para cine, construidos en la primera parte del siglo veinte. El golpe mortal inicial lo recibieron de la concentración de las proyecciones en los mercados de gran superficie y en la masificación de los medios electrónicos de reproducción como el betamax, el Video Home System –VHS- (sistema de video en casa) y el DVD (video disco digital). Otro golpe fue el desarrollo de pantalla de cristal líquido, al cual asistimos, ahora con la incorporación de la “tecnología inteligente” (smart), que permite una conexión directa e inalámbrica a internet y a las redes sociales. Esas pantallas vienen en grandes tamaños para que el usuario cope una pared entera de sus espacios hogareños particulares con imágenes deseadas. Es algo parecido a la descripción que hace Ray Bradbury en Fahrenheit 451, de los hogares sometidos a la penalización por la tenencia de libros y obligados a tener grandes pantallas en sus paredes. Hoy el poseedor de esas pantallas, asombrosamente planas, tiene la opción de suscribirse a una plataforma de transmisión en línea, llamadas streaming y ver el contenido de cine, cada vez más enriquecido.

Percibo, además de las muertes de las maneras de reproducción, potenciadas por los desarrollos tecnológicos, otras más estruendosas, como lo pueden ser las muertes de las productoras tradicionales, atadas a los teatros de cine. El síntoma percibido ha estado en la condición que las viejas productoras imponen a los festivales: las películas ganadoras sólo pueden exhibirse, fuera de los cines, meses o años después. En cambio las películas financiadas por las plataformas son de inmediata exhibición por todos los medios; tienen urgencia, porque los cientos de millones de abonados están ávidos de novedades y pagan por ello. Además los creadores o directores de películas encuentran en las plataformas una financiación expedita, sin mayores condiciones, fuera de la calidad, para rodar sus proyectos. Lo hace Alonso Cuarón y lo está haciendo Martín Escorsese.

Pero el punto de vista al que me dirijo está en la relación imagen y tecnología. La humanidad no ha cesado en su vida cotidiana de representar imágenes. La historia del ser humano sabio, comenzó por ahí. La imagen representada ha funcionado y funciona como dispositivo nemotécnico. Cada periodo ha construido un estereotipo o manera o estilo que lo identifica y al que nosotros los modernos lo llamamos concepciones estéticas. La apreciación de ese devenir, permite ver rupturas de esos estilos para teorizar sobre las épocas y las revoluciones estéticas. La relación imagen y tecnología ha potenciado cambios en la forma de representación y en la concepción del lo representado. Desde el mundo griego antiguo observamos, por efecto del discurso histórico, las rupturas y las reacciones de los contemporáneos ante el cambio. Platón reaccionó contra la representación de imágenes bidimensionales o tridimensionales y las acusó de ser una mímesis engañosa, una falsación de la verdad. El logro del naturalismo antiguo fue descartado como pagano por la Edad Media y la figuración imitativa natural se reemplazó por la alegoría que redujo la imagen a unos símbolos básicos.

La relación imagen tecnología es un problema moderno, porque la tecnología es el sometimiento de la técnica a los métodos científicos elaborados desde el siglo diecisiete, sin desconocer las ciencias anteriores; pero es la modernidad la que convierte la tecnología en una bola de nieve que parece tener vida propia, y ante la cual se gesta una concepción apocalíptica condenatoria de la civilización a morir anegada dentro de aparatos o dispositivos electrónicos digitales. Pero si relacionamos la tecnología con la técnica, en términos de la vocación de reemplazo de las funciones físico-mecánicas del cuerpo por útiles, aparece la tecnología como la eficacia de las relaciones de la humanidad con la naturaleza para prolongar la vida y garantizar los medios de subsistencia; basta con ver el aumento sostenido del promedio de vida de los individuos, producto del desarrollo de la tecnología médica.

Las imágenes en movimiento y sus medios de reproducción, están dentro de esta vocación de reemplazo de la capacidad de representación de la figuración, inicialmente atrapada en la mano, ahora liberada por y en los dispositivos tecnológicos. Estos cumplen la misma función nemotécnica como vehículo de transmisión de los relatos sustentadores de la cultura. El periplo es comprensible: de la relación primigenia mano-estilete-piedra-ojo-verbalización, se pasó al pergamino o tejido-estilete-ojo-verbalización. Luego tela o fresco-estilete-ojo-verbalización y hoy la relación se reduce a pantalla-ojo-verbalización. Ninguno de los términos de la relación se ha atrofiado o desaparecido, como piensan los apocalípticos, sólo se ha atenuado ante el dominio del cristal líquido que reproduce imágenes hechas por máquinas. Sabemos que las imágenes, desde la creación primigenia por el ser humano sabio, comunican sin recurrir a la verbalización; pero el cine es un conjunto de sonido, verbo, imagen, que obliga a la verbalización de la historia o la interacción cultural, desde y por la máquina.

