domingo, 24 de abril de 2016

La luz de una esperma bajo el parasol

De la Tour. La Magdalena penitente. Óleo 1644
La tarde de un día de abril trajo una sombra fresca en la Esquina de Sebastián. Así se llama ese café con parasoles de tela y sillas cómodas en su frente. Está el café en una calle sin tránsito vehicular y con árboles altos que dejan circular el aire con facilidad. El lugar es muy apetecido por los profesores de dos colegios de ese sector central de la ciudad. Se les ve hablar y beber y hacen parte de la vida cotidiana para los que tienen que transitar por ahí. En esa tarde hablan, entre ellas, de temas exóticos dos mujeres. Alba de pelo negro boca pequeña, cuerpo grueso y ojos grandes inevitables, certifica vehemente, creer en la permanencia de los seres humanos después de morir, en los lugares habitados, en los que vivieron con intensidad. Pero no el cuerpo –afirma-, sino el alma, el espíritu, el ánima; estas formas incorpóreas mueven las cosas y el aire, así se hacen sentir. Estas formas se le expresan a veces a cualquiera, otras a un elegido. Creo que a mí me eligieron para siempre, le dice a Tonia, con un expresión solemne y llena de una seguridad angustiosa. Te digo: hace cinco meses me tocó coordinar en el colegio un acto artístico. El invitado fue un muchacho joven. Presentó un espectáculo de clawn. Le vi maquillarse con una dedicación parecida a un rito religioso. El payaso resultante desbordaba alegría contagiosa. Me pareció increíble ver a ese hombre sencillo de yines roídos, camisilla de algodón, baja estatura y un poco robusto, transformarse en un ser magnífico de gran colorido, centro de todas las atenciones. Luego de la presentación le vi volver a ser el hombre sencillo. Te digo Tonia: me enteré la semana pasada de la agonía y muerte del Clawn. Se llamaba Orlando. Le dio un dolor ventral –me dijeron- para morir luego de varios días. La noche del día de la noticia, llegué a casa dispuesta a organizar unos documentos para el rector del colegio; pero Orlando no me dejó. Movía las puertas abiertas, hacía entrar por una de las ventanas que da a la calle un aire frío a pesar del tiempo caluroso que hacía. Opté por encerrarme en mi cuarto bajo llave. Pensé largo rato sobre el porqué Orlando se estaba manifestando, si él no conoció mi casa. Me consolé pensando en la admiración que le manifesté el día de la presentación. Mis ojos atentos crearon una conexión con su espíritu, con sus ojos. Y eso fue suficiente para llegar a mi casa y despedirse. Encendí una esperma, uní los índices con los pulgares, hice el loto, después pude dormir.
Tonia escuchaba metida entre el miedo y la aceptación. ¡Porqué no le rezaste un padrenuestro! –Dijo resuelta- eso ocurre porque es un alma en penas, sedienta de oraciones, de seguro murió en pecado. Uno tiene que orar por todo y ante todo. Ante el dolor, ante el peligro, ante la indecisión, ante el mal. Eso le digo yo a mis alumnos, que los considero como mis hijos. Les enseño ciencias sociales; les recalco mucho sobre todo lo que le sobra al mundo. Lo esencial está revuelto con mucha basura. Ejemplo: he descubierto con el método americano de lectura algo fundamental; en un libro de trescientas páginas el ochenta por ciento de las palabras escritas son relleno, son artimaña de los escritores para esconder las ideas centrales. Eso le debió pasar a Orlando, su alma estuvo envuelta en muchas sobras. A la hora en que se presentó en tu casa, pedía lo básico de la vida, la oración. Con seguridad Orlando nunca oró y a la hora del juicio divino necesitó muchas. Por eso te visitó. A mis estudiantes, les hablo regularmente de la necesidad de la oración para autoayudarse a vivir. Les creo el compromiso con los turnos que les impongo para mantenerle ofrendas al cristo que preside el salón de clase.
Alba, te pregunto… ¿Tu no le hablás a tus estudiantes de esas experiencias? Es bueno ser transparentes con los estudiantes, mostrarse como uno es, lo que tiene, con sus defectos y bondades. Mostrarse tal cual es para evitar enfermarse por tener dos vidas: la privada y la pública. Estar dividida en dos es terrible. Me pasó. Muchas veces caía en cuenta que miraba fijo a una de mis estudiantes de último grado. Veía muy bella su forma de moverse y ocupar el pupitre, me gustaba. Una vez me dijo por qué la miraba más que a otras. Esas palabras me llevaron a preguntarme sobe la causa de mis atenciones para con esa estudiante. Concluí eso que te dije antes, tenía una vida doble. En privado había liberado mis gustos bisexuales, pero en público ante los estudiantes y compañeros de trabajo era una mujer normal. Los ojos de esa estudiante me convencieron de ser consecuente y tomar un comportamiento único; pero fui incapaz de hacerlo. Para ocultar esa situación me dediqué a burlarme de todos, porque creía saber y ver en los ojos de los demás esa lucha interior entre el comportamiento público y el privado. Convertí en ridiculez las conversaciones y monopolicé la atención para pensar en otra cosa o no dejar pensar; así daba salida a mi indefinición. Opté, impulsada por la pérdida progresiva del sueño y el descanso, hacer conquistas, seduje a amigos y amigas. Mi actitud de hacer de todo un chiste, resultó tener mucha aceptación. La gente a mí alrededor, me decía loca, pero reía y me buscaban para animar las horas. A los seducidos los sometí a una cruel venganza, porque me tomaron como una relación pasajera y yo quería que las cosas duraran bastante. Hice público sus gustos y formas de hacer el sexo. Aproveché los momentos de hacer de todo un chiste para poner como ejemplo las cosas íntimas de este o aquel. Me di cuenta que vivimos con gente que huele el culo a los demás, para decidir cómo tratarle. En estas, pasó algo necesario. Aquellos de quién me burlé me sacaron de su entorno, y depronto me vi rechazada. En el saludo que me daban, tenía el lado formal y el recriminatorio. Esta situación taladraba mi mente, la relacionaba con la falta de sueño. La ansiedad me obligó a buscar la medicina. Un médico le recetó antidepresivos a mi mal y hoy no puedo vivir sin ellos. Los tomo cuando mis mundos público y privado se dividen. El Clorhidrato de F. me deja ser una sola ante el mundo y mis estudiantes; solo, que he decidido ser una ante dios. Él me permite ir más allá del mundo del sexo. Ahora a nadie miro con deseo. Sé que todos necesitan ayuda y estoy convencida de que uno tiene que orar por todo y ante todo. Ante el dolor, ante el peligro, ante la indecisión, ante el mal.
Tonia sacó de su bolso un pañuelo de papel y secó el sudo abundante de su frente. Los ojos cafés y el pelo castaño a esa hora de la tarde se magnificaban. Apretó el pañuelo entre los dedos de su mano derecha y siguió hablando con los ojos fijos en los de Alba: en los cursos de ciencias sociales que les doy a los estudiantes del colegio –como tú sabes Alba- les insisto sobre la necesidad de la oración. Les digo que en los tratados de historia, de sociología, de comportamiento que deben leer, tienen que ser capaces de distinguir la basura de las ideas fundamentales. Así tendrán tiempo para dedicar a la oración y evitar el dolor de tener un espíritu dividido. Les hablo de ejemplos en el mundo, de seres que han obligado a la gente a ser transparentes ante los demás. Han obligado a todo el mundo, en un cara a cara, a tener una sola conducta pública y sacar las cosas ocultas de lo privado a la luz. Esos personajes, les digo a los estudiantes, intentaron salvar el mundo para la oración, pero fueron vencidos por la sinrazón y el libertinaje.
Alba levantó una mano y dijo:
-pará, pará. Creo que te estás contradiciendo. ¿Si el dejar de tener los dos mundos, el privado y el público, te enfermó y tuviste que ir al médico y por eso tomás antidepresivos, como seguís hablando de eso a los estudiantes? Sé que estás convencida de enseñar con el ejemplo, pero una no puede enseñarles a los jóvenes que se enfermen para luego curarlos. Sé que dices amar a tus alumnos y los dejas hacer lo que quieren y no intervenís en sus conductas porque las están haciendo públicas y eso te llena de satisfacción. Pero Tonia, la ciencia nos ha enseñado que el espíritu es uno en la casa y en la calle; por eso la educación debe cultivar el alma, llevarla a la luz, para que contemple las ideas puras y ser capaz de conectarse con los demás por ese lenguaje sin palabras que se hace con los ojos. El cuerpo obedece a ese lenguaje, en vez de orar, mira los estudiantes a los ojos, transmíteles la paz y el conocimiento y diles que la manera de ser uno mismo es con la meditación. Con ella se logra sacar los fantasmas y los espíritus de los muertos de nuestro entorno. Enséñales a amar la luz, enséñales a tener siempre encendida la luz del alma y de una esperma.
Tonia llamó para pagar el servicio golpeando la mesa con la tasa de café. Se levantó brusca y se fue sin decir nada. Alba le dijo -¿porque te vas así?- No hubo respuesta. La tarde se tornó noche. Las bujías comenzaron a encenderse y Alba pidió otra taza de café.

