viernes, 5 de septiembre de 2014

Novelas sobre la guerra. Vida y destino de Vasili Grossman

La delicada dignidad
Por Guillermo Aguirre González

 
Esta actividad terrible de la humanidad, pareciera que puede aplazar la dignidad y la cordura; opacarlas, congelarlas, para revivirlas luego, cuando llegue la paz. La guerra vista desde el lado soviético, según el testimonio literario de Grossman, ocasionó muchos momentos en los que se aplazó la humanidad. Liudmila, viaja a una población en la que se halla su hijo herido en batalla. Cuando llega, él ya ha muerto y lo han enterrado. La mujer ante la tumba, sufre una fuga de la realidad e insensibiliza su cuerpo. Su carne se anestesia y solo funciona su cerebro. Habla con su hijo, le ve con los ojos de las ideas y su imaginación. Luego de una noche ante la tumba, la madre vuelve a la conciencia con la luz del día.

 Se presenta al lector un viejo sentimiento: lo humano es demasiado humano y parece que existiera solo, sin contacto con la tierra, parece que flotara junto con las ideas y la imaginación. Este sentimiento lo ha enriquecido la historia heroica, la historia de los héroes, de los reyes, de los elegidos. Los relatos sobre ellos han dado al observador la imagen de unos seres sin necesidades materiales. Desde tiempos remotos se construyó la convicción de lo deleznable de la carne y la importancia de preservar el verbo como expresión de lo divino. La idea es la voz de dios y si se puede transmitir al hijo, el transmisor puede desaparecer, puede ser objeto de escarnio y exterminio porque ha garantizado la pervivencia de las ideas.
 
La cultura defensora de lo humano per se, puede aplazarse, mientras se diezma la población para garantizar el predominio de las ideas del poder. Luego de la guerra vuelve lo humano a reinar hasta la próxima hecatombe. Esta lógica olvida y hace invisible la dignidad, esa construcción delicada relacionada con el dolor, la angustia, el amor y la fragilidad de la vida. Ningún ser puede ser privado de la vida, bajo ningún pretexto. No se sabe nada de lo que ocurre en el interior de los otros seres vivos, salvo en el animal humano. En este lo fundamental es el mundo interior. Cuando la guerra impone en los seres queridos la violencia se lesiona la dignidad y se conmueve hasta la locura el mundo interior.
 
La guerra llevada por Alemania a la Rusia soviética, según Grossman, dejó momentos en los que la dignidad lesionada y aplazada, se vuelven dramáticos. Es el caso ya nombrado de Liudmila. Otro es el del piloto Víktorov. Antes de volar al frente de batalla, pasa por un bosque que se halla entre su residencia y el campo aéreo. La inminencia de la muerte, impuesta a un joven pleno de vida, por el poder, le hace pensar en la tierra, los árboles y en el ámbito natural. Por su nariz entra el olor característico de varias especies, álamos, helechos, abedules y abetos. El silencio de la vegetación se escucha como un susurro. Víktorov, se despide de todo, con dolor. Toda esa belleza termina, porque se la han quitado. Es un momento para pensar en el despojo.

La dignidad de Abarchuk tiene historia. Ingresó desde muy joven al partido comunista. Por su participación en la Revolución de Octubre, obtuvo importancia política dentro del partido. Se adhirió a las apreciaciones y críticas de Bujarin sobre la colectivización y la política agraria de Stalin y por eso fue condenado al Gulag. En esa prisión Abarchuk delira, ve llegar a Bujarin fusilado para hablarle del comunismo y la nueva sociedad. Imagina construir un sindicato con los demás presos para demostrarle al partido que sigue siendo un comunista y lograr la reivindicación; pero se sabe que no hay retorno, este comunista ha sido objeto de purga, el comisario del pueblo lo encontró culpable de desviación por su espíritu crítico. El partido y sus gobernados deben ser monolíticos en el pensar y en el actuar. La dignidad del ser humano debe aplazarse hasta después de la guerra y luego se debe someter a los intereses del partido y del Estado.
 
La dignidad es un sueño de la razón, destruido y redivivo, por la misma razón y por épocas. Lo defendible es la voz del sujeto, su abstracción, el sentido de la existencia, el goce de estar entre la exuberancia del afuera; estar con los otros en el intercambio de experiencias y subjetividades. Ni el Estado, ni la historia son pretextos contra la dignidad.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Sobre El nadador de John Cheever

Una ciudad de vapor
Por Guillermo Aguirre González

 Una piscina en casa, exige a su vez un bar, alojamiento para invitados, cocina y otras comodidades. Estas condiciones de residir sobre el planeta, la tiene una clase social media alta, la misma que sirvió a John Cheever para construir su obra literaria, llena de capacidad narrativa. En el cuento El nadador, Nell Merrill sufre una especie obnubilación luego de haber perdido su nivel social; es decir, bajó de clase y ahora, le tocó trabajar, ser asalariado para vivir. La obnubilación se da cuando decide pasar el condado de New York en el que vive y creció, a nado, de piscina en piscina, hasta llegar a la suya.
 
Nell no es consciente de su nueva situación de desclasado. En las 17 piscinas que visita a hurtadillas, los dueños le insinúan su situación; pero él no entiende o no quiere entender o no puede entender. Su mente está conectada con el agua, con el disfrute de su cuerpo sumergido, con el color del verano. Le es más importante detectar la calidad del agua: si tiene cloro, es azul como el cielo y huele a animal civilizado. Si es verde, tiene el color el sabor y el olor de sales o metales y viene de fuentes naturales.
 
Las piscinas no están una seguida de la otra, le toca saltar cercas, cruzar calles y esquivar el tráfico. Todo lo hace en traje de baño, por eso motiva extrañeza en los habitantes. Esa situación es un símbolo de Cheever, empleado para mostrar el tratamiento que la sociedad norteamericana tiene para quien se empobrece. Los dueños de las piscinas visitadas le obsequian licor y comida, pero a cambio, le hablan sobre su nueva condición socioeconómica. En una de las albercas en la que haya una antigua amante, ella le enrostra su pobreza, pero él sigue adelante sin conciencia.
 
Merrill, no tiene conciencia de clase, ha perdido la del burgués pequeño o grande y no puede encontrar la del proletario asalariado. Cuando visita la piscina de los adultos mayores a quienes les gusta que los señalen de comunistas y permanecen desnudos, él se quita el traje para no descompasar. En este pasaje viene de nuevo el símbolo. El desclasado se hace arribista y va por el mundo, atolondrado, con los sentidos aguzados; ve, huele, oye y siente como nunca, como un explorador wandervogel.
 