La irracionalidad de la acumulación de la riqueza en pocas manos pone en peligro la vida sobre el planeta; la ganancia del capital concentrado no tiene en sus supuestos pensar los límites de los recursos naturales. Esta lógica perversa no se puede confundir con la vocación técnico-tecnológica del ser humano, porque es ahí donde ha estado y está la cultura. No debemos tenerle miedo a la pantalla en casa, al contrario, por ella entra el mundo al espacio íntimo y se combina con los otros medios de la memoria, el libro, la radio, las artes plásticas, la fotografía, la oralidad. El cine por la adscripción a una plataforma lo considero una vocación tecnológica incontenible y por su misma dinámica se impondrá.

Imagen tomada de https://cineoculto.com/2018/07/roma-de-alfonso-cuaron-ya-su-primer-teaser-trailer/

martes, 18 de septiembre de 2018

La soledad cósmica

El estar dentro de sí, seducido por el mundo interior, se construye una imagen del ser plena de sentimiento enrevesado. Se quiere hacer coincidir el adentro con el afuera, hasta llegar al extrañamiento de tener apéndices que afean la imagen del ser cuasi inmaterial acostumbrado. Esa imagen ingrávida tiene la vida humana autoconstruida, en ruptura con los otros seres vivos; ellos los otros y sus apéndices estorban la imagen cuasi inmaterial. Ellos, los otros, tienen ojos de múltiples colores, equidistantes, simétricos, juntos, en estrabismo, separados, laterales. Ellos los otros, tienen cavidades olfativas salientes, largas, encorvadas, achatadas, invertidas, anchas o estrechas. Tienen oídos grandes, obstaculizantes, al vuelo, alargados o reducidos. Tienen la boca estrecha o ancha, de labios leporinos, gruesos, delgados o asimétricos, son bembones o de cavidad imperceptible. Ellos los otros, tienen cuerpos disímiles de cabezas grandes y pequeñas, dolicocéfalos; tórax cortos y brazos largos, piernas largas con troncos reducidos; cuerpos hirsutos o más anchos que largos.

La imagen ingrávida de sí mismo, libre de la apariencia, se duele de estar atada a la vida del afuera y estar sujeta a la necesidad obligante de las prácticas sucias del consumo, la digestión y el excremento. Se duele del estar con los pies en la tierra, ser masa, inmersa en el mal olor hacinado del espacio-tiempo. Esa imagen es construida por imposición, para que deje libre el afuera, lugar de despliegue de los intereses del poder. Esa imagen se antoja, por tener que estar al lado de los otros en un ejercicio de relación por la que se impone el afuera y la materia del cuerpo.

La autovaloración del ser humano como único, dotado, creado, distinto, superior a los otros seres vivos, ha llevado a producir ese sentimiento enrevesado, nombrado aquí de manera extrema en un plano inmaterial. Y cuando se atiende la materia inexorable y se reconoce el afuera, el cuerpo humano se ve como una supremacía con sentidos donados para cumplir una finalidad. La duda se ha expulsado, el sentimiento de soledad cósmica se llena con la presencia del los auxilios extraterrestres; y el misterio de la materia eterna en perenne flujo y reflujo, se esquiva con un discurrir sobre su origen.

Volcado hacia dentro o vaciado fuera, lo humano toca unos límites de mayor extravío que si asumiera la existencia sin los lazos de los fines a cumplir. No hay programa, no hay designio, no hay destino. Introyectado al extremo o exteriorizado absoluto, es lo que espera el poder del socius para que le sea fácil el control. La ruptura con los fines, tira de inmediato a la libertad azarosa del juego de las fuerzas naturales.

Queda decir: una vez ocurrió el ser humano por efecto de la combinatoria de macro y microelemntos y por esa misma combinatoria desaparecerá y no quedará memoria, porque aunque deje huellas no habrá quien las lea y las entienda; es la soledad cósmica de la vida humana. Nada le ha sido dado, todo lo ha construido por ese cuerpo sometido a las acciones físicas y mecánicas del espacio terrestre. Una vez los antropos adquirieron la bipedia, posición que desencadenó una serie de liberaciones verificadas desde el dedo gordo hasta la masa encefálica de setecientos cincuenta centímetros cúbicos. La bipedia libera la cuadrumanía, el pie especializado en velocidad, libera las manos de la locomoción. Las manos libres asumen el trabajo o las funciones de las fauces, -las manos muelen, cortan y perforan-. La cara liberada reduce las fauces, para permitir la expansión del cerebro, lugar de habitación de la memoria instintiva, enriquecida con la memoria social.