domingo, 10 de abril de 2016

Los héroes civilizatotrios


Prometeo de Jan Cossiers 1638
 
La persistencia de la religión en estos tiempos de aplicación del método científico a la aptitud técnica, para generar la tecnología, llama a insistir sobre su origen humano. La tecnología es una novedad que arrasa con las culturas nacionales, en pos de una cultura planetaria de claro contenido pragmático y hedonista; sin embargo la religión sigue ahí; además de haber resistido los embates del materialismo de los regímenes socialistas comunistas, resiste el mundo globalizado liberal. Las guerras motivadas en la lucha económica han dejado expuesto como inquietud la posibilidad de una nueva guerra de religión, como una imposición a la imaginación, del aparentemente invencible sentimiento religioso. Al final de las ideologías políticas, siguen vigentes y amenazantes los fundamentalismos religiosos.

Esta invencibilidad de la religión, motiva a indagar por su historicidad. Responder porqué, está afianzada en lo hondo de la memoria y ha sobrevivido a pesar de las conquistas de sistemas filosóficos materialistas que bien explican el estar en el mundo sin necesidad de divinidades inquisitorias. No hay grupos humanos sin un complicado discurso que les satisfaga las preguntas sobre el origen y el presente. Los estudios dedicados a este problema desde el fin del siglo XIX han puesto explicaciones desde la sociología, la antropología, la sicología, la etnología. Las respuestas en general se han dado desde el estudio de las sociedades arcaicas resistentes a los embates del occidente dominante y etnocéntrico. Por eso los estudios han profundizado más en las culturas occidentales, y si se ha ido a las sociedades de otras partes del mundo es para establecer comparaciones.

Las religiones indoeuropeas tienen una misma raíz y son tripartitas. En ellas luchan tres divinidades que corresponden a tres castas originarias: sacerdotes, guerreros y labradores, las tres castas del fenómeno urbano. Las religiones indoeuropeas no son primitivas, son urbanoneolíticas. Antes de la ciudad, las explicaciones de los seres humanos sobre su existencia era una construcción animista, base de las distintas magias preneolíticas. La complejidad de la cultura de ciudad permite, además de todas las novedades, unas explicaciones sobre el ser humano distintas a la magia y es la que se denomina explicaciones mítico-religiosas.

El mito nace con la ciudad o la polis y se diferencia radicalmente de la magia. Lo tripartito del mito se ejemplariza con el caso romano. Rómulo símbolo de la guerra, asesina a su hermano gemelo Remo, porque traspasó el círculo de la violencia y traicionó su signo sagrado. Estos guerreros invaden a los labradores sabinos, símbolo del orden de lo público. El crimen de Remo, fratricidio primordial, es el signo de la expiación e instauración de la sacralidad. Guerreros, sacerdotes y labradores, estructuran el mito de las sociedades sedentarias. Rómulo y Remo guerreros pastores trashumantes se funden con los sabinos labradores y originaron la ciudadanía romana. La vida material expresada en la invasión y la fusión de pueblos es verbalizada y elevada a la forma de un relato tradicional identitario, por efecto de las actividades de los miembros del grupo con funciones extáticas. Funciones radicadas en la herencia de la humanidad y ejercida por los chamanes preneolíticos y luego por los sacerdotes, pitonisas y adivinos civilizados.

La función extática se basa en el simbolismo del vuelo. Imaginan la altura y se liberan de la gravedad. En ese lugar alto e ingrávido, establecen el hábitat y origen de los seres suprahumanos (dioses, espíritus, héroes civilizadores). La función extática, revela los entusiasmos, las locuras y a los homicidas; interpreta la noche, crea imágenes de la muerte, de las catástrofes o todo lo que afecte el grupo humano.

Los descubrimientos del sedentario, la cerámica, el control del fuego, la metalurgia; se transmutan en fabulaciones, ritos y misterios. Son la materia prima de los mitos, junto con las actividades que le dan el ser al grupo tribal. Se puede decir que el mito es civilizado y se forma a partir de tres coexistencias y persistencias: uno, la práctica de la caza continua en el hombre de guerra. La muerte del cazado (animal o ser humano) hecha por el cazador, se le atribuye a un otro, por lo general extranjero, que trae la venganza del animal abatido, justificada ante el señor dios de los animales. Dos, la práctica del cultivo de los tubérculos se atribuye a un asesinato primordial; el cadáver del muerto fue descuartizado y enterrado, como una variación del canibalismo no consumado o de sacrificios humanos o de animales. Tres, la práctica del cultivo de los cereales, se atribuye a un robo o conquista de ese bien poseído por los dioses de lo alto; un héroe civilizador fue por los cereales y luego de su hierogamia, matrimonio entre un dios y el héroe, este roba el cereal y lo da a los seres humanos. Así la muerte del cazado, la extracción de la raíz alimentaria y el cereal almacenable, tiene en la memoria una explicación atada al mundo ingrávido de lo alto, a ese mundo frecuentado por los que logran el vuelo extático.