Es posible ver en esa actitud, la condena de la sociedad capitalista a los derechos adquiridos por la cuna, por el nacimiento y el que no comprende la época presente de la movilidad social, sufre hasta la locura. El burgués pequeño o grande desclasado por empobrecimiento y que sigue anclado a sentimientos nobiliarios, por una especie de anacronismo, pierde contacto con la realidad y se fuga utilizando infinitos medios. Pero en esta fuga hay valentía, porque se prefiere un mundo de aventura y viaje, antes que sufrir la degradación social. Se entiende un no querer el mundo de la producción industrial que impide al ser humano mirar el cielo y recorrer la tierra.
 
Nell no acepta la degradación. En su periplo tiene la oportunidad de criticar la sociedad en que vivía. Ahora se siente libre como el agua, no de las piscinas, sino de la tormenta que se le interpone en la aventura; libre como las nubes que construyen ciudades caprichosas de vapor de agua, sobre su cabeza. Busca un trago de ginebra, de wiski, como ayuda para su trashumancia. Al fin llega a su casa. La piscina está vacía, las puertas y ventanas derruidas. No está su familia. Hay ruina por doquier y entra en conciencia de su nueva situación. El lector de El nadador, es llevado a imaginar el futuro de Nell Merrill, bajo estas condiciones.

viernes, 22 de agosto de 2014

Novelas sobre la guerra. Vida y destino de Vasili Grossman

Los méritos y la mantequilla
Por Guillermo Aguirre González
Con el énfasis en la presencia, tal como aparecen a los ojos de los otros, y con la carta psicológica de los personajes, Vasili Grossman presenta el acontecer de la segunda guerra mundial, en la geografía de la Rusia soviética.
 
A la geografía y las gentes que habitaron esa concepción del mundo, la del soviet supremo, Grossman le pone carne y tierra a esas ideas. Hace que el lector de Vida y destino, vea la guerra como lo que está perturbando la rutina, lo cotidiano, el día a día del hogar y los allegados, madres, padres, hijos, hermanos, vecinos y amigos. Hablar del trabajo, luego de la jornada, en la casa, es el sentido de la vida. Ese trabajo puede estar en el laboratorio, el taller, la lectura de Balzac o Maupassant. El hecho contundente, para el lector es la imagen de la vida civil, en la que prima el mutuo reconocimiento y respeto. Condiciones que son perturbadas por el nuevo régimen.
 
La descripción de los personajes, incluye el situarlos en la sociedad y en el régimen político. Libre del determinismo o de alguna predestinación, Rusia se enroló en la tarea de construir una sociedad comunista y a los veintitrés años de iniciado el experimento, se tiene el testimonio de Grossman, sobre las nuevas instituciones, las relaciones interpersonales y las consecuencias de la colectivización de la propiedad. Por esta se instaura el drástico racionamiento de los medios de vida y para el acceso a ellos es necesario el mérito. Grossman hace decir a uno de sus personajes, Nadia, hija de un físico, que su padre cambiaba su talento por mantequilla. El literato no enmascara, ni oculta su visión del mundo que le rodea. Muestra el culto a la persona de José Stalin. Quien habla mal de él es acusado de liberal, puede ser considerado delincuente y condenado a años de prisión. El escritor se duele del fascismo, porque ha borrado el individuo y en su lugar ha puesto la masa, la misma que se trata con base en la probabilidad, así como opera la física cuántica. El padre de Nadia dice que existe "un parecido terrible entre los principios del fascismo y los principios de la física contemporánea". Y añora la tranquilidad del siglo XIX.
 
Grossman presenta los niveles jerárquicos del nuevo orden en tono crítico. El ascenso dentro del partido permite llegar a un individuo a ser secretario del comité de un territorio o “como se suele decir, el dueño de la región”. Su opinión es suficiente para condenar o absolver a alguien que haya cometido una falta. Esta conducta es lógica dentro del concepto de dictadura del proletariado, base del orden soviético y para entenderlo es necesario pensarlo con otros puntos de vista sobre el derecho, la política y la democracia. Si ese centralismo se mide con los criterios del liberalismo moderno, aparece necesariamente como un régimen sin libertad, y esta parece ser la posición del escritor de Vida y destino.
 
Grossman dice que el partido ha depositado toda la confianza en sus cuadros incondicionales, por eso el secretario de un comité, con una “palabra suya podía decidir el destino del catedrático de una universidad, de un ingeniero, del director de un banco, del secretario de un sindicato, de un Koljós, de una producción teatral”. Y para hacerlo más cruel, ese personaje solo tiene en su cabeza el partido y no conoce de nada más; pero decide sobre la ciencia, el arte y la política.
 
La crítica a esa omnipotencia del partido y sus jerarquías, son señaladas con sendos análisis teóricos y con nombres que pasan a convertirse en sinónimo de maldad y traición, ejemplo: el desviacionismo. Cuando un dirigente o un ciudadano hablan de la vida, del comunismo, de la justicia, del derecho y no lo hace dentro de las directrices del partido, está desviando el curso de la historia y engaña a las masas. Los desviacionistas, son tan peligrosos como los fascistas y pueden recibir la misma pena. Dentro de los desviacionistas estaban los trotskistas, los derechistas y la sanción llegaba a todos los que alguna vez estuvieron en contacto ellos.
 
La resultante de ese estado de cosas, no podía ser otro que un régimen policivo, la vigencia de la delación, el control estrecho de la opinión y por tanto la ausencia de la libertad de prensa por la censura del partido.
 
La vida cotidiana de los alemanes, por la misma época, regida por el régimen nazi, tiene como base la masificación y el tratamiento estadístico de los comportamientos, al menos en cuanto a los efectos de la propaganda. Puede decirse que desde el año 1890 la cultura occidental opaca la modernidad liberal, garante de los derechos individuales, la libre empresa y la autonomía de pensamiento. Las consecuencias del desarrollo del capitalismo industrial se materializan en el culto de las masas, en el movimiento del sentimiento nacional dirigido hacia fines político-económicos.
 
Se tiene dos salidas al fenómeno de masas. Una nazi-fascista con criterios políticos nacionalsocialistas; y otra la salida comunista que disuelve el nacionalismo en el internacionalismo proletario. Ambas salidas políticas terminaron construyendo regímenes policivos en los que la delación por faltas contra el Führer o el Soviet supremo condenaba a la muerte o la prisión perpetua.

viernes, 15 de agosto de 2014

Culpa de los cocodrilos

Culpa de los cocodrilos
Por Guillermo Aguirre González
Atento siempre a sus movimientos, especialmente cuando se desplaza, porque va a lugares vedados, y abre puertas, ventanas, cajas, que solo él puede hacerlo. En momentos de su ausencia, el Atento, monta guardia a esas cajas, las mira, imagina los contenidos, las toca y termina forcejeándolas, porque algún día pueden ceder. Ese día parecerá como el del cuerno maravilloso; pero Bruno, no encontró oro o pedrerías. Encontró su ciudad natal convertida en un plano misterioso, porque le halló perspectivas que permiten al observador meterse en las calles. Su padre, el dueño del plano, estudiaba la ciudad con esos detalles para explotarla y emular al judío Ibn Jakub quien practicó el comercio en el siglo X al servicio de Otón I. Ibn Jakub hizo la primera descripción que se conoce de la ciudad de Cracovia.
 