El socius, como memoria social, toma los cuerpos para sí, moldea los gustos y regula toda la vida. La memoria del individuo es la memoria social, la que hace posible el ser humano, por fuera de la cual no puede seguir siendo humano. Memoria cultura, poder del socius, que permite la introyección extrema hasta despreciar el cuerpo; o la exteriorización radical que lleva a la negación del sujeto. Poder que no permite ver y asumir la autoproducción del cuerpo, los gustos y la cultura, porque lo humano se pondría por fuera del control del socius, para luego sufrir las prácticas violentas de reinserción.

El ser humano inmaterial a quien le pesa los sentidos por sucios, tan sucios como el dedo gordo, se duele de los nexos necesarios con la vida, llena y plena de posibilidades a discreción de los individuos. La exploración del propio cuerpo y de los otros, ha ganado en cultura alterna y ha obligado a cuestionar los conceptos del don. Este discurso es amplio y sofisticado, como lo exige la práctica de construcción en estos tiempos de acumulado milenario.

La animalidad primordial se esquiva para favorecer el ser inmaterial incontaminado y seguir la dominación que engulle su propio piso. La extensión invencible de los conceptos del don, entendidos hoy como mito creacionista, no tiene obstáculos, prolifera, redobla su escenario político, controla la educación y la comunicación; tiene sacerdotes e iglesias, partidos políticos a izquierda y derecha, prosélitos o profesionales auspiciadores del mito. Los cuerpos sin ojos, sin sonidos, sin sabores, sin tactos, no necesitan del espacio y el tiempo, tiene una vida que no es de aquí, por eso no importa la destrucción y proclaman la banalidad de la cultura entendida como soberbia de la criatura.

El ser humano constructor, comprendido por la capacidad analítica de la memoria de este tiempo, llama con una voz potente, a sentir la soledad cósmica, a llenar la vida con nuevas búsquedas, a pensar sin cesar su condición de ser azaroso, para llevar a la práctica un socius permisivo de la única opción posible: el disfrute de la existencia de los cuerpos satisfechos; porque no hay programa, no hay designio, no hay destino.

Imagen: Edward Hopper "Gente en el Sol" 1960

jueves, 23 de agosto de 2018

Rendirle culto al líder


La pérdida de las elecciones presidenciales del 2018 por parte de la izquierda colombiana, ha concitado explicaciones desde muchas orillas de la opinión. La más favorecida ha sido las pugnas y personalismos dentro de ese sector político. Otras se dedicaron a insultar el pueblo colombiano y hasta se proclamó que la culpa estuvo y está en la ignorancia del pueblo, acostumbrado a la servidumbre voluntaria. Tratemos de desarrollar algo sobre el culto a la personalidad y el engreimiento de los líderes.

Empecinados en su autoconvicción de ser los salvadores o de tener la vía política correcta, los sectores de la izquierda política colombiana, sacrificaron una opción clara de llegar al poder en este año electoral del 2018. Esa autoconvicción de los sectores, se puede personalizar y hacer aparecer nombres propios a los que les cabe esas veleidades del líder, llamadas culto a la personalidad o la creación de una veneración que expresa el desconocimiento de los procesos sociales, en los que los individuos más esclarecidos son sólo un accidente. El Polo Democrático Alternativo, La Alianza Verde y La Colombia Humana, partidos o movimientos guiados por líderes venerados, cometieron una falta contra el proceso político colombiano, sediento de alternativas a la política tradicional bicentenaria.

Hay momentos en la vida política de un país, que exige a los individuos abdicar su personalismo, para aportar a los logros colectivos de un esfuerzo común por nuevas relaciones sociales. Sergio Fajardo, Gustavo Petro y Jorge Robledo, no se bajaron de sus pedestales, donde veían sus militantes con la arrogancia del venerado.

Pero cabe preguntar ¿porqué la izquierda colombiana se comporta igual desde su nacimiento en el alba del siglo XX?1 Gaitán se enfrentó a Torres Giraldo y María Cano en los años veinte. Los socialistas de Gerardo Molina se enfrentaron a los comunistas de Gilberto Vieira en la década de los cuarenta. En los años sesenta la izquierda prefirió la lucha armada, antes que transformar la cultura de los trabajadores. Puede decirse que los cien años de vida de la izquierda colombiana, son cien años de vigencia de los líderes venerados a quienes se les ha rendido culto y ellos nunca lucharon contra esa desviación política. Se les ha tenido como iluminados y ocurrió lo necesario: falta el líder, y los militantes con el partido o el movimiento desaparecen.

En términos de una rigurosa ortodoxia marxista, se puede afirmar que la izquierda colombiana siempre ha estado encabezada por oportunistas, administradores del fanatismo típico de los colombianos. Porque hay fanatismo liberoconservador y fanatismo de izquierda. Si los líderes no han salido del culto a la personalidad, es porque son oportunistas agazapados tras un lenguaje o un discurso lleno de palabras dirigidas a las vísceras de los seguidores.