La mitología religiosa de los cultivadores sedentarios civilizados, funde dos motivaciones para imaginar el origen y darle sentido a la existencia, la de los cazadores basada en los huesos y la sangre; y la propia de los cultivadores basada en el esperma y la sangre. Esta novedad en el desarrollo de la cultura, se fecha a partir del año 9.000 antes de nuestra era. Sangre, huesos y semen del cuerpo humano o animal, para rendirle culto a la memoria y ubicarla en un panteón. Es el sentido de la genealogía divina, humana o la mescla de ambas. Cultivar la memoria es hacer genealogías seminales ancladas al origen divino del ser humano. La memoria se divide en partes con regencias de divinidades independientes pero relacionadas filialmente. Para el caso griego Zeus se une con Mnemóside, durante nueve noches para dar nacimiento a las nueve musas cuya misión e historia es cantar y alabar la grandeza del padre. Esta genealogía panteísta tuvo que luchar contra la escritura. La cultura y los seres humanos protohistóricos, para defender el mito y defender la memoria, como mecanismo de preservación de los secretos y ritos propiciatorios, impidieron la grafía de los mitos; pero a partir del triunfo de la escritura, desde el cuatro mil antes de nuestra era, el mito se inscribe y se detiene su reinvención y renovación. Comienza la religión y el dogma. La memoria sigue otras sendas.

La religión persiste, porque la cultura del ser humano es acumulativa y se transmite por la oralidad o la escritura. El acumulado tiene, el vuelo del chamán, la ascesis del sacerdote, el fichero del escritor, el saber de los oficiantes, es decir en la memoria están todas las creaciones de la humanidad. (Este texto le debe mucho a Mircea Eliade).

martes, 5 de abril de 2016

Paleontología de la memoria


Persistencia de la memoria. Dalí 1931
En el trajín de los días, en el trato y contacto con las gentes, se encuentra el ser humano medio, viviente de la cultura del hombre común. Asombra ver y escuchar como a esa cultura han llegado los conceptos científicos de la modernidad. Son incrustados en el habla cotidiana y se han amalgamado con el acervo cultural del presente. Entre ellos el sentido evolutivo de las cosas y los fenómenos naturales terrestres como la lluvia, las descargas eléctricas, los movimientos tectónicos y siderales.
Y la cultura del ser humano presente es justamente una amalgama. El ejecutivo, el profesor, el periodista, el trabajador de todos los oficios, en cualquier momento reivindica la magia, la adivinación, la oración a la necesaria fuerza superior; les es difícil concebir un ser humano sin religión y convencerse de ser unos creadores y no unas criaturas.

Por las huellas del ser humano sapiens, se pude hacer un arqueo aproximado del pensamiento de si, desde la invención de los primeros grafismos hasta la escritura. El sapiens primordial se autoexplicaba como un animal entre tantos y animó los objetos inertes y demás seres vivos con espíritus de posible control e invocación. A esta actitud se la ha llamado magia con elementos cosmogónicos.

El sapiens protohistórico construyó un relato rico, profuso y bello, mítico. Con la interpretación de las huellas megalíticas, se puede decir de estos mitos, fueron largas narraciones que explicaban el ser humano desde cosmogonías y genealogías, atadas al misterio de la muerte y materializadas en rituales profusos.

El sapiens histórico equipado con el útil de la escritura profundiza el mito y perpetua en los grupos sedentarios las cosmogonías, inscribe las genealogías y hace cohabitar el mito y la ciencia o control material y certero de la naturaleza. Las actividades del sedentario, llamadas también del civilizado, control del fuego, humanización del tiempo y el espacio, se mezclan con el mito y producen los panteísmos exhaustivos hasta adjudicarle un origen divino a cada actitud y sentimiento humano.

La intención del ser humano de autoexplicarse, por fuera del mito y la magia, en el siglo XVIII, produjo un etnocentrismo o rapiña entre las monarquías por demostrar ser la patria origen de la especie. Si una monarquía se consideraba heredera de la alta cultura, esta estaba ubicada en el cerebro y el proceso de como este órgano comenzó a crear el cuerpo humano ocurrió en su territorio. Actitud llamada cerebralismo, por el cual el cerebro ha creado el cuerpo.

El sapiens de las grandes urbes contemporáneas tiene todo el pasado sobre él. La magia, los mitos y la ciencia. Esta última aplicada sobre sí mismo, al tiempo y al espacio, da como resultado los discursos especializados sobre el todo y las partes. Hoy se puede elaborar un discurso sobre el ser humano desde el equipamiento teórico de las ciencias historicocríticas, o sociohistóricas o humanas o sociales. Para este cometido y elaborar un discurso sobre el ser humano primordial, el apoyo debe estar en la arqueología y en la paleontología. El resultado será un relato anclado en la materia.

Desde el aquí, ahora, ¿qué se puede decir? Se debe aseverar: dentro de los seres vivos y en el reino animal, una especie adquirió una serie de aptitudes que lo hicieron ser humano. El cuerpo comenzó este periplo, por la memoria. Antes de la memoria, la arqueología ha descubierto un desarrollo evolutivo o genealogía de la especie; pero solo puede hablarse y escribirse sobre la humanidad a partir del ejercicio de la memoria. Por eso este ejercicio de escritura puede llamarse Paleontología de la memoria.

La memoria no está por fuera del cuerpo, ni llegó a él. Ella acompaña a todos los seres vivos y les garantiza perpetuarse en el tiempo. Esa memoria del ser vivo se llama memoria específica; pero en el ser humano, se transforma en memoria social, por efecto de la posición del cuerpo. Como y cuando se adquirió la posición bípeda, es una historia que hunde sus tentáculos en el pasado evolutivo de los pitecos; pasado enorme, intrincado y peligroso porque se termina mitificando el origen: se cree ver la evolución en cámara lenta. Para evitar la búsqueda del origen e ir cada vez más lejos, problema sin solución, se ha hecho un acuerdo razonable. Se puede hablar de ser humano a partir del momento cuando la arqueología brinda un documento incuestionable sobre el ser humano primordial. Ese documento es un fósil con útiles. Es el único criterio, desde la materialidad del discurso y la actitud, con base lógica, para comenzar a hablar y escribir sobre la memoria y por tanto sobre la humanidad.

Hay estudios arqueológicos prestigiosos que han llevado la edad de los primeros seres humanos a unos diez millones de años; pero se sabe que deben ir cada vez más lejos, porque eso ocurre cuando se busca el origen. En ese mundo de búsquedas es necesario poner un mojón, o mejor, convenir un punto de partida. Ese punto de referencia es el fósil del australoantropo, no australopiteco. Ese fósil es el esqueleto de un humano y no de un mono-simio como lo indica la partícula calificativa pitecos. El fósil encontrado en el centro de África es el más antiguo esqueleto encontrado en su hábitat rodeado de los útiles fabricados por él. Y ese es el criterio para que el autraloantropo sea el ser desde el cual puede hablarse de humanidad.