Bruno ve los aditamentos que trae la modernidad para la ciudad y los vitupera. Hace una crítica mordaz contra el comercio, la industria y las economías afines, como el robo, la prostitución, el contrabando y la corrupción administrativa. Dice que el modelo es norteamericano, y la gente que vive en la calle de los cocodrilos y su barrio cree que vive en una gran ciudad, pero con la imitación solo han conseguido envilecerse. La acusación contra la ciudad moderna hace pensar en la admiración de Bruno por la ciudad, medieval o antigua. En ellas las gentes eran auténticas, debe decirse. Esta admiración no estima la ciudad como el lugar natural del comercio y la manufactura o la industria, tal como la ha representado la imaginación histórica. El dispositivo espacial llamado polis o civitas, adoptado por la mayor parte de la humanidad trae la acumulación de riquezas y el dominio de la mayoría por unos pocos.
 
El padre Jakub, comerciante amante de la contabilidad precisa y minuciosa, se culpa por practicar la acumulación de capital con agio. Se enfrasca en una discusión violenta con su dios Jehová, con su padre. Es Moisés quien está en su cabeza, quien le trae el éxtasis y la locura del Sinaí. Es obligado por el logos a inscribir la ley en una superficie de piedra o madera, para dejar testimonio del encuentro, hacerlo público, hacer cumplir la ley. Jehová dialoga con Jakub con tanta intimidad y conocimiento de su ser judío que parecen ambos ser el mismo. Así es.
 
El padre dios nació, según Freud, el día del parricidio universal. En una época de la historia del homo sapiens, el padre expulsó los hijos varones del grupo, monopolizó las hembras y como consecuencia del ser animal de los varones, terminaron practicando el homosexualismo. Estos, cansados de esa vida sin hembras, reflexionaron con un sentido tan extremo, como su condena. Decidieron matar al padre, distribuir las hembras, prohibir el incesto y para expiar el parricidio, divinizaron al padre, dedicaron días, semana o meses a remembrar el acontecimiento. Su nombre fue escrito sobre la piel, sobre las piedras, en la tierra y en los altares, para sacrificarle los hijos jóvenes del socius. Pero la más grave consecuencia de este parricidio universal está en el sentimiento de culpa. Una culpa obstinada, obsesiva, esquiza, imperiosa, que ejerce presencia en el logos trascendente de la palabra convertida en escritura.
 
Jakub se enfrenta con ese constructo y luego de días, noches, y meses de discusión, encuentra que Yahvé es él mismo y esa comunicación consigo mismo es permanente, especializada, construye su propio logos. Jakub no pudo más, comunicarse con su esposa, sus hijos, con los demás. Él no entendía el lenguaje de los otros y estos tampoco entendían el suyo. Esa actitud se le llama locura. Es el éxtasis del Sinaí asumida por uno solo, personalizada e incomunicable. Bajo estas condiciones el mapa de la ciudad resultante, contiene calles brumosas con casas en semiruina. Las gentes que la habitan, a veces, toman cara de pájaro y se miran extrañadas porque dudan de la existencia. El mapa elaborado por el loco presenta la sordidez oscura del afuera. Solo hay luz en su cabeza. Ese afuera merece el sacrificio. (Comentario sobre La calle de los cocodrilos y La visitación. Dos cuentos de Bruno Schulz)

miércoles, 30 de julio de 2014

Novelas sobre la guerra. La luna se ha puesto de Steinbeck

Un juego como la guerra
Por Guillermo Aguirre González

Un episodio de la guerra mundial se escribe. Un ejército poderoso invade un pueblo pequeño, interesante por tener una mina de carbón y una población dedicada a extraer el mineral. El invasor necesita el carbón pero no quiere forzar a los pobladores a trabajar directamente bajo sus órdenes. Táctico, el jefe de los invasores, planea utilizar el gobierno local, para legitimar sus órdenes, reducir el impacto de la invasión y garantizar el trabajo.
 
 
El episodio, narrado en La luna se ha puesto, se enraíza en ese comportamiento humano que lo obliga a invadir y colonizar otros pueblos, bajo muchos pretextos. Lo terriblemente novedoso, en esta novela corta de John Steinbeck, es el método empleado por el invasor del pequeño pueblo de mineros. Hay actitudes caballerosas, parecidas a los famosos comportamientos de un gentleman inglés, en los que se expresa el deseo de explotar el carbón y a los habitantes, de la manera menos violenta y sí, muy sutil.
 
 
Steinbeck, con el lenguaje y las maneras de cortesía de ambos, conquistado y conquistador, crea una atmósfera en la que la humanidad está obligada por la guerra a matar cortésmente. El invasor reconoce la inteligencia del dominado y quiere adoptar su modo de vida para ser amado y respetado.
 
 
Esta actitud permite mirar en el pasado algunos comportamientos de pueblos invasores. Estos han invadido por ser humanos y por necesidades de orden económico. Las más de las veces el invasor conquistador extermina al pueblo víctima; pero hay ejemplos que incitan a pensar conquistas corteses, según la atmósfera de Steinbeck. La explicación que tiene la Antropología, para dar cuenta de la expansión de los contenidos culturales, se basa en el concepto de la difusión por conquista. Las artes del fuego, la industria lítica, la agricultura se han encontrado en lugares diversos, como producto del guerrear y la mescla de pueblos y culturas. El ejemplo más prestigioso es el romano. Ese pueblo comenzó su expansión a finales del siglo III antes de nuestra era y cuando invadió y dominó a la Grecia clásica tomó toda la cultura helénica para sí, hasta llegar a producir una versión latina de lo griego en lo religioso, la literatura, la poesía, la arquitectura y las artes plásticas.
 
 
El invasor del pequeño pueblo minero, llega convencido de encontrar unos seres humanos que le van a admirar su humanidad y por tanto a respetar su derecho a la dominación. Pero se encuentra, con hombres y mujeres amantes de su libertad y tradiciones, dispuestos a aprovechar cualquier momento de descuido para atacar al invasor. La atmósfera literaria está diseñada y regida por la caballerosidad de ambos bandos. Señor intendente –dice el jefe de los agresores- ese minero ha matado uno de mis hombres, es necesario que usted como autoridad del pueblo aplique justicia y lo condene… El trato de señor, la invocación de un juicio justo, de la autoridad, es el reconocimiento de la humanidad de los dominados. Y en la respuesta del intendente le reconoce la humanidad al coronel jefe invasor, pero le dice que su humanidad está aplazada porque obedece las órdenes de un líder que le niega la libertad y solo los pueblos libres ganan las guerras.
 