Charles Bergquist2 se explica la historia de la izquierda en Colombia como una paradoja, porque no ha querido ver el ser colombiano y ha actuado bajo el supuesto de un proletariado inexistente o al menos no formado. Dice este historiador que la izquierda prefirió la lucha armada a partir de los años sesenta del siglo XX, porque siempre fue una minoría o un puñado de esclarecidos divorciados de las condiciones reales de los trabajadores, sector social objeto de su proyecto político.

En la primera mitad del siglo XX la izquierda tuvo participación electoral, pero siempre perdió porque quiso llegarle a los trabajadores colombianos tratándolos como proletarios, pues no entendió que la gran mayoría de los trabajadores eran campesinos con la aspiración de ser propietarios de una parcela para dominar sus condiciones de trabajo. Sostiene Bergquist que esto se demuestra por un análisis de la economía cafetera que dice como el ochenta por ciento del café salía de, cuyos propietarios eran familias campesinas. La izquierda no supo llegar a esta mayoría de los trabajadores, porque no los concebía y quiso imponerles un régimen de propiedad estatista, supuesto de un socialismo en camino hacia el comunismo.

En el pulso electoral con la derecha liberoconservadora en los primeros cincuenta años del siglo XX, la izquierda no pudo seducir a los trabajadores y por eso, sostiene el historiador inglés comentado, se lanzó a la lucha armada para imponer por la fuerza su modelo ya que no pudo hacerlo por la participación política. La lucha armada ha dejado dos consecuencias, entendidas como estruendosos fracasos. Una: creó un odio popular contra la izquierda y el comunismo (además del anticomunismo de la elite liberoconservadora) por la práctica del secuestro y la extorción, sentidos como una violación insoportable de todo derecho. Dos: el sacrificio de los más granado de los militantes de la izquierda civilista, por las negociaciones fallidas calculadas o por las purgas entre enemigos dentro de la misma guerrilla que alcanzaban a los civiles.

Bergquist, termina el análisis de la historia paradójica de la izquierda colombiana, afirmando que se fracasó tanto en la lucha armada como en la participación política electoral, por desconocer la aspiración de la clase trabajadora colombiana a ser propietaria, para desde ahí manejar a su antojo las condiciones de trabajo. Y la historia que la izquierda ha elaborado para explicar su fracaso, la monta desde el concepto y práctica de la represión-persecución dirigida por la elite liberoconservadora contra su proyecto socialista. Esa historia desconoce su falta de estudio y comprensión de las condiciones materiales y culturales de los trabajadores colombianos.

Pero es posible, retomando ese culto a la personalidad de los líderes de izquierda, decir que el ejercicio político ha estado regido por el modelo tradicional colombiano, es decir, la izquierda ha emulado a la derecha en su práctica política y por eso el caudillismo ejercido por liberales y conservadores, también se ha dado en esta, hasta llegar a las alianzas de socialistas o comunistas con liberales. Es el caso del apoyo dado a López Pumarejo por Gilberto Vieira de 1936 a 1945, que le permitió a Alfonso López como caudillo liberal, decir: “el partido comunista es un partido liberal chiquito”.

Se sabe que la izquierda colombiana desde su nacimiento quiso aplicar en Colombia el materialismo histórico, sin necesitar entender las condiciones sociales y políticas identitarias del pueblo. Esa teoría debía operar sin la historia particular del país, porque la universalidad de la teoría sentenciaba de entrada a desaparecer a la clase o sector social dueño de la riqueza y el poder. Esta falta o error de la izquierda ni salva ni condena a los protagonistas, pero sí condujo al fracaso, como llevó al fracaso la lucha armada y los proyectos de los socialistas participativos en las contiendas electorales.

Hoy la lucha armada y no es opción. La guerrilla más grande de Colombia, cuerpo visible de la guerra en los últimos cincuenta años, ha desaparecido y con ella desaparecerá toda otra confrontación violenta del Estado. Queda abierta la vía de la participación política para realizar un país que satisfaga las necesidades de los colombianos, desde el consenso construido a partir del debate y la lucha de las ideas.

1. Es posible llevar el origen de la izquierda en Colombia hasta mediados del siglo XIX, con el protagonismo de las Sociedades Democráticas y el gobierno del general Melo, pero en rigor la izquierda, se concibe desde la adopción del pensamiento marxista.

2. Charles Bergquist, “La izquierda colombiana: un pasado paradójico, ¿un futuro promisorio?”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 44.2 (2017): 263-299.