Así el discurso presente sobre el ser humano debe partir del primer humano tallador de útiles y la arqueología le ha calculado la edad, por los métodos de la palinología y el carbono, en poco más de un millón de años. Esa es la edad convencional de la humanidad. El australoantropo es el ser en el que la postura erguida produce la primera consecuencia: el útil de piedra. Este primer útil sencillo (una amígdala de piedra percutida, para producir una punta cortante), llamado chopper, es el resultado de un proceso: la posición bípeda, lograda por una rama de los pitecos, transforma el cuerpo. La locomoción especializada sobre las dos extremidades posteriores obliga a perder la cuadrumanía, aparece el pie equilibrado por el dedo gordo y deja las manos libres. Estas en libertad reemplazan la boca en las tareas de preparar el alimento para la deglución. Pies libres de la prensión, manos libres de la locomoción, liberan la boca de las funciones de cortar, moler y perforar los alimentos, son liberaciones que llevan a un acortamiento de la cara para que se sitúe bajo la masa encefálica y deje la frente visible como el lugar ganado por el cerebro. Este proceso comenzó y ya en el australoantropo estuvo el primer resultado. Pero hay otro elemento fundamental, la coordinación de ese proceso lo hizo la memoria. Ahí en el corazón de África, en esos primeros humanos, la memoria específica comenzó la aventura de transformarse en memoria social. La construcción del chooper, es un gesto técnico, difundido por la enseñanza y el ejemplo para los demás. Es gesto porque el cuerpo toma una actitud, las manos golpean un objeto con una acción calculada y la cara expresa un estado, reforzado por un sonido de la garganta. Es técnico porque ese ser humano primigenio ejerce la aptitud de los seres vivos para garantizar la sobrevivencia de la especie. Pero acá lo técnico está mediado y potenciado por el desarrollo del cuerpo, la locomoción bípeda y las manos especializadas en producir útiles para cortar, perforar y moler, es decir reemplazar la boca.

Se tiene la memoria de la humanidad, obediente más a problemas neurofisiológicos que filosóficos. Según la neurofisiología se puede caracterizar una memoria de los invertebrados (lombriz, ameba). Una memoria de los insectos y una memoria de los vertebrados inferiores y superiores. Dentro de los tipos de memoria, el ser humano las tiene unas más atenuadas, otras, manifiestas y básicas: Memoria específica, fijación de los comportamientos de la especie animal. Memoria étnica, asegura la reproducción de los comportamientos sociales humanos. Memoria artificial, reproduce actos mecánicos encadenados electrónicos y se expresa desde el reloj de sol, hasta el computador.

Según la argumentación acá cifrada se puede decir que El esfuerzo paleontológico ha hecho una taxonomía de seres homínidos según su masa encefálica y su memoria así:

Australoantropos: vivieron de 1.6 millones hasta 800.000 años antes de nuestra era y manejaron un cerebro de 600 centímetros cúbicos de masa encefálica. Sus registros arqueológicos se han denominado Pebble Culture o cultura de los guijarros. El gesto técnico fue sencillo. Golpeo de guijarros para obtener una punta cortante (chopper). La memoria actúa para la enseñanza, el ejemplo y la emisión de sonidos de garganta.

Arcantropos: vivieron entre 800.000 hasta 400.000 años antes de nuestra era y tuvieron un cerebro de 1.000 centímetros cúbicos de masa encefálica. Su cultura se nombra Abbevilliense o acheliense. El gesto técnico se ha enriquecido: golpeo de guijarros para obtener un filo por dos caras de la amígdala de piedra (hacha bifacial). La memoria permite la comunicación de esa complejidad del diseño y confección del útil, con un gesto corporal que involucra la cara, las manos y los sonidos de garganta.

Paleantropos: vivieron de 400.000 hasta 50.000 años antes de nuestra era; tuvieron un cerebro de 1.200 centímetros cúbicos de masa encefálica. A su cultura se le ha puesto el nombre de Musteriense. La mano aumenta su motricidad (rotación de las falanges). Su memoria se enriqueció por la complejidad del gesto técnico: obtención de largos filos con el trabajo de lascas. La comunicación fue apropiada a la complejidad de la memoria y se le adjudica una abstracción ante la muerte.

Neantropos: vivieron de 50.000 hasta 30.000 años antes de nuestra era y manejaron un cerebro de 1.550 centímetros cúbicos de masa encefálica. Convivió con el homo sapiens. Su cultura se ha llamado aurignaciense, solutrense y magdaleniense. La memoria y el lenguaje corresponden a un gesto técnico que agotó la industria lítica, elaboró en piedra desde una aguja hasta un hacha y por eso con él finaliza el paleolítico.

Homo sapiens: apareció en el periodo que va de 50.000 a 40.000 años antes de nuestra era. Estabiliza su masa encefálica en 1.450 centímetros cúbicos. Convive con el Neantropo buena parte y por eso son comunes sus culturas aurignaciense, solutrense y magdaleniense. Pero el homo sapiens entra en una cultura mesolítica y neolítica, entre los años 30.000 y 10.000 antes de nuestra era, en las que la piedra se pule y se agota su versatilidad. La piedra pulida encuentra un reemplazo en el metal. El gesto técnico es atravesado por la memoria social y el lenguaje madura el proceso de graficar el pensamiento y la memoria iniciado en el magdaleniense, al crear la escritura.

En la humanidad el tamaño del cerebro, el acortamiento de la cara y la creación del útil, fueron tres procesos que dejaron como sumatoria una imaginación que hace correlato de la experiencia y el trabajo. Desde el autraloantropo es necesario adjudicar a estos seres paleolíticos, un lenguaje articulado correspondiente a su gesto técnico. Este lenguaje se puede entender como estereotipos o como una memoria de estereotipos. Una memoria basada en el gesto técnico en la que luchan el instinto y la innovación. Sólo en el homo sapiens triunfa la memoria étnica, la memoria social que permite el grafismo y luego la escritura, expresiones de una imaginación enriquecida y organizada en lo que se llama razón o lógica, dos conceptos que deben entenderse como el orden de la memoria. Del grafismo a las escritura se tiene esta cronología y morfología. El grafismo iniciado hace 50.000 años, es el mismo que los modernos llaman arte paleolítico. Época prefigurativa, hasta 30.000 años a. n. e. Época primitiva, hasta el año 20.000 a. n. e. son figuras altamente estilizadas. Periodo arcaico hasta el año 15.000 a. n. e. figuras que muestran una gran maestría técnica. El periodo Clásico Magdaleniense hasta el año 11.000 a. n. e. se alcanza el realismo en la figuración, en las formas. En el año 10.000 a. n. e. se entró en un periodo de decadencia del realismo, por la adopción de dosis crecientes de abstracción.