 
Las escenas, el retrato sicológico de los involucrados en el conflicto, el invasor vigilado por múltiples ojos tras las ventanas, el conquistado acorralado por el hambre, los odios mutuos, el desbalance mental, el miedo, dejan en el lector la convicción de una crítica del autor de La luna se ha puesto, a la guerra. Es una actitud pacifista de Steinbeck y por eso no hay nombres de las geografías, pero sí pistas que permiten ubicar los acontecimientos en la segunda guerra. El invasor es un alemán muy humanizado, el conquistado un pequeño pueblo del norte de Francia minero, pacífico, y el pueblo que bombardea con su aviación es Inglaterra. Estos tres protagonistas participan en los acontecimientos como seres humanos obligados a pelear y a matarse por unos líderes dementes, para quienes la guerra es un juego de poder que garantiza la acumulación de riqueza. Y este es el concepto reiterado en la novela. La guerra como juego de niños, la guerra como juego de caza, como un juego aritmético, un juego de fútbol. La guerra así concebida es una invención humana y por eso se acaba cuando hay conciencia del horror.
 
 
Ese juego cruel, se ha querido atar al ser biológico y se sustenta con el evolucionismo darwiniano. De las especies sobrevive la más fuerte. La máxima transmutada a lo humano diría: la guerra es un determinismo biológico y el ser humano como animal que es, la practica por instinto y al final vence el pueblo más fuerte o la raza más fuerte. El lector avisado puede leer entre líneas el rechazo de Steinbeck a este determinismo.

jueves, 24 de julio de 2014

Escribir sobre la piel

Por Guillermo Aguirre González
Una situación parecida a la que se posó sobre las mentes de los historiadores del alba del siglo XX, se encuentra en Leonardo Sciacia en su novela corta El archivo de Egipto. Consiste en tratar de explicar cómo las ideas revolucionarias pueden meterse en las mentes de los seres humanos, si se tiene la convicción de que la tradición es inamovible y todo se choca contra ella.
 
Se puede recordar al historiador francés Françoise Furet, quien dedicó parte de su obra a explicar con la ayuda de archivos –como lo hace todo historiador- la asumsión de las ideas ilustradas revolucionarias por la sociedad francesa de finales del siglo XVIII. Furet construye el concepto la sociabilidad que le permite penetrar en la vida cotidiana de las ciudades francesas en las que se presentó más intenso el proceso de cambio de mentalidad. De las prácticas más bellas está la lectura en voz alta de la prensa periódica en cafés y tabernas; esos lugares en los que el cruce del umbral hace a todos iguales porque dentro, el vino, el tabaco, las mujeres, los hombres y las viandas se comparten, incluidas las nuevas ideas de cómo construir una sociedad que rinda culto a la razón. Esta sociabilidad se asocia a la moda de construir tertulias y clubes de librepensadores, hasta llegar a construir una red nacional como fue el caso delos jacobinos.
 
Sciascia hace algo parecido desde la literatura. Pone a la sociedad cortesana y nobiliaria de la Sicilia de finales del siglo XVIII a debatir las ideas nuevas de Voltaire, Diderot y otros ilustrados, llegadas a la isla por la prensa periódica. El escritor crea una estrategia para entrar en la vida cotidiana de los sicilianos notables por su nacimiento. Un monje avisado por su gusto por los libros y los caracteres de las escrituras, decide construir un códice en el que se tienen noticias de la dominación islámica sobre Sicilia. Esta acción fraudulenta del monje pone en el centro de las conversaciones el ser de los sicilianos, su historia, sus tradiciones y la crítica del orden social.

 
En la vida palaciega, en las casas de los nobles, en la taberna, en las reuniones al aire libre, el monje que construye el documento apócrifo, invoca el derecho de los hombres de la época a construir la historia verdadera, la historia racional; por eso trae a cuento los ilustrados y sustenta, junto con otros, la libertad de pensamiento, la libertad de escritura.
 
Ese monje, fray Giuseppe Vella, hace que el lector se pregunté por la verdad de la historia, por el poder de la genealogía de la nobleza materializada en la blasonería; pero sobre todo, por el poder de la escritura. La noticia del trabajo del monje hace que los nobles sicilianos se le acerquen para proponerle incluir en el códice la antigüedad del ancestro del nombre de su casa y dar a cambio buenos obsequios que incluyen vivienda en el centro, sirvientes y carrozas, para Vella.
 
El ejercicio de escritura de fray Giuseppe muestra su poder; pero como todo poder se levanta sobre bases de violencia, el proceso social relatado por Sciascia termina en la tortura cruel de quienes se han acercado a la escritura para cuestionar el poder reinante. Se tortura a los sicilianos pudientes lectores de la escritura de los ilustrados franceses.
 
Si el poder está erigido sobre la violencia y lo sustenta la escritura, puede afirmarse que la escritura es violencia. La escritura cristiana destruye los libros antiguos, para imponerse y reinar. La ley se escribe para gobernar y dentro de su mismo articulado incluye la violencia para obligar ser obedecida.
 
¿Pero como explicar este fenómeno, si el mundo del ser humano está construido sobre el ejercicio de la escritura y se participa de la sociabilidad con la lectura de lo escrito? A favor del enunciado, está la historia de la escritura. La historia del mundo occidental, de su civilización y cultura se inicia en el momento en el que el mito se escribe, se encripta en el significante, es decir en la escritura alfabética. Este acontecimiento va aparejado con la adopción de la vida urbana, el dominio del cielo, la tierra y los seres humanos, precisamente por el hecho de meter el mundo en la escritura. Esto es a su vez la ciencia. Y ella está en manos de quien ejerce y monopoliza la escritura. Esta argumentación hace evidente la relación entre escritura, poder y violencia, puesto que el poder inscribe sobre la piel de sus dominados la ley y la obediencia.
 
Otro argumento a favor de la escritura como violencia, está en el etnocentrismo occidental. Por este, se dividen los grupos humanos entre sociedades con escritura y sociedades sin escritura. Resulta de esta partición la relación entre escritura y civilización como dos elementos inseparables. El ejercicio de la civilización, es un ejercicio de poder de la sociedad occidental sobre el resto del mundo. Occidente tiene toda una metafísica para sustentar ese dominio. El escribir la lengua involucra el logos. Este, es la voz originaria del ser, es la parte divina de los humanos y por eso la sociedad de la escritura es la sociedad de dios. Tiene toda la autoridad para dominar. Por eso la ciencia, el Estado, la religión, la cultura son posibles por el logos.
 
Por el mismo ejercicio de la escritura, que permite la alteridad y porque ella, la escritura, tiene la posibilidad de escribir sobre su historia, se habla y se escribe sobre una concepción posmetafísica de la escritura. La historia, aquí, aparece como la vida del ser humano sobre el planeta y desde ese momento ha combinado con precisión, porque son indivorciables, el habla y la grafía. Todo signo tiene su significado. Todo significante tiene su simbolismo. La voz ocurre porque una materia gráfica la sustenta y viceversa.