Imagen: Alipio Jaramillo Giraldo. Campesinos 1985

domingo, 12 de agosto de 2018

A través de los tejidos. Sobre La Montaña Mágica de Mann


La narrativa visible en La montaña mágica, está creada desde el nosotros, primera persona del plural; desde ahí Mann invita al lector a penetrar en la sensibilidad de los personajes, en el espacio de las habitaciones del sanatorio y los lugares frecuentados. No es Mann el escritor solitario quien narra, somos nosotros, persona plural, compuesta por el autor y los lectores. La persona se recompone en la medida que alguien abre el libro y se mete en la lectura. Hay una narrativa colectivizada, hasta llegar a invitar a retomar temas dejados en esbozo: “…recordemos que habíamos dejado a Hans sentado en el lago”, para asumir otra escena en otro espacio. Todos, lectores y autor, vuelven; Y ese volver es una estrategia para potenciar la obra, agilizarla o sencillamente ayudar a su desarrollo. En ese ámbito aceptamos entrar con Hans a la sala de radioscopia y darle piso al argumento de la novela ya insinuado de forma gradual o por indicios. Ese hombre que arma la visita a su primo enfermo por el tiempo de tres semanas, llega al sanatorio. Se comporta como lo que es, un turista; pero se transforma poco a poco en un paciente. Por eso entramos, lectores y autor, a presenciar la radioscopia, y participar del vuelo verbal de Mann, en el que parece olvidarse el nosotros, al meterse en la dispositiva de la radioscopia y ver la muerte en el blanco intenso de los huesos y la vida en los tejidos vivos insinuados. Es el éxtasis ante una obra humana. Los dispositivos mecánicos, hacen una luminiscencia reveladora que certificaba la auscultación semiológica de la mirada médica. La física y la óptica juntaron sus hallazgos para confirmar los supuestos del observador.

Ante la pantalla fluorescente, los enfermos y los médicos sufren de asombro. Sus ojos han penetrado la materia y pueden ver su movimiento interno. El tórax revela todos los órganos que contiene en siluetas con una tonalidad regida por la dureza del tejido componente. El narrador invita al nos a relacionar ese hallazgo tecnológico con la facultad de una vidente hamburguesa. Ella tenía el poder de señalar que tan cerca o lejos se estaba de la muerte, según el estado del esqueleto de quien la consultase. Ella podía ver los huesos de las personas porque miraba a través de la carne. La radioscopia realizaba el deseo humano de auscultar la materia con una mirada penetrante dada por el poder de cualquier origen, divino o satánico. Pero al nombrar la conjugación, en la fluorescencia de la radioscopia, de la óptica y la física, señala el ejercicio de creación del ser humano dado en la técnica. Lo visto en la pantalla, pleura, esternón, corazón, costillas, clavículas, pueden llevarse, por un acto físico-químico, a una diapositiva y perpetuar la imagen del enfermo. A quien se le haga ese procedimiento, sencillamente pasa a la eternidad su nombre y su estirpe.

El nos invita a pensar en el dolor, como el mayor sentimiento de humillación que tiene el ser humano. El protagonista Hans Cartop, fácilmente habría abandonado el sanatorio, luego de terminar el tiempo de visita a su primo enfermo; pero no salió por dos motivos: el amor adquirido por una francesita de líneas suaves, pero brusca en el tratamiento de los objetos, en especial con las puertas a las que deja golpearse inmisericorde. Hans transforma su molestia inicial por esas prácticas violentas del grupo que habita el sanatorio, en amor doloroso, pues ama en silencio y no se atreve a manifestarlo. El otro motivo es el revelado por la radioscopia: está enfermo, igual que su primo. El nos narrador, encabezado por Thomas Mann, se esfuerza, se ríe, se molesta. Se abre un escenario para que el nos narrador discurra sobre los acontecimientos y las causas por las que participan los personajes. Los actos de los personajes se califican. Joachim, el primo, espera curar su tisis para volver al ejército y seguir con su vida normal acostumbrada. De Hans el nos narrador dice haber encontrado una fuerza vital en el sanatorio; llegó a visitar y encontró la vida en la muerte. Su vida común y normal allá en el valle, era insustancial, gris, monótona y en permanente peligro de autoliquidarse. Hans en el sanatorio se transformó por recibir del cuerpo enfermo de la francesita un amor silencioso y vivificante.

Hay momentos de la narración insostenibles para mostrar hecho o acontecimientos narrados por el nosotros. Llega el invierno a la Montaña mágica. Será el segundo a ser vivido por Hans; y para ser puesta en palabras esa experiencia, el nos se hace improcedente, por eso Mann adopta una persona neutra: “Y así llegó el momento que había de llegar…”, el invierno. Decir así, es decir, llegó ello, el momento, el invierno o el tiempo. Hay allí un juego necesario y obligado por el lenguaje y la persona. La colectivización de la narración es insostenible, ella se debe quebrantar para darle paso al observador, como experiencia personal, la única forma en la que puede ocurrir la experiencia. Cuando nosotros narramos, obliga a una reflexión que debe hacerse en forma neutra, con palabras como “eso”, “ello”, para indicar, en general fenómenos naturales. El nosotros oscila entre el colectivo y la persona neutra.