Este ejercicio de escritura sobre la memoria puede concluir: la memoria antes de la ciudad construyó explicaciones de la existencia mágicas. Con la sedentarización se elaboraron explicaciones mítico – religiosas y luego racionales. 
(Este escrito le debe mucho a André Lerio-Gourham y a Mircea Eliade)

viernes, 25 de marzo de 2016

Camila y el maledicente

La chismosa. Fabio Borquez. Acrílico Lienzo. Argentina 1990

Se le ve caminar con la cabeza gacha y los ojos entornados porque quiere ver sin ser visto; pero la gestualidad de su cuerpo lo delata. El común de la gente que pasa, con actitud desprevenida, contrasta con ese cuerpo de caminar presuroso y sus sentidos centrados en mirar dentro de la casa de Camila, para ver lo que esta hace con su novio Gustavo. Chelo es bajo, sus piernas son cortas en relación con su tronco; su delgadez le permite escurrir el cuerpo no proporcionado, entre la gente, de manera que logra con facilidad su objetivo de espiar a aquellos vecinos que se ponen en el centro de su interés. Sabe que la hora propicia para espiar es la seis de la tarde. La calle se llena de gente y el tráfico aumenta. El gesto característico de su cuerpo a esa hora, supone, pasa imperceptible. Chelo es consciente de su apariencia física; pero en el momento de satisfacer su vocación deja a un lado las prevenciones y se entrega todo a su rito. Termina convencido de haber pasado inadvertido.

Esta vez tiene interés en Camila. Los vecinos que son como él le hablaron sobre la hija de Nardo porque se la ve llegar tarde en la noche. Tiene con Nardo un rencor oculto porque desde hace tiempo lo dejó de saludar cuando se enteró de sus prácticas maledicentes. Camila es la hija mayor de Nardo. Trabaja de oficinista en el centro y muchas veces por exigencias de las tareas se ve obligada a amanecer en la casa de una de sus compañeras de trabajo. Así que muchas veces no llega a su propia casa.

Nardo y Chelo tienen la misma profesión. Trabajaron juntos en los talleres del ferrocarril y aprendieron metalmecánica. Hacen parte de la tradición oficiante del barrio, adquirida por difusión de la técnica importada. Setenta años tienen los talleres y crearon en la población una tradición de trabajadores diestros en el manejo de la forja de metales, cerraduras, hojalatería y estructuras de hierro. Hubo empresas grandes de hombres ambiciosos, especializadas en la fabricación de suministros para los ferrocarriles, montadas por extrabajadores; pero el caso de Nardo y Chelo, es el común. Extrabajadores vecinos de barrio, adaptaron una habitación de sus casas con acceso a la calle y crearon un negocio pequeño al que llamaron cerrajería. Ambos abrieron sus puertas al mismo tiempo y bajo el signo de la competencia y la pugnacidad. Ya traían el rencor oculto desde los tiempos del taller cuando Chelo inventó el cuento de la enfermedad venérea de Nardo y exigía ser despedido. En las cerrajerías, los obrajes, en general, exigentes de mucho espacio, los obligaba a ocupar la vía pública, y era regular ver las calles del barrio, frente a las casas de ambos, los andenes y la calzada ocupada por rejas en confección y equipos de soldadura eléctrica funcionar hasta entrada la noche.

Nardo Recibió, más de una vez, la visita las autoridades de la municipalidad que le increpaban por la ocupación del espacio público. Recogía su negocio por un tiempo y luego volvía a lo mismo y se enteraba, por muchas bocas, como el origen de esas visitas estaba en las denuncias de Chelo. En la noche de un sábado, día de tragos en los bares del barrio, ambos se encontraron, se reclamaron mutuos despojos de clientela, se acusaron de incompetentes y ladrones y se fueron a los golpes de puño; pero la fortaleza de Nardo hizo huir, la pequeñez de Chelo y fue memorable la persecución por muchos minutos entre calles y esquinas.

A Camila se le acabó el trabajo. Volvió a vérsele todos los días en casa. Esbelta y atractiva se convirtió en atracción de muchos vecinos. En las tardes, con otras muchachas recibía el aire del fin del día. La noche llegaba con el trajín de gentes, autos y jóvenes que se acercaban a saludar llenos de cortejo y aspiraciones. Camila eligió a Gustavo. Recién graduado en medicina y buen partido al decir de sus compañeras vecinas. La visita del novio regulada por la madre y el padre, debía darse tres veces por semana, a la vista de todos y en la sala de la casa inmediata a la calle. Así la pareja quedaba vigilada por la familia y por los vecinos y transeúntes. La relación de Camila y Gustavo prosperó. Luego de dos años se comprometieron y fijaron fecha de matrimonio. Esta noticia llegó al oído rencoroso de Chelo. Fiel a su rito de espía maledicente, fue capaz de viajar al centro y hacer una pesquisa sobre la rutina de Camila en su tiempo de trabajadora oficinista. Supo la dirección de la oficina, las amistades acostumbradas, la ubicación de las casas de sus compañeras en las que amanecía por necesidad del trabajo. Chelo no encontró ninguna información denigrante de la conducta de Camila; pero eso no le interesaba. Su objetivo estaba en desplegar su ser maledicente. Construyó una historia con nombres propios, números telefónicos y direcciones de lugares habituados por Camila. Según esa historia la hija de Nardo trabajó en un prostíbulo y tuvo hijos tirados a la calle. La saña de Chelo le hizo dar otro paso. Se entrevistó con Gustavo, le refirió el cuento sobre su novia y le pasó unos números de teléfono para que verificara. El novio hizo gala de gran ingenuidad. Se limitó a marcar los números, preguntar si se conocía a Camila. Fue suficiente, para creer la maledicencia y la relacionó con los relatos de su novia cuando en las largas noches de conversaciones en la sala de encuentros, ella le refirió muchas anécdotas de sus quedadas en el centro, cuando fue oficinista.

La confrontación de la pareja se dio y terminó en una Camila repudiada. Gustavo hizo saber al barrio su decisión y el porqué. La urdimbre de Chelo convenció también a Nardo. Este se cegó de ira y en vez de atacar la infamia de su contradictor, cerró el taller y abandonó la familia. Sobre Camila descendió la tradición humana de la mujer fatal y se sumió una melancolía progresiva hasta enfermar y morir.

Chelo siguió en su rutina. Se le ve caminar con la cabeza gacha y los ojos entornados porque quiere ver sin ser visto. Quien lo ve pasar frente a la casa de Camila y Nardo, solo ve su caminar presuroso. No ve sus ojos diestros, en mirar con un soslayo imperceptible. Ahora su cara blanca es inexpresiva. No parece gozar de su maledicencia, ni sufrir. La satisfacción la tiene en la profundidad de entrega a su rito. Ahora está atento a una nueva incitación de los vecinos como él; pero la gestualidad de su cuerpo le ha hecho un personaje típico del barrio: el hombre de piernas cortas que sostienen un tronco grande. Sus historias algunos las escuchas otros le escurren la atención. Lo evitan. Cuando no camina se estaciona y mira con la cabeza erguida a los demás, como tratando de elegir una presa.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Claveles de septiembre

Dama con florero. Manuel de la Rosa 1860


Es un hombre de semblante opaco; rostro redondo con hullas eruptivas. La cabeza la tiene coronada por un cabello escaso y rígido; se lo hace cortar hasta el mínimo posible tras las orejas para hacer resaltar la parte superior que termina como un cepillo poco frondoso. Lo veo en las tardes de casi todos los días sentado ante la misma mesa en el Bar Azul, con una cerveza, siempre a media botella. Nunca está acompañado y rehúye las conversaciones. Escucha las canciones y parece saberlas de memoria porque las tararea bajo. Puede ser un melómano. En el Bar Azul suenan muchos géneros de música: rancheras, carrileras, guascas, tangos y boleros. Todas las sigue en voz baja; pero creo que lo hace de manera mecánica porque muestra tener el pensamiento en otros lugares o en otras cosas. El veintitrés de septiembre, llegué al bar saludé como siempre al dueño y entre las palabras que cruzamos, ambos dirigimos la mirada hacia la mesa del hombre, al verle poner sobre la mesa un clavel negro. Fue ocasión para hablarle. Me acerqué; le dije: ese clavel es una novedad. He escuchado que los producen con el color de otras flores. Le meten el azul de unas al rojo del clavel y producen ese color oscuro y así hablan de claveles negros. Él me invitó a su mesa. Dijo: -señor mucho gusto, me llamo G. Siéntese. Perdone usted mi silencio de siempre, pero hoy estoy metido es la fecha, día terrible para mí-.