La época posmetafísica permite afirmar que no hay grupos humanos sin escritura. Aquí el concepto de escritura se enriquece porque se equipara al de grafía. Escritura y grafía tiene la misma disposición genética. La grafía, inicialmente, fue un objeto preciado, luego una incisión sobre objetos o sobre el cuerpo mismo, luego un petroglifo, después rupestre, jeroglífica, ideografía, hasta la grafía alfabética. Este devenir de la grafía involucra un devenir de la fonación, ambos devenires indisolublemente atados.
 
Para la modernidad, ni la fonación, ni la escritura son un don. Se puede afirmar: son una construcción ocurrida por la disposición biológica del ser humano. La metafísica decidió que el verbo fue dado primero y luego la escritura. El monopolio de ese don permitió la dominación y l violencia contra los pueblos declarados por ese poder, ágrafos o salvajes incivilizados.

 El ejercicio de la escritura de fray Giuseppe Vella está dentro de la mistificación de la escritura y por eso él decide construir, en un ejercicio libre de la grafía, una historia ficticia de los pobladores de Sicilia y en el mismo orden, la escritura condena al tormento los filoilustrados y deja testimonio escrito de la aplicación de la ley premoderna.
 
La escritura desatada de la metafísica, sigue violentando el poder del don y del señor. El vuelo de la escritura, que se ha tornado personal e individual, ficciona, porque es la voz de la libertad.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Novelas de guerra. Kaputt de Curzio Malaparte

La manta de seda amarilla
Por Guillermo Aguirre González

El desperdicio de vida, el desprecio por la sangre generalizado en toda la tierra europea de las primeras décadas del siglo XX, se ha narrado de manera franca, poética y conmovedora en la obra. En la última parte aparece el método narrativo con toda evidencia. La búsqueda de refugio de la población pobre de Nápoles que no pudo salir de la ciudad, es una marcha de despojos y despojados. Se viene a la mente El triunfo de la muerte de Brueghel mesclado con el surrealismo de El Bosco. La marcha es desesperada porque se esperan las bombas aliadas. En medio de los deformes y las deformidades, va un ser cubierto con una gran manta de seda amarilla y del que se adivina tener una cabeza muy grande con puntas y gradientes, un cuerpo pequeño y un caminar solemne.

El despeje de la incógnita se aplaza. Antes se discurre sobre las calles y los edificios destruidos de Nápoles; se explica la causa de la pobreza de la mayoría y de la riqueza de unos pocos, de esos que pudieron huir antes de la destrucción de la ciudad. Quedan otras imágenes, otras disquisiciones en cabeza del lector. Se pregunta ¿por qué se destruye una ciudad habitada por miserables hambrientos? Se dirá que es la guerra. Los pobres miserables que habitan allí, dirán que es un castigo divino. El autor dice entre líneas que quienes propiciaron la terrible destrucción se fueron para no sufrir la furia del enemigo y dejaron a la mayoría inocente a merced de las bombas que no saben nada humanidad. Pasa la alarma y de nuevo el retorno a los hogares en ruinas de los pobres despojados, se repiten las imágenes surrealistas del Bosco.

Malaparte termina la narración lleno de asco por lo que vio y sobre todo por la sangre derramada. La última disquisición se la permite, justamente esta palabra, sangre, comienza a escucharla, sale de las ruinas, de las gentes que están en ellas. ¡Sangre! se convierte en un clamor general. ¡La sangre! Es terrible para un periodista escuchar esta palabra porque trajinó cuatro años por Europa y en cada ciudad estaba ella derramada, sobre la tierra, sobre las calles, dentro de los escombros. Los napolitanos, gritan sangre porque entraron en conciencia del olvido de la reliquia por el afán de buscar refugio.

Es aquí cuando el método narrativo de Malaparte aparece expuesto. El lector relaciona el ser cubierto con la manta de seda amarilla, la sangre y la tradición religiosa. Es San Jenaro, el mártir patrono de Nápoles quien permite atar los cabos. El acontecimiento anual de licuefacción de la sangre solidificada del santo, es la identidad del pueblo, atenuada por el terror de las bombas, pero que vuelve con violencia cuando ha pasado el peligro.

Se termina la obra con la admiración del narrador por este acontecimiento. Es asombroso en un mundo que desprecia la vida, los cuerpos y sus fluidos, hallar una ciudad que tenga la sangre por sagrada. Esta tradición napolitana da lugar a soñar con un mundo que tenga como sagrado no un fluido del cuerpo, sino la vida y los cuerpos que la sustentan. En medio de tanto descreimiento, es admirable la sacralidad; pero no es suficiente. En vez, la destrucción debe dar paso a un nuevo ser humano. Malaparte lo dice desde el comienzo, un tipo de ser humano está en proceso de desaparición y el nuevo está insinuado en bellas referencias al paisaje, en el color del cielo, en el sol de medianoche, en los ríos, el vuelo. Esto se descubre luego de quinientas páginas de metáforas y datos escondidos.

El artista y su objeto
Por Guillermo Aguirre González
Un sutil y oculto sentimiento por la humanidad, está entre las frases y líneas malapartistas. Describe la gestualidad de los oficiales alemanes y la compara con la frialdad del animal ante la presa. La mirada inexpresiva, los rostros con envejecimiento prematuro, los cuerpos le parecen madera seca. Son observaciones del narrador y las relaciona con las palabras que pronuncian esos cuerpos. Resulta la imagen de unos seres que actúan y hablan para la muerte.
 
Dice Malaparte: los alemanes desnudos son hombres comunes; no dejan la actitud del animal ante la presa; pero se muestran indefensos y un niño sería capaz de enfrentar un batallón de alemanes desnudos, porque al nacionalsocialista lo hace el uniforme. El actuar y el ser para la muerte es una construcción del estado nazi. Los soldados alemanes del frente norte dicen que es maravilloso estar muerto. La muerte que han sembrado, los horrores, los han convencido de la verdad de esa maravilla y se suicidan. Aman la muerte porque creen que ella está llena de paraíso. En la muerte, piensan, se está mejor que en la vida; por ser cristianos creen que la muerte permite entrar a “la otra vida”. No importa sufrir o causar sufrimiento, matar, ser matado, está siempre el umbral del paraíso, aunque para pasarlo se impongan condiciones onerosas, pero que se pueden cumplir. El dios cristiano es permisivo.
La vida del soldado nacionalsocialista, descrita por Malaparte, el cómo se viste, como ama, lo que come, su embriaguez, la amistad; el comportamiento en la fiesta, en el combate, es un semblanza hecha con morbilidad, con franqueza, con detalles antropológicos y psicoanalíticos. El lector se arma la convicción de estar con un narrador que se duele de la humanidad azotada por la crueldad de unos pocos hombres.
La novela Kaputt está llena de la belleza del lenguaje. Deja ver el amor del artista por su objeto de arte: el ser humano. El lector sale del libro dolido por la humanidad y si bien se toma partido por el ser humano, queda una honda sensación de decepción, porque la guerra volverá. La experiencia europea de la primera parte del siglo XX, se creía imposible, por los logros de la civilización; pero lo ocurrido permite concluir que civilización y guerra van a la par.
La novela termina en Italia, en las ciudades de Roma y Nápoles. El autor se sitúa antes de la guerra, en 1933 para llevar al lector a una comparación. La sociedad italiana está llena de expectativas entusiastas con Mussolini. La vida palaciega de la nobleza y de los embajadores, está cruzada por el arte, la literatura y esto se ilustra con la moda que impone un joven de la legación inglesa en Roma. Se le encuentra en un museo con un libro de Horacio, muy metido en la lectura; los demás le imitan y ponen de moda la obra de este autor latino. Malaparte hace este último ejercicio para obligar al lector a comparar el antes y después de la guerra o el paso de la civilización a la barbarie, o como se afirmó antes la coexistencia de ambas.
 