Ello llegó, el invierno. La situación de Hans adquiere un espacio tiempo propicio para aumentar la tensión de la novela: la condición de turista transmutada en paciente. El invierno es un ingrediente, más para revelar la enfermedad. Luego de ello, el nosotros vuelve al sanatorio a acompañar la rutina de sus habitantes.

Rembrandt. La lección de anatomía. 1632

lunes, 6 de agosto de 2018

El exorcismo prometido


La humanidad ha construido la cultura en condiciones de un acumulado transmitido a las generaciones venideras. La cultura es el producto de la memoria humana, caracterizada por estar en un ser vivo que ha liberado su cerebro de las ataduras funcionales de la adquisición de los alimentos. Con otras palabras, la masa encefálica se ha expandido porque las fauces se acortaron, pues su función se trasladó a las manos, y dejaron libre el cráneo que creció hasta el máximo permitido por la funcionalidad del cuerpo. El cerebro se estabilizó en más o menos 700 centímetros cúbicos, como albergue de una memoria atada al lenguaje. Todos los seres vivos tienen memoria; pero la humana se relaciona íntimamente con el lenguaje, estableciendo así la gran diferencia. Por eso concebimos la cultura como memoria de la experiencia acumulada transmisible además de la oralidad, por diversos dispositivos, como lo son la técnica, la escritura, las imágenes plásticas y la gestualidad.

Entre los contenidos primigenios de la cultura se tiene el sentimiento religioso. Ese sentir tamizado por la memoria, produce oralidades, verbalizaciones o relatos, de los que podemos dar cuenta de su existencia a partir de la huella gráfica dejada en grutas o piedras al aire libre. Esa huella gráfica se ha denominado desde el siglo XIX como arte rupestre. La apreciación y lectura de esas huellas, hechas desde la ciencia arqueológica dice ser la expresión material de mitos y ritos cuyo contenido fueron las explicaciones sobre su existencia de esa humanidad primordial. El recurso inmediato de la memoria fue el sentimiento de ser un habitante de un mundo espiritual genérico para todo lo visible. En virtud del acumulado de la cultura, la memoria se descentra del mundo mítico y ritual mágico, para construir el mundo mítico de la creación y la criatura. Este otro mundo deja su huella con la escritura. Este dispositivo nemotécnico cristaliza el mito de la creación, llamado por las civilizaciones con el nombre de religión, para establecer diferencia con los mitos anteriores.

Las religiones nacen fundidas con la política y dan forma al poder que dispone violentamente de los cuerpos para mantenerse y perpetuarse. Desde la época posromana la política y la religión entran en un escenario de lucha por el poder de la sociedad, y tratan de resolver la cuestión de quien inviste a quien, llenando la historia de la humanidad de guerras inéditas hasta la época moderna, en la que ambas potestades pactan una separación turbulenta con altibajos pronunciados.

La constitución de los estados modernos traída del primado de la razón, logra la separación radical de los intereses de dios y de los seres humanos, con el diseño, en teoría y práctica, del estado laico garante de la libertad religiosa. Este estado no agencia ninguna religión y todas sus instituciones están libres de credos y símbolos que refieran a una parcialidad. Si ocurre lo contrario, equivale a retrogradar y a desconocer los principios de la república democrática en cuya constitución está inscrita la separación Iglesia – Estado. Si en Colombia “Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley”1, esta libertad de cultos o libertad religiosa infiere el estado laico.

Es inconstitucional la exhibición de los símbolos de un solo credo en las instituciones públicas (escuelas, juzgados, cortes, consejos, concejos, bibliotecas, etc.) y menos en la sede del gobierno nacional. Si se pretende exhibir símbolos religiosos, deben ser todos los que identifican las confesiones de los colombianos (cristianos protestantes, cristianos católicos, cristianos ortodoxos, anglicanos, musulmanes, budistas, o los símbolos religiosos de las minorías étnicas). O todos o ninguno.

El nuevo gobierno colombiano, entrante a palacio el siete de agosto de 2018, pretende hacer un exorcismo en la sede del gobierno como primer acto del presidente. Es un desconocimiento de la constitución política y dice mucho más de las mujeres y los hombres llegados al poder; dice que están utilizando y promocionando en la sociedad colombiana, de la cual ellos representan una parte, una de las prácticas religiosas rayanas con la magia. La vivencia del sentimiento religioso está en permanente lucha contra la magia, la cual el estado colombiano ha prohibido por lesionar los derechos humanos y la integridad personal2. Esa práctica de exorcismo llega al colombiano común como un rito mágico puesto como ejemplo por la máxima autoridad del país e incita a la imitación.