-¡Dos cervezas por favor!- Ordenó

-Traje esta flor exótica porque a ellas les gustaban los claveles rojos; pero ya no viven, por eso quise hoy tener un clavel negro. Usted me ve acá con regularidad. Vengo porque al final quedé solo. Tres mujeres me acompañaron desde los veinte años. Vea usted señor, me enamoré de Marina en el colegio. Una mañana, fumaba de pie, antes de cruzar la puerta de entrada. Observaba desprevenido a los demás estudiantes caminar rápido, hacia los salones de clase. Entre las mujeres, me atrajeron los ojos y el cuerpo de ella. Pensé en el porqué no la había detallado antes. Las piernas blancas y bien torneadas, movían con ritmo sus carnes trémulas. Los pliegues de su falda azul se abrían sobre sus nalgas y obligaban a pensar el temple su carne joven. Desde que la descubrí, seguí observándola todos los días. En septiembre me decidí a saludarla y su amabilidad nos llevó a una larga conversación. Detallé el bello juego de colores, entre los ojos verdes y la piel blanca de su cara. Sus labios eran de un rojo fresco. No creí que tanta belleza pudiera estar en mis manos. Ni creí ver mi cuerpo robusto en el gusto de ella. Pero ocurrió. Nos enamoramos y entre el cumplir con las obligaciones académicas soñamos con juntarnos para siempre. Terminamos los estudios de bachillerato. Nos casamos en una ceremonia sencilla acompañados por las familias de ambos como testigos y en un salón adornado hasta el hastío con claveles rojos. Tuvimos dos hijas. Por efecto de la naturaleza, ellas fueron una copia de la madre. La mayor la llamamos Marina Luna y a la otra Gala para que llevara la primera letra de mi nombre. Crecieron. Y me duelo que les haya tocado esa época maldita. La pequeña ciudad entró en el dominio de una generación amante de la riqueza fácil, sin ninguna sensibilidad por los bienes de vivir en sociedad y lo peor, veían a los demás como objetos de apoyo para las aspiraciones de conseguir dinero. El dinero público, fue un objetivo. Para llegar a él utilizaron el envilecimiento político de las gentes para cambiarles el voto por cosas sin valor importante. De esas personas me tocó relacionarme, con Cristian Cruz. Me dio trabajo en uno de los bares que había abierto en el centro de la ciudad. Ahí conseguí recursos para educar las hijas y pagar la universidad de Marina. Ella logró graduarse de tecnóloga en confección de trajes. Yo conocía desde muy temprano a Cristian Cruz. Le vi crecer en la política. Cuando fue jefe de directorio, se decía de él haberse metido con la mafia y tener un grupo grande de jóvenes que ofrecían servicio de vigilancia en los barrios centrales y cobraban por eso un dinero cada semana. A los que no pagaban les hacían daños para que sintieran la necesidad de la vigilancia. Mis hijas crecieron, hermosas, eran casi iguales. Se llevaban un año de diferencia. Los dos hermanos menores de Cristian Cruz, las conocieron en una fiesta llena de derroche, organizada por el partido de mi patrón. Así comencé a llamarlo desde ese día. El bar que yo administraba, se fue transformando poco a poco, pero definidamente en un casino. El patrón llevó muchas máquinas de juegos y comenzó a ir con grupos de hombres armados y muchas mujeres elegantes. Gala y Marina Luna iban con los hermanos del patrón y yo me sentía tranquilo porque sabía que nadie las podía tocar. Cristian pasó por todos los puestos de elección. Fue concejal, diputado, congresista. Según el cargo ocupado llevaba al casino sus conocidos y socios de negocios de gran inversión, de los cuales me daba cuenta por estar presente. En la pequeña ciudad creció un grupo de hombres como mi patrón. Hicieron lo mismo y entre todos desbarataron el orden legal. Se convirtieron en un gobierno paralelo; fueron policía, la vida y la muerte estuvieron en sus manos. En el año de mi desgracia, en el mes de julio, un viernes en la noche, llegó al casino un hombre de ese grupo mafioso llamado Cantaclaro, con varios amigos. Luego de conversar largo con Cristian, terminaron acusándose mutuamente de traidor, ladrón. Se dieron puños, volaron mesas y sillas, los asistentes participaron en la pelea. Se apagó la luz y sonó un disparo. Yo metido tras la barra, agachado, oí gente correr en tropel. Luego un silencio grave. Encendí una linterna, llegué a los controles de energía. Encendí la luz y vi en el centro del bar el cuerpo sin vida de Cantaclaro.

El cuerpo fue levantado por hombres de la morgue, respondí a preguntas de la policía enfurecida porque nadie había visto nada. Afuera entre una multitud de curiosos estaba el hermano de Cruz, mezclado con la gente, pero era un hombre visible, la estirpe y la ostentación de sus ropas y joyas lo delataban. Muchas miradas cayeron sobre él y fue obligado, por una especie de recriminación silenciosa, a irse, a deslizarse, lento entre los curiosos. El bar- casino se cerró por varios días. Di muchas declaraciones ante jueces y policías. Busqué a Cristian Cruz. Le entregué las llaves del bar. Lleno de angustia y tristeza me quedé en casa definitivamente. Hablé con mis hijas sobre la familia del patrón, sobre lo que sabía de ella y de él y les arranqué la promesa de cambiar de amistades. Vivimos del sueldo de Marina, ganado en una fábrica de vestidos. Ella siempre nos había advertido el peligro; pero le respondíamos con palabras confiadas por estar con gente conocida desde la niñez. En septiembre, sicarios les dispararon a mis dos hijas y al hermano de Cristian en un restaurante de las afueras de la pequeña ciudad. Entre el dolor de mi pecho, el llanto de Marina, comprendí que la amistad de los jóvenes no la destruye, los temores de los padres. Marina murió un año después por cáncer de tristeza. A mis tres mujeres las llevé al cementerio con muchos claveles rojos.