Los ojos de las mujeres y los pájaros
Por Guillermo Aguirre González

Hay animales que comen y alejan de la presa a los demás con ostentación de poder y superioridad; pero cuando se sacian permiten que los demás accedan al alimento. El animal humano se sacia e impide que otros coman, porque funciona bajo el principio de la acumulación de riqueza y de sometimiento de los que no pueden acumular. La acumulación de riqueza solo es posible con el despojo de los otros. Y cuando la riqueza está acumulada es necesaria la esclavitud para poder mantener el estado de cosas.

Esta condición llevó a la burguesía ennoblecida o a la nobleza aburguesada alemana de las primeras décadas del siglo XX, a permitir el régimen del nacionalsocialismo y confiar absolutamente en él para conjurar el ascenso republicano y el soacilacomunismo quienes amenazaban la riqueza acumulada; pero depositaron la confianza en un ser humano enemigo de lo humano y obsesivo con la supremacía racial.
Malaparte conversa en Viena con la princesa Luisa de la dinastía Hohenzollerns. Ella cuenta las restricciones que sufren los de su clase y como los obligan a trabajar en la producción para la guerra, especialmente a las mujeres… “No todas son de origen obrero; muchas pertenecen a la alta burguesía o son mujeres de funcionarios estatales y de oficiales, encadenadas en el engranaje del trabajo obligatorio…”, dice Malaparte. Por orden de Hitler la nobleza tiene prohibido moverse libremente por Europa. Según Luisa Hohenzollern los nazis han traicionado la confianza, han ido más allá del conjuro del comunismo. Luisa se estremece, llora y quiere vomitar con los relatos de Malaparte sobre lo que hacen los soldados alemanes y la práctica de antropofagia en que caen los prisioneros hambrientos.
El régimen nazi, aplica el etnocentrismo. Intentó dominar el resto de la humanidad. En la antigüedad hay ejemplos. Las sociedades esclavistas etnocéntricas o antropocéntricas como los griegos señalaron el resto de los pueblos que los rodeaban como bárbaros y el régimen sociopolítico se centró en la humanidad del varón heredero griego. A los demás seres les faltaba humanidad entre ellos las mujeres y los niños.
Luisa y su amiga Ilse, se duelen del mundo por haber llegado a esa insensatez y se culpan por haberlo consentido. Ambas, sentadas a manteles con Malaparte, ven entrar en el restaurante dos soldados alemanes ciegos dirigidos por una mujer que les sirve de lazarillo. Por eso Ilse habla de los ojos y los relaciona con el vuelo y la libertad. Dice que los ojos son pájaros. Malaparte mira los ojos de las dos mujeres y los halla hermosos; describe los colores y relaciona el ojo con lo que hacen los alemanes en Europa. Los ojos, por fuera del vuelo libre que inspiran, son materia para el esclavista nacionalsocialista. Los ojos de los alemanes son de un frío azul cortante y resultan más humanos los ojos de vidrio. Un nazi del frente oriental se hace traer de su milicia veinte quilos de ojos humanos. El nacionalsocialismo abolió la humanidad y en su lugar puso una materia viva, objeto de intervención a discreción de la crueldad.
Los ojos, la libertad, la mujer, el niño y las aves, son fragilidades que se quiebran con rapidez en un régimen escalvista. Los ojos de los pájaros, están alertas. Los ojos de la resistencia al nazismo deben estar fuera de las cuencas y sobre la mesa del perseguidor. La mujer y los niños tienen como prisión la casa porque están al servicio del padre combatiente. El ojo y la libertad se relacionan de manera maravillosa, ambos tiene similitud con el vuelo, negado por la sociopolítica del nacioanlsocialismo. Esa época de humanidad aplazada, se puede concebir como un pájaro sin ojos, un pájaro sin luz.
 

La voz espantosa de la guerra

Por Guillermo Aguirre González
El orden natural para los que quieren oponerse a la guerra es estar en la casa, frente al hogar y la cabeza inclinada sobre las páginas de un libro. El orden natural es salir de caza por los bosques bañados por ríos tranquilos y limpios. Los sonidos graves, más perturbadores son los tiros de fusil del cazador. Es aquí, el orden natural, el mismo orden humano dado a la vida cotidiana. Se le dice natural para enfrentarlo a la destrucción incomprensible de la guerra, en la que el ser humano es al mismo tiempo cazador y presa.

En realidad el orden de la vida cotidiana es profundamente humano. Es lo que se llama mundo de la vida. El mundo está arraigado en el interior del ser y lleva las más de las veces a acciones prácticas, a actuar. El orden humano no es natural, es un artificio, una invención. Por eso es obligatorio pensar en el afuera, como paralelo al mundo interior, que puede llamarse el adentro. La guerra no destruye el mundo del ser humano como un orden natural. La guerra destruye el mundo de la vida humano, destruye el artificio. Ese es su objetivo. La guerra no va contra la naturaleza. La guerra propuesta y dirigida por el ser humano, destruye la humanidad. La lluvia de bombas soviéticas sobre Belgrado en mayo de 1941, le pareció a Curcio Malaparte, el fin del mundo y la destrucción del orden natural de la vida del ser humano.

Los refugiados en un sótano para protegerse de las bombas fuman y esperan; pero ¿Por qué esperar, si es el fin del mundo? Esperan a pesar de todo. Esperan porque se sabe que se destruye el mundo del ser humano, pero el afuera continua. La espera es angustiosa porque existe la posibilidad que después de la guerra quede nada. Ni el mundo de la vida del ser humano, ni el afuera como naturaleza. Sí, puede más la esperanza. Se espera quedar con vida para disfrutar del afuera.
La conmoción de la tierra, el desarraigo de los árboles, la destrucción de los edificios se hace con un arma nueva de "horrible estruendo" que estremece el mundo, "una voz nunca oída hasta entonces, ¡una nueva y espantosa voz!". Ante ella el mundo de fusiles y trincheras parece natural. El fusil se ha puerilizado. La caza del ser humano por sigo mismo, ha entrado en una transgresión del supuesto mundo natural y ha pasado del fusilado individualizado a la muerte en masa. Es la eficacia de la guerra para matar la vida.