La religión y sus profesantes, tiene reconocimiento en nuestro ordenamiento jurídico, y por la libertad de pensamiento, quienes pueden salir de la confesión, son igualmente reconocidos así proclamen su ateísmo. La elección por un estado laico, no es equivocada, es la mejor. Invoca la racionalidad constitucional como árbitro de las acciones de los colombianos, racionalidad basamento de la ley y la paz.

Habitar el mito del creador – creatura, tiene la fuerza de la tradición y esta parece vivir por fuera del acumulado de la cultura, decantada en el sometimiento del pensar a la razón, así la misma razón haya producido engendros terribles como las guerras antimonárquicas decimonónicas y las dos mundiales del siglo veinte. Pero la adquisición del pensamiento científico permitió un acercamiento a la génesis de la humanidad alternativo al mito del creador – creatura. Por la ciencia desarrollada en los últimos siglos han sido posibles esas reflexiones iniciales de este escrito y sustentar el porqué iniciar un gobierno de una república democrática con un exorcismo es fundir de nuevo religión y política, es volver atrás, es frustrar las aspiraciones de la sociedad de tener una cultura inteligente y razonada.

1. Artículo 19. Constitución Política de Colombia 1991.
2. Ley 133 de 1994.

Imagen. Pablo Picasso La crucifixión 1932

viernes, 27 de julio de 2018

En Colombia no hay rumbos que recuperar


Los rumbos de Colombia han sido fugaces. Son plurales, muchos y frustrados. Cuando se han instaurado, inmersos en un orden político, pasan, se deshacen o se recluyen. Esos rumbos no se retoman, porque en una república en formación prima lo nuevo inexorablemente atado a los intereses de los grupos dominantes. No hay nada fijo e inamovible, la dinámica de la formación obliga a acomodar el Estado, la sociedad y la economía a los nuevos métodos de la acumulación de riqueza.

Hagamos un periplo por la historia republicana de Colombia, para señalar esos rumbos trazados a la sociedad. Al final de la centuria del dieciocho la corona española remató tierras en el virreinato de la Nueva Granada, con el objeto de sanear el fisco del reino y sostener la guerra con Inglaterra. La tierra cayó en manos de los criollos hijos o descendientes de los encomenderos. Estas gentes, vivientes en medio de mestizos y africanos esclavos y a las que les cabe el concepto de elite, se vieron bajo un nuevo estatuto de propietarios, y muy pronto, el poder y ordenamiento monárquico, les estorbó. Por eso, a la manera de una esponja absorbente, sus mentes se permearon de las ideas ilustradas llegadas a América por el correo de Brujas o expandidas por los jesuitas, quienes estaban en franca lucha con la monarquía española y fueron víctimas de persecución y expropiación de sus inmensas riquezas.

Ahí nació el primer rumbo trazado por las elites a la sociedad neogranadina, futura sociedad colombiana. Ese primer rumbo se posó sobre el modelo norteamericano madurado en 1783, o el modelo británico de la monarquía constitucional. Ambos modelos fueron socorridos desde los primeros periódicos y las primeras tertulias que se armaron en torno de esos impresos. La rica elite criolla dubitativa, aprovechó la apertura cultural de la casa monárquica de los borbones, en ese tiempo en el poder; apertura que permitió a muchos criollos ocupar puestos administrativos y realizar un estudio más o menos intenso del territorio y sus producciones. El provecho estuvo en poder vislumbrar un horizonte de independencia político-económica. Pero no fueron capaces de alzarse en armas y destruir el orden monárquico.

Debió ocurrir la invasión napoleónica a España en 1808, que llevó la república a la península ibérica y dejó a los virreinatos americanos hispanoparlantes sin gobierno. Ahí si entraron las elites criollas a formar juntas de gobierno y proclamar la independencia. Nace un nuevo rumbo: el rumbo republicano decidido a partir de 1810, pero con golpes de ciego, porque nadie pensó en la unidad y cada elite provinciana imaginó un orden particular. Los cundinamarqueses pensaron e hicieron un orden monárquico-constitucionalista; Mariquita, Antioquia, el Socorro y Tunja, se decidieron por la república. Esas elites regionales pensaron en unas Provincias Unidas, pero por la disimilitud de imaginarios y la persistencia de una mentalidad colonial de miedo a la libertad, esa época dubitativa se ganó el nombre de “Patria boba”. La reconquista española de los virreinatos hispanoparlantes que se atrevieron a declararse independientes, mientras la monarquía sufría el embate francés, encontró a lo más preciado de la elite criolla, en sus casas, en una clara actitud de desprecio por el poder militar monárquico. Pero una vez más la corona española mostró su clase tiránica y sin consideración exterminó la primera generación de criollos independentistas. España no necesita sabios dijo el general reconquistador y debemos entender, menos necesita de la república.