Señor perdone, haberle quitado tiempo. Usted se extrañará de mí, de esa persona silenciosa y repetidora de canciones en voz baja. Pero hoy veintitrés de septiembre me posee una tristeza negra como esta flor sobre la mesa-.

viernes, 19 de febrero de 2016

Una pelota con diluvio local

El diluvio de Noah. Grabado de Doré 1875
El clamor fue generalizado. -Hombre vení a jugar que nos falta uno; no dañés el partido- le decíamos en coro. Isaías decía no con el dedo índice y se quedaba sentado y quieto en el andén al lado de Tomás, quien no jugaba por la negativa de Isaías. El partido tenía sentido con dos equipos iguales en número y la actitud de Isaías condenaba por esa vez al banco, a Tomás. El futbol lo jugábamos en la calle, con pavimento de ocho metros entre las aceras, sin bermas verdes. Por eso la pelota de plástico nunca salía del campo de juego y el partido era casi indefinido. Sólo lo interrumpían los goles cantados hasta el éxtasis o los autos.

Estas imágenes, vienen a mi cabeza, por ver a Isaías vestido con el uniforme de bombero vociferar a través de un megáfono -¡corran que se vino la represa!- Él está ubicado en la puerta principal del palacio de gobierno de la pequeña ciudad. Dirige el aparato en todas las direcciones, con un gesto de angustia y en actitud de héroe salvador. Me pregunto por el cómo ha podido llegar a hacer eso, si después de los partidos, agotados y sedientos hablamos de todo lo que pasaba y entre muchas cosas nos ocupábamos de la represa construida quince años atrás por la empresa textil de la ciudad, para sacar energía. Las aguas contenidas estaban ubicadas en lo alto de la cordillera y cuando las referíamos, las pensábamos sobre nuestras cabezas y sobre la ciudad. Su desborde llegaba en el lenguaje y en los sueños en forma de diluvio universal. Pero muchas veces concluíamos que nada pasaría, porque la ciencia de la construcción era avanzada y el agua poca, en comparación con el diluvio.

Isaías vocifera y pienso en Él. De los que jugamos al futbol entramos en conocimiento por estudio o por lógica de la imposibilidad del derrame de esas aguas. Han pasado cincuenta años desde aquel partido del ruego y golpea mi cerebro el concebir el de Isaías detenido en la imaginería de unos muchachos de diez años. Isaías vocifera, mesiánico, por el megáfono y su cuerpo se agita, casi convulso. Da un paso en la dirección de su cara y su voz. Quiere irse de cuerpo entero por el mecanismo del aparato, para llegar a los confines de la pequeña ciudad y encarar a todos para decirles –Vean que siempre fue cierto el peligro de inundación y nadie hizo nada-.

Este Isaías infante era de esperarse. Los partidos de futbol callejero, nunca le llegaron como a mí y a los demás muchachos. Los rehuía por malo para mover la pelota y por orgullo, porque era el mayor de todos y quería ennoviarse con una de las muchachas de la calle, nuestro lugar. La pelota aparecía todas las tardes y los domingos a toda hora; los partidos de futbol eran nuestra mejor manera de estar en la vida. Isaías se atrevió una vez a participar. La pelota le pasó y rosó todas las partes de su cuerpo. En las dos horas de juego la vio pasar, no dio pie con bola como decía Tomás. Al final del tiempo de juego, de nuevo exhaustos, sentados en el andén, repasamos los viejos temas y descubrimos que Isaías jugaba cuando Lilian no estaba en casa. Ella vivía en el centro de la calle, nuestro campo de juego y era nuestra más asidua espectadora. Lilian tenía baja estatura, piel muy blanca, ojos verdes claros y era robusta. Ella no salió a la puerta ese día a vernos jugar; por lo que no hubo necesidad de decir nada. Entendimos que Isaías jugó porque se avergoñaba de las muchachas, por jugar con unos muchachos menores. Quería dar muestras de madurez y seriedad con quedarse quieto y esconder sus deseos.

Isaías era el mayor, de más estatura que todos nosotros, tenía la piel ceniza y un rostro casi inexpresivo; el más ingenuo y de menor labia. Tomás y yo teníamos el pacto de explotar los miedos de todos y en especial el de Isaías por las aguas de la represa. Tomás hacía siempre el mismo recuento de las veces que el demonio se apareció en el barrio y a pesar de ser el mismo relato cada vez producía más temor. Yo refería la represa y muchas veces aconsejé a los que escuchaban conseguir una barca para navegar sobre las aguas desbordadas, que llegaran a inundar la calle de nuestros juegos. Esos miedos metidos en las cabezas de los muchachos venían de los mayores y de la fabulación general de los habitantes de la pequeña ciudad. La empresa textil organizaba visitas guiadas a la represa. Muchas veces permitía cruzarla en embarcaciones o hacer pesca; pero esa experiencia en vez de sacar el temor, afianzaba la convicción del diluvio posible.

Lilian desposó a Isaías. Bastó una señal para que este dijera sí. El hecho contrario nunca se habría dado. Isaías no habría propuesto nada. La pareja se fue del barrio y tras ellos nos fuimos muchos a tejer las historias particulares de cada quien. Los partidos de futbol, la calle pavimentada, Tomás, Isaías y su mujer, vienen a mi cabeza, por verlo vestido con el uniforme de bombero vociferar a través de un megáfono -¡corran que se vino la represa!

Se de las intensas lluvias del presente. Se de las laderas areniscas de la cordillera. Se de las avenidas de lodo y piedra varias veces trágicas para la pequeña ciudad; pero hoy coincidió una avenida catastrófica de la quebrada del Barro, en la geografía de la represa, con la llegada de Isaías al mando de los bomberos. La avenida arrasó las viviendas construidas en el cauce o cerca, con sus dueños y habitantes. No dio tiempo a nadie de correr. La magnitud de la masa de lodo y piedra llegó magnificada a oídos del mando y en la cabeza del mando tomo la dimensión de un diluvio local, necesario por la fuerza de la tradición. En pocos minutos la voz del megáfono se convirtió en la voz del pueblo y esta, en verdad incuestionable. La materia de esta voz se ve. Las gentes llevan sobre sus hombros los más preciados bienes. Corren en busca de alguna altura que los salve de las aguas desbordadas. El transporte está colapsado. Todos han perdido la dimensión de las cosas. La catástrofe llega con lentitud y permite ponerse a salvo, como ocurre con todo lo originado por el pánico.

lunes, 25 de enero de 2016

La mirada de Sarita



Julio Romero Torres. Naranjas y limones
Sentía nuestras miradas sobre su cuerpo y se mecía como una palma adulta. Inclinaba la cara hacia un lado en una gestualidad parecida a las vírgenes de la iglesia del Rosario. Pero ella tenía la piel morena y tersa; el pelo negro, lacio; los ojos grandes con pestañas largas. Muy coqueta, la Clarabel nos enamoró a todos los del barrio. Vivaz al hablar. Después de saludarnos soltaba un chiste, siempre con doble sentido. Para entrar a la cincuenta y cinco debía doblar la esquina de don Benito. Desde ahí miraba a los que habitábamos las cuatro esquinas del cruce de esa calle larga con la cincuenta y uno. Estábamos en el centro de la pequeña ciudad. En ese cruce ocurría toda la vida del barrio. En los muros de los cuatro negocios nos recostábamos los muchachos. En las puertas de las casas se paraban las muchachas. En las tardes las madres se sentaban en las aceras sobre sillas que todos los días sacaban de las casas para tener vista a la calle. Ese era el paisaje humano, degustado por Clarabel, cuando doblaba la calle por la acera de don Benito.