La voz nunca antes escuchada, anuncia al ser humano que la muerte ocasionada al enemigo es también la muerte propia. Ya no es posible vencer. La victoria solo es posible cantarla con todos, con la especie entera y debe tener como correlato la victoria sobre la guerra.

Curzio Malaparte, utiliza el arte y su base estética, para decirlo. Nadie más autorizado para reclamarle al ser humano la destrucción del mundo del afuera que los indefensos animales. En este caso es un ejemplar de caza inglés llamado Spin. De manera bella Malaparte se mete en el cuerpo de Spin para reclamarle a su amo, el ser humano, el respeto de su vida y la conservación del afuera, en el que su cuerpo canino despliega la práctica de la caza. El disparo de fusil que hace parte del orden del perro, se asocia al estallido de las bombas perfeccionadas. Spin asocia esa “voz espantosa” con el fin y se recluye, se deprime y le reclama a su amo con las únicas formas que tiene expresarse: el miedo, el temblor, la indefensión, la abstinencia y luego el suicidio.

En nombre de la cultura superior
Por Guillermo Aguirre González
El corresponsal de guerra Curzio Malaparte, pertenece al ejército italiano de Mussolini y gracias a la alianza con Hitler, el corresponsal tiene la posibilidad de moverse por la Europa controlada por los alemanes. En Kapput hay narraciones de acontecimientos ocurridos en Suecia, Finlandia, Ucrania, Polonia y Rumania. Las narraciones tienen una fascinación especial, porque son hechas por un reportero nazifacista que parece gozar con las crueldades alemanas. A veces ríe con amplias y profundas carcajadas compartidas con la oficialidad. El lector puede creer que hay en Malaparte una complicidad sutil con los crímenes de guerra; pero se aprecia a su vez una sensibilidad fuerte por la humanidad. La poesía manifiesta en la escritura, llama al lector para que admire al ser humano y someta a juicio la brutalidad de los nazifacistas. La descripción de la muerte de los soldados, de los animales, la destrucción de los poblados, se hace en un plano de angustia por el dolor humano y por la destrucción de Europa. Hay en Malaparte un humanismo que le permite escribir sobre la atrocidad alemana, y denunciarla aún a costa de su vida.

Malaparte visita el gueto de Varsovia y quiere darle una limosna a una muchacha judía. Quiere salvar del progrom al mayor número de hebreos que pueda y en especial, con reiteración, se refiere a la purga de la intelectualidad, como uno de los crímenes de lesa humanidad. Himmler, el jefe nazi del frente oriental, visita a Varsovia y a escondidas del gobernador nazi de Polonia hace fusilar ciento cincuenta intelectuales. Malaparte recalca ese escondido, porque el gobernador le ha manifestado una sensibilidad por la música, las letras, la poesía, la historia y las artes. El gobernador no lo habría hecho, porque consideraba la cultura alemana superior a la polaca y nada había que temer, pues la cultura superior necesariamente se impone.

La incursión alemana a Ucrania, en un pequeño pueblo, produce ciento veintisiete prisioneros soviéticos. El coronel comandante nazi de las operaciones, hace filar los prisioneros; los llama a que lean en voz alta. Los que muestren agilidad en la lectura, serán encargados de oficinas administrativas. Seleccionan treinta y un buenos lectores. Los seleccionados se alegran y se ufanan de su habilidad. El comandante separa los dos grupos y ordena a los soldados disparar sobre los buenos lectores. Son fusilados, porque… “Es necesario hacer una limpieza en Rusia de toda esa plaga literaria. Los campesinos y los obreros que saben leer y escribir demasiado bien son peligrosos. Todos son comunistas”. Si en Alemania los obreros y los campesinos saben leer y se impulsa la educación es por ser un pueblo de alta cultura.

Malaparte denuncia la cruel soberbia alemana, de considerarse la cultura superior y su autoconvicción de estar destinada a reinventar a Europa, a germanizar la cultura occidental. Queda planteada en la novela la relación del dictador, del opresor, del tirano con la cultura. El gobernador nazi de Polonia quiere civilizar el pueblo bajo su mando. Lo quiere hacer con una política de orden y justicia, pero Himmler, su superior, le antepone la violencia, le obliga a disfrutar de la muerte y el exterminio de los pueblos declarados inferiores.

El tirano es un ser humano, tiene hijos, tiene una familia, ama a los suyos y disfruta de la música, el arte y la ciencia. Es un ser sumergido en una sociedad que monopoliza para sí, el sentido de civilización y cultura. El goce humano por los bienes de la cultura, en Kaputt, está germanizado. El etnocentrismo de todos los pelambres, se ama a sí mismo y ríe ante el cuerpo destrozado del extraño. La muerte del otro es necesaria para exorcizar el miedo de tener que amarlo por humano que es.

Se ha llegado al fin de la historia, al reinado del principio germano cristiano. La cultura debe ser germanizada porque cristo es un alemán que gobierna el mundo con el honor. Se cree en el mundo germano cristiano como un destino que toma materia en el siglo XX. El horror surca a Europa; parece un territorio abandonado por la razón; pero no, es otra razón la que reina, es la razón equivocada de la superioridad tecnocientífica o para muchos es la racionalidad del mal. El asesino pretende muchas veces cometer el crimen perfecto.

Curzio Malaparte en contexto

Por Guillermo Aguirre González

La construcción del socialismo como etapa previa hacia la sociedad comunista, adquiere gran prestigio con la revolución rusa de 1917. Dentro de los supuestos, para garantizar el triunfo del socialismo, se dijo que era necesario hacerlo en todos los países, porque el socialismo en un solo país estaba condenado al fracaso. En consecuencia con este supuesto se planteó el internacionalismo proletario que abogaba por superar el nacionalismo. Así los partidos de los obreros de todos los países, debían seguir las directrices de la Internacional Comunista, para construir el socialismo en todos los países y garantizar el triunfo, dirigido hacia la revolución mundial.


Esta tarea se la trazó el partido comunista ruso y fue lo que generó la reacción de los estados-nación construidos por el liberalismo burgués y capitalista, encabezados por los Estados Unidos. Europa, América y Asia, entraron en una época de huelgas endémicas, en la que los obreros estuvieron dirigidos por el internacionalismo proletario y pretendían construir el socialismo en cada país.