Las elites criollas se vieron obligadas a tomar el rumbo de la guerra prolongada, luego de la reconquista y de la restauración borbónica en España. La sociedad neogranadina de 1815 a 1824 tuvo como referente guía, tanto a nivel práctico como ideológico, la imagen de una república en construcción, con base en nuevas instituciones como el ejército, la escuela, la iglesia republicana y la administración pública. A este nuevo orden institucional independiente, corresponden la escuela lancasteriana de Santander, la creación del Estado Grancolombiano en el acto Constitucional de Cúcuta, el mantenimiento del Patronato Eclesiástico y la organización de la hacienda pública. El rumbo de la sociedad neogranadina o grancolombiana se cifró en la libertad individual y la apuesta por crear una ciudadanía inmersa en los principios del liberalismo democrático republicano. El Estado y la guerra fueron financiados con impuestos directos a la riqueza –quien más tiene más paga-, la libertad de cultos abrió las puertas a los cristianos no católicos y la educación adoptó el utilitarismo como doctrina jurídica.

El rumbo, instaurado en Cúcuta de 1821, se trueca en frustración o desilusión. Bolívar el gestor se muere de tristeza. Su obra estallada deja sobre el territorio cinco pedazos, en los cuales hace carrera una lucha violenta por el poder, entre miembros de las elites criollas, ahora convertidos en veteranos de la guerra de independencia y llamados “Los supremos”. Cada pedazo se organiza en república independiente y el nuestro, retorna al nombre primigenio de Nueva Granada y emprende un nuevo rumbo hacia un Estado liberal que disuelve la herencia colonial. La guerra de “Los supremos” deja como producto sociopolítico los partidos políticos, quienes acuerdan una doctrina liberal o conservadora; pero ambos construyen un imaginario a partir del orden republicano democrático. Para dejar atrás la colonia, atacan todo lo que obstaculice la propiedad privada individual y el libre mercado, quisieron disolver los resguardos indígenas porque impedían la libre circulación de la mano de obra; los estancos reguladores del precio de muchos productos estancados y despojan a la iglesia de la tierra amortizada. Esa libertad económica realizada entre 1840 y 1870 cubre más o menos la mitad del siglo diecinueve y hace que sus mentores de la elite criolla, convertidos para entonces en clase capitalista, creyeron vivir en un “Olimpo Radical”, pleno de libertades: libertad de movilidad entre los estados, libertad de guerra y porte de armas; libertad de pensamiento, religión, educación y expresión.

Otro cambio de rumbo ocurrió al final de la centuria del diecinueve. El imaginario de los republicanos conservadores, adherido al cristianismo católico, se sintió violentado por las libertades radicales. Consideraron que el país, el Estado y la sociedad colombiana estaban inmersos en una “Horrible noche”, en la que la autoridad había sido disuelta por la fragmentación del territorio en estados soberanos. El nuevo rumbo debía establecer la unidad del territorio bajo una sola autoridad política. Los capitales de la clase poseedora adquiridos con la libertad de comercio, necesitaban invertirse y crear establecimientos industriales, nueva condición exigente de una sociedad apropiada, con un poder centralizado y un sujeto colombiano moldeado por el control férreo monacal, por la disciplina del trabajo continuo y por una escuela cristiana que enseñase las aptitudes y actitudes básicas para la fábrica y la industria. El nuevo rumbo, terminó con el patronato eclesiástico y en su lugar creó o pactó un concordato que separó la iglesia y el Estado; pero, aún así, el concordato le dio al clero católico el derecho de tutela sobre la educación y la moral pública.

La sociedad colombiana se conservadurizó y los remisos fueron amansados con una guerra de mil días. Liberales y conservadores aceptaron el rumbo instaurado en 1886; pero la lucha por el control del Estado y la mano de obra, entre los herederos de la elite criolla convertidos en clase burguesa capitalista, metió la sociedad colombiana en una violencia sórdida, en una guerra civil no declarada, de 1936 a 1953. Se declaró que había una “Revolución en marcha” y era necesario hacer una profilaxis social que borrara los elementos disfuncionales.

Al final de la violencia partidista viene otro cambio de rumbo. El poder político económico se constituye en exclusividad para liberales y conservadores en una alternancia milimétrica durante dieciséis años. De 1958 a 1974 se excluyó de los poderes locales, regionales y nacionales todo tipo de proyecto que no fuese liberal conservador y católico. Por eso cuando se habla de recuperar el rumbo de la sociedad colombiana no se entiende bien cual rumbo.

Imagen: Fernando Botero. Familia presidencial 1957