De los cuatro negocios del cruce, dos eran tiendas graneros y dos bares con traganíqueles de luces internas que dejaban ver el mecanismo del aparato. Estos artefactos eran unas cajas rectangulares de madera torneada, puestas de pie. En la parte superior tenían un brazo mecánico que seleccionaba el acetato y lo depositaba en un círculo de aluminio; sobre él descendía una aguja y hacía sonar un repertorio de tangos. La parte inferior contenía dos parlantes poderosos que inundaban el barrio de música todas las tardes.

Muchas veces, Clarabel entró al bar que nos gustaba, el del Negro Ariza. Hablábamos mucho con la tanguería de fondo. Ese hecho de Clarabel era subversivo. Los bares estaban prohibidos para las mujeres. Las que entraban quedaban signadas como putas; pero nosotros sabíamos que no era así. Clarabel se sometió a ese escarnio de los vecinos y sus propios padres. Ese hecho hablaba de esta mujer y nos permitía concebirla como arrojada y llena valor para enfrentar la tradición. Así fue, su imaginación estaba fuera del barrio. Lo detectábamos cuando ponía una atención desmedida a los relatos que hacíamos sobre las militancias políticas que teníamos. Millo el más aguerrido y con mayor experiencia, hablaba con regularidad de su decisión de atacar la guerrilla y dedicarse a organizar las comunidades para ayudarles a exigir el suministro de agua potable, salud universal, vivienda digna, educación científica y espacios para las artes. La guerrilla dejó de pensar en el pueblo, está dedicada a conseguir dinero y se cerró sobre sí misma –decía al chocar la copa de aguardiente con las nuestras-.

Un sábado de de los últimos días de enero, Millo nos dio un cuadernillo atiborrado de texto y con algunas ilustraciones de muchachas y jóvenes con guitarras. Eran las seis y media de la tarde. Las luces de bombillas amarillas comenzaban a encenderse sobre las puertas de las casas. El tránsito de buses y vecinos aumentó. El barrio cambió el ambiente apacible de la tarde, por una congestión inusitada de ingreso en la noche. Millo nos habló largo sobre el porqué la guerrilla no era ya ninguna opción a seguir. Con la mirada puesta en las páginas decía –es la hora de la sociedad civil. Debemos apoyar la creación de movimientos sociales con todo el mundo, con jóvenes, niños, artistas, músicos. Impulsar el juego y la recreación, para exigir…- Luego de escuchar atentos, Clarabel y todos, tomamos el cuadernillo y nos fuimos a casa a leerlo.

Lo dicho por Millo se cumplió. La ciudad por varios años, nos vio desfilar periódicamente por sus calles, con las gentes, con avisos y pancartas enarboladas; con tambores y chirimías, con voces uniformadas o disonantes, que con furia, exigíamos muchas cosas necesarias, a un poder no presente, pero sobre entendida su existencia.

Los movimientos y desfiles fueron desplazados por grupos de hombres armados motorizados. Eliminaron las voces más altisonantes y Millos nos explicaba, lleno de desilusión, sobre la existencia de una alianza perversa entre partes de la guerrilla y el narcotráfico, para acabar con las protestas sociales. Muchachos hay unas fuerzas armadas paralelas al ejército de Colombia que las llaman paramilitares –decía y sus palabras no iban más allá como antes.

Clarabel y Millo se perdieron del barrio. Los creímos asesinados o desaparecidos por esa ola criminal que envolvió la pequeña ciudad. Nosotros, dejamos de frecuentar el bar de Ariza y de vernos, porque los lugares públicos de reunión fueron amenazados por esos grupos motorizados anclados en los barrios como bandas armadas, formadas por muchachos obedientes a jefes mafiosos. Vimos llegar muchos billetes de dólar a las esquinas y los jóvenes correr y entregarse a esos jefes.

El grupo se diluyó. Quedé solo. Me metí en la biblioteca de la universidad. Cambié el ambiente cruel del las esquinas por los compañeros de curso, interesados como yo en explicarnos el devenir del país y hallar un porqué nos mataron los amigos en los barrios y acabaron con los encuentros de las esquinas y de paso destruyeron los bares, al quitarles sus habitantes habituales. Allí en la universidad ocurrió un interés inefable por la historia del país, desde los tiempos de la aparición de los movimientos sociales, tan intensamente promocionados hacía varios años por Millo. Al final construimos un grupo con ideas semejantes a las que Millo nos llevó a las cuatro esquinas aquella tarde de finales de enero, inscritas en ese cuadernillo. Los movimientos sociales se organizaron por un descreimiento generalizado en la guerrilla y un deseo imperioso de conocer la vida cotidiana de las gentes y sus historias locales: fueron las conclusiones.

Pero la parte maldita de la historia, tenía que ver con la desilusión metida en la esperanza por los grupos armados, mixtura entre guerrilleros y narcotraficantes. Una tristeza por las vidas quebradas, sacrificadas por nada; tristeza convertida en melancolía, llena de suicidios, fugas exotéricas y transmutaciones en los contrarios. Parte maldita visible en la noticia escuchada en los encuentros furtivos con algunas viejas amistades. Se dijo que Millo y Clarabel, se habían metido en una de las bandas más famosas de la pequeña ciudad.

Y me siento como vivir en el filo de la navaja, al recordar un encuentro con la madre de la muchacha de cuerpo de palmera morena. Ella me preguntó por la seguridad de su hija, al cruzarnos una mañana en la esquina donde una vez estuvo el bar de Ariza. –No veo ningún problema Sarita. Usted sabe; ella y Millo se levantaron juntos por las calles de este barrio. Se conocen, creo que se quieren y ambos se cuidan entre sí- le dije con firmeza, más por el recuerdo que tenía en mi memoria que por saber de sus andanzas. Estas palabras son un filo de navaja, porque me enteré después del asesinato de Millo por ese poder reclutador de desesperados desilusionados, de las actividades de la pareja. Los dejaron crecer en medio de dinero, armas, tráficos, y en el gusto por tener grupos de muchachos y muchachas que dirigir. Les dieron entrada en la organización y cuando la información los volvió peligrosos, ese poder los desapareció.

Clarabel quedó desolada, no fue capaz de volver atrás, siguió con los entrañables mafiosos de Millo, en la pequeña ciudad. La historia habla de una guerra por el poder en el lado por el que la pareja se metió en esa parte maldita. El acoso violento los hizo buscar las montañas. Pero fueron ubicados en un río idílico de aguas claras y sementeras, un lugar en el que fueron a buscar una paz esquiva, idealizada. Una mañana antes del alba llegó la muerte en masa y doce cuerpos quedaron tendidos dice la historia.

No quiero encontrarme a Sarita, se que su mirada será como el filo de una navaja.