La reacción más visible y con mayores consecuencias se dio en Alemania. La social democracia que nucleaba a los liberales y las organizaciones obreras de pensamiento socialista o comunista, llegaron al poder y construyeron la república de Weimar (1919 – 1933). Desde ahí se pretendía llegar a un régimen socialista. La crisis económica, las imposiciones del tratado de Versalles, las huelgas y la sensación de decadencia promocionadas por la obra del historiador Spengler titulada la Decadencia de Occidente, propiciaron un ambiente para que la propuesta de un nacional socialismo tuviese eco.
La obra de Spengler es una historia del mundo, publicada en 1922. Aplica el darwinismo social. Según esta tendencia teórica los pueblos, las naciones y los imperios siguen el mismo ritmo de evolución que las especies vivas. Cumplen el siclo vital de nacimiento, madurez, esplendor, decadencia y muerte. En la lucha de las naciones sobreviven las más fuertes, dialéctica también aplicada a la lucha de las razas. Por eso la raza aria es la más fuerte y es la que prevalece, proceso demostrado por la eugenesia. Según Spengler, la sociedad occidental está, para el año 1922, en la época de decadencia y de su muerte ha de nacer una nueva sociedad.
Y efectivamente en 1933, Adolfo Hitler toma estas banderas, y creó el partido Nazi, sigla del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores. En Italia Benito Musolini, desde 1922 venía en este proceso y creó el Fascio. En oriente, el emperador japonés, hace otro tanto y la alianza entre los tres se denominó el Eje Berlín, Roma, Tokio.
Esta novedad, dirigida a enfrentar el internacionalismo comunista, se mira con simpatía, por ser la confrontación entre capitalismo y socialismo. Ambos mundos políticos patrocinan gobiernos afines. El nazifascismo tuvo admiradores y adeptos en todos los países porque Alemania producía bienes de capital más baratos que los de Francia e Inglaterra. Estos dos países tratan a Hitler con blandura, según la política llamada de apaciguamiento que agenciaban. Esta blandura de Daladier y Chamberlain es aprovechada por Alemania. Incluso Hitler hace un pacto de no agresión con Rusia, lo que le permite atacar los países de Europa Oriental. Todo este proceso es producto del capitalismo. Estados Unidos inyecta capital a Alemania luego de Versalles como táctica para enfrentar el avance soviético. Lo mismo ocurre en España en la que norteamericanos y nacionalsocialistas ayudan a derrotar el gobierno republicano a su vez ayudado por el comunismo internacional.
 
En este contexto vive Malaparte. Fue un corresponsal de guerra y conoció personalmente a todos los protagonistas. La novela Kaputt, es escrita por capítulos en distintos países y luego reunidos, no sin haber corrido todos los peligros de decomiso. Es una novela de no ficción escrita en un lenguaje altamente poético, en la que emplea recursivamente, de manera sistemática, la metáfora. Es no ficción porque todos los personajes son de la vida real con los mismos nombres empleados en vida. Malaparte se adelanta a Truman Capote en el cultivo de la novela de no ficción. Truman decía que ese género lo habían inventado ellos en Norteamérica. Malaparte militó en las filas de Musolini, en el partido de la Fascio, tiempo del nacional socialismo que hace renacer a Alemania de las cenizas como el Ave Fenix.

 
Un mal misterioso
Por Guillermo Aguirre González
Las imágenes llegan de manera surreal a la mente del lector. El olor putrefacto de la herrumbre se asimila a carne de hierro muerta, en un ambiente social de culto a la máquina de guerra. El hierro se humaniza y parece que Curzio Malaparte, invoca la afirmación de Hesíodo cuando en el año setecientos antes de nuestra era, escribió que después del hombre de oro, llegó el hombre de bronce y luego el de hierro. Hombre usurero, cruel y despiadado que nunca sacia su sed de dominación. El olor pútrido tiene ánimo, llega hasta la puerta de las habitaciones y a veces decide entrar, otras pasa, otras se queda expectante. La vegetación bajo un cielo plomizo cobija el hedor y hacen que el soldado alemán huela el ambiente y escuche esos colores con cierto gusto: es la muerte como costumbre.
 
 
El movimiento entre Suecia, Francia, Italia y Ucrania, del capitán italiano, adscrito a las tropas alemanas y narrador principal de Kaputt, le hace percibir el dolor de Europa por lo que hacen los teutones. Europa se duele de los alemanes, porque
"tienen miedo de todo y de todos; matan y destruyen por miedo. No es que teman a la muerte; ningún alemán: hombre, mujer, viejo o niño, teme a la muerte. Ni siquiera tienen miedo de sufrir. En cierto modo puede decirse que aman el dolor, pero tienen miedo de todo lo vivo, de todo lo que es vivo aparte de ellos, y también de todo lo que es distinto de ellos. El mal de que adolecen es misterioso. Tienen miedo sobre todo de los seres débiles, de los desvalidos, de los enfermos, de las mujeres, de los niños. Tienen miedo de los viejos. Su miedo ha despertado siempre en mí una profunda piedad. Si Europa tuviera piedad de ellos, quizás los alemanes sanarían de su espantosa violencia".
 
 
Ese miedo a lo distinto a ellos, es un mal misterioso. El misterio no tiene explicación; pero si discurso y relato, por eso existe. Hay tentación de decir que ese ser alemán, necrófilo, descrito por Malaparte se originó en la Selva Negra o en la germanía temida por los romanos y que por genética se han comportado igual hasta el Tercer Reich. Esta presunción lleva implícita una condena natural o un creer en los dones y destinos divinos, y además es una actitud ahistórica.
 
 
Desde 1850 Europa entró en el proceso de construcción del Estado, y ante el reto de darle fronteras geográficas se tomó el recurso de igualarlo con la nación. Se creó el Estado –nación como unidad geopolítica de los que hablan igual, con una memoria o identidad común y un país común. Se remontó el tiempo en búsqueda del leguaje originario y al no existir se creó el mito del origen con el que se sustentó la simiente del pueblo. El pueblo francés, el pueblo inglés o alemán.
 
 
Los sajones después del año 570 y luego de guerrear constantemente contra hunos y eslavos en el valle del Rin, construyen un reino que para el año 800 se denominó el Sacro Imperio Romano Germánico, con dos hablas, la lengua franca y la teutona. Estas dos tradiciones tiene un origen común y el principio se pierde en la niebla del tiempo pasado. Ambas tradiciones cristianas, no tienen nada de predestinación. Se deben considerar inmersas en las condiciones sociopolíticas de cada época. Alemania fue la casa de la reforma protestante, luego unifica el reino y en 1870, se pliega a la moda de ser imperio colonial. Sustentó su Estado-nación en la lengua teutónica y como todos los otros se creyó el portador de la simiente civilizatoria.
 
 
La época entre los siglos XIX y XX, lucha por el predominio mundial, para darle mercados a su industria capitalista. Luego de haberle quitado a Francia, Alsacia y Lorena, fue llevada a organizar un régimen en el que utilizó su tradición militarista en profundidad. Esta reflexión es distinta a concebir el ser alemán como poseído por un mal misterioso. El régimen de terror que construyó de 1939 a 1945, tuvo sustento en una mentalidad de dominación que aún no había descartado el esclavismo. Y en una sociedad esclavista sobran los seres débiles, los viejos, los desvalidos, los enfermos y las mujeres, hombres y niños de etnias proscritas por el imaginario que domina.